lunes, 10 de junio de 2013

Introducción + Capítulo 1 | Ready to Run


     Papá solía decirme que no confiara en nadie. Las personas nos utilizan y exprimen hasta la saciedad, especialmente cuando te apellidas Wells. Nos hacen daño y después nos pisotean como a una colilla usada. Su único objetivo es destrozarnos. El dinero nos transforma y la fama nos hace perder la cabeza. Nos volvemos —de alguna manera— esclavos. Posiblemente aquella fuera una de las razones por las que decidí irme a vivir a Londres. Quería escapar de mi familia y de su estúpida fama. Deseaba huir. Ser yo misma.
     Mi nombre era Emma. Emma Wells.
     Y por aquel entonces tenía veintiún años.
     En primer lugar, cabe destacar que mi vida no era en absoluto normal. Tenía que comer, adoraba dormir y necesitaba respirar, como todos —sería preocupante si no lo hubiera hecho— pero mi vida era dispar en un simple detalle: dinero. Desde que tuve uso de razón, siempre he sido la hija de papá y me he comportado como tal. Jamás había necesitado nada y, por el contrario, siempre lo tenía todo. La gente solía decirme: «Deja de quejarte. ¡Tienes todo lo que quieres!» pero no era cierto. Realmente el dinero no daba la felicidad.
     Papá estaba al frente de Wells Records, siendo ésta una de las más importantes discográficas en el panorama musical a nivel mundial junto con Sony Music y Columbia Records, que trabajaba con artistas como Demi Lovato, Justin Timberlake o Lady Gaga y grupos de la categoría de Imagine Dragons, Little Mix o Maroon 5. A su vez también era una empresa cinematográfica productora y distribuidora. Papá, productor y director de Wells Records, también era compositor de éxito y autor de más de trescientas canciones que se movían comercialmente en el mercado y siete premios Grammy en sus vitrinas. Papá siempre fue mi gran ejemplo a seguir pero aquello fue algo que él no supo apreciar. Mi madre, por su parte, llevaba al mando una empresa textil bajo el nombre WC: Wells Clothes. Un nombre verdaderamente simple y ridículo —objetivo de muchas bromas—, pero que todo el mundo era capaz de reconocer. Cuando me refería a todo el mundo, quería decir literalmente todo el mundo. Una marca de alta costura al nivel de Gucci o Massimo Dutti. Por lo que se refiere a mis hermanos mayores, Chad y Madison, tampoco se salvaban. Ambos eran completas figuras públicas de esas que acaparaban todas las portadas de revista. Chad era actor internacional y Madison modelo. Cabe decir que mi hermana era una fija en todos los desfiles de Woman's Secret, siendo de esta manera una de sus ángeles fundamentales.
     Podía decirse que mi familia convertía en oro todo lo que tocaba. Yo..., bueno, simplemente logré sacarme la carrera de periodismo en tres, en lugar de cuatro años. En definitiva, un fracaso estrepitoso.
     A nivel mediático era prácticamente inexistente. Lo más importante que hice a ese nivel fue alguna portada para Elle y Vogue, varias sesiones de fotos para las temporadas de verano de Wells Clothes y una veintena de entrevistas.


     Mi padre y yo no manteníamos una relación muy estrecha. Por lo general, mis hermanos fueron siempre mis máximos confidentes. Jamás he tenido muchos amigos. La gente me conocía a mí pero yo no los conocía a ellos. Realizaba el papel de observadora imparcial en un mundo donde yo vivía de manera pasiva.
     En el panorama sentimental, jamás me había considerado una «acapaportadas», como decía siempre mi hermana, y mis escasas relaciones —y tardía primera vez— lo demostraban.
     El primer novio que tuve fue Dani Carvajal. Nos conocimos cuando él tan solo era un jugador del Real Madrid C. Estuvimos saliendo un par de meses antes de que yo empezara la Universidad.
     El segundo fue Víctor: mi primer gran amor, la única persona que logró significar tanto para mí en tan poco tiempo. Él fue el primero en hacerme descubrir lo dulce y placentero que podía resultar ser el sexo. Nos conocimos en la Universidad: yo estaba en primero de periodismo y él en segundo de economía en finanzas. No solo fue mi pareja durante casi dos años, sino también un amigo con el que compartir experiencias y malos tragos. Era algo recíproco: él estaba ahí para mí y yo estaba ahí para él. Nos necesitábamos mutuamente. Junto a él podía imaginar un futuro lleno de expectativas, formando una familia y viviendo en un pequeño dúplex en el centro de Gran Vía. Todo cambió una noche en el que le vi liándose con una Barbie de imitación: pelo rubio teñido, uñas postizas y lentillas azules. Todo aquello, acompañado de una camiseta de prostituta de rejilla y unos vaqueros WC de falsificación con los que se la veía culo y medio, provocaron que un desprecio nunca antes conocido se propagara por mi cuerpo y se quedara en él. Me prometí no perdonarle y fue entonces cuando me obligué a cambiar.
     La fama era divertida. Iba a decenas de fiestas exclusivas y podía comprar lo que quisiera siempre que quisiera, ya que el dinero no era un impedimento para ello. Después de que Víctor y yo lo dejáramos —y los medios hubieran estado indagando en nuestras vidas más de lo acostumbrado durante algo más de un mes—, Maroon 5 firmó en con la discográfica de papá. Una vez más, el dinero pareció adueñarse de Wells Records y no se les ocurrió otra cosa más que —aprobado tanto por su Management, como por los productores de la discográfica— publicitar el nuevo álbum del grupo grupo inventándose una pantomima. Adam Levine y yo tuvimos una extraña relación en la que buscamos la atención de los medios reiteradas veces, al igual que fuimos portada en varias revistas del corazón. Unos cuantos paseos de la mano, algún que otro abrazo y un puñado de besos consiguieron que las ventas de Overexposed se multiplicaran por diez con posterioridad.
     Después de todo aquello, Carvajal y yo volvimos de nuevo en enero de 2012. Entonces él era jugador del Real Madrid Castilla. Ésta segunda vez fue una relación más completa y estable. Yo era una persona diferente —tanto sexual como personalmente— y supe aceptar retos. Dani era todo lo contrario a Víctor: no era muy alto —mi abuela le llamaba «el futbolista chiquitín»— y la gente no le consideraba guapo. Sin embargo, tenía todo lo que yo quería: era dulce, cariñoso, trabajador y ambicioso hasta decir basta.
     Sin embargo, en julio de ese mismo año, Dani firmó su traspaso al Bayer Leverkusen con opción del club de recompra. A partir de entonces las cosas dieron un giro radical y todo se complicó drásticamente: él quería que me fuera a vivir a Alemania con él y yo no quería abandonar Madrid. Después de su marcha —a pesar de intentar mantener una relación a distancia— lo dejamos poco después.
     Otro de los factores determinantes en mi vida era una revista. No una revista cualquiera, sino la mismísima GQ. Dado el éxito que ésta había obtenido en Estados Unidos y Reino Unido principalmente, España —cómo no— se quiso unir a aquella industria. Después de unas cuantas reuniones y un centenar de acuerdos, entraron en aquel mercado. Por suerte, la jugada los salió bastante bien y cuando la revista salió a la venta, fue todo un éxito. ¿El problema de todo aquello? En un acto de rebeldía —aún no recuerdo cómo— firmé un contrato de exclusividad con ellos a mediados de enero de 2013. No quería hacerlo en realidad, pero las personas hacen toda clase de locuras por un poco de atención. Y eso era lo que yo, precisamente, quería: la atención de papá. Aunque más que su atención, me gané su desprecio.
     En enero me compré un ático en el centro de Londres —en Park Ln, frente al Hyde Park—, de la misma manera que había adquirido un coche. Había hablado con el piloto del jet privado de la empresa de papá y acordamos que el primer día de febrero me dejaría en el aeropuerto de Heathrow.
     Estaba dispuesta a cambiar. Huir. 
     Comenzar de nuevo.

Martes, 5 de febrero

     Una tibia y grisácea luz del sol londinense se coló espesante a través de mis pestañas. Me incorporé mientras maldecía por lo bajo. El día siguiente de llegar a Londres había tenido que ir a recoger el coche y el anterior me dejaron todos los muebles que había encargado. La tarde pasada me la había pasado fregando suelos y ventanas; reorganizando bártulos e intentando guardar cinco maletas de ropa en un armario de tres metros.
     El apartamento era un precioso ático constituido por tres dormitorios, cuatro cuartos de baño, una sala para la colada, un enorme salón conectado a una flamante cocina y una grandiosa terraza con vistas al Hyde Park.
     El día anterior me había dedicado a pasar la fregona una y otra vez por el parqué de madera oscura y mis músculos estaban entumecidos, hasta tal punto que me había quedado dormida sobre el sofá de piel beige. A pesar de estar agotada, me sentía satisfecha. Lo que quería hacer, lo había hecho por mi cuenta, sin necesidad de asistentes.
     Me miré en el espejo del vestíbulo. Mi cara se asemejaba a la de un mapache recién salido de una sauna. Tenía todo el maquillaje corrido y unas grandes ojeras bajo los ojos. Resoplé y me asomé a la terraza de mi apartamento donde pude ver Hyde Park lleno de madres primerizas empujando los carritos de sus bebés, jóvenes deportistas con la música en sus cascos que habían salido a correr y grupos de estudiantes que solían reunirse en la puerta para escaquearse de las clases.
     Busqué el iPhone por debajo de los pocos muebles que tenía en casa como si me hubieran quitado una mitad de mí —cosa que técnicamente era cierta—. Era el único artefacto que me mantenía conectada con la vida real.
     — Vamos, pequeño— bisbiseé, rebuscando entre los cojines y resoplé con fuerza—. Vamos, por favor. No me dejes sola.
     Era evidente que no solo necesitaba volver al gimnasio, sino que además necesitaba a un amigo. O a un perro.
     Lo encontré dentro de una caja de cartón en la que venían los cojines del sofá.
     Eran casi las dos y veinte de la tarde —¡las dos y veinte!—. Resoplé de nuevo, intentando mantener la calma. Puse la música en el equipo y empecé a quitarme la ropa camino de la ducha dejando mi silueta al desnudo, y permitiendo que el aire fresco me acariciara el cuerpo como la brisa acuna las hojas de los árboles en primavera. Bailoteé, moviendo mis desabrigados pies sobre la brillante madera, al ritmo de Take My Hand de Simple Plan.
     Tarareé en voz baja cuando llegó el estribillo de la canción. Lo mejor que tenía aquel apartamento —independientemente de su ubicación— era el hilo musical que permitía que la música se escuchara en todas partes de la casa. Entre ellos, el baño. Cuando un espeso y húmedo vapor comenzó a tiznar el espejo, me introduje bajo el chorro, permitiendo que el agua caliente recorriera mi figura a medida que me devolvía la energía por momentos, poco a poco.
     Como un soplo de aire fresco.
     Salí a los quince minutos y fui a mi habitación. Me deshice de la toalla y me miré al espejo totalmente desnuda. Roté sobre mí misma varias veces, mirando mi cuerpo desde todos los ángulos posibles. Tenía las caderas muy estrechas y los hombros demasiado delgados; las piernas flacuchas y los pechos podían pasar perfectamente desapercibidos. Podía ser la hija de Arthur Wells y el dinero salirme por las orejas, pero nadie podía arreglar mis imperfecciones físicas. En cualquier caso, no estaba dispuesta a meterme en un quirófano para que mi cuerpo estuviese acorde con los cánones de belleza establecidos en el ambiente en el que me movía.
     Me puse unos pitillo oscuros, una camisa clara y una americana negra. Me recogí el cabello en una cola de caballo y me maquillé. Parecía mentira que la base tuviera aquel poder: todas las manchas habían desaparecido y mis ojeras se habían borrado.
     — La magia del maquillaje— susurré para mí.
     Aquel día era mi entrevista de trabajo. Técnicamente tenía un contrato de exclusividad con la GQ española y no podía trabajar para ninguna otra revista, pero al fin y al cabo, la oficina a la que iba a acudir a hacer la entrevista era a la GQ británica. Dos sedes diferentes, pero al fin y al cabo, la misma empresa. Papá había insistido en hacerme una recomendación para que me contrataran sin ninguna clase de vacilación.
     Me negué.
     Me subí a unos altísimos tacones y miré la hora de nuevo. Las cinco menos veinticinco. Cogí el primer abrigo que encontré en el armario de la entrada. La entrevista era a las cinco y diez, por lo que agarré una cartera negra, cerré la puerta y salí de casa en busca de mi coche con los tacones de aguja resonando en el suelo.


     A las cinco en punto, me encontraba elegantemente sentada en un sofá de tres plazas oscuro de piel. Había llegado a la sede de GQ en Vogue House, en Hanover Square, antes de las cinco menos cinco. En la sala en la que me encontraba había dos personas más. Un chico de mi edad, más o menos, y una chica algo mayor que que debía rondar los veinticinco. Veintiséis como mucho y veintisiete era exagerar.
     El chico se movía nervioso en el sillón que tenía enfrente mientras se frotaba las manos en los pantalones de pana. Era ancho de espaldas y con un rostro afilado aunque sus rasgos eran suaves. La chica, por el contrario, parecía más relajada y sonreía mientras escribía un mensaje en el móvil; era menudita y el pelo rizado le caía revoltosamente sobre los hombros. Mostraba una sonrisa espontánea y despreocupada.
     El cuarto era pequeño. Poseía unos suelos de madera de color beige acorde con los tonos pasteles de las paredes y los sillones. Dos enormes ventanas dejaban que la luz solar iluminara tenuemente la habitación.
     Miré el reloj y aprecié que se habían retrasado diez minutos. El corazón comenzó a palpitarme violentamente contra el pecho. Las manos empezaron a sudarme y me obligué a guardar la calma. Comencé a restregarlas contra mi pantalón para secar el desagradable sudor y me tomé un caramelo de menta, intentando olvidar el por qué estaba allí. Es más, ¡de hecho ni siquiera debía estar ahí!
     No sabía el tiempo que había pasado cuando una mujer rubia de mediana edad, embutida en una falda negra y una camisa blanca muy ajustada entró en la sala.
     — ¿Emma Wells?
     — Sí, soy yo— anuncié. Me aclaré la garganta e, inconscientemente, me tragué el caramelo.
     — Adelante.
     Tosí y me coloqué correctamente la americana. El chico me miró deseándome suerte, mostrándome una perfecta y serena sonrisa. Le correspondí de la misma manera y atravesé la puerta.
     Entré en un despacho no muy grande pero acogedor. Detrás del escritorio había un ventanal desde el que se podía ver todo Londres. Los muebles elegantes y el color marrón predominaban por encima de cualquier otra cosa.
     El cuarto carecía de luz; la exterior era más que suficiente, a pesar de que el sol estaba escondido bajo unas espesas nubes que amenazaban lluvia. La mujer me ofreció bebida y le pedí un vaso agua.
     — Buenos días, Emma— anunció al cabo de un rato una mujer igual de elegante que la primera que me recibió. Ésta no debía rondar los cuarenta años. Mostraba una sonrisa serena, despreocupada y de lo más afable—. Me llamo Katherine Wallander, gerente de recursos humanos de GQ en Londres.
     — Emma Wells— la estreché la mano lo suficientemente fuerte para mostrar confianza en mí misma pero breve para no traslucir mi miedo. Todo era una cuestión de equilibrio y yo necesitaba mantenerme en un punto intermedio. Ella se sentó y entrelazó las manos, echándole un ojo a mi currículum por debajo de sus largas pestañas bañadas en rímel.
     — Señorita Wells, por lo que tenemos entendido, y consta aquí— señaló mi carpeta— es hispano-irlandesa, ¿es así?— preguntó muy despacio pero sin perder la sonrisa del rostro.
     — Sí— me aclaré la garganta y volví a tomar aire—. Mi padre nació en Cork, Irlanda, y se mudó a España para estudiar en la Universidad. Mi madre es de Madrid. Ambos decidieron que debía adquirir las dos nacionalidades, para evitar discusiones. Pensaron que, a posteriori, sería una ventaja tanto para ellos como para mí.
     — Estas preguntas son estándar, señorita Wells— contestó ella—. En realidad— continuó—, todos conocemos a su familia. Su padre me ha mandado un fax esperando que podamos contar con usted en nuestras filas esta misma mañana— agitó un papel en el aire y sonrió.
     — Oh…, no…— me aclaré la garganta—, no lo sabía.
     — No se preocupe— sonrió—. Le haré la entrevista tal y como se la habría hecho de no ser por esto— dejó el fax de papá sobre el escritorio y se recostó en el sillón—. Explíqueme cosas sobre usted.
     Me temblaron las manos y tuve que secarme el sudor en los pantalones. «Odiaba ir al colegio, mi hermana es una imbécil, mi abuela no se acuerda de mí, mi padre ni siquiera me habla y no tengo ni la más remota idea de por qué he venido aquí»
     — He vivido la mayor parte de mi vida en España, pero he pasado varios años en Irlanda. Estudié dos años de instituto en Cork y he pasado todos los veranos con mis abuelos allí. Terminé la carrera de periodismo de investigación hace poco, en la que fui premio extraordinario de mi promoción. También cabe destacar que realicé un máster en Radio Marca y otro en TVE, una cadena de televisión pública española. Controlo a la perfección el inglés, el español, el alemán y conozco algo de italiano.
     La señora Wallander sonrió satisfecha.
     — ¿Qué experiencia tiene usted en este campo?— sonrió de nuevo.
     — Toda la experiencia que tengo en estos campos la he adquirido en los trabajos que he desempeñado en las empresas en las que he realizado mis másteres— me remangué ligeramente la manga—. Igualmente, todo puede encontrarlo en mi currículum.
     — Sin ninguna duda— sonrió—. Un currículum brillante. Ninguna falta de comportamiento durante su etapa escolar, unas notas excelentes, premio extraordinario de su promoción... —comentó mirándolo con los ojos muy abiertos—. Está perfectamente cualificada, eso es indudable. Dígame, señorita Wells: ¿se considera una persona exitosa?
     «¡Ésta me la sé!»
     — Sí— contesté de inmediato, cruzándome de piernas con elegancia—. He fijado metas que he logrado cumplir y, además, he ayudado a otras personas a cumplir las suyas.
     — Bien...— la mujer sonrió levemente, apuntó algo y me miró a los ojos—. ¿Cuáles son sus expectativas económicas?
     «El dinero no me importa lo más mínimo» pensé. «Me sale por las orejas»
     — Sinceramente espero recibir un salario acorde con mi aportación a la empresa y mis responsabilidades dentro de ella. Aunque también tengo que decir que estoy más interesada en las oportunidades que me brinda este puesto de trabajo que en una retribución elevada.
     — Ésta es una pregunta un poco más personal: ¿está casada o tiene intención de quedarse embarazada?
     Tosí varias veces por la sorpresa. «Si lo estuviera, los medios lo habrían publicado hace una tirada de tiempo, idiota» pensé.
     — Yo...— balbuceé—, no. Quiero decir, estoy viviendo un gran momento profesional. No tengo tiempo de mantener una relación, por lo que el matrimonio y embarazo quedan descartados. Al menos por ahora.
     — Bien— la mujer sonrió de nuevo—. Creo que con esto es suficiente, señorita Wells. ¿Tiene alguna pregunta?
     Negué con la cabeza y me puse en pie.
     — En principio el puesto es prácticamente suyo. Sin embargo, la llamaremos para confirmarlo. Si no recibe nuestra llamada, habremos sobreseído su oferta. Muchas gracias.
     — Gracias a usted— sonreí.
     Cogí mi bolso, me levanté con una sonrisa en el rostro y salí de la habitación con el corazón fuera del pecho y las piernas a punto de derretírseme.


     Cuando atravesé la puerta principal del edificio estaba lloviendo y tenía que comprar algo de comida si quería llenar el frigorífico. Corrí como pude con mis tacones hasta el coche maldiciendo por lo bajo tras haber pisado un enorme charco. Entré en el vehículo con el pelo encrespado y el abrigo completamente mojado. Solté un par de barbaries por lo bajo y busqué el móvil por los bolsillos de mi chaqueta.
     Me cambié los tacones por unas Vans negras que había dejado en el vehículo con anterioridad. Me solté el pelo con ayuda del pequeño espejo del asiento del piloto y me lo alboroté. Encendí la radio y Every Breath You Take empezó a sonar, inundando el vehículo de unos preciosos acordes y la voz casi dolorosa de Sting. Golpeé el volante con mis delicados dedos al ritmo de la batería de la canción. Sopesé todas mis posibilidades y me decanté por el Diana Market, cerca de Hyde Park Ave. Miré por el retrovisor del asiento y me las apañé como pude para introducirme en el tráfico.
     «Odio esto» pensé. «Odio tener que conducir por el lado contrario.»



     Cuando salí con varias bolsas del supermercado, había dejado de llover. El sol se escondía tras unas grandes y grisáceas nubes. El cielo estaba de un color horrible y la temperatura había bajado en picado, congelándome la piel y helándome el cuerpo. Era increíble cómo la temperatura podía descender de manera tan vertiginosa en cero coma cero.
     A pesar del tiempo, aquello era lo que siempre había buscado.
     Era algo genial.
     Mientras intentaba sacar las llaves del coche del bolso, alguien chocó conmigo y ambos caímos al suelo. Sentí un fuerte golpe en la rodilla derecha y un gran dolor en la mano izquierda, como si me la hubieran cortado con un cuchillo de carnicería.
     — Lo siento— musitó quienquiera que fuera—. Lo siento mucho, de verdad. ¿Estás bien?
     — Sí— expresé mientras él me ayudaba a levantarme.
     «Maldito estúpido. Mira por dónde vas» pensé. Una vez en pie, pude comprobar que el golpe de la rodilla no había sido gran cosa, pero un relámpago atroz me recorría el brazo; desde los dedos hasta el hombro. Hice una mueca de dolor cuando intenté mover la muñeca y sentí como si una jauría de perros se estuvieran sorteando el pedazo más grande de carne.
     Levanté la vista y vi a un joven con el pelo corto, unos preciosos ojos marrones y una sonrisa increíble. Una especie de lunar o marca de nacimiento adornaba su bien definido cuello, y unas rectas y espesas cejas hacían de su cara un rostro muy tierno. Llevaba una cazadora negra, una sudadera gris con capucha, una gorra de los Chicago Bulls y unas gafas de sol. Tenía una voz profunda y hablaba algo rápido.
     — ¿Te has hecho daño?— preguntó mientras se limpiaba los pantalones.
     Agité la cabeza.
     — Estoy bien— le aseguré, aunque no estaba muy convencida de mis palabras y por la expresión de su rostro, él tampoco.
     Me agaché a recoger todo el contenido de mis bolsas que se había esparcido por el suelo y el chico se agachó a ayudarme, demasiado cerca de mí. Demasiado. Olía a una colonia de hombre tremendamente excitante y aftershave de One Million. «Como Víctor»
     — ¿Has venido andando?
     — No, tengo el coche allí— señalé con la mano afligida mi vehículo.
     — Te ayudo.
     Cogió las bolsas con una facilidad pasmosa y me las llevó hasta allí sin decir ni mú pero con una sonrisa de lo más picarona en el rostro. Una joven se acercó a él para pedirle una foto por alguna razón que desconocía. El chico miró a ambos lados, alerta, y terminó por aceptar. La calle en la que había aparcado no era muy transitada y apenas había gente. Sin contar con que además eran más de las seis y en Londres era casi de noche. El chico dejó las bolsas en el suelo. La madre de la muchacha se encargó de hacerlos la foto mientras yo los miraba con el ceño fruncido y de brazos cruzados.
     La chica se marchó sonriendo y el chico recogió las bolsas con la misma facilidad con las que las cogió la primera vez, dejando que las gruesas venas de sus manos se dilataran. Abrí el maletero y las dejó con una facilidad inverosímil. Pude notar por la forma de sus hombros y los músculos de su cuello que aquel chico se mataba en el gimnasio.
     — Muchas gracias— sonreí levemente.
     Me miró suspicaz. Se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz y entrecerró los ojos de manera cómica. Dibujé una media sonrisa.
     — Yo a ti te conozco— dijo al fin.
     — Lo dudo— contesté de inmediato, tomando un aire misterioso—. Yo a ti no.
     — ¿No?— parecía sorprendido.
     — No— negué con la cabeza, pero mentí.
     — ¿Nada?
     — En absoluto.
     — ¿Debería sentirme ofendido?— puso cara de corderito degollado.
     — Ah, no lo sé— miré al cielo con un ligero aire infantil—. Dímelo tú. ¿Te sientes ofendido?
     — De acuerdo, vale— alzó ambas manos en señal de rendición—. Te conozco. Yo te he visto en alguna parte— se rascó la barbilla—. ¡En una revista! Eso es. Te he visto en alguna revista.
     — ¿Solo en una?— reí por lo bajo y le tendí mi mano buena—. Me llamo Emma. Emma Wells.
     Al chico se le iluminaron los ojos. Era algo recíproco. Por supuesto que me conocía, pero yo también le conocía a él.

     — Yo soy Liam— respondió finalmente con un deje divertido en la voz, devolviéndome el apretón de manos y sonriendo de oreja a oreja—. Liam Payne.

12 comentarios:

  1. Me voy a leer tu novela desde el principio porque YOLO, *guiño, codazo, guiño*
    Cielo, cada vez que la leo me doy cuenta de lo bien que escribes. Tu novela sobrepasa la realidad. Es algo totalmente... perfecto.
    Cada palabra, cada párrafo, cada capítulo hace que me meta en la piel de Emma y pueda sentir su dolor como si fuera mío.
    Nunca dejes de escribir, corazón, porque se nota que esto es lo tuyo y disfrutas mientras lo haces.

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  2. Mierda, me he enganchado a tu novela, lol.

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  3. Yo quiero poder decir que lei tu novela en internet, cuando saques tu novela en papel. Esto es lo tuyo, y no dejes que nadie te diga lo contrario. Es increible!!!

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  4. El encuentro de Emma y Liam asñdkfjasd

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  5. He encontrado esta fic porque estaba buscando imágenes de los chicos por google y me ha salido la portada de tu novela. He de decirte que es genial. Un diez al primer capítulo.
    Me encanta cómo escribes. Sigue así, porque tienes mucho futuro :)

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