miércoles, 31 de julio de 2013

Capítulo 17 | Fireproof


Sábado, 24 de mayo

     Podía escuchar susurros y máquinas. Todo era negro. Jamás de los jamases había imaginado que el famoso Cielo al que iban todos los muertos eran tan tenebroso. Pude darme cuenta de que podía abrir los ojos. Los entreabrí y un haz de luz se coló entre mis párpados.
     Los volví a cerrar de inmediato.
     — Se está despertando— susurró alguien.
     Aquel era San Pedro. Estaba casi segura de que era San Pedro que encendería la luz del cielo y me dejaría pasar. Volví a abrir los ojos y vislumbré una habitación de lo que parecía... ¿un hospital? Paredes, techos y suelos lisos.
     Estaba un hospital.
     — ¿Emma?— era una voz ronca. Ronca y distante.
     Cerré los ojos y los volví a abrir para aclimatarme a aquella brillante y dolorosa luz.
     No era capaz de recordar nada. ¿Cómo había llegado allí?
     Giré la cabeza sobre la almohada y pude ver que en el brazo derecho tenía dos vías que me metían sangre y alguna clase de fármaco. Mis muñecas estaban envueltas con una venda suave y blanca, al igual que tenía un enorme apósito en el antebrazo. Sentía el estómago vacío y los latidos de mi corazón, acompañados por los ruidos desagradables de aquellas maquinuchas, eran dolorosos como cuchillos.
     Cuchillos...
     Cuchillas.
     Cerré los ojos de nuevo y recordé todo lo que había ocurrido: tomé unas pastillas, me inyecté heroína, me había cortado y había muerto. Aunque si efectivamente hubiera muerto, yo no estaría en un hospital. Tal vez fuera el hospital del Cielo y San Pedro no tardaría en darme el alta.
     — Emma— musitó mi madre, acariciándome la frente, y rompió a llorar.
     Mamá estaba a un lado de la camilla. A los pies de la cama, papá me miraba de brazos cruzados, impasible, y Víctor estaba a su lado. En sus ojos verdes pude ver alivio y enojo. Chad estaba en el lado izquierdo de la cama, aferrándose con fuerza a mi mano.
     — Gracias a Dios— susurró él.
     — Chad— fue lo único que alcancé a decir antes de cerrar una vez más los ojos. Aquella luz era insoportable. A pesar de ello, hice el esfuerzo de volver a abrirlos—. Chad.
     Pude ver su rostro a través de mis ojos entrecerrados. Les hizo una seña con la cabeza a los demás y me quedé a solas con él. El ruido era insufrible y me pitaban los oídos.
     — ¿Dónde estoy?— pregunté en un susurro muy débil y apenas audible.
     — En la UCI— Chad se aferró con fuerza a mi mano y me besó la palma—, por el riesgo de una arritmia grave.
     No contesté.
     — Llegaste con hipertermia, arritmia y asistolia— me informó—. Sobredosis de diacetilmorfina, MDMA, desangramiento y arritmia grave. Víctor dijo que también convulsionaste cuando estabas en su coche. Si no llega a ser por él, lo más posible es que...— se le quebró la voz y bajó la cabeza—. Eres una jodida inconsciente, Emma.
     — No.
     — Sí. Si no llega a ser porque Víctor te trajo aquí ahora mismo podrías estar muerta, Emma— estaba muy enfadado—. Joder, una cosa es huir de un sitio para buscar una vida mejor, pero el suicidio no es ni de lejos una solución, Emma.
     — Chad...
     — Déjalo, Emma— agitó la cabeza.
     — No digas mi nombre en cada frase— gruñí con una débil y susurrante voz—. Pareces uno de esos aprendices de PNL que se creen que así el interlocutor se siente comprendido.
     — Si lo hago es para que te entre en esa puta cabeza que estoy enfadado. Por supuesto que me quitaron un enorme peso de encima cuando los médicos dijeron que te salvarías, pero eso no quita que esté furioso contigo— me reprendió. Tomó aire—. Madison está fuera con Elliot. Mamá perdió el conocimiento por el shock post-traumático y jamás había visto a papá tan enfadado. Ha venido mucha gente a verte. Mick estaba destrozado porque decía que no fue capaz de protegerte.
     Giré la cabeza hacia el otro lado. Las lágrimas me escocían como el propio ácido en los ojos. No sabía si por seguir aún viva o por el dolor que me causaba haber provocado ese miedo en la gente que más me importaba.
     — ¿En qué pensabas cuando lo hiciste, Emma?— no contesté—. Mírame cuando te hablo— me sujetó por las mejillas y me obligó a hacerlo—. He dicho que en qué cojones estabas pensando, Emma.
     Seguí sin contestar.
     — ¡Que en qué cojones pensabas!— terminó por gritar y varias enfermeras clavaron la mirada en él. Chad bajó la presión y se pasó la mano por las lágrimas que se le habían escapado—. Lo siento.
     — Solo quería que...— sollocé—, que este dolor terminara.
     Se puso en pie, de espaldas a mí y de cara a la ventana, y lloró durante algunos minutos. El corazón se me contrajo al escuchar sus sollozos.
     Se dio la vuelta y se sentó a mi lado de nuevo.
     — Llevas inconsciente tres días. Sergio ha tenido que hacer varios comunicados a la prensa. Los medios se están relamiendo con todo esto. Han sido los tres peores días de toda mi jodida vida— terminó por admitir. Comenzó a pasear los dedos por el apósito de mi antebrazo y las vendas que cubrían mis muñecas.
     Cuando se está tan vacía e insatisfecha como yo lo estaba, no cuesta mucho aceptar riesgos. Si no hay nada que perder, a veces se toman decisiones intrépidas.
     — Emma, has intentado huir en la dirección equivocada— me aseguró—. Cuando piensas que no eres lo bastante buena o que no mereces nada bueno no sólo te perjudicas a ti misma, sino también a las personas que te rodean.
     Dicho aquello, me besó en la frente con los ojos bañados en lágrimas y salió de la habitación de Cuidados Intensivos.

Sábado, 12 de julio

     El sol veraniego había agravado los colores de los árboles que adornaban la entrada de aquella mierda de sitio. «Cuatro arbolitos y un par de flores no van a hacer de este lugar un castillo de princesas» pensé.
     Hacía algo más de un mes —concretamente cuarenta y ocho días— desde que me desperté en la UCI del hospital y me recibieron las miradas enfurecidas y aliviadas de mi familia. Cuando los médicos les informaron a mis padres que aquella no había sido la primera vez que tomaba drogas, sino que había estado enganchada a ellas durante meses, papá decidió que debía ingresar en un centro de desintoxicación. Yo era algo más práctica que todos ellos y lo llamaba psiquiátrico.
     Me chutaban calmantes cada vez que me alteraba y no me dejaban salir de mi habitación. Desde que estaba interna en aquel asqueroso lugar, no dejé que nadie pudiera visitarme a excepción de mi hermano, Víctor, Dani y poca gente más.
     Mi táctica era, simplemente, esperar con paciencia a la hora de mi muerte.
     Los médicos me habían explicado varias veces en qué consistía en tratamiento de desintoxicación, formado por cuatro fases: la primera era la desintoxicación, en el que los médicos me proporcionaron fármacos para evitar el síndrome de abstinencia. La segunda era la deshabituación, en la que me diseccionaron el comportamiento y los valores, haciéndome partícipe de mi realidad. Me inculcaron una compresión total sobre la enfermedad —tanto de la adicción, como de la depresión y mi tendencia suicida—, llegando de esta forma a la aceptación de la misma. La tercera fase consistía en la famosa rehabilitación en la que —supuestamente— se iba a modificar mi forma de afrontar la vida, consiguiendo una seguridad personal y emocional, adquiriendo, de esta forma, unos valores personales apropiados. El médico me dijo que en esta fase se conseguía un crecimiento interior. La cuarta y última fase eran los seguimientos tras el alta terapéutica en la que debería acudir a terapias externas.
     Yo me había quedado atascada en la tercera fase.
     Desde el principio sabía que estaba enferma, ¿y? Los médicos no eran capaces de darse cuenta de que yo no quería salir de allí. No quería enfrentarme a todo lo que me esperaba fuera.
     No quería vivir.


     Eran las dos y media de la tarde. Cogí un pequeño calendario que tenía sobre la mesilla y el bolígrafo. Taché el día doce de julio y debajo apunté: «cuarenta y tres días». Aquel era el tiempo que llevaba ahí metida.
     Me tumbé sobre la cama y miré al techo cuando una voz familiar con un fuerte acento irlandés me resonó en la cabeza. Me incorporé por la sensación de haber escuchado a Niall, pero rápidamente aparté esa idea de mi cabeza y me tumbé de lado. A veces no lograba distinguir los sueños de la realidad.
     Un rato después, Víctor abrió la puerta con una de sus mejores sonrisas en el rostro, razón por la que yo solía estar “estable”. Había estado conmigo desde que me ingresaron e iba a verme todos los días. Bromeaba conmigo y no me recordaba dónde estaba. Hubo momentos hasta en los que llegué a pensar que papá pagaba a Víctor para que estuviera conmigo.
     Llevaba una gran bolsa WC en la mano derecha y en la izquierda sus gafas de sol. Dejó la bolsa sobre el sofá de piel que había frente a mi cama y se quitó la camisa a cuadros, quedándose tan solo con una camiseta gris. Llevaba puestos unos vaqueros por las rodillas —que le quedaban perfectamente— y unas Vans granates.
     Me dio un suave beso en la frente.
     — No has comido— me recriminó, mirando la bandeja de la comida que había sobre una mesita al lado del sofá.
     — No tengo hambre.
     — Han venido a verte los One Direction— soltó de sopetón sin mirarme a los ojos mientras se remangaba la manga izquierda de la camiseta, dejando al descubierto unos trabajados brazos.
     — ¿Qué?— pregunté y me incorporé por la sorpresa.
     — Pero se han ido— añadió en un susurro.
     Mi moral volvió a decaer. Estaba deprimida y en mi química corporal surgían una serie de cambios rotundos. En apenas segundos podía pasar de un estado a otro. Podía llegar a tener bipolaridad, estar eufórica, contenta y en unos momentos, por culpa de los recuerdos malos, volver a un estado de tristeza extrema. Realmente no existía una fórmula exacta para superar la depresión y tristeza más fiable que el propio tiempo, aunque yo en realidad no quería superarlo.
     Desde que había ingresado en aquel centro de desintoxicación, había intentado abrir las cicatrices de mis muñecas varias veces. Es más, hubo una ocasión en la que lo conseguí con el tenedor de la comida un par de semanas atrás. Aún no alcanzaba a entender cómo lo había conseguido. Tuvieron que darme cubiertos de plástico y quitarme mi frasco de perfume por ser de cristal. Finalmente, llegué a convencerme de que no volvería hacer nada. Simplemente esperar.
     Tenía las muñecas vendadas.
     — He hablado con ellos durante un rato. Me han dicho que te mejores.
     — Ah.
     Víctor dudó un momento y metió la mano derecha en el bolsillo trasero de sus vaqueros. De él sacó un trozo de papel improvisado, similares a los que los alumnos se suelen pasar en clase con sus amigos.
     — Harry me ha dicho que te lo dé— me informó de inmediato—. Antes de que se fueran a ir pidió a una de las enfermeras un papel y un bolígrafo. Después me lo dio. Por lo visto, ayer tocaron en el Calderón y hoy tienen el día libre. Mañana tocan en Portugal.
     Abrí la nota y, efectivamente, era su letra: era la letra de Harry. El mensaje era conciso y claro.


          «Jamás pensé que pudieras llegar a ser tan débil. Me has decepcionado»

     Una rabia me recorrió por dentro, propagándose por mis venas. Él no sabía nada de todo lo que tenía que soportar. No sabía lo que era ser criticada por millones de personas, acosada por cientos de paparazzi y el centro de miradas de todo el mundo, ¿y tenía los huevos suficientemente grandes para llamarme débil? ¡Era él el que no había tenido los cojones de entrar a verme!
     Arrugué la nota y me pasé la mano derecha por la mandíbula mientras —cómo no— rompía a llorar de nuevo. Víctor se aproximó a mi y me abrazó con fuerza contra él. Al principio lo agradecí, luego me di cuenta que no quería verle. No quería ver a nadie.
     — Víctor, vete.
     — Emma... — susurró casi suplicante.
     — ¡Que te largues!— grité furiosa—. Por favor— terminé por musitar sin mirarle.
     Cogió su camisa en silencio.
     — En esa bolsa tienes la sudadera que me pediste que te trajera. Fue la primera que encontré en tu armario. Y te he comprado algunas tabletas de chocolate con leche. Pensaba que tal vez te gustaría comer algo que no fuera esa basura.
     Dicho aquello me dedicó una sonrisa, me dio un beso en la frente y salió de la habitación. Abrí la bolsa y los espasmos del llanto se hicieron incontrolables: me había llevado la sudadera de Harry.
     A pesar de que estábamos en pleno mes de julio, por las noches pasaba frío y más de una vez había tenido que dormir encogida bajo las sábanas. Le pedí que me llevara una sudadera y, precisamente, había cogido aquella. Me la puse y su olor seguía impregnado en la tela, por mucho que se hubiera lavado. Me tumbé en la cama boca abajo y lloré desconsolada como aquella noche en Coniston, con la diferencia de que no estaba en Coniston y Harry no iría a consolarme mientras sollozaba. Era esclava de mis emociones. No podía controlar la tristeza, ni la frustración, ni la ira.
     Nada.
     Era una simple receptora.


     Bien echada la tarde se me pasó el berrinche. Estaba tumbada boca arriba sobre la cama — allí dentro no tenía otra cosa mejor que hacer— con las piernas cruzadas cuando la puerta se abrió sin aviso previo. Papá asomó la cabeza. Quise protestar, pero él me interrumpió.
     — Sé que no quieres verme— dijo—, pero he traído a una persona muy especial con la que posiblemente quieras hablar.
     Me incorporé.
     Acto seguido, entró en la habitación la persona a la que más admiraba en el mundo, mi gran ejemplo a seguir. La fuerza y valentía en persona. Llevaba unos leggings negros, una camiseta blanca y una camisa a cuadros. Su pelo iba recogido en un moño a medio hacer en lo alto de la cabeza y su sonrisa era resplandeciente.
     — ¿Demi?— musité.
     Fue lo único que logré decir. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Se acercó a mí y me abrazó con fuerza. No me lo podía creer. Demi estaba allí.
     — ¡Largo de aquí, Arthur!— bromeó ella. Mi padre sonrió y cerró la puerta de la habitación para dejarnos solas. Ella se giró y me miró a los ojos, sentándose en un borde de la cama.
     — No lo hagas— soltó de repente.
     — ¿El qué?
     — Decaer. Ser débil. Dejarte influenciar por los comentarios de los medios o las fans. Dejar de luchar— empezó a enumerar—. ¿Quieres que siga?
     — No puedo. No puedo salir adelante— las lágrimas volvían a asomar a través de mis ojos pero esta vez me obligué a no llorar. No delante de ella—. Cuando creo que puedo hacerlo; cuando creo que puedo conseguirlo, todo se viene abajo. Se hunde y yo no puedo evitar hundirme con ello.
     — ¿No quieres o no puedes?— no contesté—. No eres tan débil como imaginas, Em— me aseguró.
     — Pero tampoco soy tan fuerte como tú piensas.
     — ¿De verdad tienes la intención de quedarte en esta mierda de lugar sin hacer nada?— por el tono de su voz pude apreciar que era una pregunta retórica—. Las cosas no están tan mal como tú crees.
     — Están aún peor— repuse.
     — No. Hace unos días hablé con Niall por teléfono. Él no deja de darle vueltas a la cabeza en busca de algo a lo que aferrarse con tal de no creer que hayas sido tú— me cogió de las manos—. Niall confía en ti. Y Zayn también— me aseguró—. Los chicos… aún piensan en ti. Mira esto— saco un iPhone de su bolso, conectó los cascos y me tendió uno—. Esto es una canción para el cuarto álbum que van a publicar en noviembre. Se llama Fireproof. No se ha estrenado aún. Niall me la pasó en cuanto la grabaron.
     — A prueba de fuego— susurré como para asimilarlo.
     — La ha compuesto Harry— sonrió y pulsó sobre el play.
     De repente, la melodía de una guitarra, los golpes de batería y las voces de los chicos hicieron que se me encogiera el corazón. 

'Cause nobody knows you baby the way I do
And nobody loves you baby the way I do
It's been so long
It's been so long
Maybe you are fireproof
'Cause nobody saves me baby the way you do

     Después de tres minutos escuchando sus voces de nuevo, sintiendo la fortaleza de ellas y escuchando su letra, todo a mi alrededor había adquirido algo más de color. Demi quitó los cascos, los enrolló y los volvió a guardar en su bolso junto con el móvil.
     — Creo que voy a perder la cabeza— comenzó a enumerar las frases que había dicho Harry a lo largo de la canción—, hay algo dentro de mi a lo que no puedo renunciar, tal vez seas a prueba de fuego…— sonrió—. Harry aún te quiere o, en un caso paralelo, aún le importas. A los chicos aún les importa.
     — ¿Crees que…
     — ¿Pensaban en ti?— me interrumpió—. Sí. Niall me lo dijo— Demi sonrió débilmente y paseó una de sus manos por mi mejilla—. Estoy segura de que alguien quería acabar contigo y por eso ha montado este complot. Alguien te odia lo suficiente como para querer verte morir. Y casi lo consigue. No puedes darle esa satisfacción, sea quien sea.
     Las lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas.
     Desde que estaba en aquel sitio, mis sentimientos estaban a flor de piel y las lágrimas siempre estaban asomándose en busca de una salida.
     — Aquel día fue una locura— me informó de inmediato—. El día que pasó todo esto. Primero escribiste aquellas barbaridades y Twitter se revolucionó. Después salió en televisión que habías sido ingresada de urgencia por auto-lesiones y una grave sobredosis. Has de saber que muchas de sus fans crearon un trending topic. Es más, se han creado más de dos y tres que han llegado a ser mundiales durante horas.
     — ¿De verdad?— musité.
     — Sí, Emma. Y ahora te lo vuelvo a preguntar: ¿De verdad piensas quedarte en esta mierda de lugar sin hacer nada? Aquí dentro ni ayudas a tu padre a resolver las cosas, ni te ayudas a ti misma.
     — ¿Mi padre?— pregunté sorprendida—. Mi padre jamás…
     — Tu padre puede resultar frío y adusto— me interrumpió—, pero te quiere. De una manera peculiar, pero lo hace. Eres su hija pequeña y para él lo significas todo. Te exige mucho porque sabe que puedes hacerlo y te presiona porque él confía plenamente en tus habilidades— se detuvo y me cogió por la barbilla—. Emma: eres todo su mundo.
     Me sorbí la nariz y me volvió a mirar muy seria.
     Cogió una de mis muñecas y comenzó a quitar la venda con cuidado, que dejó al descubierto una cantidad innumerable de cortes sin cicatrizar de colores rosa pálido y marrón. Ella se remangó su camisa y colocó su muñeca derecha al lado de la mía. En ella se podía leer «Stay» tatuado a tinta negra sobre su piel que escondía decenas de cicatrices.
     «Stay Strong».
     — ¿Te has dado cuenta? No somos tan diferentes al fin y al cabo— manifestó mirándome a los ojos—. No puedes quedarte aquí, Emma. Sé lo mal que se pasa dentro de estas cuatro paredes. No es fácil estar deprimida y ver cómo a tu alrededor todo el mundo sigue con su vida mientras tú estás encerrada en ti y no puedes hacer nada por seguir a delante. Sonríes, intentas hacer ver a todo el mundo que todo está bien. Que tú misma estás bien, pero no es cierto. Vives en una gran mentira.
     — Demi…
     — Mi madre siempre decía una cosa: «A veces no gana el mejor, sino el que está estratégicamente más convencido». No has ganado porque alguien estaba convencido de poder acabar contigo— me interrumpió—. Si yo he podido hacerlo, tú también lo harás. Cada corte que tienes en las muñecas debe ser una razón más para salir de aquí. Y por lo que veo, tienes bastantes— intentó bromear y se levantó de la cama. Abrió su bolso, apuntó algo en un bloc de notas y me lo tendió. Era su número—. Si necesitas hablar con alguien, solo tienes que llamarme.
     — ¿Confías en mi?
     — Más de lo que tú piensas— contestó sonriendo.
     En su rostro claramente pude contemplar el dolor y al mismo tiempo la fortaleza dibujados a fuego. Nunca una sonrisa había sido tan fuerte y sincera. Entonces desplazó su mirada hasta la mesilla y vio mi iPhone apagado. Sacó un cargador del bolso y lo enchufó en la pared para ponerlo a cargar.
     — Como los médicos me vean hacer esto terminarán por echarme de una patada— bromeó—. Quiero que sepas que tenemos que quedar un día para tomar unas copas cuando salgas de aquí, así que espero que sea dentro de muy poco.
     Me dedicó una última sonrisa, me dio un fuerte abrazo y salió de mi habitación.
     Me tumbé sobre la cama y fue cuando me di cuenta de todo; lo asimilé casi de golpe. No podía seguir por ese camino. No solo me estaba haciendo daño a mí misma sino a todas las personas que me rodeaban.
     Entré en twitter.
     #StayStrongEmma había sido trendig topic el día siguiente de que la pesadilla comenzara, cargado con millones de mensajes esperanzadores. Entré a las cuentas de twitter de los chicos, busqué entre sus tweets y lo vi. El corazón me latió con fuerza. Zayn, Liam y Louis habían twitteado el hashtag a secas. Niall había escrito:


          «La peor noticia que me han dado en muchos meses. Todos estamos contigo. Puedes hacerlo. Puedes salir adelante. #StayStrongEmma» 

     Harry, por su parte, fue un poco más escueto:

          «Eres más fuerte que todo esto y lo sabes. Estamos contigo. #StayStrongEmma»

     Cerré los ojos y tomé una tibia y profunda calada de aire. Era satisfactorio descubrir que realmente no estaba sola. No solo las grandes fortunas o las más conocidas celebridades, sino de las fans que eran conscientes de lo que habían hecho y tenían la mínima decencia de disculparse por ello. Era bonito saber que había gente a mi lado que estaba dispuesta a ayudarme. «Claro que puedo salir adelante. Claro que puedo hacerlo» pensé. «No estoy sola»
     Sujeté el móvil con fuerza y dejé que mis dedos escribieran por instinto.

          «A veces, cuando estamos enfadados, decimos cosas sin pensar»

          «Siento muchísimo si he ofendido a alguien. No fue mi intención»

          «Estoy viva y voy a salir de esta. Muchas gracias por todo vuestro apoyo. No sé cómo agradecéroslo»


     Me sorprendí a mí misma cuando mis interacciones se vieron revolucionadas de inmediato. No recibí un solo tweet ofensivo, o al menos yo no lo vi entre los cientos de miles que recibía cada diez segundos de apoyo. Muchas chicas se disculpaban, otras tantas me escribían más mensajes de apoyo con nuevos hashtag y las críticas eran apenas visibles. Había ganado más un millón de seguidores y alcancé los casi siete millones. Mi vida había vuelto a la normalidad. 
     Recordé una de las frases que decía Louis en Fireproof. Era algo como: I think I'm gonna win this time. Riding on the wind and I won't give up”. Ganaría. Realmente iba a ganar aquella vez.
     Solo tenía que ser fuerte.
     Supe que lo sería.


          «Saldré adelante» escribí, «os lo prometo»


     Aquella noche pude dormir sin necesidad de somníferos.
     Una ráfaga de aire frío me recorrió el cuerpo. Me acurruqué como una niña de cinco años, tapándome las manos con las mangas de su sudadera y acercándolas a mi nariz. El olor a Harry me tranquilizaba y me hacía sentir protegida, como si él aún estuviera conmigo. Todavía podía olerle. Un aroma tan fuerte que era como si pudiera estar a mi lado observándome desde la oscuridad.
     Sentí el contacto de unos largos dedos con los míos. Estaba tan cansada que no podía ni siquiera abrir los ojos. A continuación, percibí un suave beso en la frente y una sutil caricia. Después otro beso en la mejilla y una caricia por el cuello.
     Necesitaba despertarme, necesitaba saber quién era aquella persona, pero ni siquiera sabía si era un sueño. Posiblemente fuera aquello: un sueño.
     Por último, percibí un suave y dulce beso en la boca perteneciente a unos labios que había probado antes. Le siguió una nueva caricia. Escuché el ruido de la puerta cerrarse y no volví a sentir nada extraño hasta la mañana siguiente que me levanté.
     Me restregué los ojos y vi que encima de la mesilla había algo totalmente irreconocible y que no estaba ahí la noche anterior cuando me metí en la cama. Era una caja de bombones de chocolate y una nota.
     La abrí y sonreí.


          «Emma, tienes que ser fuerte. Tienes que salir de aquí y yo sé que puedes hacerlo. Te conozco, confío en ti y sé que lo harás. No eres tan estúpida como para dejar que echen tanta mierda sobre tu reputación. Quiero que recuerdes aquel primer día de compras juntos, cuando me dijiste que si sabes quién eres, todo el mundo lo sabrá. Emma, para salir de esa horrible pesadilla, primero has de encontrarte a ti misma. Confío en ti.»

     Era la letra de Harry.
     Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y las mariposas que solía sentir en el estómago cuando le conocí se reactivaron de nuevo con una intensidad mucho mayor. Más que mariposas enamoradas, parecían abejas asesinas. Guardé la nota y salí en busca del médico. Tenía que salir de aquel lugar como fuera.


     Tenía que demostrar que estaba hecha a prueba de fuego.

viernes, 26 de julio de 2013

Capítulo 16 | Over Again


     Estaba sola en casa con Chad —que había vuelto a casa en cuanto recibió la llamada de papá—. Mamá había tenido que ir a la sede de WC para resolver unos asuntos de suma importancia, Madison había salido con y Víctor se había marchado hace una tirada de tiempo. 
     Quedaba algo menos de una hora para que tuviera que ir al estudio de papá. Los efectos de la droga se me habían pasado y necesitaba tomar una ducha.
     Me puse unos shorts, una camiseta normal y unas sandalias. Cogí un bolso de Louis Vuitton y salí al garaje donde me encontré con mi hermano apoyado en mi coche con los brazos cruzados.
     — ¿Qué haces aquí, Chad?— pregunté sin mirarle mientras buscaba las llaves de mi Audi.
     — Voy contigo— respondió muy serio.
     — Tú no vas a ninguna parte. Me voy a comer el marrón sola, tú no pintas nada.
     — Intenta detenerme.
     — Oh, créeme— le aseguré—, lo haré si es necesario.
     — No quiero dejarte pasar sola por esto— se aproximó a mí y apoyó las manos sobre mis hombros—. Eres mi hermana pequeña. No quiero dejarte sola.
     — Chad— musité—, son mis problemas.
     — Oye, te voy a acompañar quieras o no— declaró pasándose la mano derecha por el pelo y mirando hacia otro lado—. No te estoy pidiendo permiso.
     — Que no, Chad— gruñí.
     — Como quieras— concluyó con una sonrisa triunfal en la cara y encogiendo los hombros, mostrándome las llaves de su Nissan GT. Se montó en él.
     — Te veo en el estudio.
     Antes de dejarme replicar, cerró la puerta y lo arrancó. Resoplé y me monté en el mío.
     Odiaba aquello. Nadie se había preocupado jamás lo más mínimo por mí y entonces todo el mundo me perseguía para apoyarme. ¿Por qué eran tan asquerosamente falsos y despreciables? Chad había sido el único que había confiado en mí, pero que no fuera de buenas porque él había pasado de mí como lo hubo hecho todo el mundo hace algunos meses.
     Puse el aire, encendí la música y arranqué camino al lugar donde trabajaba papá. Dos Land Rover — uno conducido por Mick y el otro por otro escolta de WR— se pusieron a mi altura, uno por delante de mí y el otro por detrás.
     Stop and Stare inundó el vehículo. Tragué saliva cuando fui a tomar la E-15. Aquella melodía hacía que me doliera hasta el propio alma y se me llenaran los ojos de lágrimas. Me obligué a mantener la calma. 
     Aparqué el coche en el aparcamiento de la zona industrial donde estaba la sede de Wells Records en Málaga, en la Calle Fragua, a veinte minutos de casa. Eran dos naves industriales remodeladas de arriba a abajo y convertidas en uno de las sedes más preciadas de Wells Records. Cerré los ojos intentando ignorar a todas las cámaras y medios de comunicación que estaban reunidos en la puerta principal y a los escoltas preparados para ayudarme a salir del coche.


     — Queremos informarles de que los vamos a interponer una demanda multimillonaria y una pena de entre tres y seis meses de cárcel para resarcirnos de los daños y perjuicios ocasionados por el incumplimiento del contrato en exclusividad que su hija, aquí presente, tenía con nosotros— soltó el abogado del director de GQ y me miró a los ojos.
     Aquel hombre daba grima: tenía una voz gangosa, incluso desagradable. Era alto y delgaducho. Su rostro inexpresivo y severo.
     — ¿Y qué pruebas tienen ustedes de que ella fue la responsable de la filtración?— preguntó Sergio, el mejor amigo de mi padre, asesor jurídico de Wells Records desde siempre, representante de la familia y uno de los mejores abogados del país—. La policía ha confirmado que ella no está involucrada en…
     — Creo que no nos ha entendido— le interrumpió—. Ésta demanda será impuesta por haber acudido a otra empresa a realizar una entrevista de trabajo a sabiendas de que había firmado un contrato con nosotros.
     — ¡Fue solo una entrevista!— bramé—. ¡Me engañasteis! ¡En el contrato que yo firmé no había ninguna cláusula que afirmara que el contrato se renovaría a los nueve meses de forma automática si no se solicitaba su cancelación!
     El abogado abrió su maletín y sacó el contrato. El director de GQ me miraba desafiante, satisfecho y, principalmente, tranquilo. Se pasó la mano por la barba incipiente y mostró una desagradable sonrisa de un blanco artificial.
     Pasó el papel sobre la mesa y se lo tendió a Sergio. Éste lo miró por encima de sus gafas de pasta y apretó la mandíbula. Papá movía los dedos nervioso sobre la mesa. Se pasó una mano por el pelo e intentó evitar mi mirada con desesperación.
     — Correcto— asintió—. Tienen razón. Aquí está.
     Nos lo mostró a papá y a mí. Se podía leer claramente la cláusula, además, subrayada de un brillante verde fluorescente. Era mi firma.
     — Esa cláusula no estaba cuando yo lo firmé— exclamé—. ¡Están mintiendo! 
     — Emma... — exhaló Sergio.
     — ¡Lo leí con total atención! ¡Te aseguro que esa cláusula no estaba, joder! ¡Éste no es el contrato que yo firmé!
     — Emma, cállate— ordenó papá implacable.
     — Mi cliente no tiene por qué dar más explicaciones. Daremos más detalles en el juicio— respondió cortante el abogado. 
     — A no ser que extrajudicialmente lleguemos a un acuerdo económico. Como bien dice el refrán, más vale un mal acuerdo que un buen juicio— respondió el director de GQ poniéndose en pie y sonriendo socarronamente.
     — Ponga una cifra sobre la mesa— contestó papá con las manos entrelazadas después de haber mirado a Sergio, mirándole impasible a través de sus largas pestañas rubias.
     Se me cayó el alma a los pies. ¿Papá estaba dispuesto a pagar equis cifra de dinero a esos imbéciles? No podía ser, no podía estar pasando. Eso lo único que haría sería hacer creer que yo, efectivamente, mentía. ¡Eso no estaba cuando yo lo firmé!
     — ¿Das por hecho que te estoy engañando?— pregunté indignada—. ¿Confías más en ellos que en mí? No te estoy mintiendo, papá. Te aseguro que no— musité.
     — Cállate— ordenó severamente papá, sin mirarme.
     Agaché la cabeza y sujeté mi móvil con fuerza cuando de repente comenzó a vibrar. El corazón se me disparó, la sangre comenzó a hervirme y las manos comenzaron a sudarme. 
     Cada vez que me llamaba, aparecía en pantalla una fotografía que me hice con él durante la premiere de This Is Us, antes de la fiesta en Soho, sobre la alfombra roja y su nombre podía leerse claramente en la pantalla: Harry. 
     Harry me estaba llamando.
     Tenía que cogerlo. Miré a mi padre buscando su autorización para salir de la sala y hablar con él pero desgraciadamente no la encontré. En su lugar hallé una mirada furiosa que echaba fuego y me vi obligada a colgar. «Tranquila, Em. Luego le llamarás. No te preocupes» me decía una vez tras otra a mí misma. Mi padre miró severamente al dueño de la revista y después cerró tanto los puños que los nudillos se le pusieron blancos.
     — Toda cifra por encima de los doce millones es de mi agrado— declaró finalmente. 
     Papá apretó la mandíbula, miró a nuestro abogado y éste negó sutilmente con la cabeza.
     — En ese caso, nos veremos en el juicio— sentenció mi padre muy serio—. Señores, creo que no tenemos nada más de que hablar— papá se levantó, los abrió la puerta y dejó que salieran de la habitación. 
     — Nos veremos dentro de unos meses en los tribunales— dijo el director y se marchó. 
     Mi hermano entró rápidamente y posó una mirada preocupada primero en mí y después en mi padre. 
     — ¿Y?— preguntó cerrando la puerta. 
     — ¡Tu hermana nos ha metido en un puto lío!— gritó mi padre fuera de sí. 
     — ¡Esa cláusula no estaba en el contrato!— vociferé.
     — Y no solo que firma un contrato de exclusividad, ¡sino que además acude a hacer una entrevista con otra empresa ajena a la anterior!— papá estaba fuera de sí—. ¡Joder, Emma! ¡No piensas nada más que en ti misma y a los demás que nos jodan! 
     — Tranquilo, papá— intervino Chad intentando poner paz en la habitación—. Emma dice que ella no firmo ese contrato y yo la creí. Tú también deberías hacerlo— me defendió. 
     — No merece la pena discutir. Lo hecho, hecho está— continuó Sergio mientras recogía sus papeles de la mesa—. Necesitaré a algunos compañeros para salir de ésta porque, visto lo visto, el caso está muy jodido. 
     — ¿Tranquilo? ¿Y la mala fama que hemos obtenido? ¿Y las críticas? ¿Y las pérdidas económicas?— vociferó—. El juicio lo tenemos perdido— terminó susurrando, como para que pudiera entenderlo.
     — ¡Estoy hasta los cojones del dinero, papá! ¡Tu única preocupación a lo largo de todos estos años ha sido siempre la mierda del dinero, la mierda de la empresa y la mierda de todo!— grité furiosa, con los ojos colmados en lágrimas—. ¡Cuando os aseguro que yo no había firmado ese contrato es porque cuando yo lo firmé no estaba esa cláusula!— el dolor me estaba carcomiendo el cuerpo por dentro—. ¡Cuando os digo que yo no he filtrado ninguna clase de información es porque me la han jugado!— me temblaba la voz—. ¡Cuando os pido que confiéis en mí, es porque yo no he hecho absolutamente nada!
     — Em...— susurró Chad, aproximándose a mí.
     — ¡Estoy harta de todos!— vociferé antes de irme.
     Salí del edificio, esquivando a todos los medios de comunicación y sin avisar a los escoltas. Llegué al coche y arranqué a toda velocidad para escapar de aquel lugar. 


     Papá creía que estaba mintiendo. ¡Habían falsificado el contrato! Maldita sea. Había estado dispuesto a pagar a GQ para no llevar el caso a juicio. Jamás se me habría ocurrido filtrar la canción, escribir algo así y mucho menos acudir a hacer una entrevista a sabiendas de que el contrato estaba aún en vigor. ¡Era una hija de papá, pero no gilipollas! 
     Mamá y Madison lo callaban, pero sabía perfectamente que ellas tampoco me creían. Los únicos que habían puesto una pizca de esperanza en mí habían sido Chad y Dani, y aquel mínimo apoyo no me servía ni para limpiarme los mocos.
     La presión mediática podía conmigo y el mundo estaba en mi contra. ¿Qué sentido tenía seguir viviendo? Entré en casa en el preciso instante que me sonó el móvil. 
     — ¿Dónde estás?— era Víctor. 
     — No te importa. 
     — Me ha llamado tu hermano muy preocupado. Me ha dicho que te has ido sola. Los escoltas no han ido contigo— continuó con un matiz alarmado—. ¿Emma? ¿Dónde estás? 
     — ¿Desde cuándo te ha importado lo que he hecho?— susurré. 
     — Em, no hagas ninguna locura. ¿Estás en tu casa?— no contesté—. ¡Emma, joder!— se oyó el portazo de su coche al otro lado del teléfono—. Emma, por favor, no me cuelgues. 
     — No lo entiendes, Víctor— musité tapándome la boca con la mano e intentando contener las lágrimas mientras me deslizaba por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Me dolía el pecho. No podía respirar. Todo el mundo creía saber cómo me sentía pero nadie era capaz de ponerse en mi lugar—. No puedo más. 
     — No hagas ninguna locura, por favor— me pidió—. Voy para allá. 
     — No te prometo nada. 
     Dicho aquello, colgué y lloré tirada en el suelo durante varios minutos. En el momento que conseguí calmarme, me dirigí hacia el baño de mi dormitorio y abrí el grifo de la bañera de mármol. Estaba tan furiosa y decepcionada que necesitaba pagarlo con alguien y yo sabía perfectamente con quién. Cogí mi móvil y entré en Twitter.

          «Estoy harta de todas vosotras. De los medios, la prensa y los jodidos paparazzi»

          «No tenéis ni idea. No sabéis nada de los chicos ni de mí. No conocéis en absoluto mi historia y mucho mis sentimientos»

          «¿Os creéis importantes por criticar a alguien inocente? ¿Creéis que es divertido salir a la calle y tener que volver a casa escoltada por la policía? Pues no. No lo es»

          «No sois más que unas crías irrespetuosas que no tienen la menor idea de lo que hablan. Eso es lo que sois»

          «¿Creéis que conocéis a los chicos? Ellos solo os enseñan lo que quieren mostrar ante las cámaras. Asumidlo ya»


     Dejé el bolso y toda la ropa sobre el inodoro y dejé que mi cuerpo entrara con lentitud en el agua caliente de la bañera.
     Alcancé el bote de las pastillas de mi bolso y me tomé una.
     Dos.
     Cinco.
     Ni siquiera recuerdo cuántas fueron. El dolor era insoportable y solo aquello podía sacarme del pozo sin fondo. O no. Tal vez no quisiera salir de aquel pozo. 
     Estaba cayendo, en picado. Nadie podía salvarme. Nadie podía recoger los pedazos fragmentados de mi corazón roto, puesto que eran demasiado afilados y cualquiera corría el riesgo de cortarse con ellos. 
     En mi mente solo había un pensamiento, una obsesión que me llevaba a estar deprimida. Llorar, llorar y llorar más. Mi cuerpo no tenía ganas de nada. Solo quería meterme en un cuarto oscuro e insonorizado donde poder descargar toda mi ira. O tal vez quería todo lo contrario: gritar delante de todas esas estúpidas fans y los medios para que supieran dónde me habían llevado. 
     Mis emociones y sentimientos solo me pedían una cosa: dormir. Porque con el sueño es como si se pasara todo y como si me olvidara de todo. Como si al despertar todo lo que había vivido y que me causaba tanta tristeza y depresión profunda solo hubiera sido una desagradable pesadilla.
     Pero no. 
     Despertaba y rápidamente volvían las malas emociones y la tristeza. Por unos momentos se acrecentaban mi ansiedad, agobio y estrés, pues el contraste de la tranquilidad del sueño, y el duro y frío despertar, me caía como un jarrón de agua fría. Por desgracia, seguía despierta y la pesadilla seguía ahí. Rápidamente volví a entrar en un estado catatónico de sentimientos y emociones negativas dónde el suicidio, aunque estuviera mal, se me cruzó como pensamiento por la cabeza.
     Fue entonces cuando sopese seriamente aquella decisión. Cogí el móvil una vez más y entré en Twitter de nuevo y por última vez. 

          «No puedo aguantarlo más»

          «Necesito que este dolor termine de una vez»

          «Pase lo que pase, quiero que todas las personas que algún día significaron algo para mí recuerden que siempre los tendré en un lugar muy especial»

     Entonces recordé que aún me quedaba heroína en el bolso. No lo pensé. Cogí la jeringuilla, la hundí violentamente en mi brazo y apreté el embolo. Sentí un ardor doloroso y exquisito correr por mis venas. 
     Éxtasis y heroína. La mezcla sería mortal pero no suficiente. Quería pagar por todo el dolor que había causado a los demás. Quería pagarlo conmigo misma y no pararía hasta lograrlo.
     Alargué mi brazo izquierdo y cogí una de las cuchillas que utilizaba para depilarme entre una y otra sesión de láser. La coloqué sobre mi muñeca izquierda y la deslicé. Ni siquiera pude sentir el dolor; las drogas me habían quitado toda la sensibilidad.
     La volví a colocar sobre la muñeca y la deslicé de nuevo.
     Zas, zas, zas.
     La cuchilla dejaba que unos chorretones de sangre caliente salieran a través de mi piel como si no quisieran estar más tiempo dentro de mí, dentro de mi vida, dentro de mi ruina.
     Zas, zas, zas.
     El agua comenzó a teñirse de rojo.
     ¿Estaba siendo una cobarde? Lo estaba siendo, pero a fin de cuentas, ¿a quién le importaría? Chad y mamá llorarían mi pérdida durante varios meses, después lo olvidarían y volverían a reconstruir sus vidas como siempre habían hecho. Papá se enfadaría conmigo y no podrá castigarme nunca más porque yo ya no estaría para sufrir su pena. Lo más posible es que Madison soltara un par de lágrimas ante las cámaras para aparentar y cuando llegara a casa se metería en la cama con Elliot. Sentí una punzada de dolor por todas las personas a las que quería pero ya no podía volver atrás.
     Nadie notaría la diferencia. Si desapareciera sería casi como un respiro para todos.
     Cambié la cuchilla de mano y me corté la otra muñeca.
     Zas, zas, zas.
     La sangre caliente y rojiza caía de manera abundante sobre mis brazos. Mis muñecas tenían decenas de cortes profundos y me escocían, como si me hubiera sumergido en ácido en lugar de agua, la cual había adquirido un color granate oscuro.
     Me mareé. Sentí cómo mi corazón comenzó a latir con más fuerza contra mis sienes pero, sin embargo, apenas podía sentir mi pulso en las muñecas. Si no hubiera sido porque estaba tumbada en la bañera, lo más posible es que me hubiera caído al suelo. Me costaba respirar.
     Seguí cortándome sin fuerzas. Dejé que el brazo izquierdo cayera muerto sobre el agua y el derecho quedó inmóvil por fuera de la bañera, sujetando todavía la cuchilla con la que había resquebrajado y perforado mi cuerpo.
     Cerré los ojos y me sumergí un poco. Si aquello era morir, tampoco estaba tan mal. La cabeza comenzó a darme pinchazos, el corazón me bombeaba tres veces más de lo debido y se me empezó a nublar la vista por los bordes.
     ¿Qué pensarían mis padres cuando me vieran muerta en la bañera? ¿Qué pensaría Víctor? ¿Qué haría Dani? ¿Cómo reaccionarían los chicos? ¿Llorarían? ¿Les importaría? ¿Lo dejarían pasar? Mi cabeza empezó a formular preguntas cuya respuesta no encontré, puesto que pensar me era algo totalmente imposible, al igual que mantener los ojos abiertos. Mi visión empezó a cerrarse y una franja negra se dibujó en ella. Era como estar en un túnel sin salida y morir asfixiada, sin que nadie pudiera verme ni oírme.
     Sin embargo, no me dolía. Moriría.
     Moriría y el dolor se borraría para siempre.
     No despertaría, pero tampoco podría sentir la culpa.
     Hubo un momento en el que estuve tan desorientada que ni siquiera era capaz de recordar dónde estaba. Mi móvil no dejaba de sonar.
     Podía sentir cómo la sangre bombeaba con fuerza por mis sienes. A pesar de que el agua estaba caliente, tenía frío, como si tuviera fiebre. Podía sentir el calor abrasador que mi propio cuerpo desprendía. Solté la cuchilla y dejé que cayera al suelo con un golpe seco que quedó amortiguado como el silbido de las hojas en primavera.
     Alguien gritó desde fuera.
     Escuché el fuerte golpe de la puerta del baño caer con fuerza al suelo y a Víctor gritar de dolor. No podía verle. Se me había nublado la vista, tenía fiebre, taquicardia y estaba desangrándome.
     — ¡Dios mío! ¡Qué has hecho!— bramó. Me cogió en brazos y ni siquiera tuve fuerzas para agarrarme a su cuello—. ¡Emma! ¡No te duermas!
     — Lo...— susurré—, lo siento.
     — ¡No te vayas! ¡Quédate conmigo!
     Escuché la melodía característica que me indicaba que había un mensaje de Harry esperando a ser leído en mi WhatsApp. La puse porque quería saber cuándo me había hablado y cuál era el momento en el que debía conectarme para poder contestarle.
     «Harry me ha llamado» pensé. «Harry me ha mandado un mensaje»
     Sonreí débilmente y cerré los ojos cuando el corazón me latió tan fuerte que provocó que perdiera la conciencia.

     Entonces supe que podía morir en paz.

jueves, 18 de julio de 2013

Capítulo 15 | Right Now



Viernes, 28 de marzo

     No era difícil sentirme diminuta cuando caminaba bajo la sombra de cuatro enormes rascacielos de acero, hormigón y cristal de trescientos metros de altura. Tampoco era difícil que pudiera sentirme sola y desamparada cuando la ciudad estaba desierta y sin almas con vida que pudieran llenarla de color; una ciudad que te absorbía y hundía en tu propia locura.
     Así me sentí durante el tiempo que pasé en Madrid: insignificante, sola y deprimida. Correcto: estaba deprimida. La temperatura era agradable y las críticas continúas. Las fans me saltaban encima y tenía suerte si tan solo me lanzaban una miradita de desprecio por encima del hombro.
     Aquel día, caminaba por el Paseo de la Castellana —en el cual se solían congregar tantas personas que apenas se podía caminar— y que en aquellos momentos era un espacio despoblado. El tráfico que solía colapsar todas las carreteras del centro de la ciudad no existía. No había coches, apenas había gente y, a pesar de todo, mi vida se hundía lentamente como una enorme piedra se perdía bajo el mar.
     O tal vez sí.
     Lo más posible es que Madrid estuviera tan llena y viva como siempre, con la diferencia de que era yo la que estaba sola y vacía y quería traspasar mi oscuridad interior a todo lo que me rodeaba.
     Paseaba escondida bajo unas enormes gafas de sol y un gorro que había sido de Harry con anterioridad que no estaba dispuesta a tirar de ninguna de las maneras; al fin y al cabo, era lo único que me quedaba de él.
     Estaba atrapada en un triste sentimiento del que no podía escapar.
     Alcé la vista y suspiré, comenzando a vagar hacia el Paseo de la Habana donde había aparcado mi Audi Q7. De nada me servía mirar al cielo cuando no podía tocarlo. Había estado a punto de acariciar las estrellas con la punta de los dedos, había volado hasta casi llegar al sol y había acabado chamuscada.
     Sacudí la cabeza y me detuve junto al coche. «Estaré bien. Estaré bien. Estaré bien. Lograré salir adelante. Sé que lo haré» me repetía a mí misma, pero por encima de todo aquello, sabía que nada era cierto.
     Había entregado mi vida a las sustancias tóxicas: drogas. Un chaval se encargaba de pasármelo y yo le pagaba noblemente. Era increíble lo que unas cuantas pastillas de éxtasis y algún que otro pinchazo de heroína podían ayudarme a olvidar, a simplemente desconectar de toda la basura que me rodeaba. 
     Intentaba esconder los pinchazos.
     Dani y yo habíamos vuelto.
     Aún no recuerdo cómo ocurrió. Solo sabía que estábamos juntos. Carvajal me quería. Ignoraba los comentarios que se hacían sobre mí, salía en mi defensa siempre que algún reportero se plantaba ante él con un micrófono e ignoraba a todos aquellos que tuvieran la decencia de criticarme.
     La noche anterior, en su casa, después de haber hecho el amor, pusimos la televisión y estaban emitiendo una noticia sobre el caso. Rompí a llorar sin poder evitarlo. Tantas críticas estaban acabando conmigo, me estaban hundiendo. Él me abrazó con fuerza e intentó tranquilizarme contra su pecho, dando vía libre a que sus brazos me rodearan. Cuando logré calmarme, me vi obligada a coger mi bolso y entrar en el cuarto de baño de su dormitorio. Me lavé la cara con agua fría y respiré hondo.
     La presión era mucha y el dolor insoportable. Cogí la aguja y me inyecté una pequeña dosis de heroína. El dolor se apagaría gradualmente. Mi respiración se acompasaría y el sueño me podría. En mi brazo ya comenzaban a quedar marcas. Apenas se notaban, pero yo me las podía ver. 
     Las drogas eran tan seductoras como adictivas.
     Al cabo de unos minutos salí de nuevo, me metí en la cama y le abracé. Él me besó la frente con cuidado.
     — Sé lo que haces ahí dentro— dijo—. Crees que soy imbécil y me chupo el dedo, pero lo sé. Emma, necesitas ayuda. No puedes seguir haciéndolo.
     — Dani…— murmuré a la que me incorporaba.
     — Ni Dani, ni hostias— replicó enfadado—. Esa— señalo mi bolso— no es la solución, joder. En lugar de plantarle cara a toda esta mierda, te estás sublevando ante ella. La estás evitando en lugar de dar la cara. Y eso, por si no lo sabías, es de cobardes.
     Empecé a llorar de nuevo. No por sus palabras, sino por la veracidad que iba con ellas. Sabía que tenía razón pero ya no podía hacer nada. Nadie parecía preocuparse por mí y yo no tenía la fuerza suficiente para hacerlo por mí misma.
     Los rasgos faciales de Dani se suavizaron. Me abrazó de nuevo. Su voz me calmó, su barba mitigó mi dolor con solo una caricia y la cercanía de su cuerpo apaciguó aún más mis pulsaciones. Parecía mentira que «el futbolista chiquitín», como decía mi abuela, pudiera ser tan grande. Paseé las yemas de mis dedos por el vello de sus brazos, por sus abdominales marcados y por sus uñas medio mordidas.
     Olía a un sudor frío y a Nivea.
     — Lo siento— murmuró—. No quería decir eso.
     — Tienes razón— asentí en voz baja y me apretó más fuerte contra él. Mi mundo se venía abajo y Harry se había ido. Su imagen se disipaba gradualmente y solo me quedaba el recuerdo de sus lágrimas, el dolor palpable de su rostro y la dureza de sus palabras el día que Simon decidió arruinarme—. Estoy siendo una cobarde.
     — Mañana pedirás ayuda— dijo implacable—. Tienes que hacerlo o te juro por lo que más quieras que lo haré yo mismo.
     Aquel día por la mañana, Dani me había llevado desde Leganés hasta el centro de Madrid, donde había dejado mi coche la noche anterior.
     No había sido suficiente con quedar demostrado que yo no había escrito aquel correo ni filtrado la canción. Las fans necesitaban a un culpable al que hacer la vida imposible y al carecer de uno, me había tocado a mí. Jamás me había sentido tan hundida y desgraciada, ni siquiera cuando tuve que dejar a Víctor y mi cómoda vida reventó en mil pedazos, llenándolo todo de cenizas ardientes y dolorosas.
     Después de que Modest y Sony me denunciaran, los chicos me dieran la espalda, los medios me acosaran hasta en el baño y las fans quisieran arrancarme todos los pelos de la cabeza, todo se vino abajo. Incluso yo. Mi mundo seguía exactamente igual. Mi familia, mi fortuna y mis antiguos amigos que confiaban en mí seguían intactos. Todo seguía en su lugar. Era yo la que estaba hecha una mierda y al borde del abismo de nuevo.
     Me monté en el coche y enfilé hacia La Finca.
     Iría a casa pero, ¿cuál era verdaderamente mi casa? ¿Cuál era mi destino? ¿Quién era yo en realidad? Antes de encender el motor, hundí el rostro entre mis manos y rompí a llorar. El mundo se me venía encima. Las cosas más tontas me hacían llorar. Había salido a comprar y me había sentido perdida y hundida en un lugar donde la gente sonreía y no eran capaces de darse cuenta de que estaba quebrada. Entonces añoré con fuerza el impacto de las drogas en mi cuerpo. Necesitaba sentir sus efectos estimulantes. 
     A veces experimentaba náuseas, escalofríos o calambres en los músculos, al igual que alguna que otra vez se me nublaba la vista. No dormía bien, pero adoraba esa falta de consciencia del dolor que me provocaba. Otras veces, sin embargo, dormía demasiado. No sentía el dolor físico y, de alguna manera, estando bajo sus efectos, tampoco podía sentir el emocional. Las ansias aparecieron muy pronto y me empujaron a consumir éxtasis una y otra vez, incluso sabiendo que era perjudicial para mí. Me provocaban depresión, confusión y ansiedad, incluso hasta paranoias. Sabía que aquella droga estaba acabando conmigo pero no podía dejarla. Era como..., una droga propiamente dicho. 
     De la heroína mejor ni hablar.
     Cualquiera que quisiera podía tirarme con un solo soplido. Sin embargo, aún estaba —por alguna razón que no alcanzaba a entender— en pie. El mundo eran solo sombras, igual que yo. Gente con la que me cruzaba que me detenía para preguntar, medios de comunicación a los que ignoraba a toda costa y cientos de fans enfurecidas que querían mi cabeza en bandeja. Todos me conocían a mí y yo no conocía a nadie.
     Solo eran figuras anónimas en mi vida.
     Echaba de menos Londres. Añoraba mi antiguo mundo donde los chicos me hablaban a todas horas, las fans querían que las siguiera en twitter y los medios me dejaban en paz. Especialmente, más a allá de cualquier sueño, echaba de menos a Harry. Su sonrisa, sus susurros, su seguridad, su instinto protector...
     Deseaba que Harry estuviera conmigo en aquel preciso instante.
     Las lágrimas humedecieron mis ojos en el momento que Story Of My Life empezó a sonar en Europa FM y una punzada de dolor hizo mella en mi pecho. Me vi obligada a detener el monovolumen en la cuneta. Me las aparté furiosamente y ahogué un sollozo cuando la voz de Harry predominó por encima de las demás. 


     No quería llorar. Estaba harta. Necesitaba salir de aquella ciudad que estaba terminando por volverme loca. No podía seguir viviendo en aquel rol que me hundía cada día un poco más en la ruina. Me temblaron las manos cuando cogí el móvil y le mandé un mensaje a Dani. 

          «Mañana iré a Marbella. Necesito apartarme de todo. No puedo seguir viviendo en esta ciudad que está ahogándome, hundiéndome en mi propia locura. Podemos vernos esta tarde por última vez antes del partido mañana contra el Rayo» 

     En aquellos momentos, ya ni siquiera me importaba que él pudiera descubrir mi verdadera debilidad. Es más, solo Dani sabía cómo me sentía verdaderamente. Estaba siendo cobarde otra vez. Un año atrás había huido a Londres y entonces iba a huir al único lugar donde podía estar a salvo: el chalet de Marbella. 
     Tenía que salir de aquella ciudad que me hacía daño.
     Tal vez pudiera dejar las drogas por mí misma.
     «Las drogas acabarán contigo» me susurró el futuro.


Miércoles, 21 de mayo


     Habían pasado dos meses desde que había decidido huir de Madrid y seis desde que había llegado a España. No había vuelto a entrar en mi twitter y tuve que cambiar mi número de teléfono varias veces. En las entrevistas que concedían los chicos evitaban hablar sobre mí, como si al hacerlo los escociera la lengua, y saltaban inmediatamente con otra cosa que no tenía nada que ver. Mamá y papá seguían sin creerme: estaban enfadados. El único que confiaba mínimamente en mí era Chad.
     Lo que iba a parecer un descanso se había convertido en una auténtica odisea.
     En mayo, papá y mamá vinieron también a nuestro enorme chalet en La Zagaleta Country Club, uno de los lugares más lujosos y exclusivos de Europa, situado en una de las zonas más bellas de la Costa del Sol, con acceso directo a la playa. El Country Club presentaba un alto nivel de seguridad y un gran número de instalaciones de uso exclusivo, entre ellas destacaba dos campos de golf, con el mediterráneo en primer plano, el estrecho de Gibraltar de fondo y la Costa Africana en el horizonte. 
     La villa de dos plantas contaba con ocho enormes habitaciones, ocho baños —algunos de ellos con jacuzzi—, dos piscinas —una climatizada y otra exterior—, pista de tenis, pádel, aparcamiento para doce vehículos, gimnasio, bodega y una sauna. Por no contar con las impresionantes vistas que tenía la zona de la piscina.
     Nuestro jardinero, Alfredo, se había jubilado por la edad y papá dijo que se encargaría de contratar a alguien más joven que pudiera desempeñar ese trabajo. Teníamos cinco mayordomos, un guarda de seguridad y un conserje. Mick había venido conmigo a Marbella. Se había convertido, literalmente, en mi sombra.
     Aquel caluroso día de mayo estaba tumbada sobre una hamaca intentando coger color. Madison estaba tomándose un granizado de limón a mi lado.
     — Elliot y yo hemos comprado un ático en Magna Marbella— dijo.
     — La prestigiosa urbanización en Los Naranjos— nuestro mayordomo más veterano me trajo un batido frío de piña—. Gracias, Rick.
     — En Nueva Andalucía, sí— asintió y se colocó las gafas de sol de Gucci—. Es un amplio ático con increíbles vistas panorámicas al mar. Tiene quinientos metros cuadrados y una terraza de muerte. El sistema de seguridad es de los más avanzados de Europa. Tiene cinco dormitorios y seis cuartos de baño. Nos ha costado mil y medio de los grandes. Es una ganga. Ahora estamos cambiando algunos muebles. Ya te invitaremos a tomar algo cuando lo hayamos terminado. 

     A pesar de todo, yo no podía dejar de preguntarme qué estarían haciendo los chicos. El mes anterior comenzaron su tercer tour mundial de estadios. ¿Cómo estaría Harry? No había vuelto a mandarle ningún otro mensaje desde el último que recibí. Zayn y Perrie se habían ido a vivir juntos y, por lo visto, se habían comprado un casoplón en al norte de Londres. Louis —que había pasado unas vacaciones con Els— se había gastado unos tres mil de los grandes en una mansión en Chelsea, cerca de Zayn. Liam también se había comprado un dúplex de lujo en Primrose Hill y había rumores de que Sophia vivía con él. De Niall y Harry no sabía nada. Agité la cabeza.
     Me coloqué bien las gafas de sol.
     — ¿Y Elliot?
     Cogió el iPhone y miró la hora.
     — Debe de estar al llegar.
     Al cabo de algunos minutos, Madison se puso en pie y salió corriendo hacia las puertas correderas del salón que lo unían con el jardín. Elliot la esperaba allí con los brazos abiertos. Me había ido a Marbella para estar sola y detrás de mí vinieron mis padres, mis hermanos y, visto lo visto, sus respectivas parejas.
     Por suerte, ninguno de ellos estarían en casa.
     — ¡Hola, Em!— me saludó con la mano.
     Dibujé una sonrisa fingida y me di la vuelta.
     — ¡Nos vamos a comer! ¡Dile a mamá que vendré por la tarde!— gritó Madison dándole la mano y entrando en casa a cambiarse.
     Elliot y mi hermana llevaban saliendo años. Se conocieron en la Universidad. Después de que ella cortara su relación con Niall, Elliot se atrevió a decirle a mi hermana todo lo que sentía por ella y se convirtió en su representante. Lo cierto es que me gustaba: era guapo, simpático y divertido, por no contar la paciencia infinita que tenía con Madison, que aquello era digno de mención.
     Curiosamente solo había un hombre en el mundo que pudiera soportarla y ella le había encontrado. Aquello era tener suerte.
     Me deshice de las gafas de sol y me lancé a la piscina de cabeza. Todos mis pensamientos negativos se esfumaron, como cuando los pájaros huyen al oír un golpe. ¿El problema? Que era temporal. Después de salir, todo el dolor volvería de nuevo, y con ello, las pesadillas y la angustia.
     Me dirigí al bordillo.
     Apoyé ambas manos firmes, hice fuerza y levanté todo mi cuerpo para quedarme sentada sobre éste. Estaba escurriéndome el pelo cuando una toalla me cubrió la espalda y me sobresalté. Lo último que me esperaba fue que él también hubiese ido.
     — ¡Víctor!— grité asustada, tapándome el escote.
     — Hola— susurró.
     — ¿Qué estás haciendo aquí?— pregunté, intentando ocultar mi sorpresa.
     — Tu padre me llamó. Dijo que os habíais quedado sin jardinero y que si me interesaba el puesto. Y como puedes comprobar, he aceptado— respondió vergonzosamente—. He estado trabajando como analista en la Bolsa de Madrid pero, dados los tiempos que corren, han prescindido de mí. Tenemos el ático en New Golden Mile, como bien sabes, así que no me ha sido ningún problema venir. ¿Te acuerdas de cuando veníamos tú y yo?— preguntó en un susurro—. Qué buenos tiempos, ¿verdad?
     — Vete a la mierda.
     — Londres te ha cambiado. Estás fantástica.
     — No puedo decir lo mismo de ti— mentí. Jamás le había visto tan bien.
     Le miré de arriba a abajo y me detuve en sus ojos. Mirarle a los ojos era como despertar, especialmente porque era como mirar a Harry: la misma forma, la misma expresión, el mismo color. Hasta ahí llegaba el parecido. Víctor tenía el rostro alargado, las cejas rectas y los labios muy finos.
     Agité la cabeza.
     — Oye, Em— susurró—. Lo nuestro no salió bien pero...
     — Exacto— asentí—. No salió bien.
     — ... llevamos más de un año sin vernos. Creo que es el momento que hablemos de lo que pasó aquel día. Tenemos que arreglar las cosas.
     Suspiré exasperada y le fulminé con la mirada.
     — No hay nada que arreglar.
     — Em, juro que fue el mayor...
     — Error de tu vida— le interrumpí—. Me quieres, me necesitas, no quisiste dejarme escapar. Bla, bla, bla. Déjate de tonterías. Esta historia ya me la conozco yo.
     Resopló.
     — ¿Cómo te encuentras?— preguntó preocupado.
     Le miré desafiante a los ojos.
     — No me hagas reír— contesté sin poder evitar el sarcasmo—. Me gusta tu falsa preocupación, como la de todo el mundo que me rodea.
     Puso los ojos en blanco.
     — Jamás cambiarás.
     — Es suficiente— le interrumpí con la mano en alto— Mi padre te va a pagar para cuidar el jardín durante estos meses, ¿no? El césped está demasiado largo y el fondo de la piscina sucio. Adelante, a trabajar. Al fin y al cabo, para eso te pagan.
     Me miró una vez más sonriendo y me atravesó la mirada con sus ojos verdes.
     — Ya tendremos la conversación que me merezco— dijo por última vez mientras iba al cobertizo a por el limpia-fondos.
     No pude evitar mirarle. Seguía estando igual que siempre, incluso más guapo, aunque tenía su pelo un tono más rubio, la espalda era ancha y el cuerpo musculado, más que hace un año. Llevaba una camiseta blanca de tirantes que dejaba al descubierto unos trabajados músculos de los que presumía orgulloso y unos pantalones grises cortos de chándal.
     Subí a mi habitación y cogí una pastilla de uno de mis botes. La sensación de bienestar fue automática, a pesar de saber que la droga aún no había hecho efecto. Tomé un poco de agua y volví a salir al jardín, donde me eché la crema de sol.
     Estaba cansada de mostrar una sonrisa cuando por dentro no tenía ninguna esperanza en la vida. Desde que Simon me culpó de algo inexistente, yo vivía en un pozo sin fondo del que era totalmente incapaz de salir.
     No tenía la suficiente fuerza para subir, simplemente la tenía para tomar aire, cerrar los ojos y sonreír, intentando hacer creer a los que me habían tirado que ahí abajo no se estaba nada mal, aún sabiendo que posiblemente muriera.
     El móvil interrumpió mis pensamientos. Alargué el brazo derecho a la mesita que había entre las dos hamacas, miré la pantalla, resoplé y respondí.
     — ¿Papá?— se me había empezado a trabar la lengua y por mis venas había empezado a correr adrenalina en lugar de sangre. Suspiré aliviada al sentir que la droga estaba haciendo su efecto.
     — Los de GQ van a venir al estudio esta tarde. A las siete y veinte quiero verte aquí, Emma.
     Y colgó.


     Simon, los paparazzi, los haters, Víctor y aquello último. España se estaba convirtiendo en un auténtico quebradero de cabeza.
     Por una parte, los medios de comunicación se reunían todos los días en la puerta de casa en busca de alguna noticia para poder meter en los estúpidos programas de cotilleo. Su único objetivo era buscar la noticia. Cuando la tenían, se inventaban una historia totalmente engañosa y falsa para llamar la atención del espectador. Yo era periodista y me avergonzaba de que todos aquellos capullos también lo fueran.
     Por otro lado, las fans. No podía salir a la calle sin que me culparan de que los chicos estaban tristes, que los había utilizado y demás gilipolleces. ¿Ellas los conocían? ¿Sabían algo de sus vidas? Las fans solo sabían lo que ellos mostraban ante las cámaras. No tenían ni idea de cómo eran tras ellas. No los conocían a ellos y tampoco me conocían a mí.
     Mi cuenta de twitter era deprimente. Por cada dos tweets de apoyo, recibía trescientos de insultos. Aquella fue una de las razones determinantes por las que dejé de entrar.
     Ojos que no ven, corazón que no siente.
     Por último, Víctor. Mientras estábamos saliendo, lo pasábamos bien: alternábamos con nuestros amigos, íbamos de fiestas, nos acostábamos casi todos los días y estudiábamos. Lo que más me gustaba de él era su creatividad. Cada cita superaba con creces a la anterior. Era picarón, sexy y algo arrogante, pero ciertamente tenía razones para ello. Desde que lo vi engañarme con aquella rubia de bote, supe que no podría perdonarle. ¡Y trabajaba en nuestro jardín! Sabía que papá lo había hecho a propósito. Quería castigarme de alguna manera —por algo que no había hecho— y aquella era la razón por la que Víctor estaba allí. No había jardineros veteranos y expertos en el mundo, sino que tenía que contratar a Víctor. Un corredor de Bolsa trabajando en nuestro jardín.
     Odiaba a papá.
     Di un último sorbo al batido y me volví a poner las gafas sabiendo que aquella tarde tendría que volver a ver al director de GQ y compañía. Cerré los ojos, sintiendo el calor abrasador de las drogas correr por mis miembros. El cuerpo se me relajó y mi respiración se acompasó.
     Me quedé dormida casi al instante... 

     ... con la mirada nostálgica de Víctor sobre mí.

lunes, 15 de julio de 2013

Capítulo 14 | Where Do Broken Hearts Go


Martes, 10 de diciembre

     Eran las cinco menos veinte de la mañana cuando el avión aterrizó y pisé —después de casi un año— territorio español. Estaba esperando a que salieran mis maletas y encendí el móvil. Tenía más de siete llamadas perdidas de Chad. Recogí mi cuarta maleta y le llamé.
     — ¿Chad?
     — ¿Dónde coño estás, Emma?— preguntó. Su voz grave vibró a través del teléfono—. Estaba muy preocupado.
     — Estoy en la sala diez— comenté exasperada mientras sacaba la cartera del bolso y sujetaba el móvil contra el hombro derecho—, estoy esperando la última maleta.
     — El guardaespaldas va contigo, espero.
     — Se llama Mick— le corregí.
     — Mick— cedió de mala gana—. Yo estoy en el vestíbulo de llegadas, te veo ahora.
     Y colgó. Miré mi móvil con la esperanza de haber recibido algún mensaje de los chicos, pero no había tenido suerte. Era evidente que no volverían a llamarme. Giré la cabeza y pude ver a un grupo de chicas con los móviles en alto, fotografiándome. Maldita sea. ¿Por qué no se preocupaban por coger su equipaje y no por sacarme fotos? ¿Acaso eran idiotas?
     Mick me ayudó a coger la última —y más grande— maleta. La subió a mi carrito y echó a andar a mi lado, tirando de su maleta.
     Visto y no visto me vi en el gran vestíbulo de llegadas de la Terminal 4 de Barajas. Una gran cola de personas tras las vallas que lloraban, gritaban y agitaban las manos mostrando carteles de bienvenida emocionados y que abrazaban a sus padres, amigos o hermanos a los cuales parecía que no habían visto durante años.
     La vuelta a casa por Navidad.
     Apoyado en una pared, vi a un joven de pelo oscuro con una camiseta negra ajustada que marcaba sus trabajados músculos, tanto en los brazos como en el vientre y unos vaqueros extremadamente sexys. Llevaba unas gafas de sol y la cazadora de la mano.
     Mi hermano era guapo sin esforzarse.
     A veces tenía la sensación de que ni siquiera él mismo lo sabía. Tenía una expresión serena; las cejas rectas, los labios finos y el rostro delgado. Tenía el pelo alborotado y se introdujo los dedos en él, lo que me llevó a pensar que estaba nervioso. Estaba mirando el móvil. Llevaba a dos guardaespaldas consigo. Cuando levantó la cabeza, dibujó una sonrisa y bloqueó su móvil. Salí corriendo hacia él para lanzarme a sus brazos y sentirme reconfortada por el único chico que jamás me fallaría: mi hermano.
     Le abracé todo lo fuerte que pude y apoyé la cabeza en su pecho. Él me abrazó por el cuello. Llevaba casi un año sin verle y le había echado de menos. Olía como siempre: a One Million y aftershave de Nivea.
     — Dios mío, Emma, estás impresionante. Estás mejor que cuando te fuiste— dijo sonriendo, mirándome de arriba a abajo—. Estás…, genial.
     — ¿Te has visto?— dije tocándole los músculos de su brazo derecho—. Últimamente has estado yendo al gimnasio, ¿verdad?— respondí divertida.
     — Exigencias del guión— contestó haciendo un gesto con la mano para quitarse importancia—. Trae, ya te llevo yo esto— comentó a la par que tomaba el control de mi carrito.
     Varias chicas detuvieron a Chad para pedirle un autógrafo y fotografiarse con él. A mí ni siquiera tuvieron la decencia de mirarme.
     Dolía saber que era inocente y, por el contrario, era yo la que tenía que sufrir la pena máxima: ya no les valía con insultarme, sino que también me ignoraban. Dadas las circunstancias, no sabía cuál de ambas era mejor o peor. Después de todo, ya había perdido esa capacidad de medición y el término «mejor» se había extinguido de mi vocabulario. Después de aquello, tomamos los ascensores y fuimos directamente al aparcamiento. Caminamos varios metros hasta llegar a un Porsche Cayenne Turbo de color gris.
     — ¿Coche nuevo?— comenté con una sonrisita—. Yo me he comprado uno igual, aunque el mío es de color negro.
     — Lo sé— asintió—. Vi fotos en internet y decidí comprarme uno igual.
     — Personalidad cero.
     — Menos uno, más bien.
     Guardó mi equipaje en el maletero.
     — Gracias por traer a Emma— le dijo a Mick y le presentó a sus guardaespaldas. Estos se pusieron a hablar con Mick durante unos minutos y yo miré a Chad a la espera de una decisión.
     — ¿Por qué esperamos?
     — Porque a mí me pueden acosar— contestó Chad—, pero tú eres carne de cañón. Ellos saben lo que se hacen. Ellos son los que van a decidir cómo vamos a ir a casa.
     — Bien— uno de los escoltas de Chad se giró y nos miró—. Él— señaló a Mick— y yo iremos en el coche con vosotros. Él— señaló al otro guardaespaldas— irá detrás con otro coche. Los llevaremos hasta La Finca. Una vez dentro, Mick se quedará allí y nosotros volveremos— al ver que nadie ponía objeciones, tomó las llaves del coche de Chad—. Bien, adentro.


     Se había solidificado un incómodo silencio.
     Chad puso el bluetooth en su móvil, conectó Spotify y Beat It de Sean Kingston bañó el vehículo. Yo comencé a cantarla por lo bajo hasta que uno de los escoltas bajó un poco el volumen. A Chad le encantaba picar a la gente, especialmente cuando se trataba de un guardaespaldas.
     — ¿Cómo estás, Em?— preguntó más serio de lo habitual.
     — Los chicos me odian, los paparazzi me persiguen, soy insultada por millones de directioners al día y medio planeta desea mi muerte en la hoguera, como en la Edad Media. Así que estoy bastante bien, gracias por preguntar— respondí, no sin poder evitar el sarcasmo—. Adoro los castigos tradicionales. No hay nada mejor que morir chamuscada por un puñado de crías. Resulta verdaderamente excitante.
     — Ya... Te entiendo, Emma— dijo girando la cabeza y apoyando el codo izquierdo en la ventanilla, mirándome de soslayo con vulnerabilidad.
     El escolta que conducía tomó la M-50.
     — No Chad, no lo entiendes. No entiendes nada— respondí poniendo fin a la conversación y mirando por la ventanilla.
     — Mamá y papá están cabreados y los de GQ están que trinan, pero mandar filtrar esa información...— se calló un momento—, le has echado muchos cojones. Aunque he de admitir que has fastidiado el negocio a papá. Ya te lo explicará él cuando llegues.
     — ¡Yo no la filtré!— vociferé—. ¡Yo no he filtrado nada!
     Me miró muy serio y Mick giró la cabeza.
     — Ya hablaremos sobre esto.
     Aparté aquella idea de mi cabeza cuando nos detuvimos ante la entrada norte de la urbanización de lujo de Pozuelo de Alarcón, Los Lagos, dentro del barrio de La Finca. En aquella Urbanización exclusiva teníamos a vecinos de la talla de Cristiano Ronaldo, Bale o Alejandro Sanz.
     Los pequeños lagos artificiales, las plantaciones de hierba y los altos árboles seguían intactos. Tan cuidados como siempre. El escolta de Chad pasó la tarjeta por el lector, saludó al guardia de la cabina y entramos en la Urbanización.
     Eran las seis y media de la mañana cuando el escolta la puerta de seguridad de nuestro chalet. Era una magnifica propiedad dotada de los últimos sistemas de seguridad, domótica y diseño en una ubicación excepcional con una superficie construida de aproximadamente dos mil metros cuadrados. Poseía un hall de entrada que daba paso a un espectacular salón con salida al porche, comedor independiente y gran cocina con office, lavandería y despensa. Contaba con seis dormitorios: el principal con gran vestidor y baño. Los otros cuatro en suite. En el sótano había una pista de squash, piscina y gimnasio con vestuarios y baño turco. En el exterior había una piscina desbordante y espectaculares vistas.
     El escolta entró en el aparcamiento —con aforo para dieciséis vehículos— donde estaban mi madre y mi hermana esperándome con cara de sueño, el pijama todavía puesto y un abrigo encima. No aguardé a que terminaran de aparcar el coche. Rápidamente bajé del vehículo y salí corriendo hacia ellas para abrazarlas con lágrimas en los ojos. Un aire invernal me congeló hasta los huesos, pero tampoco me importó. El abrazo de mi madre y mi hermana me reconfortó.
     Hogar dulce hogar.


     Eran las diez de la noche.
     Mamá, Madison y yo estábamos en la cocina preparando la cena. Chad había salido a cenar con unos amigos y mi padre todavía no había aparecido por casa.
     Por lo que me contó mi madre, papá había volado hacia Estados Unidos para resolver unos problemas que —supuestamente— yo le había causado. No tenía suficiente con tener que soportar a millones de crías repelentes y a los malditos medios de comunicación que no me dejaban ni siquiera respirar, sino que además tendría que soportar cosas como aquellas.
     Después de cenar, nos sentamos las tres en el sofá. Nada como estar en casa y rodeada de la gente a la que más quieres. Mamá puso el famoso programa de cotilleos que tanto le gustaba, tapadas con una mantita. Madison y yo estábamos bromeando cuando una noticia llamó nuestra atención. 
     — Shhh— ordenó mamá y subió el volumen—. Callaros.

          «La policía ha confirmado oficialmente que la joven Emma Wells, que había sido acusada de calumnia y difamación, no ha tenido nada que ver en la filtración de información del grupo de éxito, One Direction»

     — Ya era hora de que lo emitieran— susurré para mí.

          «Nosotros jamás hemos tomado sustancias estimulantes ni nocivas» decía Niall. Era la rueda de prensa que habían convocado para desmentir los rumores. «Ante todo, nos importa nuestra salud. Podemos afirmar que nada de lo que se ha publicado sobre nosotros es cierto. Nosotros no lo creeremos hasta que se presenten pruebas concluyentes, entonces será cuando pongamos a juicio todas las cosas que se han dicho. A día de hoy, necesitamos el apoyo de nuestras fans, ya que esta no es una situación fácil para nosotros ni para nuestras familias» finalizó.

          «El grupo se mantendrá unido siempre que las fans quieran que se mantenga unido. Lo que menos necesitamos a día de hoy son mentiras, calumnias e infidelidades. Esta situación también ha afectado a nuestras fans, y por ello necesitamos que se mantengan tan fuertes como nosotros lo estamos haciendo» continuó Louis y quitaron la entrevista.

          «A día de hoy, el grupo está preparando su tercera gira mundial con la que esperan poder recompensar a sus fans» intervino de nuevo la reportera.

          «Es un tour diferente, innovador y sorprendente. El escenario es enorme, habrá grandes juegos de luces y nuevos pasos de baile» decía Zayn en una entrevista por teléfono. Su voz sonaba ligeramente distorsionada. «Queremos que nuestras fans disfruten de él y nosotros también queremos hacerlo. Después de todo, es evidente que lo merecemos»

          «Emma Wells no ha querido hacer declaraciones ante la prensa. Por ahora, la policía sigue buscando al culpable de los hechos. Se ha confirmado que la policía científica ha recuperado todo el historial de la señorita Wells y se ha demostrado que alguien ha entrado en su terminal, al igual que se ha intentado rastrear la dirección desde la que se han enviado los datos o la dirección IP…»

     No soportaba estar allí. Me levanté sin decir palabra y subí a mi dormitorio.
     Necesitaba que me dejaran en paz.


     Apoyé la espalda en el cabecero de la cama y comencé a mover el móvil entre los dedos. Oí unos golpes en la puerta.
     — Sigues siendo la misma niñita mimada de siempre. Me das asco— comentó Madison al entrar cuando vio el vaso de leche que mi madre me había dejado sobre la mesilla con anterioridad y que estaba comenzando a degustar.
     — ¡Cállate!— grité lanzándola un cojín del suelo y solté una débil carcajada. Ella sonrió y se tumbó encima de mi cama mirándome a los ojos—. ¿Dónde has dejado a Elliot?
     — Tenía una reunión con algunos organizadores de pasarelas. Quiere conseguirme un hueco en la Fashion Week de Barcelona para el año que viene— explicó—. Anoche voló allí y yo me vine a casa con mamá y Chad. ¿Qué tal con Harry?
     Entrecerré los ojos.
     — Mal— susurré—. Madison, yo no he filtrado nada, te lo aseguro. Me han tendido una trampa. Te prometo por lo que más quieras que yo jamás habría filtrado esa información. Ni siquiera había tenido tiempo para escuchar la canción.
     Ahogué un sollozo.
     — Tienes que creerme, Madison— terminé suplicando—. De verdad que yo no he filtrado nada. No puedo soportar esto.
     — Demuestra que tú no fuiste.
     — ¿Cómo? Mi credibilidad está por los suelos.
     — Yo no soy periodista, eso es cosa tuya.
     Dejé el vaso de leche sobre la mesilla y la abracé. Apoyé mi cabeza en su hombro derecho y por fin volvimos a ocupar nuestros respectivos papeles: ella la hermana mayor y yo la pequeña. Me sujetó la cara con ambas manos y apoyó su frente en la mía.
     — Dicen que el amor hiere, deja el dolor y después se va— susurró—. Recuérdalo, Emma. No puedes seguir en esa estúpida línea con Harry. Terminarás haciéndote mucho daño.
     — No entiendes nada— musité.
     — Entiendo más de lo que tú misma piensas, créeme— me aseguró y se apartó—. Buenas noches— se despidió con una débil sonrisa.
     Cerró la puerta y volví a taparme con la manta. Alargué mi brazo hasta la mesilla, di un buen trago al vaso de leche, agarré firme el iPhone y empecé a escribir.

          «Harry, siento no haberos dicho nada de GQ pero te aseguro que yo no filtré absolutamente nada. Tienes que creerme. Yo jamás os vendería de ese modo. Deja que te dé una explicación para todo esto. Llámame, por favor»

     Habían pasado cinco minutos desde que le envié el mensaje y todavía no me había contestado. Tomé otro sorbo de leche y un sentimiento de terror me recorrió todo el cuerpo en un momento en el que tenía que pensar con calma y tranquilidad. Mi móvil empezó a sonar. Por un momento, el corazón se me disparó y tuve la repentina sensación de que Harry me creía. Sin embargo, no era él, sino Dani Carvajal. Cerré los ojos y —prácticamente sin darme cuenta de ello— descolgué la llamada. Ya era hora de volver a la «normalidad».
     — Hola— susurré.
     — ¡Em!— exclamó Dani y el ruido que se escuchaba de fondo se detuvo. Lo más posible es que estuviera viendo la televisión y ni siquiera confiaba en que le contestaría—. Pensé que jamás te dignarías a cogerme el maldito teléfono.
     — Lo siento— murmuré—. No he…, no he podido.
     — Te he estado llamando durante semanas. Estaba muy preocupado, joder— estaba enfadado. Sin embargo, su voz resultaba igual de grave y peculiar que siempre.
     Para él, nada había cambiado.
     — Perdón.
     Resopló.
     — De acuerdo…, vale— suspiró aliviado—. ¿Cómo te encuentras?
     — Como si cualquier luchador de sumo me hubiera pasado por encima— me deslicé bajo las sábanas—. Dani, sé que en esta situación no es más que un cliché, pero te aseguro que yo jamás…
     — Jamás harías algo así— me interrumpió—, lo sé. Sé que no lo has hecho.
     Dibujé una triste sonrisa.
     — ¿Dónde estás?
     — En Dinamarca, en el D'Angleterre. Ésta mañana hemos entrenado en Valdebebas y por la tarde volamos hacia aquí. Mañana jugamos contra el Copenhague en el Parken— contestó y nos quedamos en silencio durante algunos largos y dolorosos segundos.
     — La quinta jornada de la fase de grupos de Champions— murmuré—. Lo había olvidado.
     — Quiero volver a verte— dijo—. No estoy hablando de volver a intentarlo, porque dadas las circunstancias es lo de menos. Quiero ayudarte y…
     Sonreí y me pasé la mano por el pelo. Se calló de repente.
     — Has sonreído— se atrevió a decir, orgulloso—. Has hecho ese ruidito con la nariz. Sé que has sonreído— silencio—. Emma, por favor— suplicó—: no quiero que pases por todo esto tú sola.
     — Lo cierto es que a mí también me gustaría volver a verte— clavé la mirada en la gran extensión de urbanización que podía verse a través de los ventanales de mi dormitorio—. A día de hoy, eres de las pocas personas que se han preocupado mínimamente por mí.
     — No— negó—. Mucha gente se preocupa por ti.
     — Yo…— se me quebró la voz—, no voy a poder superar esto, Dani. No puedo cargar a todas horas con las críticas inmerecidas que estoy recibiendo. Me afectan más de lo que a mí misma me gustaría y saber que soy inocente…
     Prácticamente rompí a llorar, señal evidente de que un estado de depresión se estaba acercando a mi vida y no podría hacer nada para no dejarle pasar. Desde que Simon me la jugó de aquel modo, me pasaba el día llorando.
     — Eh, eh— susurró él—. Tranquila.
     — Todo esto me queda demasiado grande— musité y me enjugué las lágrimas—. Estoy sola y nadie…, nadie…
     — No, no— murmuró a modo de súplica—. No llores, Em. No puedo soportar escucharte llorar. No estás sola, ¿de acuerdo? No estás sola. Me tienes a mí. Tienes a tu familia. Tienes a cientos de personas que confían en tu inocencia. No. Estás. Sola— repitió.
     Dibujé una media sonrisa que se perdió bajo mis lágrimas y un sonoro sollozo.
     — Me duele no estar contigo— dijo con una voz amortiguada, como si se hubiera puesto de cara a la pared y escondido el rostro entre sus brazos—, pero más me duele no estar ahí para abrazarte.
     Reí un poco y me pasé la mano por los ojos. Tenía la nariz taponada.
     — Pensarás que soy una cobarde, que soy débil, que...
     — Pienso que estás siendo demasiado fuerte para toda la mierda que te están echando encima— me interrumpió—. Pienso lo mismo que pensé cuando te conocí. Saldrás de ésta.
     — No si muero en el intento.
     — No digas gilipolleces— me reprendió.
     Era satisfactorio saber que Dani seguía siendo el mismo Dani que conocí varios años atrás. Tenía la voz más grave y la barba más larga, pero el mero hecho de haberse convertido en el lateral derecho indiscutible de Ancelotti —debido a la lesión de Arbeloa— no le había cambiado en absoluto.
     — Gracias— murmuré.
     — El miércoles te veo.
     — El miércoles te veo— repetí.
     Y colgué.
     Entonces vibró mi móvil y comprobé que Harry me había mandado un mensaje mientras hablaba con Dani. Una pequeña chispa de esperanza nació en mi corazón, esperanza que fue sustituida por un dolor que nunca antes había sentido al leer su mensaje.

          «No quiero volver a saber nada de ti, Emma. Olvídame»

     Apagué el móvil totalmente decepcionada, dolida y lastimada. Jamás pensé que un mensaje pudiera matar tantos sentimientos de una pasada. Mi cabeza cambió el chip y asimiló que era el fin. Me deslicé entre las sábanas y empecé a llorar como una niñata estúpida. Tenía el corazón destrozado y fue entonces cuando me pregunté cuál sería el lugar al que van los corazones rotos.
     Lloré durante largas horas. Mamá y Madison se habían ido a dormir y la única que parecía estar despierta era yo. El golpe de la puerta principal me sacó del ensimismamiento y al cabo de algunos minutos, Chad asomó ligeramente la cabeza en mi dormitorio en el preciso instante que ahogué un sonoro sollozo.
     — Eh— susurró, sentándose en la cama y acariciándome la frente—. No llores, Em. No llores, ¿vale? Yo te creo. Yo sé que no hiciste nada.
     Me incorporé y hundí la cabeza en su pecho, sollozando por todo lo sucedido. No podía soportar aquello. Era como una pesadilla de la que no era capaz de escapar. Como atravesar una larga y profunda noche de tormenta a la que después de aquello, no volvería a asomar el sol. Como morir ahogada en un gran tanque de agua o asfixiada por las mentiras de la sociedad.
     — Lo siento— musité.
     — No pasa nada— susurró—. Emma, sé que tú no fuiste. Te aseguro que lo arreglaremos. Encontraremos una salida, te lo prometo.

     Fue entonces cuando me planteé la idea de quedarme a vivir en España.

     Para siempre.