viernes, 30 de agosto de 2013

Capítulo 22 | Why Don't We Go There


Domingo, 7 de septiembre 

     Harry estaba a mi lado.
     Estábamos en alguna clase de paisaje paradisíaco. Yo casi me atrevería a decir que era en Hawaii, porque aquellos rocosos acantilados ya los había visto antes. Me tiré al mar desde uno de ellos cuando estaba con Víctor. Me llevó allí por sorpresa cuando cumplimos un año juntos. El sol brillaba en lo alto del cielo y el agua era cristalina.
     Su sonrisa era deslumbrante y sus ojos estaban bañados en afecto, en los que el verde se podía ver en total plenitud. Me aproximé a él con paso seguro y me afiancé con fuerza su camiseta, posando mis labios sobre los suyos. Saboreé el aire que nos separaba entre beso y beso, y palpé todos y cada uno de los puntos exactos en los que nuestros labios se acariciaban.
     Él descendió sus manos a lo largo de mi espalda y me apretó contra su cuerpo con desenvoltura, como si también quisiera asegurarse de que aquel reencuentro era real.
     — Lo siento— susurró cuando nuestros besos nos dejaron sin respiración—. Siento no haber confiado en ti. Siento haber...
     — No pasa nada— le interrumpí—, ¿vale?
     — Me comporté como un cretino.
     — Sí, es cierto— afirmé—. Lo hiciste, ¿y qué? No pasa nada. Estás aquí, conmigo. Estamos juntos. Estamos bien. Eso es lo único que importa.
     — No— negó con la cabeza y me sujetó por las muñecas, apartándome de él—. Estuviste al borde de la muerte por mi culpa. No puedo perdonarme lo que te hice. No merezco nada de lo que tengo. Tampoco a ti.
     Me dio un suave beso en la frente y se marchó hacia el borde del acantilado.
     No había mar. El agua había desaparecido como si alguien hubiera quitado un tapón gigante y se la hubiera tragado el centro de la tierra. Harry se aproximó al vacío.
     — No hagas tonterías. Ven aquí.
     — Tengo que hacerlo— musitó en el momento que varias piedras se desprendieron y cayeron al vacío. Intenté moverme pero las piernas no me respondían. Estaban pegadas al suelo. Cientos de brazos con cortes en las muñecas me sujetaban. Había mucha sangre. Se me contrajo el estómago—. Lo siento, Em.
     — ¡Basta!— grité.
     Las lágrimas me escocían bajo los párpados. El cuerpo me temblaba violentamente. Una suave brisa hawaiana nos revolvió los cabellos.
     — Quiero que recuerdes que te quiero— se limitó a contestar completamente descorazonado. Dio un paso atrás. Sus talones flotaban sobre la nada—. Espero que seas feliz y algún día sepas perdonarme.
     — ¡No!— vociferé con todas mis fuerzas. Alzó la cabeza y lo último que pude ver fueron lágrimas saladas descender por sus mejillas antes de que se precipitara al vacío y cayera—. ¡Harry! 


     Me incorporé en la cama, despertada por mis propios gritos.
     Un haz de luz se colaba entre las cortinas grises de mi dormitorio y un palpitante dolor me recorrió el cráneo, extendiéndose por todo mi cuerpo.
     Gruñí entre dientes y me incorporé en la enorme cama, apartando a un lado las arrugadas sábanas. En el espejo pude ver a una joven más pálida que el propio papel, escuálida y con dos monstruosos pozos oscuros bajo las cuencas de los ojos, que estaban enrojecidos e hinchados.
     «Maldito alcohol» pensé.
     No llevaba sujetador. Estaba con unas unas braguitas de encaje. Abrí uno de los cajones superiores de la cómoda frente a la cama y saqué una camiseta de los Jets que me compré cuando fuimos a Nueva York, asegurándome de que todavía me tapara el trasero. Me recogí el pelo y me apresuré hacia las escaleras. Bajé de puntillas, ahogando gritos de dolor. Cada paso que daba era como un martillazo para mi pobre cabeza. Crucé las puertas del salón para ir a la cocina, cuando una figura masculina recostada en el sofá provocó que me detuviera en seco. El estómago se me revolvió y no precisamente por las ganas que tenía de comerme una pizza de cuatro quesos.
     — ¿Papá?— él se giró y me miró de arriba a abajo con una sonrisa de lo más irónica dibujada en el rostro. Se puso en pie.
     — Pensé que jamás te despertarías. ¿Qué tal ayer?— curioseó, cruzándose de brazos. Yo no contesté. Papá cogió una revista de encima de la mesa—. «Emma y Víctor juntos. ¿Posible reconciliación?»— leyó—. «La Jet de Marbella se congregó ayer para celebrar el dieciocho cumpleaños de la joven Leticia Summers. Emma Wells acudió a dicha cita vestida con un conjunto de Cavalli y zapatos de Wells Clothes del brazo de su ex-pareja Víctor Gil, con traje de Burberry y zapatos de Hugo Boss. Al cabo de algunas horas se los pudo ver en la playa en una actitud muy cariñosa. ¿Habrá Emma dado a Víctor una nueva oportunidad?»— alzó la cabeza—. Yo creo que bien, ¿no?
     Tragué saliva. ¿Cómo era posible que los medios nos vieran? ¡Allí no había nadie!
     — ¿Cuándo has llegado?
     — Anoche— repuso de inmediato—. Os escuché llegar a Víctor y a ti— reveló y cerré los ojos avergonzada—. Más bien os escuchamos todos. Sinceramente, aquel no fue la clase de recibimiento que había esperado.
     — Lo siento— murmuré, jugando con los pulgares de mis manos entrelazadas.
     Papá resopló —no sé si furioso o aliviado— y apartó la mirada al tiempo que se revolvía el pelo. Tras unos largos segundos me atravesó con sus enormes ojos azules, como si quisiera averiguar qué es lo que había estado haciendo a lo largo de los tres últimos días.
     — Tú y yo tenemos que hablar— dijo—, ¿no?
     Me mordí el interior de la mejilla y clavé la mirada en la figura de Víctor a través del ventanal del salón. Sopesé mis palabras. Hablar con mi padre implicaría desembuchar todo lo que sabía; desde los secretos propios a los ajenos. Sin embargo, él era el único hombre del mundo que podía ayudarme a demostrar mi auténtica inocencia. Los dos teníamos preguntas y solo la otra persona poseía las respuestas correspondientes. Además, ¡era mi padre! No era afable, ni cariñoso, ni mucho menos accesible. Es más, era todo lo contrario a eso: extenuante, frío, desapegado y ligeramente adusto, pero era mi padre.
      En aquellos momentos era el único que podía ayudarme. 
     — Sí, papá— susurré—. Tenemos que hablar.
     Resopló.
     — Tómate un café bien cargado, come algo y date una ducha. Cuando termines, baja a mi despacho— ordenó implacable—. Y ya hablaremos sobre eso de que anoche bebieras alcohol, aún sabiendo que estás tomando pastillas.
     Dicho aquello, me dio la espalda y marchó con paso firme por el pasillo.
     Resoplé aliviada y me dirigí a la cocina.
     Me senté sobre uno de los taburetes de la isla mientras meditaba sobre el encuentro con papá. Tenía que abrirme a él si quería que él pudiera abrirse a mí. Debía mostrarme sosegada y elocuente, exponiendo con todo detalle los hechos ocurridos desde que choqué con Liam hasta la locura de la noche anterior con Víctor. Total, nos había escuchado, así que tampoco tenía nada que ocultarle. Me tomé los anti-depresivos, una aspirina para el dolor de cabeza y un ibuprofeno para el resto de dolor corporal. Cuando alcé la cabeza, me encontré con dos ojos verdes en los que la duda era más que palpable, como si no supiera si entrar o darse la vuelta por donde hubo venido. Víctor tragó saliva y entró en la cocina, cabizbajo.
     — Solo venía a por agua— se exculpó con un deje cortante en la voz—. Procuraré no interferir de nuevo en tu vida de ahora en adelante.
     Cuando cogió una botella de la nevera, le agarré por la camiseta.
     — Sobre lo de anoche...
     — Déjalo— me cortó—. Es evidente que las cosas no son de la manera que a mí me gustaría que fueran.
     — Maldita sea, Víctor. ¿Qué más da lo que dijera? ¡Estaba borracha!
     — Me llamaste por su nombre— repuso alzando la voz—. Me llamaste por su puto nombre. Una vez más, el que termina jodido soy yo. Dani, Harry, pero nunca has sido capaz de mirarme como la persona que fui hace algunos años.
     Me puse en pie de inmediato.
     — Joder, Emma— siseó, pasándose la mano por el pelo.
     — Yo no te engañé con una Barbie de los chinos— exclamé—. ¿De verdad, precisamente tú, vas a hablar de putadas? No me fastidies. Tú te llevas la palma.
     — ¡Exactamente eso!— bramó—. ¡Eres tan rencorosa que si no fuera porque aún sigo enamorado de ti, lo más posible es que te hubiera mandado de paseo hace mucho tiempo!— tragué saliva y él bajó la cabeza—. Eres rencorosa. No eres capaz de aceptar que las personas se equivocan y comenten errores.
     — No quiero explicaciones— le detuve.
     Ni siquiera sabía por qué le estaba hablando así. Él me había salvado la vida y yo me estaba comportando como una cretina. A pesar de todo, Víctor tenía razón. La cabeza me palpitaba.
     — Solo tú eres capaz de convertirte en víctima en todas las situaciones— dijo insolente, tras haber soltado una risotada irónica—. ¿Sabes? Estoy cansado de todo esto.
     — No soy la misma, he cambiado. Pero has de saber que bajo esta nueva persona, los recuerdos prevalecen, al igual que el dolor— confesé. Él tragó saliva—. Tuve que huir de mi familia, de ti y de la prensa porque no soportaba que hablaran de nuestra relación todos los días. Un año después, tuve que huir de nuevo y volver porque la prensa me estaba haciendo la vida imposible. Me hubiera gustado que hubieses sido tú el que tuviera que haber estado en aquella situación. Debes tener muy presente que la apariencias engañan y que aunque te haya perdonado, las cosas jamás volverán a ser como antes. Y créeme— le aseguré—, yo también estoy cansada.
     — Emma...
     — Me hiciste daño y me humillaste delante de toda la Universidad. Estuve en boca de todos los medios durante semanas por tu culpa.
     — ..., yo no tengo la culpa de lo que te ha pasado.
     — No— negué con la cabeza y marché hacia la puerta. Me detuve en seco—. No tuviste la culpa, pero sí influiste. Como todos.
     Salí de allí y subí a mi dormitorio, donde cerré de un portazo a sabiendas de que aquel era el único lugar de toda la casa donde podría estar a salvo. Me tiré sobre la cama y solo fui capaz de regañarme. ¿Sexo con Víctor para olvidar a Harry? Aquello fue realmente patético, tanto como perforar mis muñecas y bañar mi cuerpo en drogas para evadirme de todos los problemas.
     Me desnudé y tomé una ducha fría —¡una ducha fría!— que reactivó todos mis sentidos y disminuyó el fuerte dolor de cabeza. Las piernas recuperaron toda su movilidad y conseguí quitarme de encima aquella peste a alcohol.
     Me vestí con un vestido veraniego, unas sandalias y una chaqueta.
     Después de haberme arreglado, me planté ante el despacho de papá y contuve el aliento. Golpeé dos veces. Abrí la madera y asomé la cabeza.
     — ¿Puedo pasar?
     Papá alzó la mirada.
     — No hace falta que lo pidas— contestó con desdén—. Total, ya has pasado sin permiso un par de veces, ¿no? Una más, una menos— se encogió de hombros y sentí como si me hubiera golpeado con una piedra en medio de la boca del estómago. Me señaló uno de los sillones vacíos—. Siéntate.
     Tragué saliva y cumplí órdenes, cruzándome de piernas. Me temblaba todo el cuerpo y tuve que secarme el sudor de las palmas sobre la fina tela del vestido. Todo mi cuerpo estaba alterado y me daba pánico alzar la mirada hacia el hombre que estaba frente a mí. Pude ver a papá cerrar una carpeta marrón y dejarla a un lado, despejando de este modo el escritorio.
     — Hablemos.
     — Especialmente sobre esa caja marrón que hay bajo tu mesa— añadí.
     — Me pregunto qué diablos he hecho yo para que todos mis hijos sean tan auténticamente entrometidos— siseó, alzando la vista al cielo.
     — Papá...
     — Primero tú— me interrumpió—. Es evidente que no creaste aquel rumor. No solo porque ha sido demostrado ante la policía, sino porque todo esto queda fuera de tus dotes profesionales. No puedo soportar que sigan tachándote de calumniadora. He contratado a un equipo privado de seguridad para que se encarguen de resolver toda esta mierda— explicó con un tono de voz repentinamente afable—. Han hablado con la policía y éstos han aceptado la colaboración, metiéndolos en el equipo como asesores externos— continuó—. Tengo una ligera idea de quién ha podido ser, pero necesito hablar contigo seriamente antes de adelantarme a los hechos.
     Una ligera sensación de alivio se propagó lentamente por mis venas. Observé atentamente el rostro desmejorado de papá. El pelo lo tenía encrespado con ligeros enredos. Un haz de pequeñas arrugas se adueñaban de sus ojos y las comisuras de sus labios. Estaba demasiado delgado y bajo sus ojos había dos grandes y enormes ojeras.
     Sí, podía confiar en él. Sí, era mi padre. Y sí, solo él tenía las piezas del rompecabezas. Juntos podíamos destapar a Simon o como quisiera que se llamase. Sabía que había sido él. ¿Cómo lo había conseguido? No tenía la menor idea, pero todas mis sospechas apuntaban a él. Y era más que evidente que los chicos tampoco terminaban de fiarse de él. O al menos ya no confiaban como lo hicieron al principio. Especialmente Zayn y Niall. Respecto a los otros tres no tenía ni la más remota idea.
     Tal vez no tenían conocimiento de su lado oscuro o simplemente lo sabían pero preferían apartar la mirada y aparentar que todo iba bien. Sinceramente, esperaba que fuese por la primera hipótesis, a pesar de que eso pudiera convertirlos en unos idiotas.
     Sin embargo, deseaba con todas mis fuerzas que fueran un puñado de ignorantes antes que unos cretinos.
     — Necesito resolver varios enigmas aquí dentro— me golpeé suavemente la sien con el dedo índice—. Quiero saber quién es exactamente Simon Evans porque tengo un lío en la cabeza de mil demonios y…
     — Daniel— me interrumpió—. Daniel Fernández.
     — Ese es su verdadero nombre— dije yo—. Dame un minuto.
     Me levanté del sillón y rebusqué en uno de sus cajones —con la mirada sorprendida de papá clavada en mí— y saqué un bloc de notas en blanco. Le cogí un bolígrafo.
     Haber husmeado en sus cosas tenía sus ventajas.
     — Adelante.
     Dibujó una media sonrisa.
     — Nos conocimos en la Universidad. Estudiamos juntos ADE. Se convirtió en mi mejor amigo. Éramos jóvenes y deseábamos con todas nuestras fuerzas trabajar juntos. Cuando mi padre decidió dejar la discográfica, permitió que fuera yo el que tomara las riendas de Wells Records y me hizo prometer que la encumbraría hasta la cima.
     — Y Simon la llevó contigo— concreté yo sin alzar la cabeza al tiempo que esquematizaba toda la información—. El abuelo te dejó Wells Records y tú trabajaste con Simon.
     — Trabajé con Daniel— me corrigió—. Por aquel entonces, Wells Records era tan solo una discográfica que operaba en Irlanda. Algunos años después de que Dani y yo…
     — ¿Puedes llamarle Daniel sin más?— propuse—. Cuando dices Dani me haces pensar en Dani Carvajal. Al Dani cabrón llámale Daniel— papá hizo una ímproba mueca por haberle interrumpido—. Perdón.
     — Como te iba diciendo, después de que Daniel y yo tomáramos las riendas, no sólo se había convertido en una gran productora y distribuidora de cine, sino que también conseguimos que entrara en bolsa. En menos de diez años la empresa había ganado unos cuantos miles de millones.
     — Unos cuantos— susurré por lo bajo mientras escribía, fascinada por la facilidad que tenía papá para menospreciar tal cantidad de dinero.
     — Pasada la década de los 90, los contratos y solicitudes de artistas y grupos reconocidos a nivel mundial nos llovían por los cuatro costados. Los grandes directores se pegaban para que fuéramos nosotros los que invirtiéramos en sus producciones. No había nadie en el mundo que no conociera a Wells Records.
     — Dios.
     — Daniel y yo no terminábamos de congeniar, económicamente hablando. Como bien sabes, la empresa siempre ha sido familiar. Más del cincuenta por ciento de todas las acciones que hay en bolsa pertenecen a la familia. Daniel...
     — No me lo digas— le interrumpí—. Quería poseer más.
     Él asintió.
     Continué escribiendo hasta que terminé de recoger todo lo que me había dicho. Me masajeé la muñeca dolida y contemple mis apuntes. Sí, estaba muy bien, pero las cosas seguían sin encajar. ¿Por qué quería Simon vengarse de papá? ¿Qué pasó aquel día, hace quince años?
     — Una historia emocionante— dije sin poder evitar el sarcasmo—, pero las piezas del puzzle siguen desperdigadas sobre la mesa.
     — En el 96 firmamos con una boy-band. Yo nunca he sido muy amigo de ese tipo de música, pero en este mundo eso no importa lo más mínimo. Lo único que interesa es...
     — Dinero— le interrumpí.
     — El dinero es el peor de todos los enemigos que nos puedan atrapar. Nos convierte en personas que no somos y hace que nos prostituyamos por él— se recostó en el sillón—. Daniel me dijo que quería ser su representante durante la gira. Yo acepté y los chicos estuvieron de acuerdo— su tono de voz fue descendiendo gradualmente, hasta que agitó la cabeza—. El éxito de aquel grupo fue tal que en tres años hicieron dos giras mundiales. El Management los explotó hasta el punto de proporcionarlos estimulantes para que aguantaran un día, y otro, y otro— papá tomó aire y se frotó el pecho, justo encima del corazón—. Dani se encargaba, por petición del grupo, de controlar sus cuentas. Cuando la fiebre exaltada desapareció y el grupo quiso alejarse del panorama musical, se dieron cuenta de que sus cuentas estaban a cero. Tanto la común como las privadas. El grupo estaba sin blanca y se había convertido en un esclavo directo de las drogas. Lo perdieron todo.
     Silbé impresionada.
     — Lucro, cohecho, malversación de bienes, conspiración...— comencé a citar—. Menudo historial.
     — A todo eso debes añadir la calumnia, difamación, amenazas ilícitas y cambio ilegal de identidad.
     No contesté. Lo apunté todo en el bloc.
     — Enero de 1999— dijo de repente—. Dani…— agitó la cabeza—, perdón. Daniel vino a verme a casa porque tenía que tratar un tema urgente. Yo sabía lo que había hecho y le anuncié que iba a denunciarle ante la policía. No iba a permitir que ensuciara el nombre de Wells Records por ser un puto inconsciente. Por aquel entonces, el único que tenía conocimiento de la estafa era yo. El grupo no sabía nada.
     Cerré el bloc, olvidándome de tomar notas.
     — Me aseguró que no iba a permitir que le delatara. Si él caía, la empresa caería con él— se recostó en su sillón y se rascó la barbilla—. Dijo que no se me ocurriera abrir la boca o iría a por mí. Destrozaría mi carrera, mi empresa y a toda mi familia. Después, se marchó. Lo demás ya lo sabes.
     Me estremecí. Papá siempre había tenido problemas de corazón y en aquella ocasión estuvo al borde de morir por un infarto severo.
     Recordaba aquel día.
     Era un día frío de enero. Nevaba y no había podido ir colegio porque el suelo estaba cubierto por un espeso y brillante manto de nieve. Era de las pocas veces que había nevado de tal modo en Madrid. Recuerdo a Simon entrando en el despacho de papá, en el que estuvieron metidos durante horas. Estuve esperándole en la puerta durante ese período de tiempo porque me había prometido salir a tomar un chocolate caliente a La Antigua Churrería, una de las mejores churrerías de Madrid. Después de un rato, Simon salió y me lanzó una sonrisita victoriosa. Dejó la puerta entreabierta y yo —que no dejaba de ser una niña de ocho años curiosa y activa— me adentré en el despacho. Papá respiraba muy rápido, como si le faltara el aire. Estaba muy pálido. Me dijo que se lo dijera a mamá de inmediato. Acto seguido, cayó desplomado al suelo.
     Grité. Grité a todo pulmón.
     Mamá y Chad entraron. Él tenía catorce años y Madison once. Ella lloraba desde la puerta y mi hermano tuvo que sacarme a rastras de allí. Sabía que era algo serio. O al menos todo lo serio que podía resultar para una cría de ocho años aterrorizada.
     Y ahí estaba yo. Quince años después, descubriendo toda la verdad sobre aquel instante que tantas pesadillas me había provocado. El despacho en el que estábamos olía a perfume masculino, limpiador de madera y aire con esencia de mar que se colaba por la ventana abierta.
     — Nunca le dijiste nada a nadie.
     — No— negó con la cabeza—. Tampoco lo denuncié. Filtré la información a los medios. Como bien sabes, los periodistas saben mantener el secreto profesional y no deben revelar la identidad de sus fuentes.
     — Un off the record— intervine yo.
     — Más o menos— asintió—. La policía y la prensa se le echaron encima. Detuvieron al Management y fueron acusados de todos los cargos.
     — Y Simon abandonó el país con una identidad falsa.
     — Yeah— agitó la cabeza. A pesar de llevar media vida en España, papá aún no había sido capaz de dejar de mezclar ambos idiomas—. Yo he cumplido. Ahora te toca a ti.
     Tomé aire.
     Le expliqué lo que pasó la noche en la que me le presentaron, la tarde cuando me descubrieron y él no dejaba de relamerse mientras me miraba satisfecho, le enseñé la grabación que Zayn me había mandado el día anterior y todo lo que pudiera estar relacionado con el caso. Los demás detalles de cómo logré conocerlos o nuestros encuentros preferí mantenerlos al margen. No tenían la menor importancia y no merecía la pena ponerle de los nervios.
     Bastante había tenido con lo de Víctor la noche anterior.
     Cuando terminé, el despacho quedó en un gran silencio. Tuve que ir a la cocina a por dos botellas de agua. El cuerpo me temblaba y tenía la garganta reseca. Papá no dejaba de rascarse la barbilla y dar vueltas sobre el sillón.
     — ¿Cómo vamos a resolver esto?— pregunté.
     — Juntos.
     Se levantó del escritorio y se aceró a mí. Abrió los brazos y me acurruqué en ellos, en aquellos brazos que había echado de menos durante una tirada de años. Aquel fue el primer abrazo sincero que había recibido en mucho tiempo por su parte. Cerré los ojos y no le solté durante varios minutos. Inhalé su esencia, acaricié la tela de su camisa con la punta de la nariz y palpé los músculos de su espalda.
     La luz del ventanal inundaba el despacho.


     Me separó de él con suavidad, apoyando sus manos sobre mis hombros.
     — Papá, no podemos quedarnos aquí— le dije—. Aquí en España no somos de ninguna utilidad y lo sabes. Sé que no quieres ir, pero…
     — Emma, yo...— balbuceó nervioso—, yo no...
     — ¿Por qué no nos vamos?— propuse—. Allí haremos mejores cosas que aquí, ¿no crees? Y aprovechando la ocasión, tendremos un momento para estar más tiempo juntos.
     Pensé en Simon, en los chicos que me habían enseñado lo que era la amistad y en el chico del que estaba completamente enamorada. Fue entonces cuando las palabras me subieron por la garganta y me explotaron en la boca, como si las escupiera.
     — Emma…— exhaló.
     — Necesito volver a Londres.


     Me miró muy serio a los ojos pero no puso ninguna pega. Simplemente se fue a su escritorio y conectó su iMac. Me senté frente a él, sin saber qué era lo que estaba haciendo en él. La impresora se puso en marcha y me tendió un papel.
     — Tu tarjeta de embarque— indicó—. El vuelo sale a las siete de la tarde.
     — ¿Me dejas ir?— pregunté con la boca abierta de par en par.
     — Confío en ti plenamente.
     — Mamá no me lo va a permitir y Chad te va a querer pegar una patada en el culo. Dirán que los médicos recomendaron que tenía que estar siempre acompañada.
     — Y lo vas a estar— dijo sonriendo—. ¿Por qué no ir juntos? Yo volaré mañana por la mañana. Tengo que resolver algunos asuntos antes. Llamaré a tu médico para que te proporcione a un psiquiatra en un centro cerca de tu casa. No harás ninguna locura en ese corto período de tiempo, ¿verdad?
     Le volví a abrazar. Me acarició el pelo, apoyando en él su nariz e inhalando su olor.
     — Todo volverá a la normalidad y volveremos a ser la familia que habíamos sido hace quince años, ¿de acuerdo?
     — Te quiero, papá— musité.
     — Lo sé— afirmó—. Yo a ti también, pequeña. Más de lo que nunca pudieras imaginar.
     Sorbí por la nariz y me afiancé a los fibrosos músculos de su espalda.
     Estuvimos abrazados durante largos minutos, disfrutando del contacto paterno-filial que llevábamos tanto tiempo sin disfrutar.

     — Saldremos de ésta— susurró—. Te lo prometo.

sábado, 24 de agosto de 2013

Capítulo 21 | Summer Love


     La casa de Leticia estaba a cinco minutos caminando desde la mía. Miré a Víctor de soslayo y dibujé una sonrisa.
     Llevaba unos chinos de color beige oscuro, una camisa blanca de manga larga con un par de vueltas en los puños, algo desabrochada por la parte superior, dejando entrever algo de vello que tenía en el pecho. Calzaba unos náuticos y llevaba el pelo despeinado, como de costumbre. Pude ver una franja oscura de sus boxers de Calvin Klein cuando se le levantó ligeramente la camisa al llevarse una mano al pelo.
     — ¿Te he dicho que estás increíble?— me preguntó mientras se revolvía el pelo—. Si lo llego a saber, me habría arreglado más. Eso es muy ruin, Emma Wells.
     El sonido de sus pisadas quedaba amortiguado bajo el de mis tacones.
     — ¿Pero qué dices? Vas genial— repuse mientras colocaba el cuello de su camisa.
     Una sonrisa fue su gran respuesta. Su mirada estaba puesta continuamente sobre mí y ésta solía venir acompañada de alguna que otra sonrisa tímida.
     Entonces llegamos a la casa de Leticia.
     La calle estaba llena de coches a ambos lados de la calzada.
     Me coloqué la falda correctamente y me ajusté el top que dejaba al descubierto, no solo parte de mi espalda, sino también un palmo de mi estómago que, después de salir del centro de desintoxicación, presumía con orgullo.
     Pasamos ante los medios, lanzando sonrisas ladeadas y alguna que otra declaración. En la puerta de su vivienda había un gran mastodonte vestido de traje y corbata con un pinganillo. Tenía el semblante serio y cara de pocos amigos. Sostenía una lista entre ambas manos, las cuales tenía cruzadas por delante. Cuando fui a pasar, tuve que dar mi nombre y apellidos. El hombre miró la lista y, tras encontrar mi nombre y el de Víctor, nos dejó pasar.
     En la entrada, había un pequeño photocall improvisado con un par de fotógrafos que Leticia debía de haber contratado. Primeramente posé sola y, a continuación, tomé a Víctor de la mano para que saliera conmigo.



     El jardín de la parte delantera del domicilio estaba iluminado por unas grandes farolas y tuvimos que rodear la casa para poder llegar a la parte trasera. Inesperadamente, uno de mis tacones se quedó atascado en un agujero que había en el suelo y estuve a punto de caer de morros. Por suerte, Víctor y sus maravillosos reflejos, me agarraron por la cintura para evitar que cayera.
     Tras recuperar la compostura, relativamente, alargó su mano y entrelazó sus dedos con los míos.
     — No querrás partirte la crisma, ¿verdad?— me gritó al oído, ya que la música comenzaba a hacerse ensordecedora a medida que llegábamos a la parte trasera del jardín.
     Nos paramos y pudimos ver lo que era —literalmente— una fiesta de alto postín. La zona de la fiesta estaba unos diez metros por debajo de la vivienda, por lo que tuvimos que bajar por unas escaleras hasta la piscina, la cual estaba iluminada, la gente borracha y Live It Up de Jennifer Lopez sonando extremadamente alta. Me agarré más fuerte a su mano para evitar caer rodando por las escaleras.
     Cuando llegamos a la parte de abajo, me di cuenta que quería beber alcohol. En realidad cuando estaba en mi casa me apetecía, una vez que había llegado a la fiesta aquello se había convertido en una clara y contundente afirmación. Leticia se abrió hueco entre la gente y se lanzó a mis brazos.
     — ¡Estás guapísima!— gritó.
     Leticia llevaba un vestido de tirantes ajustado a su perfecto y pequeño cuerpo y unos tacones altísimos. Se había recogido el pelo en una coleta de la que escapaban algunos rizos. Iba preciosa.
     — Ya sabes, nena. Baila, bebe y disfruta. ¡Pásalo bien!— me gritó al oído y le tendí un sobre con una gran cantidad de dinero como regalo. Me sonrió y se perdió entre la gente.
     — ¡No puede beber!— gritó Víctor, pero ella ya se había ido.
     Arrugó la nariz.
     Aquello era lo que tenían aquel tipo de fiestas. El anfitrión se acercaba a ti, te saludaba, recogía lo que fuera que se le llevara y se marchaba. No le volvías a ver durante toda la noche. Y posiblemente eso es lo que me iba a suceder a mí con ella.
     — Ahora vuelvo— le dije al oído a Víctor por encima de la música—, ¿quieres algo?
     — No, gracias. No tomes alcohol— me advirtió acusador con el dedo—. Te esperaré por allí— señaló unos sofás de mimbre que estaban al borde de otras escaleras que bajaban a la playa—. Qué horror de sitio.
     Asentí. Parecía mentira que Víctor perteneciera a una familia tan adinerada, tuviera el acceso a decenas de fiestas y que, por el contrario, le gustaran tan poco. Me dirigí hacia la barra de las bebidas. Un joven rubio de ojos verdes, vestido con una camisa blanca remangada por las mangas y una corbata oscura me miró sonriendo.
     — ¿Qué te pongo, preciosa?
     — Alcohol— solté sin pensar y el chico se echó a reír.
     — Me parece que vas a tener que ser algo más explícita porque con esa información no puedo hacer nada. ¿Un cóctel?— asentí y me miró los brazos—. ¿Emma Wells?
     — La misma.
     El chico sonrió de nuevo y sacó una copa.
     — Un placer conocerte— dijo mientras echaba lo que parecía tequila en de la copa—, y dime. ¿Has venido tú sola?
     — Que va— negué con la cabeza—. He venido con un amigo.
     El chico asintió y me tendió el vaso con un líquido de color rojizo. No sabía lo que era y tampoco quería averiguarlo. Sujeté la cartera con fuerza y tomé un gran trago del líquido. Una sensación de ardor me recorrió toda la garganta para morir en mi estómago.
     El alcohol, mezclado con la culpabilidad era una mezcla excitante.
     Víctor me iba a matar.
     — ¿Está bueno?— preguntó interesado.
     — Bastante— sonreí—. ¿Qué es?
     — Se llama Grado Tercero— sacó otra copa y comenzó a preparar otro cóctel para una chica a la que conocía de haber visto en una de las fiestas a las que fui con Víctor cuando estábamos juntos. La saludé con un leve movimiento de cabeza y el barman continuó hablando—. Está hecho con tequila, vermut y Pernod.
     — Pues está buenísimo— tomé otro trago—. No te olvides de mi cara porque lo más posible es que vuelva a por otra después.
     Me despedí del chaval y salí en busca de Víctor, al cual no encontré donde, en teoría, dijo que iba a esperarme. Varias personas se acercaron a saludarme. La bebida era muy fuerte y mi dolor de cabeza aumentaba a medida que lo tomaba. Tras buscarle durante diez minutos, volví a la barra con la copa vacía y una gran decepción que me oprimía las vías respiratorias.
     — ¿Ya has vuelto, preciosa? ¿Qué ha pasado?— el chico que me había atendido antes volvió a la carga y por lo visto, con toda la artillería cargada.
     — Se han marchado sin mí— mascullé dejando la copa sobre la barra.
     — No te preocupes— el chico me volvió a dar otra copa igual que la anterior—, toma.
     Copa tras copa y canción tras canción. La cabeza me daba vueltas y arrastraba las palabras al hablar. Llevaba más de media hora allí y me había tomado varias copas de más.
     — ¿Cómo has dicho que te llamabas?— pregunté antes de dar el último trago a mi copa.
     — No te lo he dicho— sonrió—. Me llamo David.
     Me bebí otra copa más. Estaba descontrolada. Me dolía la cabeza. Entonces Víctor apareció de la nada como una exhalación.
     — Esto— dijo muy cortante señalando la copa, quitándomela de la mano—, vas a cogerlo y metertelo por el culo. Está tomando mediación.
     David me miró a mí y después a él.
     — No lo sabía.
     Víctor soltó una risa irónica.
     — Que no lo sabías— rió por lo bajo—. Todo el puto mundo lo sabe, imbécil.
     Me rodeó la cintura y me alejó de la barra.
     — Emma, ¿estás bien?— preguntó preocupado—. ¿Cuánto has bebido?
     Me eché a reír y le cogí de la mano.
     — Vaya, es el doble de grande que la mía— dije riéndome como una mema poniendo la palma de mi mano sobre la suya y comparando su tamaño—. Te he estado buscando pero no te he encontrado. Qué paradójico, ¿verdad? ¿Jugamos al escondite? Seguro que me ganas. Eres muy bueno jugando a ese juego.
     — Emma, ¿cuántas putas copas has bebido?— preguntó de nuevo.
     — ¡Venga, Víctor! ¡Estamos en una fiesta! ¡Disfruta!
     Sonaba Drinking From The Bottle.
     Entrelacé mis dedos con los suyos y lo dirigí hacia las escaleras del jardín que bajaban hacia la playa. Tenía calor y me quería bañar. Al apoyar los pies sobre la arena me di cuenta que no podía caminar con los tacones, por lo que me deshice de ellos y los dejé allí, al lado de mi cartera. Por suerte, en la playa no había luz y nadie podría ver que Víctor y yo estábamos ahí abajo. A saber qué podrían pensar los medios si nos vieran.
     La arena me acarició los pies y solté una risita. Alce los brazos y comencé a saltar al ritmo de la canción esperando que Víctor se pudiera unir a mí. Aquella canción nos gustaba. Siempre que salíamos a alguna fiesta, la bailábamos como si no hubiera un mañana.
     Entonces recordé aquellos momentos con Víctor y fui consciente de la gran cantidad de cosas que habían pasado desde que estuvimos juntos hasta entonces. Parecía que habían pasado mil años.
     — ¡Emma!— me agarró del brazo, furioso—. ¡No puedes beber alcohol! ¡Estás tomando las pastillas, maldita sea!— sin embargo, yo no dejé de cantar la canción y gritar—. Por el amor de Dios, ¿quieres estarte quieta?— se tapó el rostro con una mano, intentando buscar una solución.
     — Tengo calor— solté de repente— y tú te vas a bañar conmigo.
     — De eso nada— replicó alzando la mirada—. Definitivamente nos vamos a casa. Se acabó la fiesta. Despídete de esto hasta dentro de un año entero.
     Me reí.
     — Me gustas tanto…— susurré por lo bajo, aunque él lo pudo escuchar—, es curioso que, después de todo aún sigas comportándote como mi padre. He dicho que me voy a bañar— arrastraba las palabras. Apenas podía controlarme.
     Víctor me sujetó de la cintura para evitar que me lanzara pero yo era más pequeña que él y muy ágil, por lo que me escapé de sus brazos y me lancé al agua del mar con la ropa puesta. El agua fría y salada consiguió que me espabilara un poco, aunque eso no me iba a quitar la borrachera que tenía encima. Escuché a Víctor gritar mi nombre desde la orilla muy enfadado.
     — ¡No te escucho!— grité riendo—. Ven aquí y dímelo al oído.
     Víctor soltó un par de palabrotas, se quitó los zapatos —antes de mirar el saliente del jardín de Leticia para asegurarse de que nadie nos miraba— y se remangó los pantalones para entrar al mar a buscarme. Caminé intentado huir de él y, cuando llegó a mi lado, me subí a su espalda y le tiré hacia atrás. Salí corriendo de nuevo y él sacó la cabeza del agua con el semblante muy serio.
     — ¡¿Estás loca?!
     No le respondí, solo le señalé con el dedo índice y me eché a reír.
     — Ah, ¿sí? ¿Te hace gracia?— preguntó amenazante acercándose hacia mí—, ahora verás.
     Visto y no visto me subió sobre su hombro de manera que mi cabeza quedó colgando sobre su espalda. Comencé a echarme a reír y a patalear pero fue demasiado tarde. Ambos nos sumergimos en el agua de nuevo.
     Al sacar la cabeza, nos quedamos de pie, uno enfrente del otro y a muy poca distancia. Entrelacé mi mano con la suya. Víctor era más de dos cabezas más alto que yo y tuve que levantar el rostro para verle. Le miré a los ojos y, a pesar del alcohol, volvió a mi cabeza el dilema Víctor-Harry. Víctor me quería y no me dejaría volver a pasarlo mal y Harry también me quería pero yo tenía miedo de que pudiera cambiarme por cualquier otra chica.
     No pensé, simplemente le agarré de la cintura y posé mis labios sobre los suyos.
     Saboreé su esencia.
     Sonaba There She Goes.
     Sabía igual que siempre. Él me sujetó la cabeza entre ambas manos, como si quisiera protegerme e intentara que nadie pudiera romperme. Nos separamos, me mordí el labio y sonreí. Le di la mano y salimos del agua. Solo quería coger mis tacones y mi bolso.
     Iba a intentarlo con Víctor, iba a darle una segunda oportunidad.


     Llegamos a casa de la mano por la playa y le invité dentro con una mirada. Tuvo que agarrarme de la mano de nuevo para que no volviera a caer, al igual que tuvo que abrir la puerta trasera, ya que yo era incapaz de afinar la puntería e insertar la llave en la cerradura.
     Cuando entramos, él me agarró de las caderas mientras yo le dirigía al sofá a ciegas.
     Víctor sería algo así como mi amor de verano. ¿Y quién sabe qué más?
     Solo tenía que volver a intentarlo.
     Comencé a besarle con más ímpetu, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Comencé a desabrochar los botones de su camisa y se la quité, mientras él bajaba la cremallera de mi top para dejarme con el sujetador. Nuestros besos eran tan agresivos como voluptuosos. Me tumbé en el sofá, mientras él quedó encima de mí con los pantalones todavía puestos y sus piernas a ambos lados de mis caderas. 
     Se deshizo de mi sujetador.
     Comenzó a besarme de nuevo, esta vez introduciendo su lengua en mi boca. Besar a Víctor era tentador. Delicioso. Era como probar la fruta prohibida del Paraíso. Volver con Víctor —posiblemente— fuera un error, pero sería un delicioso error. Seguiría aferrada a mi pasado, pero era algo a lo que estaba dispuesta.


     Su contacto hacía que me estremeciera.
     Todo era lento y agresivo. Qué paradójico.
     — Emma, esto no está bien— masculló contra mi boca, descendiendo minuciosamente por mi cuello y posándose finalmente sobre mis hombros. Repartía suaves besos sobre mi piel. Aquel contacto hacía que quisiera más, que siguiera, que el tiempo se detuviera y nosotros nos convirtiéramos de nuevo en uno. Quería formar parte de él. Aunque de alguna manera, yo ya formaba parte de él. 
     Mi nombre estaba tatuado sobre su piel.
     — ¿No? ¿Por qué?— pregunté en un jadeo.
     — Estás borracha, mañana no te acordarás de nada— repuso. Sin embargo, no dejó de besarme los hombro
s para descender lenta y minuciosamente por mis pechos—. Y además, estoy enfadado contigo. No..., no deberías haber bebido.
     Sus gemidos dejaban entender que quería más. Por supuesto que quería más. Yo también lo quería. Pero, ¿realmente quería más o solo quería lo para olvidar todos los miedos que tenía hacia la relación con Harry?
     — Da igual— solté mientras movía mis finos dedos por su espalda y le arañé.
     A Víctor le gustaba que le arañaran.
     Comenzó a quitarme la falda despacio, con soltura e impaciencia, quería torturarme. Cuando por fin me quedé con unas braguitas de encaje, fui yo la que me ocupé de quitarle los pantalones con maestría, procurando tocar la mayor parte de piel posible. Era un círculo vicioso y ya no había marcha atrás. Alargué mis manos e introduje una de ellas en su pelo. Entonces me di cuenta de que me quería volver agresiva: yo también quería jugar.
     Un relámpago de placer recorrió mi columna vertebral de arriba a abajo.
     Víctor seguía encima de mí y sus boxers de Calvin Klein estaban a punto de explotar. Me incorporé y me senté sobre sus piernas. Le miré a los ojos y lo único que éramos capaces de ver era lujuria. Comencé a besarle el cuello con lentitud, quería torturarle. Víctor jadeaba mi nombre una y otra vez. Escucharle gemir mi nombre con aquella voz hizo que me estremeciera de pie
s a cabeza. Entonces llegó mi perdición. Comenzó a tocar mi cuello con la punta de sus largos dedos trazando círculos que me hacían sentir una sensación muy excitante que me recordaba... me recordaba a Harry. Esa operación fue la que realizó él la primera vez que nos besamos. 
     El silencio de mi casa fue sustituido por Wings de Birdy. Yo dejé de estar sobre un carísimo sofá de piel, sino que estaba en el asiento del copiloto del coche de Harry. Olía a ropa limpia. Harry olía a Chanel. Aún podía ver sus manos sujetar el volante, sus anillos de plata, el tatuaje de la cruz en su mano izquierda y los gorriones a través de su camisa desabrochada. También podía recordar sus rizos: increíblemente largos, increíblemente suaves, increíblemente suyos. Aún podía escuchar su respiración. Una respiración suave, pesada, intensa. Podía verle morderse el labio inferior y sonreírme de medio lado. Podía escuchar su voz. Tan grave, tan lenta, tan ronca. También podía escuchar su risa aguda, como el llanto de un niño pequeño. Podía ver la manera en que se llevaba las manos a los ojos cuando se reía. Podía ver su sonrisa, siempre llena de sinceridad, aprecio, amor, emoción. Podía verle los hoyuelos, las sombras que se dibujaban en ellos, su reloj horrible, sus botines desgastados y sus vaqueros ajustados. Podía verle. Podía sentirle. Podía recordarle. 
     Los recuerdos vinieron a mi cabeza y todo me explotó en la cara mientras Víctor me mordía el cuello y comenzó a subir de nuevo hasta mi boca. Cerré los ojos con fuerza y escupí su nombre como si lo estuviera deseando.
     — Harry...— gemí contra su mejilla sin pensar, dejándome llevar por el momento. Cuando abrí los ojos, pude verle mirándome decepcionado y dolido.
     Principalmente dolido.
     — ¿Cómo me has llamado?— preguntó muy serio.
     — Yo... Verás…— intenté explicarme, pero fue demasiado tarde. No podía mirarle. Todo me daba vueltas y tenía unas ganas de vomitar horribles.
     Apoyé mi cabeza contra su hombro y cerré los ojos. Metió uno de sus fuertes brazos por debajo de mis rodillas y con el otro me sujetó la cabeza. Me abracé a su cuello y me levantó con una facilidad pasmosa, como si levantara una pluma. Con cada paso que daba se contraían los músculos de su espalda. Subió y me metió en la cama. Le vi salir de mi habitación en boxers y con el semblante serio.

     Entonces me di cuenta de que lo tenía claro: adiós, Víctor.
     Hola, Harry.
**

     Esta es la primera vez que hablo directamente con vosotros, mis queridos lectores.
Después de veintinún capítulos, he creído que ya era el momento de deciros un par de cosejas. En primer lugar, daros las gracias a todos y cada uno de vosotros por leer mi novela. Adoro escribir y más aún si es para agradaros a vosotros. También me gustaría decir que, aunque no os responda, leo todos vuestros mensajes directos, tweets y comentarios y la verdad es que los adoro. Me gustaría disculparme si estos capítulos no son de vuestro agrado u os pueden parecer incluso "aburridos" por el hecho de que la reconciliación todavía no haya tenido lugar, pero tenía que empezar a unir las cosas y comenzar a desenmascarar a Daniel/Simon (como prefiráis llamarle). Solo os pido algo de paciencia, Hemma volverá a reconciliarse y estarán más unidos que nunca, pero antes tengo que resolver correctamente el tema de la filtración, y lo cierto es que no es fácil unir todos los hilos. 
     Solo quería deciros todo eso, muchísimas gracias por leer y solo espero que sigáis comentando, porque vuestros comentarios son los que me animan a seguir escribiendo. 
     Os quiero.

jueves, 22 de agosto de 2013

Capítulo 20 | Live While We're Young



Sábado, 6 de septiembre


     Víctor había pasado tres días en casa. 

     Habíamos vuelto a las viejas costumbres de compartir nuestras fotos en la red.

     ¿El problema? Con él merodeando a todas horas por ahí y en estado de alerta máxima por lo que yo pudiera hacer, no había podido leer nada de los papeles que encontré en el despacho de papá el miércoles. Tres días en los que la única cosa que pasaba por mi mente era Simon. 
     Mamá llamó el día anterior diciendo que la colección de otoño se había presentado con éxito y que a los asistentes les gustó. Ella y Madison iban a pasar el día entero en París y volarían a España al día siguiente. 
     Por lo visto, Chad disfrutó bastante en la premiere de Return en Madrid, la película de acción que había grabado. Había llevado a su novia Laura al estreno. Después debieron de haber ido a un club nocturno y bebieron hasta perder el sentido —no en el sentido literal—. O al menos eso decía su Twitter. Había toda clase de fotos corriendo por la red.
     Víctor y yo no hacíamos nada. Durante el día nos tumbábamos al sol. Papá no estaba para reprenderle por no trabajar y a mí no me importaba lo más mínimo que no lo hiciera. Comíamos juntos, dejando que fuera él el que preparara la comida, y pude comprobar que sus dotes culinarias seguían intactas. Por la tarde habíamos pasado buenos ratos en el Club Marítimo del que papá era socio e ido a caminar por el Paseo Marítimo de la ciudad. El viernes por la noche me invitó a cenar en el Dal Bruno Sul Mare, un restaurante italiano de lujo en el edificio Skol en primera línea de playa. Los otros dos días cenamos en su casa —un impresionante ático vanguardista en la Avenida Julio Iglesias—. Después vimos una película, jugamos a las cartas y al FIFA 14 en la Play.


     Eran las siete y media de la tarde y aquel día aún estaba en la tumbona, intentando aprovechar los últimos rayos de sol del día. Sonreí porque mi vida había vuelto a adquirir algo de estabilidad, tanto física como emocional. Estaba viva, tenía amigos y no quería morir. 
     Me sonó el móvil, indicándome que tenía un nuevo WhatsApp.

          «Good morning, nena. ¿Qué tal estás? Ya me he enterado de lo que te ha pasado y lo siento muchísimo. Fui a verte al centro de desintoxicación pero las enfermeras me dijeron que no era lo recomendable o no sé qué excusas pusieron»

          «Ya me he enterado de que estás en casa, así que me he pasado varias veces para verte y, precisamente, no estabas. Espero que podamos vernos pronto»

          «Ayer fue mi cumpleaños y lo voy a celebrar esta noche. Ya sabes donde vivo y ya sabes que puedes venir a la hora que quieras. Tengo muchísimas ganas de verte. Intenta no volver a dejarme en visto»


     Era Leticia Summers. Aquel último mensaje se había acumulado con todos los suyos anteriores. Una amiga de toda la vida que vivía unos cuantos chalets más allá del nuestro y con la que siempre había pasado los veranos de niña.
     Su padre, el actor nacional Eduardo Summers, era amigo de papá e iban juntos al Club Marítimo siempre que podían. No la contesté porque no sabía si quiera si tendría ganas de ir. Ya improvisaría.
     Estiré el brazo hacia la mesita que había al lado de mi hamaca y alcancé un poco de pan untado con queso que uno de nuestros mayordomos me había preparado porque, según él, estaba en los huesos y necesitaba engordar. Cerré los ojos, cuando me sonó nuevamente el móvil. Era Zayn.
     — Buenas tardes— le saludé—. No me lo digas, el otro día lo estuve mirando en internet: hoy tenéis día libre y estáis en Massachusetts. 
     — Correcto, en Foxboro. Mañana tocamos en el Gillette Stadium. También al siguiente— me explicó—. Pero no te llamo para hablar sobre nosotros, sino sobre Simon. Esto es importante— repuso muy serio.
     Me incorporé en la hamaca. 
     Busqué a Víctor y lo encontré varios metros más allá mientras limpiaba el fondo de la piscina totalmente concentrado. Yo había insistido en que se quedara conmigo tomando él sol, él había repetido que tenía que limpiar un poco la piscina antes de que llegase mi padre y pudiera echarle de una patada. Me levanté. Abrí la puerta corredera que unía el salón con el jardín y me senté sobre el sofá. Comprobé que no había nadie merodeando por allí.
     — ¿Qué ha pasado?
     — Hoy hemos tenido reunión con Paul y Simon— me informó—, nuestros representantes durante la gira. Pues bien; la policía ha llamado a Will, Richard, Harry y Marco. Ya sabes, de Modest. 
     Parpadeé un par de veces e intenté buscar un sentido concreto a lo que me había dicho. Me mordí el labio inferior. Aquello no era algo que no supiera.
     — Sí, sé quiénes son— afirmé—. ¿Qué ha ocurrido?
     — Harry Magee ha llamado a Paul diciéndoselo. Por supuesto, ellos no saben nada del tema de la filtración. Después de colgar, Paul se lo contó a Simon como si tal cosa y...— se detuvo a tomar aire—, recordé que ayer me dijiste que sospechabas de él. Durante la reunión, después de que Paul se lo comentara, estaba mosqueado e irascible. Nervioso. Como si supiera algo. Decidí sacar el móvil y grabar por si decía algo importante. 
     — ¿Y?— pregunté ansiosa.
     — Y te interesará saber que... tengo algo— murmuró—. Niall y yo lo estuvimos hablando después. Ninguno de los dos confiamos en Simon. Esconde algo. Puede que no sea nada importante, pero te prometo que sabe algo y tiene miedo de que la policía le interrogue; lo pude ver en su rostro. Te paso la grabación por WhatsApp.
     — Muchas gracias— susurré—. Gracias por todo.
     Zayn rió al otro lado del teléfono y escuché cómo se rascaba la barba.
     — No las des, nena— contestó—. Sabes que esto no es solo por ti.
     Acto seguido, colgó. Me llegó una grabación por WhatsApp de cinco minutos y medio. Pulse sobre el botón de descarga y un par de minutos después se había descargado entera y con éxito. Me levanté a la cocina a por los cascos y volví a sentarme en el sofá. Conecté los auriculares y me los puse. Cerré los ojos, tomé aire y contuve el aliento. 
     Entonces di a play y la grabación de Zayn empezó.
     — Nada serio— era la voz de Paul—. Ellos no sabían nada, no tenían por qué dar información engañosa. Es un delito, tío. Estarían entorpeciendo una investigación policial.
     — Puede afectar al grupo— intervino Simon.
     — ¿A nosotros?— dijo Liam—. A nosotros no nos afecta en absoluto. Ya has visto que las entradas para este tour se han vendido de cinco en cinco. Se podrían filtrar cosas así más a menudo porque nos vendría de perlas.
     — Ya sabes lo que tienes que hacer, Harriet— bromeó Louis.
     — Ay— gruñó Harry y sentí un nudo en el pecho al escuchar su voz—, que no me toques el pelo.
     — Tranquilízate, Evans— siseó Paul—. Ha sido una declaración como otra cualquiera. 
     — Maldita sea— ésta vez era Harry—. ¿Qué más te da? A ti no te han pedido ninguna clase de declaración. ¿Qué te importa? 
     Se hizo un incómodo silencio. El ruido quedaba ligeramente amortiguado, como si Zayn hubiera escondido el móvil bajo la mesa.
     — No tienes que tener miedo si no tienes nada que esconder— dijo de repente él—. Porque tú no escondes nada, ¿verdad, Simon Evans?
     — Por supuesto que no.
     — ¿Entonces qué importa?— la voz de Louis sonaba distante y profunda. Era evidente que él tampoco confiaba en Simon. Algo había pasado para que los chicos fueran capaces de hablarle de aquel modo—. Cuando terminemos el tour vas a comisaría como os ha dicho Richard, declaras ante la policía y finiquitado.
     — Exacto— afirmó Niall.
     — Yo no pienso declarar— negó Simon rotundamente.
     — Pero...— empezó a decir Paul.
     — He dicho que no me sale de los huevos declarar— le interrumpió—. Ahora, si no os importa, me voy a dar una vuelta por la ciudad.
     La sala en la que parecían estar reunidos volvió a quedar en silencio.
     Y terminó la grabación.


     Había sido Simon, saltaba a la vista. Pero, ¿cómo iba a demostrar que había sido él? ¿De dónde iba a sacar unas pruebas concluyentes que demostraran que yo era inocente y había sido él el que había filtrado la canción para vengarse de mi padre a través de mí? 
     Tomé aire y crucé el jardín hacia la entrada que nos daba acceso directo a la playa.
     — ¿Emma?— me llamó Víctor—. ¿A dónde vas?
     — Fuera.
     — ¿Ha ocurrido algo?— preguntó alarmado—. Espera, te acompaño.
     — No— negué con la cabeza—. No quiero que me acompañes. Quiero que me dejes estar sola. Además— añadí—, puedes verme desde aquí. Te coges una silla, te asomas por la barandilla y la playa está, literalmente, al lado de la casa. Puedes vigilarme sin necesidad de convertirte en mi maldita sombra.
     No esperé a que pudiera replicar. Bajé las escaleras. Abrí la puerta de la parte trasera del jardín y me quité las chanclas. En cuanto bajé el pequeño tramo de escalones, la suave arena del mar me acarició las plantas de los pies y una suave brisa de principios de septiembre se hundió en mi pelo. 
     Me deshice de mis pantalones y me quedé con la parte baja del bikini.
     Tomé aire y caminé hacia la orilla, permitiendo que el agua espumosa y salada me mojara los pies. Eran más de las ocho y el sol estaba bajo aunque la luz que aún emitía aún era brillante y nítida. Por el rabillo del ojo vi el alto en el que estaba mi casa y pude vislumbrar a Víctor asomado. Tampoco podía pedirle que me dejara en paz: a él le debía la vida. Si efectivamente él no hubiera aparecido aquella noche en casa y me hubiese sacado de la bañera, lo más posible es que yo no pudiera estar aquella tarde disfrutando de la frescura del agua del Mar Mediterráneo.
     Me senté en la arena, recogiéndome las piernas y clavando la vista en el horizonte, cuando una vocecita me sacó de mi ensimismamiento.
     Leticia Summers se aproximaba hacia mí, medio andando, medio corriendo. Me levanté y me hundí sobre su hombro, abrazándola con toda la fuerza que el momento me permitió.
     — ¡Dios Santo!— exclamó al separarse de mí—. Me alegro de que estés bien, de verdad. He estado preguntando a Víctor todos los días para que pudiera darme novedades acerca de tu estado.
     — He leído tus mensajes hace un rato— le aseguré—. No te he contestado porque no sabía qué iba a hacer esta noche, ni siquiera sabía si me iba a apetecer ir a una fiesta.
     — Lo supuse— nos sentamos las dos sobre la arena—. Tampoco quería presionarte.
     — Eso es lo que ha hecho todo el mundo— afirmé—, así que ya estoy más o menos acostumbrada a ello.
     — Lo sé— asintió con la cabeza, mirando el mar—. He estado al tanto de todo lo que te ha ocurrido. Desde aquella salida con Harry Styles que revolucionó a todos los medios hasta lo de tu falsa culpabilidad en el caso de la filtración de la canción y la invención de los rumores. Se han dicho tantas cosas…— exhaló—. Hace unos meses exploté. Dije que las fans salvan bandas pero…
     — Pero matan vidas buenas e inocentes— la interrumpí—. Lo vi. Muchas gracias.
     — No las des. ¡Tú no hiciste nada!— exclamó, poniendo una mano sobre mi muslo desnudo—. No solo porque la policía ha confirmado que tú no estás involucrada en el caso, sino porque tú nunca habrías hecho algo así. Te conozco desde hace...— hizo un movimiento con la mano—, desde hace tanto, que eres casi como mi hermana.
     Sonreí de medio lado y bajé un poco la cabeza, rodeándome las piernas.
     — Te conozco demasiado bien. Tienes un sentido de la veracidad increíble y una confidencialidad fascinante. Por no ponernos a hablar de tus dotes de trabajo y competencia— empezó a decir en un tono afable—. Para ti ese tipo de trabajo habría sido..., ¿cómo lo llamas tú?
     — Trabajo sucio— dije, intentando recitar lo que la dije una vez— porque al mal trabajador, no le viene bien ningún azadón.
     Leticia soltó una carcajada.
     — Es increíble— clavó su mirada en el horizonte—. No has cambiado nada.
     La miré por el rabillo del ojo. Sus piernas delgadas y morenas vestían unos shorts de Wells Clothes. Llevaba la camiseta de la mano, dejando al descubierto su vientre con la parte de arriba del bikini. El pelo rizado y oscuro lo llevaba recogido en un moño del que escapaban algunos mechones. Su nariz recta, sus labios finos y sus pómulos marcados conformaban un rostro angelical.
     — Sí que he cambiado— afirmé—. Por raro que parezca, soy otra persona.
     Sonrió de medio lado.
     — ¿Qué hay de Harry Styles?— preguntó de repente—. ¿Has hablado con él?
     Negué con la cabeza.
     — Es una locura— exhalé—. A lo largo de todos estos meses me he dado cuenta de que lo que siento por Harry es una verdadera locura.
     — ¿Es verdadero?— preguntó ella y enarqué una ceja—. Lo que sientes por él, ¿es verdadero?
     — Creo que sí.
     — En el amor siempre hay una pizca de locura porque, al fin y al cabo, el amor es eso: una verdadera locura— susurró con una sonrisa.
     Suspiré.
     — Es..., muy profundo— dije.
     — El otro día estuve viendo The Last Song— soltó una carcajada—. Me acordé de esa frase en concreto y te aseguro que me ha salido del alma.
     — Puedo dar fe de ello— sonreí.
     — No quiero agobiarte más pero, ¿vendrás esta noche?— preguntó finalmente—. Por favor, Emma. Eres la única mejor amiga que tengo cuando vengo aquí y sería un palo que no pudieras venir esta noche. El año pasado me tuve que conformar con una felicitación por teléfono y no estoy dispuesta a que este año me hagas lo mismo— puso morritos y ojos de corderito degollado. Cruzó las manos a modo de súplica—. Por favor.
     Me reí por lo cómica que me resultaba.
     — Eso no me lo tienes que decir a mí— sonreí—. Por si no te has dado cuenta, vengo con complemento incluido. Si quieres que vaya yo, tendrás que hablar con mi mosca cojonera— miré de reojo a la barandilla de mi chalet, donde Víctor estaba de pie, observándome.
     Leticia se giró completamente y alzó la mano.
     — ¡Hola, Víctor!— gritó ella—. ¡Esta noche celebro mi fiesta de cumpleaños y quiero que Emma venga, así que estás invitado!
     — ¡Vale!— le contestó él. Su voz caló todos los rincones de la playa—. ¡Dile a Emma que iré con ella!
     — Listo— dijo Leticia satisfecha—. Yo me tengo que ir ya. Aún no he escogido el vestido que voy a ponerme para la fiesta y quedan tres horas para que empiece. Mi hermano está organizándolo todo y no es plan de dejarle tirado.
     Me dio un beso en la mejilla y se marchó con paso firme por la playa.


     Cuando subí de nuevo a casa, Víctor seguía de pie derecho en la terraza. Sonrió y un pequeño hoyuelo le salió en el lado izquierdo del rostro. 
     Era un tipo perfecto. Medía más del metro ochenta y cinco, su cuerpo estaba perfectamente musculado y trabajado, del cual presumía con orgullo con sus camisetas de tirantes y sus pantalones deportivos, y su rostro era de una simetría particular. Lucía un bronceado inigualable. Sus manos eran grandes, delgadas y firmes. Agité la cabeza un par de veces intentando apartar todas esas ideas que no venían a cuento y abrí la puerta.
     Me imaginé a Víctor trabajando como analista económico en la Bolsa con traje chaqueta y corbata, y me estremecí por lo tentadora que me resultó esa imagen.
     — ¿Era Leticia?
     — La misma.
     — Fiesta de alto postín— sonrió divertido—. Lo pasaremos bien, pero debes recordar que no puedes beber alcohol. Estás tomando pastillas.
     — Venga, porfi— supliqué—. Solo un poquito.
     — Definitivamente, no— declaró y me crucé de brazos—. Esto no es por mí, sino por ti.
     Me abrazó. Al principio no quise aferrarme a él, pero finalmente, su ingente fuerza provocó que le rodeara la cintura con mis brazos. Olía a Bambú, de Adolfo Domínguez. Me acarició el pelo con la mano y hundí el rostro en su pecho.
     — Cada vez que te veo dormida tengo miedo de que hayas vuelto a hacerlo— susurró—. No quiero dejarte sola porque no podría soportar verte en aquel estado de nuevo— me abrazó con fuerza—. Cuando cierro los ojos, aún puedo verte desnuda en la bañera, desangrándote…— su voz amenazaba con romperse—, viendo cómo se te escapaba la vida poco a poco— cerré los ojos—. Segundo a segundo. Y yo no podía hacer nada por evitarlo.
     — Víctor— musité contra su pecho y me aferré a su espalda. Él sujetó mi cabeza.
     Me costaba respirar.
     — No podía hacer absolutamente nada— repitió aterrado—. No podía salvarte y tampoco podría entregar mi vida para salvar la tuya.
     — Basta— me aparté. Deslicé mis dedos por sus lágrimas de terror y le acaricié las mejillas—. Por favor, basta. He aprendido a valorar esto, a valorar a la gente que me rodea y a mí misma. No volveré hacerlo. No podría soportar volver a causarte este dolor— terminé por susurrar.
     Asintió y le acompañé hasta la puerta principal. Dijo que iría a su casa a ducharse y cambiarse de ropa de cara la fiesta. Una vez que desapareció por la calle y me aseguré de que estaba “sola”..., volví a la carga.
     Volví a entrar en el despacho de papá.


     Entré con cuidado de no tocar nada innecesario y él pudiera darse cuenta de que alguien había estado ahí. Lo más posible es que me cortara las orejas por husmear en cosas que no me llamaban. Aunque, en cierto modo, aquello sí que influía en mí, por lo que no podría considerarse husmear, sino buscar pruebas contra un enemigo común.
     Saqué la caja de madera y me senté en el suelo, al lado de su escritorio, de piernas cruzadas. Tomé aire y la volví a abrir.
     Empecé por mirar todos los recortes de las fotografías. Efectivamente, el de las fotos era Simon —a pesar del poco parecido que compartía con el Simon que yo misma había conocido— pero su verdadero nombre no era aquel, sino el de un tal Daniel Fernández. Bajé todas las fotos de mi vista y achiné los ojos con el objetivo de entender aquello. 
     ¿Daniel Fernández se había cambiado la identidad y había sustituido su antiguo nombre por el de Simon Evans? ¿No era demasiado surrealista? Dudaba que Simon hubiera entrado —de cualquier manera probable— en Protección de Testigos, lo que me llevó a pensar —era la única teoría posible ante aquel cambio de identidad— que había acudido a la mafia. «Já, la mafia» pensé. «Ni que esto fuera una peli americana»
     ¡Era una completa locura, por no decir imposible!
     Llegué al fondo del asunto —o más bien de la caja— y cogí la carpeta marrón. 
     Me mordí el labio nerviosa y las manos comenzaron a sudarme. Sin pensármelo dos veces, la abrí sin reflexionar más tiempo.
     En su interior no había nada más que contratos, los mismos que había leído el miércoles. Contratos con grupos y cantantes, inversiones en películas, papeles de bolsa, documentos de ampliaciones de capital y nada que resultara importante. Nada, a excepción de una cosa; todos los documentos estaban firmados por papá y Daniel. 
     Dani, como comprobé días atrás, trabajó con papá en la discográfica en la década de los años ochenta y noventa. Habían llevado Wells Records hasta la cima y habían machacado —no en el sentido literal— a todas esas empresas insignificantes en aquel enorme mercado capitalista.
     A pesar de aquello, no pude sacar más información de todos esos documentos. Información que era muy poca. Grité por la frustración y los ojos se me llenaron de lágrimas. Lancé la carpeta contra la pared, sin importarme si papá podía averiguar que había fisgoneado en sus cosas, cuando vi algo que desencajaba en aquellos documentos: era un sobre. 
     Me limpié las lágrimas y me levanté a por la carta.
     Era un sobre marrón arrugado que contenía un pedazo de papel rugoso y muy estropeado. El mensaje era claro y conciso:

          «Me las vas a pagar, Wells. Me has llevado a la jodida ruina y te aseguro que las cosas no van a quedar así. ¿Te crees que no sé que has sido tú quien ha filtrado la información a los medios? ¿Crees que no sé que fuiste tú quien hablo con la policía? Me vengaré de ti y será entonces cuando te arrepentirás. No tengo prisa. Cuando menos te lo esperes, te la habré jugado y tú no podrás hacer nada. Acabaré contigo y con tu estúpido imperio. Recuerda que la venganza es un plato que se sirve bien frío»

     Se me tensaron todos los músculos y el miedo se apoderó de mi cuerpo. Fue él, no necesitaba más pruebas para asegurarme de ello, pero sí lo eran para demostrárselo a los demás. Una grabación y una pequeña carta no iban a servir de gran cosa en una investigación policial. Mi ira y terror fueron sustituidos por una frustración nunca antes conocida. 
     ¿Cómo iba a demostrar que había sido él? ¿Cómo iba a hacer creer a todo el mundo que Simon no era verdaderamente Simon, sino una falsa identidad? 
     Los problemas se me acumulaban y no sabía cómo resolverlos. Las preguntas me aturullaban la cabeza y no tenía respuestas. ¿A qué se refería aquella carta con lo de: «¿Te crees que no sé que has sido tú quien ha filtrado la información a los medios?» y lo de: «¿Crees que no sé que fuiste tú quién hablo con la policía?». ¿Por eso había Simon filtrado información del grupo, acusándome a mí? ¿Para dar a papá de su propia medicina?
     No tenía ninguna clase de sentido.
     ¿Qué había hecho Simon y por qué papá hizo lo que hizo?
     Guardé todo de nuevo en la caja. Salí del despacho de papá más confusa de lo que había entrado.


     Subí a mi dormitorio, donde me tiré sobre la cama y me tapé la cara con las manos.
     Necesitaba salir de casa.
     Me metí en la ducha con el objetivo de apartar de mí todas las preocupaciones durante al menos diez minutos con las voces de los chicos inundando el baño con su dulce melodía comercial que conseguía que se me pusieran todos los pelos de punta.
     Me vestí con una falda de lentejuelas de colores simétrica, un top negro y unos tacones kilométricos. Desenchufé el móvil del cargador y me senté sobre el sofá con una única preocupación en la cabeza: cómo desenmascarar a Simon y demostrar que yo era inocente. 
     Comencé a dar pequeños golpecitos con el tacón sobre el suelo y me humedecí varias veces el labio. Saqué el maquillaje de la cartera y me miré al espejo, repasando que todo estuviera correctamente.
     Tenía que hablar con papá. Tenía que contarle todo lo que sabía y viceversa.
     — ¿Va a salir, señorita Wells?— dijo Mick, asomando el rostro por la puerta.
     — Sí— asentí—. Voy a ir a una fiesta con Víctor. Llegaré tarde. No hace falta que me acompañes. Iremos andando. La fiesta es aquí al lado. Te mandaré un mensaje en cuanto llegue.
     — De acuerdo. Páselo bien.
     Despareció sin más. Miré el reloj y sonó el timbre de la puerta. Me levanté todo lo rápido que mis altos tacones me permitieron, me eché un último vistazo en el espejo del vestíbulo y salí de casa —tras haberme despedido del guarda de seguridad y Mick— con un único objetivo: olvidarme de todo, beber mucho —sin que Víctor se enterara— y disfrutar. Después de tanto sufrimiento, me lo merecía.

     Solo quería vivir mientras fuera joven.

martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo 19 | Still The One


Miércoles, 3 de septiembre

     Aquel era mi séptimo día en casa.
     Había pasado una semana desde que me dieron el alta en el centro de desintoxicación y aquellos últimos siete días fueron como un suave soplo de aire fresco. Había acudido a dos sesiones de terapia y mi recuperación completa iba sobre ruedas.
     El lunes de esa semana había concertado una entrevista en exclusiva para Hola. Vinieron a casa, me hicieron un centenar de preguntas, desde mi trabajo como periodista a mis renovadas ganas de vivir. Después de aquello, sacaron un centenar de fotos. Todos los medios de comunicación se peleaban por una exclusiva y yo me decanté por la publicación que consideraba más seria.
     Víctor seguía trabajando en el jardín de casa, por lo que podía verle todos los días y a todas horas. Me sentía culpable por una sola cosa: una de las primeras imágenes que Víctor había visto de mí había sido la mía, dentro de una bañera, al borde de la muerte. Él estaba igual de satisfecho que yo por que me hubieran dado el alta, pero aquella sonrisa dibujada en su rostro no podía esconder los rescoldos dolorosos del recuerdo tatuado en sus ojos verdes.
     Papá se había mostrado un poco más afable. Por las mañanas me saludaba con un beso en la frente y se sentaba en la mesa a leer el periódico. Supuse que aquello se debía a que no todos los días se pierde y recupera a una hija de la muerte. A lo largo del día iba a la sede de Wells Records en las afueras de Málaga. Llegaba a casa bien caída la tarde. Los mayordomos nos hacían la cena y nos sentábamos todos a cenar en la terraza del jardín.
     Mamá se pasaba el día entero en casa. Cuando había que tomar alguna decisión, llamaba a la vicepresidenta de la compañía y le cargaba a ella con lo que fuera.
     Madison se pasaba el día yendo y viniendo. De casa a su ático y viceversa. El viernes de la semana pasada, ella y Elliot tuvieron que ir a Madrid porque había saltado la alarma del ático que tenían en la Calle Serrano y los llamó la policía. Finalmente no fue nada serio.
     Chad se pasaba el día a mi lado. Su novia había vuelto a Madrid para volver a su trabajo y él hacía el papel de hermano mayor con una magnitud nunca antes vista. Cuando quería levantarme a por agua, siempre me obligaba a tumbarme.
     — No te muevas, ya te lo traigo yo— decía siempre.
     — Chad. Estoy bien. El problema lo he tenido aquí— me señalaba la sien, indicando la cabeza—, no aquí— movía los manos sobre mis piernas—. Puedo levantarme a por agua yo sola.
     Aquella conversación la habíamos tenido varias veces a lo largo de los siete días en los que había estado en casa. Incluso había discutido con Víctor y mamá por eso. No estaba minusválida y podía levantarme a por agua o un trozo de bizcocho si me daba la gana.
     Había engordado un par de kilos a lo largo de aquella semana y me pasaba el día revolviendo la nevera.
     Después de haber estado tres meses metida en un antro asqueroso donde la comida se limitaba a un puré rancio y un trozo de pan, había empezado a valorar lo que eran los alimentos como tal. Había aprendido a valorarme; así era yo.
     Si tenía hambre, comía. Si quería tomarme una tarta entera, me la comía. Si tenía ganas de ir a un McDonald's y engullir tres Bic Mac, me las tomaba. Había aprendido a valorarme y no debía seguir los cánones que dictaba la sociedad.


     Aquella noche estaba sentada en el sofá de mimbre que teníamos en el parador del chalet pensando en todas las cosas que habían ocurrido desde que había abandonado Inglaterra en diciembre hasta que había salido del centro de desintoxicación una semana atrás. Cada vez que recordaba lo mal que lo pasé ahí dentro me entraban escalofríos. Por otra parte, sabía valorarlo profundamente. Había adquirido nuevos valores y un pensamiento diferente. La vida era una cuestión de equilibrio y era el algo por el algo.
     No había salido a la calle desde entonces.
     Tampoco había llamado a Zayn. Sabía que tenía que hacerlo, pero no estaba preparada para hablar con ellos, a pesar de que era lo único que deseaba.
     Aquel día mamá había viajado a Francia para presentar la colección de otoño de Wells Clothes. Chad había tenido que irse a Estados Unidos para presentar la película que había grabado con Jude Law en compañía de su novia. Papá le acompañó aunque él tendría que ir a la sede que tenían en Pasadena para cerrar unos contratos millonarios con un grupo. Madison estaba en casa conmigo, aunque saldría de madrugada para ir a Francia con mamá.
     Adoraba a mi familia pero era incapaz de soportar estar la mayor parte del tiempo sola en casa. Cuando estaba en la Universidad fue genial, casi como un regalo: tenía la música a todo volumen, hacía lo que me apetecía, Víctor siempre estaba metido en mi cama y la libertad era máxima. Llegó un momento en el que ese tipo de cosas no me importaban y solo quería tenerlos a mi lado. Tal vez, aquella fuera la razón por la que había vivido en una soledad continua.
     Adoraba a papá. Aquello era algo cierto como una catedral. Papá era un gran luchador al igual que yo, pero el trabajo le carcomía. Por otro lado, el hecho de casi perder a su hija pequeña le sirvió de escarmiento y tal vez esa fuera la razón por la que en aquel momento estuviéramos un poco más unidos.
     Me crucé de piernas en el sofá. Las farolas del jardín se fueron iluminando de color blanco a medida que el cielo se iba oscureciendo de color azul oscuro. Los grillos comenzaron a cantar al unísono y las estrellas se vistieron de colores brillantes a lo largo del cielo.
     Mi hermana salió a la terraza con un pantalón de pijama corto parecido al mío, una camiseta blanca y unas chanclas. En una mano llevaba una taza humeante de Cola Cao para ella y en la otra una de café para mí. Me lo tendió y se sentó a mi lado con omisión.
     — Emma— dijo suspirando y rompiendo aquel silencio que solo dejaba escuchar el agua de la piscina y nuestras pesadas respiraciones—, sé que no he sido la mejor hermana.
     — Nunca lo has sido— concreté.
     — No— negó con la cabeza—. Tienes razón, nunca lo he sido.
     Suspiré y miré al suelo.
     Estaba enfadada por el hecho de que no hubiera venido a verme ni un solo día al centro de desintoxicación, nostálgica por los momentos que habían desaparecido y confusa por todas las cosas que estaban pasando por mi cabeza en aquel instante. Era cierto que no dejaba que nadie más que Víctor, Chad y Dani fueran a verme, pero si ella hubiera ido no le habría negado la entrada. Por el amor de Dios, ¡era mi hermana mayor!
     No dije nada. Solo volví a levantar la mirada hacia la piscina.
     — Sé que a veces me comporto como una cretina y…
     — Solo a veces— repetí sin poder evitar el sarcasmo.
     — ... no he estado a tu lado cuando más lo has necesitado. A veces se me olvida recordar que eres mi hermana pequeña. Tú nunca has pedido nada cuando lo has requerido y a mí no se me había ocurrido acercarme a ti, abrazarte y dejar que lloraras sobre mi hombro.
     — Madison— exhalé—. No necesito que os disculpéis todos. Desde que me han dado el alta, no habéis dejado de darme la plasta con eso de que lo sentís mucho, que os arrepentís, bla, bla, bla.
     — No fue una manera correcta, pero nos abriste los ojos— contestó. Se pasó la mano por el pelo castaño y clavé la mirada en su nariz respingona, en sus larguísimas pestañas escondidas bajo un baño de rímel negro, sus pulposos labios y sus cejas rectas perfectamente depiladas—. Emma, lo siento de verdad. No he podido dejar de darle vueltas al tema, culpándome por todo lo ocurrido.
     — No, no tuviste la culpa.
     — No, pero sí que influí en aquella descarada, loca y estúpida decisión— replicó con desdén, poniendo énfasis en todos aquellos adjetivos. Dibujó una triste sonrisa—. Los chicos me han estado llamando a todas horas preguntándome por ti y por si había novedades de tu estado.
     Asentí con el corazón latiendo a mil por hora. Ella volvió a tomar un sorbo de su vaso, lo dejó sobre la mesa y me miró.
     — Víctor ha sido el que peor lo ha pasado con todo esto— indicó con aversión—. Estaba furioso contigo. Nos llamó diciendo que estabas en el hospital medio muerta y los médicos iban a intentar salvarte. Ya no era solo estabilizarte, sino salvarte.
     «Vale ya» pensé.
     — Cuando llegamos allí estaba destrozado— susurró ella—. Tenía las manos y la camiseta llenas de sangre. Jamás le había visto así. Parecía que fuera a romperse en cualquier momento. Estaba llorando, preocupado y hundido. Créeme, lo ha pasado terriblemente mal.
     El silencio volvió. La sangre me hervía y una pizca de culpabilidad de oprimía el pecho.
     — Dani llegó esa misma noche. También lloró. Todos lo hicimos. ¿Quieres saber por qué?— estaba muy enfadada. No contesté—. Porque nos importas y te queremos, ¡pero tú no te paraste a pensar en nosotros, Emma! Joder— terminó por mascullar.
     Tragué saliva. Madison siempre había mantenido sus formas y educación, y jamás se le había ocurrido decir una palabra más alta que otra. Sin embargo, aquel día era la primera vez que la veía realmente enfadada.
     Cogió las dos tazas vacías sin decir palabra y se levantó camino de casa. El riego se disparó y el agua comenzó a humedecer el césped del jardín. Adoraba el olor a húmedo, era un olor tan agradable como el tacto de la seda entre los dedos o el olor a café recién hecho. Cerré los ojos y cuando los abrí, Madison estaba a mi lado de nuevo.
     — ¿En qué piensas?— su enfado se había disipado.
     — En Víctor. Y en Harry— suspiré abrumada y me estrujé la cabeza entre las manos—. No lo sé, Madison. Esto es una locura.
     — Indecisión amorosa— contestó con una sonrisita—. Yo tuve una de esas cuando estuve con Niall. Finalmente me decanté por Elliot. Niall era genial pero un poco infantil y despreocupado. Yo necesitaba a alguien un poco más reservado— explicó y me cogió de la mano al descubrir que no estaba por la labor de contestar a aquella información—. Dani…— empezó a decir pero negué con la cabeza—. Vale, bien. Eso es algo. ¿Con quién te ves pasando el resto de tus días?
     — Con Harry, sin duda. ¿Pero qué ocurriría si lo arriesgo todo por él y después no funcionan las cosas? ¿Y si a los tres meses se da cuenta de que no soy yo la clase de chica que busca y me cambia por la primera modelo que se le cruce por delante?
     — Los hombres siempre piensan con el pene— se encogió de hombros como una niña de cinco años—. Es un riesgo que debes correr, Em.
     Suspiré. Madison me dio un beso en la frente y subió a su habitación a cambiarse.
     Me quedé en el sofá de mimbre sentada con las piernas cruzadas, la humedad de cualquier noche de septiembre y con mis confusos pensamientos rondándome la mente. Quería a Harry como nunca había querido a alguien pero Víctor tenía algo único, peculiar... Algo que siempre quedaría grabado. El primer amor verdadero nunca se olvida y él —por suerte o desgracia—, lo había sido.
     Al cabo de un rato, mi hermana salió a la terraza y me dio un fuerte abrazo.
     — He llamado a Víctor— me informó en un susurro amortiguado contra mi hombro—. Intentará llegar lo antes posible. ¿Estarás bien?
     Asentí y ella se marchó para coger su vuelo.
     Me levanté a por mi MacBook y me lo puse sobre las piernas. Paseé por las más de tres mil canciones que tenía guardadas como favoritas en Spotify y me decanté por Pretend It's OK. Entré a Twitter. Seguí a varias chicas, contesté a un par de menciones y lo dejé a un lado con la música sonando.
     Cogí el iPhone y leí el mensaje de Zayn. Sacudí la cabeza y sostuve el móvil unos segundos entre mis dedos antes de pulsar la tecla de llamada. ¿Estaba preparada para hablar con él? ¿Estaba segura de ello? ¿Qué querría? No me dio tiempo a formular más preguntas. La voz de Zayn interrumpió mis pensamientos.
     — ¿Qué?— gruñó con voz ronca, como si se acabara de levantar—. Paul, son las nueve menos veinte y hoy tenemos día libre. Acabamos de subir a la habitación. Nos prometiste que podíamos hacer lo que quisiéramos. Yo quiero dormir— siseó contra la almohada.
     El sonido de su voz reactivó mis pulsaciones y cientos de recuerdos que yo creía perdidos pasaron de nuevo por mi cabeza en milésimas de segundo.
     — Mmmm, soy yo— musité. ¡Le había despertado!—. Emma.
     — ¿Emma?
     — La misma— afirmé—. Puedo llamar en otro momento.
     Pude escucharle incorporarse en la cama y bostezar.
     — No, no— negó—. Perdona. Anoche tocamos en Toronto y esta mañana volamos a Pensilvania. Hemos tenido el día libre y estoy tan cansado que me he metido en la cama— explicó medio adormilado—. Son las nueve menos cuarto de la noche, pero no pasa nada. ¡No pasa nada! — terminó por exclamar—. ¿Qué tal estás? El otro día vi en las noticias que te dieron el alta.
     Miré mi reloj. En España eran las tres menos cuarto y yo no era capaz de coger el sueño, Víctor habría tenido que soportar la llamada de Madison para estar conmigo —a pesar de que en casa había dos escoltas y cinco mayordomos— y ella había tenido que coger un vuelo de madrugada. Cuanto más tranquila va nuestra vida es cuando más cosas ocurren a nuestro alrededor. Qué paradoja.
     Definitivamente el mundo se había vuelto loco.
     — Yo estoy bien— afirmé.
     No dijo nada durante unos segundos.
     — No voy a recriminarte nada, aunque no será por falta de ganas— me reprendió—. Estoy seguro de que ya te habrán dado la tabarra lo suficiente...
     — Yo no fui— le interrumpí—. Sé que el correo se mandó desde mi cuenta y yo era la única persona externa del grupo que tenía la canción, pero te aseguro que yo no lo hice. Tampoco inventé aquel rumor, Zayn. Os tengo en mucha mejor estima.
     — Emma, lo sé— me tranquilizó—. Quiero decir; lo sabemos. El otro día, Niall y yo le estuvimos dando vueltas en busca de una teoría que pudiera encajar. Por desgracia, no encontramos nada.
     — A Niall nunca se le ha dado bien eso de darle vuelta a las cosas.
     Su risa sonó a través de la línea. Pude imaginármelo sonriendo, con la lengua entre los dientes y los ojos achinados.
     — Harry lo está pasando muy mal— reveló—. Para él sigues siendo la única. No es capaz de querer a otra chica de la misma manera que te ha querido a ti. El día que todo ocurrió, se vino abajo. No volvió a ser el mismo.
     — Zayn…
     — Emma, escúchame— me interrumpió y se calló durante unos segundos. Tomó aire. Yo me tumbé en el sofá de mimbre—: vamos a averiguar qué ha pasado, ¿de acuerdo? Nosotros no lo hemos pasado bien y tú tampoco, así que vamos a descubrir la verdad y las cosas volverán a ser como eran antes.
     Su voz sonaba fuerte y decidida. Estaba tirado: las aguas volverían a su cauce. Una sonrisa se dibujó en mi rostro a medida que una felicidad plena me llenaba el pecho.
     — Gracias— fue lo único que la nostalgia me permitió decir.
     — Eh— intentó calmarme—, todo saldrá bien.
     — Os echo de menos, Zayn— logré decir con la respiración acelerada y la voz reducida a un susurro apenas audible.
     — Por favor, Em. Basta. Todo volverá a estar bien, pero tienes que confiar en nosotros, ¿vale?— dijo en bajo—. Nosotros también te hemos echado mucho de menos.
     Me pasé la mano por el rostro.
     — Voy a dejarte, Zayn. Estoy segura de que querrás dormir— susurré con la nariz taponada y los sentimientos a flor de piel.
     — Por dios, Em. No llores. Te voy a contar un chiste para que se te pase— se aclaró la garganta y me incorporé—. ¿Cuál es el colmo de un fotógrafo? ¡Que su hijo se revele!— gritó emocionado, echándose a reír. Yo ni siquiera me inmuté. Puse los ojos en blanco y suspiré. Zayn se reía a carcajadas y se detuvo de repente—. Venga ya, ¿no te parece gracioso?
     — Es de los peores que he escuchado.
     — Las fotos se revelan, por eso el colmo de un fotógrafo es que su hijo...
     — Lo he pillado.
     — ¿Cómo no te ha hecho gracia? Me lo contó Louis y…
     — Ni lo intentes.
     Parecía mentira que hubiera chistes significativamente horribles y que, además, fuera Zayn el que se pusiera a contármelos. Me incorporé. 
     — ¿No quieres que te cuente otro para remediar el desastre?— bromeó.
     — No, gracias— reí—. Me conformo con esto.
     Soltó una risita. Un silencio se solidificó a ambos lados del teléfono y mi respiración se acompasó lentamente a medida que mis ganas de decir todo lo que sentía en aquellos momentos aumentaban.
     — Me voy a ir a dormir, nena. Mañana por la noche tocamos en el MetLife Stadium y tengo que hacerlo bien. En Estados Unidos no te pasan ni una.
     — Vale— asentí mientras una nostalgia me carcomía por dentro.
     — Me ha encantado hablar contigo.
     Me mordí el labio inferior y sonreí.
     Colgué y dejé el móvil sobre mi pecho al tiempo que respiraba hondo.
     Las cosas tenían que volver a ser como antes. No iba a permitir que Simon echara más mierda sobre mi nombre y se relamiera cada vez que recordara todo lo que había pasado. Estaba segura de que había sido él quien había filtrado la canción y creado ese rumor de los chicos para vengarse de mi padre, y lo hizo a través de mí. Estaba segura de que la razón por la que lo hizo se encontraba en el despacho de papá quince años atrás.
     No sabía lo que había pasado ahí dentro pero aquel fue el origen de todo.
     Miré mis muñecas donde se podía leer «Stay» en la muñeca izquierda y «Strong» en la derecha tatuados con tinta negra que escondían mis cicatrices.
     «Stay Strong»
     Unas escondidas bajo el tatuaje, otras grabadas con fuego sobre mis delicadas muñecas y otras con pequeños relieves que no habían cicatrizado correctamente.
     Cada vez que leía «Stay Strong» me recordaba a mi misma que tenía que ser fuerte y mientras tuviera aquel tatuaje no podría volver a decaer.
     Me levanté del sofá y me dirigí hacia el despacho de papá de puntillas para que ninguno de los guardaespaldas que estaban en casa y los mayordomos pudieran escucharme.
     Jamás había entrado ahí, era un lugar que teníamos terminantemente prohibido pero aquella ocasión era importante. Abrí la puerta. En el centro de la habitación había un gran escritorio de roble sobre el que descansaban varias carpetas con papeles y un iMac de más de veinticinco pulgadas. Alrededor de las paredes que rodeaban al escritorio había varios estantes que llegaban hasta el techo de la habitación con decenas de carpetas y documentos. En las paredes había colgados diversos premios que había ganado por canciones de éxito que él mismo había compuesto.
     Allí tenía tres de los siete Grammy que había ganado.
     Crucé los dedos para que papá tuviera algo en aquel despacho.
     Comencé a buscar entre los documentos de las estanterías que rodeaban al escritorio pero no encontré nada relacionado con Simon. Encendí en su ordenador e introduje «Simon Evans» en el buscador de archivos dando por hecho que toda la información del iMac de Madrid la tendría en la nube pero no me devolvió ningún resultado. Tampoco lo hizo bajo «Simon», «Evans» ni «hijo de puta». Suspiré y me recliné enfadada sobre el sillón de piel.
     Al estirar las piernas me golpeé el tobillo con algo.
     — Dios— gruñí.
     Me mordí el labio en un intento fallido por soportar el dolor. Me miré el tobillo y pude comprobar que tan solo tenía un arañazo del que salía un hilo de sangre. Entonces pude ver una caja que tenía bajo del escritorio, a la izquierda del lugar donde me había golpeado. Era una caja de madera cerrada. Busqué la llave que pudiera abrirla con desesperación y la encontré en uno de sus cajones. La introduje en la cerradura y se abrió con un simple «clic».
     Había decenas de recortes de periódicos de un caso de lucro, cohecho, malversación de bienes y conspiración. En la mayor parte de las fotos salía un hombre joven bañado en fibrosos músculos. Tenía una espesa mata de pelo rizado sobre la cabeza y unas manos enormes. Sus ojos eran como dos pozos negros.
     Como el pozo en el que yo había estado metida.
     Como los ojos del hombre que me había tirado.
     Como los ojos de Simon.
     ¡Aquel hombre era Simon! En el pie de todas las fotos podía leer un nombre que no se correspondía en absoluto por el nombre bajo el que se escondía aquel hombre. «Dani Fernández». ¿Qué clase de hombre había sido en su pasado? ¿Qué clase de hombre se escondía bajo aquellos fuertes brazos y esos oscuros ojos negros? ¿Quién era aquel hombre y cuál era su verdadera identidad? En el fondo de la caja encontré una carpeta marrón con una etiqueta blanca en el centro donde ponía «Simon Evans» y debajo, algo más pequeño y escrito a bolígrafo, «Dani F.»
     Abrí la carpeta.
     Una felicidad se apoderó de mí cuando descubrí que se trataba de contratos de... Wells Records. ¡Todo tenía sentido! Simon trabajó en Wells Records, por eso fue al despacho de papá en Madrid quince años atrás. La razón por la que Simon hizo lo que hizo solo la sabe papá. El golpe de la puerta principal me sacó de mis pensamientos.
     — ¡Emma, ya he llegado!— gritó Víctor.
     Guardé la carpeta maldiciendo por lo bajo, cerré la caja y salí de la habitación sabiendo que ahí estaba la clave de todo.
     Solo necesitaba leer todos esos papeles y mantener una seria conversación con papá.

     Solo él podría aclararme las cosas.