domingo, 29 de septiembre de 2013

Capítulo 27 | Save You Tonight


Miércoles, 22 de octubre

     El olor a café inundaba toda la casa, transportándome a lugares conocidos y me llenó el pecho de aquel sentimiento tan nuevo y frágil: familiaridad. Vertí un poco en dos tazas y salí a la terraza de mi apartamento. Papá estaba sentado en uno de los sofás de mimbre que rodeaba a una pequeña mesita en la esquina. Llevaba una sudadera de los Lakers y tenía el pelo revuelto. Me senté a su lado y le tendí en café. Encogí las piernas y las subí sobre el mullidito cojín. Rodeé mi taza con las manos, dejando que el calor traspasara la cerámica y me calentara la piel.
     A pesar de estar casi a principios de noviembre, el aire frío y espeso de la ciudad nos llenaba de alivio. Aquello era: alivio. Todavía no era capaz de creer que Simon hubiera sido puesto a disposición judicial y nadie parecía estar dispuesto a pagar la fianza. Solo deseaba que pudiera pudrirse ahí dentro.
     La policía había recogido todas las pruebas y estaba trabajando en el caso para poder acusarle de todos los cargos, demostrar su culpabilidad y que lo condenaran. El juicio tendría lugar la primera semana del mes de noviembre y yo tendría que acudir como testigo. Lo último que quería era ver el rostro de aquel hombre, sin embargo haría cualquier cosa para que estuviera entre rejas durante un largo período de tiempo.
     Timmy se había encargado de reforzar la seguridad de mi propio ordenador para que nadie pudiera entrar en él. Ya bastante había tenido con aquello.
     — Después de comer me tienes que llevar al aeropuerto— afirmó papá.
     — ¿Te vas a ir ya?— contesté sorprendida.
     — No sabes lo mucho que me gustaría quedarme— murmuró—. Ya he terminado lo que tenía que hacer y sé que Harry cuidará bien de ti.
     Resoplé como si hubieran puesto mi paciencia al límite y miré hacia la distancia.
     Hyde Park estaba lleno de gente —como era de esperar un domingo por la mañana—. Los padres primerizos empujando sus carritos de bebé, familias enteras caminaban bajo sus espesos árboles y sus paraguas de la mano mientras los niños correteaban pisando los charcos y ensuciándose la ropa, jóvenes deportistas que lucían sus esculpidos cuerpos bajo tops cortos y ajustados leggings a medida que corrían a través del parque, ancianos que llevarían décadas juntos caminaban del brazo mientras disfrutaban de aquel fresco día de octubre, jóvenes que habían decido tomarse un día libre para salir a tomar el fresco y parejas adolescentes —y no tan adolescentes— compartiendo risas por los estrechos caminos del parque.
     — No te oí llegar anoche— me dijo tras haber dado un buen trago a su taza. Me sorprendió y di un tumbo. Enarcó una ceja—. Harry es más discreto que Víctor. 
     Era cierto. Anoche no le dije que iría a su casa y cuando llegué por la mañana, papá aún seguía acostado, así que no hice otra cosa más que tumbarme en el sofá y dormir un rato más hasta que él me despertó al cabo de un par de horas.
     — No, papá, yo..., pasé la noche en su casa, con él.
     — Eso había imaginado— siseó por lo bajo.
     Papá seguiría siendo papá. Un hombre preocupado por su hija y por las compañías por las que se dejaba influenciar. Sabía que le gustaba Harry, pero nunca es sencillo ver a tu hija crecer y dejarla sola en una ciudad completamente diferente a la suya, después de todo lo que había pasado y con un hombre. Especialmente cuando aquel hombre era una súper estrella del pop mundial.
     La espesura del cielo y el color gris daban un brillo especial al pelo de papá. Tenía la nariz recta y sus ojos azules estaban escondidos bajo sus largas pestañas, unas grandes ojeras y algunas arrugas. Mi padre era realmente guapo y me pregunté si de joven habría sido tan atractivo como lo era en aquel momento. Se pasó la mano por el cabello y se lo echó hacia atrás con un hábil movimiento de muñeca, dejando sus finos y atrayentes rasgos al descubierto.
     El cielo estaba pintado de un gris oscuro y cubierto por unas nubes muy espesas. Yo llevaba puesta una sudadera de Harry. Cuando me desperté a su lado, él aún estaba dormido boca abajo, con la respiración lenta y acompasada al ritmo de los músculos de su espalda, que se expandían y contraían levemente. Su pelo no era más que una mata de largos rizos alborotados y tuve que reprimir las ganas de tocarlos. Tenía un brazo encima de mí y la boca entreabierta, respirando con una calma nunca antes vista y ronquidos de lo más adorables. Me deshice de su brazo protector sin hacer ruido y le tapé con la funda nórdica. Abrí el cajón de su cómoda y saqué un pantalón deportivo de Nike y una sudadera de Adidas, me recogí el pelo y guardé mis tacones y vestido de la noche anterior en una bolsita.

          «Mi padre está en casa y lo último que quiero es que se te lance encima como una fiera por haber pasado la noche contigo. ¡A saber qué es lo que se imagina! Te llamaré más tarde»

     Aquello fue lo que le escribí en la nota que le había dejado encima de la almohada. Antes de despedirme de él con un beso en la frente, me senté en el borde de la cama y me le quedé mirando durante algunos largos minutos. Acaricié parcialmente sus rizos. Paseé mis dedos por sus mejillas, su nariz, sus labios y sus orejas. Palpé los músculos de su espalda y cerré los ojos al sentir su piel bajo la mía, aliviada porque Harry estaba conmigo. Nada podría volver a ir mal. Me despedí de él con un único beso en la frente y salí de allí.
     El amor que sentía por él era un eterno deseo insatisfecho. Tenerle cerca era una necesidad, tanto que apenas hacia horas desde que me había marchado de su casa y ya quería volver a verle. Mi madre siempre me decía una cosa, una frase que nunca había comprendido y fue en aquel preciso instante en el que cobró sentido por completo: «Recuerda que la mejor relación es aquella en la que el amor por cada uno excede la necesidad por el otro». No solo quería a Harry, le necesitaba en mi vida, le necesitaba conmigo. Habíamos consolidado nuestra relación después de más de casi dos años, pero aún quedaba una cosa: que se enterara todo el mundo: las fans, medios de comunicación, paparazzi y demás.
     No me gustaba que tuvieran que perseguirme por ser la novia de Harry Styles. Por lo general, no me gustaba que me persiguieran, aunque supuse que mi aparición estelar de la noche anterior en Soho habría despertado la atención de todos los medios y lo más posible es que saliera en portada de mil y una revistas.
     — ¿Sabes?— papá me sacó del ensimismamiento—. El contrato que los chicos tienen firmado con Sony termina en enero. Simon Cowell ha hablado conmigo. Le he pedido que si podían firmar con Wells Records. Él me dijo que era decisión de sus representantes y de ellos mismos— explicó—. Podrías hablar con ellos.
     — ¿En serio?— mi sorpresa fue más que palpable—. ¡Eso es fantástico!
     — Y aún hay más.
     — ¿Más?— pregunté emocionada.
     — Había pensado que podrías trabajar con nosotros, Emma. Sé que eres periodista y hablas con una facilidad impresionante, por eso podrías ser la portavoz de la sucursal de Wells Records aquí— propuso—. Además— añadió—, también...
     — Me estás dejando abrumada— bromeé.
     — ... me gustaría ser su representante junto con un par de personas de confianza. Paul también. Todo esto si los chicos aceptaran, por supuesto.
     Me abalancé sobre él y le di un beso en la mejilla.
     Después de comer me dirigí a mi habitación. Abrí la ducha y, mientras esperaba a que el agua saliera caliente, escogí la ropa que me pondría: unos vaqueros pitillo, una camisa de franela y unos botines. Me apresuré al baño y me duche con toda la velocidad que pude.
     No iba a aceptar el puesto que papá me había ofrecido. Sin embargo, pensé que tal vez a Víctor le interesara el puesto, siempre y cuando pudiera ser en Madrid. Me vestí veloz como un rayo y salí escopetada del apartamento. Hasta que no llegué al garaje, no fui capaz de recordar que me había dejado mi bolso en casa. Maldije por lo bajo y volví a subir de mala gana.
     Cuando abrí la puerta, papá estaba de pie en el vestíbulo del piso con el bolso de la mano —como si hubiera sabido que iba a volver a por él— y con su maleta a los pies, recordándome que tenía que llevarle al aeropuerto. Sonrió divertido, hice una mueca y se lo quité de las manos.


     Papá estaba en silencio. Miraba ensimismado las viviendas de Cedars Rd. En el coche se podía escuchar Spirit In The Sky. Le miraba de reojo de vez en cuando.
     — Papá— susurré y puse el codo derecho sobre la ventanilla. Él no alzó la cabeza—. Papá.
     — Te escucho.
     — Es sobre el puesto que me has ofrecido en Wells Wecords…— me miró—, no lo quiero. Me gusta mucho y te lo agradezco, pero soy como una gacela: necesito vivir al aire libre. Incluso cuando trabajé para GQ lo disfruté. Me gusta escribir. Salir. Llenarme de vida.
     — ¿Qué propones?— parecía interesado.
     — Víctor— contesté y tomé la Great West Rd.—. Le echaron de la Bolsa por ser demasiado joven y te aseguro que es muy competente y trabajador. Si has confiado en él para sustituir a Alfredo en el jardín, deberías hacerlo también para esto.
     No dijo nada.
     — Pero debería ser en la sucursal de Madrid— añadí—. Dale una oportunidad, por favor.
     — Vale— aceptó al cabo de unos segundos—. Lo haré.
     Llegamos al aeropuerto a las tres y veinte de la tarde. Apenas nos dio tiempo a despedirnos; un fuerte abrazo y fin.
     Le echaría de menos.


     Deseaba tanto volver a ver a Harry que tenía los puños tan apretados que me estaba clavando las uñas en las palmas de las manos. Bajé la presión y me fijé en el marco de la puerta. Las pintadas a bolígrafo de «Nosotros somos los mejores del mundo» y «Viva Irlanda» de Niall seguían intactas. Iba a reírme cuando la carcajada se me quedó a medio camino y Harry abrió la puerta.
     Se había puesto una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones de deporte. Tenía el pelo alborotado y cara de haberse despertado en ese mismo instante. Me fijé en sus piernas y unas extrañas ganas de pegarle se extendieron por mis brazos. Era odioso que mi novio tuviera mejores piernas que yo y, entonces, me sorprendí al pensar en Harry como «mi novio». Era muy raro.
     Le miré y en su rostro se dibujó media sonrisa pícara.
     — ¿Qué haces aquí?— preguntó divertido pero con una voz ronca, más de lo habitual, lo que me confirmó que, efectivamente, se acababa de levantar.
     — Son las cuatro, ¿estabas durmiendo?— afirmó con la cabeza—. Venía a verte.
     De repente me envolvió una ola de calor. Me rodeó las caderas con las manos y me acercó a él, mientras me besaba con cautela. Me estremecí, pero esta vez no se molestó en preguntar qué me pasaba; lo sabía de sobra. Cerró la puerta, me apretó contra la puerta y sus labios volvieron a encontrar los míos.
     Ni siquiera recordaba por qué había ido.
     Y tampoco me importaba.
     Tiré el bolso al suelo y le rodeé con mi brazo por detrás del cuello. Introdujo su lengua en mi boca. La manera de moverla logró hacer que mi lengua entrara en una danza de deseo junto con la suya. Los dedos de mi otra mano dieron con el borde de su camiseta. Se deslizaron bajo él, extendiéndose por la parte baja de su espalda y subiendo con cautela hacia sus omóplatos.
     Estaba frío y sus músculos se contraían bajo mi contacto.
     Él descendió una de sus manos hacia la parte baja de mi espalda y con la otra se apoyó con determinación sobre la puerta. Nuestros labios encajaban, al igual que nuestros cuerpos. Era mi otra mitad. Se retiró unos cuantos centímetros y casi no se lo permití.
     — No has venido para esto, ¿verdad?— dijo entre risas contra mis labios.
     — Por supuesto que no— volví a besarle.
     — ¿Entonces?
     — ¿Acaso importa?
     Le metí la mano en los rizos y empujé su boca contra la mía de nuevo, disminuyendo la distancia que había entre nosotros. Choqué con su entrepierna y solté una mezcla entre un grito ahogado y un gemido.
     Estaba excitada.
     Él también.
     Me subió sobre el mueble de la entrada y tiró por los suelos todo lo que había encima. Los músculos de su espalda se contraían cada vez que le besaba con más insistencia.
     No se resistía, aunque al cabo de unos segundos, o tal vez minutos intentó separarse.
     — Emma— masculló contra mi boca.
     — Olvídalo.
     Me quitó la chaqueta.
     Me agarré con fuerza a su cuello y él me cogió, sosteniéndome por los muslos. Le rodeé las caderas con las piernas. Desabrochó con furia los botones de mi camisa con las manos temblorosas, y yo conseguí deshacerme de su camiseta sin prácticamente dejar de besarle.
     Me tenía en volandas y al moverse, choqué de espaldas contra la pared. En lugar de un gruñido me salió un pequeño gemido. Le bajé un poco los pantalones con ayuda de los tobillos y él se deshizo de mi camisa, dejándome solo con un sujetador de encaje. Soltó un pequeño gemido en mi boca cuando comencé a mover mis dedos con cautela por su cuello. Le arañé ligeramente la espalda. Otro gemido contra mi boca y un suspiro ansioso. Tiré de sus rizos y masculló algo, pero era demasiado tarde.
     Éramos todo sensación.
     Como si toda la distancia, tensión y nostalgia que nos había separado durante más de un año quisiera ser evaporada en aquel encuentro agresivo.
     Escucharle gemir de aquel modo hacía que mi cuerpo temblara. Harry gemía por mi. Gemía por sentirme, por tenerme, por volver a poseerme. Me deshice de sus pantalones. Él ascendió sus manos hacia mis pechos. Mi espalda estaba firmemente apoyada contra la pared. Aún no recuerdo cómo consiguió desabrochar los botones de mis vaqueros y comenzó a bajarlos, hasta dejarlos por debajo de mis nalgas. Apartamos nuestros labios y en sus ojos pude ver el reflejo de los míos. Volví a lanzarme a su boca. Di un saltito hacia el suelo, me deshice de los pantalones y él me volvió a coger.
     Estábamos cuerpo con cuerpo, nuestros corazones estaban más cerca que nunca y tan solo nos separaban sus boxers y mi ropa interior. Introdujo una de sus manos por dentro de mis braguitas y comenzó a explorar cautelosamente; paseando por mis curvas y recovecos con movimientos rápidos y precisos, provocando que todo el cuerpo se me electrizara de placer.
     Me lancé contra su boca para esconder contra él toda mi pasión. Bajé una de mis manos hacia el interior de sus calzoncillos y acaricié el hilo de vello que se escondía bajo la cinturilla de aquellos Calvin Klein.
     Harry gimió. Estaba excitado.
     El juego no había hecho más que empezar. Éramos solo cuerpo, corazón y alma en conjunto. Sólo queríamos recuperar el tiempo que habíamos perdido durante un largo año.
     Un año.
     — ¡Joder, tío!— gritó Liam de repente, tapándose los ojos con las manos—. ¿No tenéis una puta cama cerca? ¡No! Tenéis que daros el maldito revolcón en medio del vestíbulo.
     Ahogué un grito y me bajé apoyando los pies firmes en el suelo. Me agaché a por los pantalones y la camisa, y me los puse con determinación y el rojo subido a las mejillas. Él miraba a Liam sorprendido y furioso en partes iguales mientras se ponía de nuevo los pantalones por debajo de la cintura, dejando ver la goma de sus calzoncillos. Tenía los rizos alborotados, los boxers al borde de una explosión y las mejillas de un rosa oscuro.
     Ya se había despertado.
     Liam se aproximó a unos cajones de la mesa donde estaba la tele y sacó algo. Sonrió y se lo lanzó a Harry, el cual lo cogió sin ningún problema: preservativos.
     Bufó y se los lanzó de nuevo. Liam los cogió en el aire.
     — Así que a pelo— bromeó—. Eres un chico valiente.
     Harry ignoró por completo su comentario, aunque el color rojizo de sus mejillas no podía decir lo mismo. Se puso la camiseta, escondiendo su vientre de nuevo tras ella. Yo me agaché a por mi chaqueta vaquera y mi bolso. El pecho todavía me subía y bajaba a gran velocidad y mi respiración iba tan rápido que daba miedo. Por un momento temí caer redonda al suelo por la rápida velocidad con la que mi corazón bombeaba la sangre. Me temblaban las manos y tenía ganas de abofetear a Liam por haber estado en casa en aquel preciso instante, justo cuando las cosas comenzaban a gustarme.
     — ¿Por qué coño has venido?— masculló Harry mientras se colocaba los rizos y se sentaba en el sofá. Estiró los brazos sobre el respaldo y se cruzó de piernas sobre la mesa—. Ya no vives aquí. Deberías tener la mínima decencia de avisar cada vez que…— entonces los dos caímos en la cuenta de que Liam tenía una bolsa deportiva a sus pies—. ¿Qué es eso?
     — Esto es por lo que he venido— dio una sutil patada a la bolsa de Nike—. Es ropa que aún tenía aquí, por raro que pudiera parecerte. Me la quiero llevar a la que es ahora mi casa— explicó—. Entré cuando aún estabas dormido— después me miró directamente y enarcó una ceja con una sonrisa pícara en el rostro—. Te preguntaría para qué has venido, pero creo que la entrepierna de Harold tiene la respuesta.
     Harry cogió uno de los cojines que había sobre el sofá y se lo lanzó al cuerpo con una fuerza brutal. O todo lo brutal que podía ser un cojín.
     — En realidad venía a darle una noticia a Harry, pero como veo que no están los demás, yo me voy— afirmé y me puse la chaqueta vaquera. Harry se apresuró y me agarró de la muñeca.
     — Cuéntanoslo a nosotros— me pidió a través de una mirada lasciva.
     — ¿Por qué te pensabas que íbamos a estar todos aquí?— preguntó Liam y me encogí de hombro—. Ciertamente pasamos mucho tiempo aquí. No estás tan equivocada como parece.Creo que Niall me dijo que luego vendría a recoger algunas cajas. Vamos, Em. Cuéntanoslo.
     Me mordí el labio y bajé la mirada, nerviosa.
     — ¡Mi padre quiere que firméis con Wells Records!— grité emocionada al cabo de uno segundos.
     — ¡Venga ya!— gritó Liam y se le iluminó la cara. Corrió hacia mí y me abrazó por la cintura. Le agarré al cuello y me levantó, dándome vueltas en el aire—. ¡Es una gran noticia!
     — ¿Qué es una gran noticia?— curioseó Niall, que había entrado en el apartamento—. He llegado. Ya lo sé. Sin duda eso es una gran noticia, pero no os hagáis muchas ilusiones. Pido comida, recojo mis cajas y me iré— dijo mientras tiraba su cazadora sobre el sofá y me plantaba un beso en la mejilla.
     — Vamos a firmar con Wells Records— le informó Harry con una sonrisa de oreja a oreja.
     Liam se marchó para contárselo a Sophia. Niall se sentó sobre el sofá y empezó a twittear, con los pies en alto y la cabeza apoyada en el respaldo. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.
     — No es seguro— comencé a explicar, mirándolos alternativamente a uno y a otro—. Todo esto dependerá de lo que Modest! decida, por supuesto.
     — Es una gran noticia, Em— me sonrió Niall.
     Detrás de mí, los hoyuelos Harry se marcaban en total plenitud y abrió los brazos. Me lancé y me aferré a su cintura. Adoraba volver a sentirle tan cerca de mí.
     — La mejor noticia que me han dado en las últimas horas— susurró en mi oído y su aliento con olor a menta acarició mi oreja. Un escalofrío me recorrió el cuello, bajó por mi espalda y fue directo al corazón.
     Me separé.
     — Yo me alegro de que las cosas hayan vuelto a la normalidad— murmuró Niall, que se puso en pie y me revolvió el pelo con una de sus más divertidas sonrisas.


     Eleanor se lanzó al cuello de Louis y él llevó un puño al aire al recibir la noticia.
     Veinte minutos después de Niall entrara en el apartamento, Louis y Els aparecieron allí con la excusa de “saber cómo se encontraba Harry”. En el salón se podía oler una deliciosa victoria. Independientemente de que Simon fuera a ser juzgado y los chicos testificaran contra él, papá había decidido que el grupo firmara con Wells Records. Aquella sería una forma más para que papá y Harry congeniaran de una nueva manera. ¡Incluso podrían gustarse!
     Si papá aceptaba a Harry, lo demás estaba tirado.
     Niall estaba sentado en el sofá, con el móvil entre las manos y Sky Sports puesto en la televisión. Estaban echando Campeonato del Mundo de Judo sub-21. Eleanor y Louis estaban juntos, jugando con sus dedos. Harry me abrazaba por la espalda, acariciando mi hombro con el pulgar. Parecía mentira que a pesar de comenzar a vivir por separado, todos siguieran yendo al apartamento que por entonces había comprado Harry.
     — ¿Qué es lo que habéis aprendido desde que estamos en el grupo?— curioseó Niall de repente. «Como en Coniston» pensé.
     — Que tus pedos son horribles— indicó Louis.
     — Son pedos trepadores— añadió Harry y se echaron a reír.
     Els se aferró a las manos de Louis.
     — Yo creo que una de las mejores consignas que he aprendido desde que entré en el grupo y a la que intento mantenerme fiel es: «Trabaja mucho, disfruta mucho y sé amable», porque funciona.
     — Los sueños se cumplen— susurró Niall, encogiéndose de hombros—, simple. Jamás en un millón de años pensé que One Direction pudiera llegar tan alto.
     — Juntos lo hemos llevado hasta la cima— Louis se recostó en el sofá—. Es un trabajo en equipo. Nuestras fans nos han levantado y nosotros hemos aprovechado ese empujoncito.
     — Yo no sé si alguna vez me acostumbraré a la atención de la prensa— dijo el rubio, dejando su móvil a un lado—. Todavía me siento raro cuando cojo una revista y veo que hay alguna noticia que habla sobre mí. A veces siento que estoy leyendo acerca de otra persona.
     — Pues no serás porque salgas en pocas— bromeé con una sonrisa.
     Harry frunció los labios.
     — Lo más difícil de todo es mantenerte en la línea— añadió Louis.
     — Aunque todo lo que nos rodea es una locura, sinceramente no creo que haya sido difícil mantener los pies en suelo— intervino Harry. Su voz ronca me acarició el cuello por detrás—. Cuando miro a nuestro alrededor, veo cómo algunos se dejan arrastrar, porque si vives completamente sumergido en la burbuja de la fama, puedes acabar muy jodido.
     — Recuerdo cuando a nuestro rubiales se le subió a la cabeza— Louis se echó a reír a carcajadas—. Prácticamente tuvimos que golpearle con la guitarra en la cabeza para que el pobre se diera cuenta de la locura que estaba cometiendo.
     Niall se echó a reír.
     — Qué grandes tiempos.
     — Soy consciente de lo difícil que es mantener los pies en el suelo...— empezó a decir Harry.
     — Todos lo sabemos— le interrumpió el rubio.
     — ... pero creo que todos llevamos vidas muy normales fuera de la música, por lo que no dejamos que las cosas nos desborden.
     — Exacto— Louis asintió—. Esa es nuestra esencia.
     — Todos nos esforzamos por un objetivo común— añadió Niall.
     Los chicos asintieron y dicho aquello, el salón volvió a quedar en silencio.


     La vida me sonreía y yo apenas me había dado cuenta.
     En cualquier otro momento, la soledad me estaría esperando en el umbral de la puerta. Aquella vez se había marchado con la cabeza gacha por la ventana. Aún no había asimilado aquello de que Harry y yo fuéramos pareja oficial.
     Temblaba por quererle tanto.
     Temblaba por sentirme viva.
     Abrí la puerta de mi apartamento y la cerré con una sutil patadita. Lancé el bolso y la chaqueta sobre el sofá y, mientras ojeaba el correo, vi algo en el suelo, al lado de la puerta. Alguien debía de haberlo metido por debajo. Me agaché y pude comprobar que era un sobre blanco. Estaba cerrado. No tenía destinatario ni remitente. Me llené los pulmones de aire y la abrí. Cuando vi su contenido, se me encogió el corazón.
     Era un pedazo de papel arrugado. Era una caligrafía cursiva y tradicional. Aquella letra yo la había visto antes. Aquella letra yo la había leído. Aquella letra… era la misma letra de la carta de amenaza a papá que leí cuando entré en su despacho.
     Aquella era la letra de… Simon.

          «Si te creías que todo había acabado, estás tremendamente equivocada. La GQ irá a por ti y yo estaré ansioso por conocer el veredicto del juez. Tiempo al tiempo. Si yo caigo, tú caerás conmigo, Wells. Me voy a convertir, no solo en tu sombra, sino en tu peor pesadilla»

     La sangre dejó de circularme por las venas. Mi cabeza se quedó en blanco. Mis manos no tenían fuerzas. Me temblaba todo el cuerpo. No podía ver nada, tan solo terror. Me mordí el labio con fuerza. Noté el sabor salado y metálico de la sangre en la boca, y tragué. 
     Era como si me hubieran dado una patada en la boca del estómago y quitado la capacidad de respirar en apenas segundos; como si me hubieran apuñalado el corazón y estuvieran retorciendo el puñal para destrozarlo; como si me hubieran tirado por un barranco y estuviera cayendo en picado hacia un suelo de piedras punzantes que mataban con mirarlas; como si me estuviera ahogando en un tanque de agua de cristal, gritara pero nadie pudiera verme. Estaba sola. 
     Miré a mi alrededor con terror. Independientemente del mensaje, lo que más miedo me daba era la razón por la que aquella carta de Simon estaba en mi casa. ¿Quién había entrado en el edificio y por qué había colado aquella carta bajo mi puerta?
     Mi mundo se derrumbó. No tuve ni siquiera tiempo de sujetarlo o pedir refuerzos. Era demasiado tarde. No había nada que pudiera hacer.

          «Si te creías que todo había acabado, estás tremendamente equivocada»
     Eso era mentira.

          «
Tiempo al tiempo. Si yo caigo, tú caerás conmigo, Wells.»
     No.

          «Me voy a convertir, no solo en tu sombra, sino en tu peor pesadilla»
     Cerré los ojos.

     Estaba luchando cuerpo a cuerpo al borde del abismo. El silencio retumbaba y ahogaba mi voz en un vacío inerte. Tenía que asumir que aquello era cierto. Tenía que asumir que aquello era real y me había caído como un jarrón de agua fría. ¿Simon no me iba a dejar en paz? Papá había recibido una amenaza como aquella quince años atrás, confiando que solo fuera un farol, y sin embargo la amenaza fue real. 
     Simon sabía esperar.
     ¿Y si después de todo, la historia de mi padre se repetiría conmigo? ¿De verdad Simon estaría dispuesto a esperar otros quince años más para poder vengarse por aquello? ¿Dónde estaban los héroes cuando se los necesitaba? ¿Dónde estaba la persona que podía salvarme aquella noche? ¿Existían de verdad? Tiré el sobre con fuerza contra la pared, grité furiosa y me eché a llorar en aquel silencio.

     Un silencio que hacía daño.


**


     Buenos días, mis pequeños lectores. 
     Muchísimas gracias por leer. No sabéis lo mucho que eso significa para mí.
     También me gustaría deciros que sería genial que recomendárais la novela. Unas cuantas visitillas más no hacen daño a nadie, ¿no? Tampoco estaría de más que comentárais en el blog. No es que no me gusten vuestros tweets que los adoro, pero en el blog podéis comentar en anónimo y aunque parezca que no, un comentario es siempre mejor que un pequeño tweet de 140 caracteres, ¿o me equivoco? *Guiño, codazo, guiño*
     No me alargo más porque se que no os apetece leer esto, así que muchas gracias por leer la novela. Todo esto está construido a partir de vuestro entusiasmo. Os quiero.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Capítulo 26 | Fool's Gold


     Heart by Heart de Demi estaba sonando en el coche.
     De repente —y sin explicación aparente— el corazón se me disparó con fuerza. Se me hizo un nudo en la garganta y al mismo tiempo me entraron ganas de llorar.
     Tal vez por la letra, por el mensaje o por todo lo que la canción llevaba tras ella; «una vida de cicatrices y matanzas».
     La canción perfecta para el momento perfecto.
     Cerré los ojos profundamente y pensé en todo lo que había conseguido. Era fuerte y estaba intacta. Era increíble lo mucho que había cambiado en menos de un año. Ya no era la misma Emma Wells que chocó con Liam en un supermercado o la que se dejó llevar por el pánico con el dueño de GQ. En aquellos instantes era increíblemente distinta y todo el mundo se había podido dar cuenta de ello, incluso yo.
     El dolor me había cambiado.
     Todo a mi alrededor era diferente. Había aprendido a mirar la vida con otros ojos y todo tenía mucho más sentido.
     Harry sujetaba el volante con firmeza al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre éste. Me miraba de soslayo de vez en cuando, pero la posición y tensión de sus hombros y brazos me dieron a entender que estaba nervioso. Aparté la mirada de él y apoyé mi cabeza sobre la ventanilla.
     Una pesada y dulce respiración inundó el vehículo. No lograba recordar si era la suya, la mía o ambas. Cerré los ojos y dejé que la voz de Demi atravesara mi cuerpo para dejarme —paradójicamente— vacía y llena de vida.


     El ascensor estaba en un silencio sepulcral.
     Lo único que era capaz de escuchar era mi sangre golpeando violentamente contra mis sienes. Harry estaba taconeando con sus horribles botines —¡aún no se había dignado a tirarlos!— contra el suelo del ascensor. Las puertas se abrieron y un olor a limón me golpeó en la cara, llenándome el pecho de tantos recuerdos que hasta el corazón se me contrajo. Sacó las llaves de su bolsillo trasero del pantalón y abrió la particular puerta blanca.
     En su dúplex, todo seguía en su sitio: el salón estaba perfectamente recogido —a excepción de algunas cajas marrones en el suelo—.
     — Son de Niall— me informó de inmediato—. Está de semi-mudanza. Se ha comprado una casa al norte de la ciudad. 
     — ¿Y tú?— pregunté.
     — ¿Yo?— miró a su alrededor y se llevó una mano al pelo—. Me quedaré en este piso. Ahora que todos se han ido, tengo ventaja. Más espacio para mí solo.
     Asentí con la cabeza. Los estantes estaban llenos de toda clase de premios y las paredes con diversos discos de platino. La única diferencia que vi a simple vista fueron dos fotos. No fotos cualquiera: una de ellas era una gran foto colocada en el mueble sobre la que estaba la televisión, en un gran marco con relieves en tonos blancos y plateados. Eran ellos, dándose un abrazo grupal en alguna clase de premios.
     Eso era lo que me gustaba: a pesar de las críticas, seguían formando una «piña», como Zayn le había dicho a Liam poco antes de que los conociera. Las críticas no los afectaban, al contrario, los hacía más fuertes. Eran como hermanos.
     La otra provocó que se me contrajera el alma: era la foto que me había hecho con ellos en la alfombra roja durante la premiere de This Is Us. Habían puesto una foto nuestra. Sabían que volvería. Ellos sabían que todo volvería a la normalidad.
     — La pusimos después de que te fueras— indicó Harry en un susurró.
     Sonrió y me dio la mano.
     Me condujo a la gran terraza de su dúplex, tras haber encendido las luces. La Exhibition Rd. apenas tenía tráfico. Se distinguían los faroles rojos de los vehículos que circulaban por ella y a varios grupos de jóvenes que caminaban ebrios por las aceras. La terraza estaba iluminada con tonos anaranjados claros y amarillos oscuros que resaltaban la delgadez de Harry; los huesos de su rostro estaban muy marcados y tenía unas grandes sombras bajo los ojos. Estaba muy delgado —demasiado para mi gusto—. La gira había acabado con ellos.
     — Pensé que...— se aclaró la garganta, apoyó los codos sobre el antepecho y bajó la mirada hacia la calzada cuatro pisos por debajo. Yo me acerqué a su lado e imité su posición—, quiero decir, te he traído aquí porque aquí fue donde comenzó todo. Aquí fue donde nos presentaron, y aquí fue donde yo comencé a sentir cosas por ti. Y estoy seguro de que a ti también te pasó.
     Le miré y bajé la cabeza. Era cierto.
     — Eres tozuda y caprichosa. Quieres tenerlo todo bajo control. A veces eres incluso insoportable— comenzó a enumerar—. Tu brillo no es constante. Y sí, he dejado que me utilices desde el primer día que nos conocimos. Debiste pensar que yo era una marioneta con la que poder jugar.
     — Harry, yo no pretendía…— le miré alarmada. 
     — Eso es lo que pensaste— me interrumpió—. ¿Y sabes cuál es el problema?— me miró muy serio—. Que hoy, cuando te he visto sobre el escenario de Soho, he descubierto que aún no he terminado de enamorarme de ti— susurró. Me apoyé sobre su hombro y apreté su mano con fuerza—. Sabía que provocabas eso en todos los que conocías, pero no me arrepiento de haberme enamorado de ti— se aclaró la garganta—. Te quiero como nunca antes he querido a nadie— murmuró—. Hemos estado casi un año de gira y lo único que he hecho es pensar en ti.
     Me apretó más fuerte la mano, mientras me la acariciaba con las yemas de los dedos
     — A veces, cuando estamos enfadados, decimos cosas sin pensar— repitió el tweet que yo misma había puesto el día que Demi vino a verme al Centro de Desintoxicación.
     — Tu originalidad me abruma— intenté bromear.
     Sonrió de medio lado.
     — Te hice daño y no me di cuenta hasta que cometí el error— continuó y envolvió nuestras manos entrelazadas con la otra suya—. Cuando pusimos las noticias y nos enteramos que habías sido ingresada de urgencia por...— se le quebró la voz y por un momento temí que se echara a llorar—, una grave sobredosis e importantes auto-lesiones, quería matarte porque fuiste una jodida inconsciente y no he dejado de culparme por ello. Tenía la sensación de que todo aquello, todo por lo que estabas pasando, era en parte por mi culpa y no he dejado de mortificarme desde que te fuiste. Todos los días.
     Se hizo un silencio sepulcral. Harry bajó la cabeza y se liberó de una mano para apretarse el puente de la nariz. Debería haber alargado la mano para acariciarle la mejilla o devolverle el apretón en señal de que todo había pasado y nada tenía importancia. No pude hacerlo. Simplemente me quedé petrificada, bloqueada.
     — No fue tu culpa. No fue culpa de nadie— susurré—. Fue culpa mía.
     — Cuando le conté a mi madre lo que sentía por ti— me interrumpió— algunas semanas después de que te marcharas, me dijo que posiblemente fueras una más, una del montón. Las verdades duelen y aquello fue como un jarrón de agua fría, pero tenía la esperanza de que así fuera. Llegué a la conclusión de que mi madre estaba equivocada.
     Su voz había quedado reducida a un carraspeo grave.
     — Tú sacabas lo mejor de mí y estoy casi seguro de que yo he sacado lo mejor de ti. Hemos llorado y reído juntos. Nos hemos gritado y dejado de hablar, es cierto, y me arrepiento de todo lo que te dije aquel día en el estudio. Fui un gilipollas, Em. De verdad que lo fui y... cuando te marchaste, cada día que pasaba sin verte era una perdición y lo que sentía iba en aumento.
     Volvió a bajar la cabeza y esta vez guardé silencio. Algo me oprimió el pecho. Harry, el «mujeriego del grupo», estaba confesándome su amor. Debajo de aquella armadura de chico picarón e indiferente, arrogante y creído, existía un Harry sensible y cariñoso. A veces olvidaba que ellos eran personas como yo y tenían sentimientos; se sentían mal, lloraban y se enamoraban. 
     De alguna manera, aquella conversación era una conversación pendiente. Aquella conversación que dejamos a medias el día que conocí a Simon.
     Me miró y sonrió.
     — No quiero ser como ellos. No quiero que nadie se interponga entre nosotros— murmuró—. Quiero que seamos tú y yo. Nada más. No quiero que nadie nos separe.
     —Esto...— agité la cabeza. Le devolví el apretón. Bajé la mirada para contemplar nuestras manos: las suyas grandes, cuidadas y firmes; las mías pequeñas, delgadas y delicadas. Nuestros dedos entrelazados encajaban a la perfección. Era como la pieza de mi puzzle que me faltaba—. Yo siento lo mismo. Desde que nos separamos, algo dentro de mí no estaba bien. Pensé que sería algo temporal y que el tiempo lo curaría. Al fin y al cabo el tiempo lo cura todo, pero era mentira. El tiempo no curó nada y solo hizo que ese sentimiento se hiciera más grande, como una bola de nieve rodando hacia abajo. Entonces me di cuenta de que algo me faltaba, y eras tú. Te necesitaba. Pensar que tú me odiabas era...
     Bajé la cabeza y las lágrimas me escocieron en los ojos. Harry me cogió por la barbilla.
     — Jamás te he odiado— me aseguró—. No podría hacerlo.
     Me tocó el rostro con sus dedos para limpiarme las lágrimas que se me habían escapado inconscientemente. Después levantó la otro mano y comenzó a recorrer mi rostro: desde las cejas hasta los pómulos y desde los pómulos hasta la comisura de mis labios. Muy despacio, como si pensara que podría romperme en mil pedazos si lo hacía más fuerte.
     — Es el típico cliché, pero me has cambiado— susurró—. Me has hecho perdonar y no guardar rencor. Me has enseñado a luchar para alcanzar los objetivos que me fije. La sencillez vale más que la propia complejidad y más vale ser auténtico a esconder los verdaderos sentimientos.
     — Eres muy buen alumno— sonreí.
     — He tenido una magnífica profesora— contestó con una sonrisa y tragó saliva. Le tembló la mano—. Yo ahora…— estaba nervioso—, yo…
     — Bésame— supliqué.
     Se acercó muy despacio y cumplió órdenes.
     No un beso agresivo ni pasional, un beso sutil. Cargado de amor, melancolía y nostalgia. Se separó de mí y apoyó su frente en la mía. Me sujetó el rostro con sus manos y nuestras miradas quedaron a una distancia mínima, prácticamente nula. Desde ahí podía verle las ojeras como grandes pozos negros.
     — Nunca he sentido esto por alguien— me dijo en un susurro y su aliento me acarició la cara. Un aliento que olía a alcohol y pasta de dientes—. Tengo miedo porque no sé a dónde nos va a llevar esto, pero también te necesito. No podría soportar volver a perderte. Por favor, dame otra oportunidad. Quiero volver a intentarlo, Em. Por favor: volvamos a empezar.
     — Te quiero— fue lo único que alcancé a decir.
     No me respondió. Volvió a posar sus labios sobre los míos. Alargué una mano para sujetarme a su cuello y la otra la colé disparatadamente entre sus rizos.
Descendió sus manos y comenzaron a pasear firmes por mi espalda, recorriendo mi columna vertebral con una meticulosidad impactante bajo la tela de la chaqueta que me había prestado. 
     Parecía que aquellos brazos tatuados fueron hechos para abrazarme. 
     Nada existía a nuestro alrededor; tan solo éramos él y yo. Lo primero de la lista de cosas que deseaba después de sobrevivir era probar el sabor de sus labios con la lengua. Y aquella noche pude dar por cumplido aquel deseo.
    Me sujetó la cabeza. Su otra mano descendió hasta mis caderas. Le agarré de la cintura e introduje mis dedos por la parte baja de su espalda. Pude sentir cómo se tensaba bajo mi contacto, cómo se contraían sus músculos. Pude acariciar los latidos de su corazón contra mi pecho y se separó despacio.
     Muy despacio.
     Respirábamos con dificultad y nuestros corazones estaban al borde de explotarnos dentro del pecho. Enredó sus dedos en los míos y me dirigió al salón, donde nos sentamos en el sofá. Apoyé la cabeza sobre su hombro y él me rodeo la espalda con su brazo, tatuado y fuerte. Subí las piernas al sofá, dobladas, y me encogí como una niña de ocho años insegura en busca de unos brazos que pudieran protegerla de todas las cosas malas que había fuera de ellos.
     — ¿Cuándo vais a volver de gira?— pregunté en un susurro.
     — ¿Acabamos de volver a vernos y ya quieres que me vaya?— bromeó.
     — No me vengas con tonterías— repliqué.
     Bajó la mirada y me sonrió. Una sonrisa sincera y ladeada de las suyas, resaltando sus hoyuelos y su delgadez.
     — El año que viene— me dijo—. El álbum saldrá dentro de un mes.
     Me abracé a su cintura. No hacía falta decir nada para saber lo que existía a nuestro alrededor. Un tumulto de sentimientos volaban sobre nuestras cabezas y el olor a Harry se multiplicó por dos: su chaqueta y él. Comenzó a acariciarme el pelo con la mano
     — ¿Hace cuanto que no duermes?— preguntó sin mirarme—. Tienes una pinta horrible, Em.
     — ¿Te has mirado últimamente al espejo? No eres el más indicado para hablar.
     — No he podido. Zayn no me deja usarlos— bromeó y puse los ojos en blanco. Aquellos chistes dejaron de tener gracia el tercer día de haberlos conocido—. En serio, Emma. ¿Hace cuánto que no duermes?
     — Demasiado.
     Alargó su mano derecha y me la apartó de sus abdominales. Comenzó a tocar mi muñeca izquierda y paseó sus dedos por mis pequeñas cicatrices blancas y marrones que se quedarían en mis muñecas de por vida. Subió por mi antebrazo y acarició la zona más oscura de los pinchazos.
     — No debiste hacerlo, Emma. No debiste hacerlo— repitió una y otra vez. Su voz sonaba entrecortada—. Prométeme una cosa; prométeme que jamás volverás a hacerlo.
     — Harry...
     — Promételo— me pidió—. No podría soportarlo.
     Su voz sonaba enfadada y firme, y sus ojos tenían una expresión seria y dura, pero sus dedos no dejaron de deambular por mis brazos con preocupación. Dibujando con ellos el trayecto de todas y cada una de mis cicatrices. Levanté la mirada.
     — Te lo prometo.
     Se inclinó sobre mí y me plantó un último beso en los labios. Me acarició el rostro y después me dio un beso en la frente.
     — Vámonos a la cama.
     — ¿Tan pronto?— pregunté alarmada. Con Víctor tardé tres meses.
     — A dormir— sonrió y me dio la mano. La sujeté con fuerza, como si no quisiera dejarle escapar. El olor a limón me adormeció y no me di cuenta, hasta ese momento, de lo verdaderamente cansada que estaba. Me llevó a su habitación.
     Era un cuarto pulcramente ordenado. Tenía una cómoda donde descansaban varios frascos de colonia y cremas corporales. Las paredes eran de un brillante color blanco, al igual que la funda nórdica que reposaba sobre los pies de la cama. Había un gran armario empotrado en la izquierda donde tenía cientos de prendas de ropa y otro armario más pequeño, justo debajo, con varias hileras de zapatos. Un baño bastante grande comunicaba con la habitación. Al fondo del cuarto había un gran ventanal que ocupaba toda la pared. La Exhibition Rd. iluminaba la habitación y él se encargó de encender una lámpara que había sobre la mesilla de noche. 
     — Ahora que los chicos se han ido, lo más posible es que quite esta pared— dio varias palmadas sobre uno de los muros— y amplíe mi habitación. Haré dos habitaciones de invitados con las de los chicos y una pequeña sala de cine.
     — Lo tienes todo pensado— sonreí.
     Harry abrió uno de los cajones superiores de la cómoda y sacó una camiseta gris.
     — Póntela— me ordenó.
     — No voy a dormir con una de tus camisetas— repliqué. «Contigo no» pensé, a pesar de saber que era de lo que más ganas tenía.
     — Es esto o dormir en ropa interior, tú decides— aunque era evidente por su tono de voz que la idea de que durmiera en ropa interior le seducía más.
     Entré en el baño con la camiseta de la mano y me deshice del vestido, sustituyéndolo por la prenda que me había prestado. Era de manga corta, pero me llegaba casi por los codos y por encima de las rodillas. Abrí el grifo y me desmaquillé, repasando mentalmente todo lo que había pasado durante todo el día: había plantado cara a Simon, lo habían detenido, me había reconciliado con los chicos y con Harry y —además— iba a dormir con él. Se me hizo un nudo en la boca del estómago. Tomé aire y salí de la habitación.
     Harry estaba tumbado sobre la cama sin camiseta con unos boxers de Calvin Klein y la funda nórdica sobre las rodillas. Se hizo a un lado cuando me vio y me acurruqué sobre él. Me pasó su brazo izquierdo por la espalda y yo apoyé mi cabeza sobre su pecho. Respiré hondo e inhalé su esencia. Cerré los ojos y le abracé por la cintura. Él apagó la luz de la habitación y se tumbó, conmigo encima y abrazándome muy fuerte, como si no quisiera volver a perderme.



     Antes de dormirme pensé en lo bien que me sentía al haber mandado a Simon entre rejas, pero recordé que todavía no había acabado todo. No solo tendría que declarar como testigo en el juicio, sino que yo también podría ir a prisión por incumplimiento de contrato con GQ. El juicio no se celebraría hasta enero, pero solo de pensarlo, algo me oprimía el pecho y me impedía respirar. Tenía miedo. ¿Y si después de haber pasado por todo lo que había pasado me condenaban por el incumplimiento? Tenía que haber alguna manera de solucionarlo. Quería creerlo, pero sabía perfectamente que la situación era complicada. Que el juicio lo tenía casi perdido y la prisión asegurada. Me estremecí y Harry pudo notarlo, puesto que bajó la mirada y me levantó la cabeza con la mano.
     — Eh, ¿estás bien?
     «No, Harry, no lo estoy »
     — Tengo algo de frío— dije y me di cuenta lo ridículo que sonaba aquello: estaba bajo una funda nórdica y rodeada por unos brazos fuertes y tatuados que me daban calor. A él pareció no importarle y me apretó más contra su cuerpo.
     Cerré los ojos y aparté todo el tema relacionado con el juicio de mi cabeza. Inesperadamente, Harry se acercó a mi oído y me susurró:
     — Te quiero.

     Le habría respondido de la misma manera de no haber cerrado los ojos, y caído en un gran y profundo sueño.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Capítulo 25 | Steal My Girl


     Me sentía como el día que fui a hacer selectividad. Aquella vez recién había cumplido los dieciocho años. Recuerdo que aquella noche no conseguí dormir. Di vueltas en la cama como si el colchón estuviera impregnado en chinchetas en lugar de espuma y no pudiera mantenerme en una única posición. Tenía un nudo en el estómago y respiraba con dificultad. La mano fría de mi padre me hizo despertar y abrí los ojos.
     No estaba en mi habitación, estaba sobre el escenario del club Soho.
     No tenía dieciocho años, tenía veintitrés.
     Parpadeé un par de veces y me llevé el micrófono a la boca.
     — Hola, Simon.
     Vaciló, como si fuera a desmayarse pero algo lo sostuvo en pie.
     — No sé qué haces aquí, Emma— la voz le temblaba. No sabía que Simon pudiera tenerle miedo a algo. No hablaba nadie. A pesar de haber más de cien personas allí, todo era silencio—. No deberías estar aquí.
     Simon intentó correr, pero dos policías lo detuvieron. Uno era Timmy.
     — ¡No te muevas!— gritó, agarrándole por detrás.
     Se puso rojo de furia y ésta vez fue mi padre el que se llevó el micrófono a la boca.
     — ¿Hace cuánto tiempo que no nos vemos, Dani? ¿Quince años?— intervino él—. Estás muy desmejorado. ¿Qué le ha pasado a tu pelo?
     — Quince años, Arthur— asintió él. Era evidente que ya sabía que le habíamos cogido. No tenía escapatoria—. Quince años y no me arrepiento de nada— soltó despreocupado.
     — Eso había pensado...— dijo papá, aturdido—. Habrás cometido delitos imperdonables, habrás huido de la justicia y te habrás cambiado ilegalmente la identidad, y me ha dado exactamente igual, pero has pasado la delgada línea entre lo autorizado y lo prohibido. Y por si no te has dado cuenta de ello, hacer daño a mi hija pasa la franja de lo prohibido.
     — Ella tendría que haber muerto— siseó entre dientes—. ¡Esa zorra— me señaló con el dedo— tendría que estar muerta!
     — Serás...— masculló Harry e intentó lanzarse sobre él. Liam lo detuvo.
     — Veréis— intervine yo—, la historia de Simon es la clase de trama para una novela de acción. Os la voy a contar, a ver qué os parece. Puede que escriba un libro sobre ello.
     — Tú...— Simon no podía moverse; tenía a Timmy y al otro policía sujetándolo con los brazos a la espalda. Era mi momento de gloria. A pesar de que Simon estaba musculado, al lado de Timmy y el otro agente no podía hacer nada.
     Me aclaré la garganta
     — La historia empieza en el año 1974. Podréis pensar que es hace mucho, pero vais a comprobar que la trama tiene mucho sentido— Simon intentó gritar.
     — ¡Que te calles!— le ordenó mi padre.
     — Gracias, papá— sonreí—. Un joven de catorce años, por razones desconocidas, se vio metido en una banda armada. Un miembro de aquella banda fue detenido en 1974 declarando que cometieron equis delitos que no vienen al tema. La policía abrió una investigación y todos los miembros fueron declarados en búsqueda y captura. Nuestro miembro anónimo— proseguí tras haber clavado la mirada de Zayn— recibió amenazas del resto del grupo, pues su testimonio era la única prueba que tenían para condenarles, razón por la que en 1975 entró en Protección de Testigos.
     — Lo mejor llega ahora— intervino papá y le lancé una mirada furiosa—. Lo siento, pequeña. Continúa.
     — Nuestro pequeño Daniel Fernández, el pequeño niño de catorce años, fue ingresado en un reformatorio durante tres. Creció y, posteriormente, comenzó a trabajar en Wells Records. Por unas razones u otras, Daniel fue acusado de lucro, cohecho, malversación de bienes, conspiración y amenazas ilícitas— enumeré, tratando de recordarlo todo—. Un historial fascinante. ¿Verdad, papá?
     — Desgarrador.
     — ¡Que no te muevas!— gritó uno de los policías cuando Simon intentó deshacerse de ellos. Timmy tenía los músculos del rostro contraídos.
     — Hazlos caso— sonreí—. Ahora llega la mejor parte— me aclaré la garganta—. No se le ocurrió otra cosa mejor para huir de la justicia que acudir a la mafia y cambiar su identidad, sustituyendo su antiguo nombre por el de Simon Evans. Increíble y surrealista, pero cierto.
     Harry abrió los ojos y Niall cerró los puños con fuerza. Sophia, Els y Perrie abrieron la boca de par en par y Zayn apretó la mandíbula.
     Las caras de sorpresa eran más que evidentes.
     — Quería venganza porque alguien— señalé a mi padre— le entregó a la policía de manera indirecta hace quince años. Simon se aseguró de vengarse. ¿Cómo hacerlo? No fue difícil cuando la hija de Arthur Wells...
     — Ella— papá me señaló.
     — ... apareció en la vida de One Direction— declaré—. ¿Qué mejor manera de vengarte de alguien que por medio de alguien a quien adora?
     — Simon— continuó papá— autorizó a uno de los miembros del grupo facilitar a Emma una copia de la maqueta de una de sus canciones, precisamente la que tenía un contrato de exclusividad multimillonario con Sony Music. Simon sabía que no podría resistirse a dejar que Emma lo escuchara. Una vez que ella tuvo la canción, todo fue rodado.
     — Acudió al hombre anónimo del que mi hija habló anteriormente que entró en Protección de Testigos y le amenazó con desenmascararle ante el resto de los miembros de la banda. Nuestro hombre X es un pirata informático, por lo que no le fue complicado entrar en la cuenta de correo de Emma, enviar la canción y difamar un rumor falso a la sede de Wells Records.
     Simon quedó solo en el centro de la pista de baile; en medio de su vida. Se había acabado su estúpido juego.
     — Te voy a matar— siseó Harry.
     — ¡Hijo de puta!— gritó Louis e intentó lanzarse sobre él. Por suerte, Niall le detuvo y le sujetó por los brazos con una fuerza brutal. A Liam se le había dilatado la vena del cuello y tenía los puños cerrados, tanto que los nudillos se le quedaron blancos. Sophia le agarraba de la manga para que no cometiera ninguna locura. Papá bajó del escenario con un elegante y ágil salto, y me tendió una mano para ayudarme a bajar a mí. Cuando pisé firmemente con los pies en el suelo, me acerqué a Simon tambaleante pero decidida.
     Iba a plantarle cara.
     — Tendrías que haber muerto— masculló—. El día que saltó la noticia solo deseaba que pudieras morir de la peor manera posible. Sola y humillada, destrozada por la presión mediática y por el odio del grupo, y que eso supusiera la muerte en vida de tu padre.
     — ¡Eres un cabrón!— chilló Harry fuera de sí. Si no hubiera sido porque había varios policías flanqueando a Simon, lo más posible es que se hubiera lanzado contra él—. ¡No me puedo creer que nos hubieras mentido de esta manera y puesto su vida en peligro!— Harry me señaló con el dedo.
     — No sois más que una panda de niñatos consentidos que han tenido siempre lo que han querido. Esto os lo habéis ganado vosotros a pulso.
     Me acerqué a él. Nuestros cuerpos quedaron a algo menos de un metro y mi padre estaba a mi lado. Los rostros que me rodeaban estaban bañados en incredulidad, sorpresa y angustia.
     — ¿Sabes qué es lo que tú te has ganado a pulso?— pregunté retóricamente.
     «Esto por Víctor» pensé. «Se lo prometí»
     Me agarré al brazo de papá y me deshice del tacón derecho. Eché la pierna atrás y la lancé con todas mis fuerzas contra su entrepierna, sintiendo el fuerte contacto subirme como un relámpago. Tuve que ahogar un grito de dolor. Él aulló y cayó al suelo, gimiendo. Me acerqué a él y le agarré de la solapa de la camisa. Ni Timmy, ni el otro agente se molestaron en detenerme.
     — Maldito bastardo— farfullé con todo el odio del mundo—. Eso es lo que llevo más de un año queriendo darte. Los «vengadores» serán vengados.
     Apreté los dientes y le propiné una bofetada en el rostro. Un dolor ardiente me adormiló la mano. Me aparté de él y papá levantó la mano hacia mí a modo de high five. Mi padre les hizo un movimiento con la mano a los policías. Timmy le esposó.
     — Normalmente soy bastante inmune a todo esto— empezó a decir—, pero ojalá te hubiera dado más fuerte. Te pasarás un puñado de años entre rejas, por cabrón.
     Cuando estaban sacándole de la pista de baile, los hice un gesto con la mano y pararon. Me acerqué a Simon con una sonrisa triunfal y el corazón golpeándome con violencia. Él tenía el rostro bañado en dolor e ira.
     — Me las pagarás. Juro que me las pagarás. Eres una zorra.
     Sonreí de nuevo.
     — Tienes una mala costumbre con eso de amenazar. Como lo hagas igual de mal que ésta vez, estás muy jodido— repliqué—. Lo único que quiero es cada día que te despiertes entre rejas, pienses en mí y sepas cómo me he sentido durante casi un año, desde que me arruinaste la vida— la ira había tomado posesión sobre mi voz—. Quiero que sufras todo lo que he sufrido yo.
     Me fulminó con la mirada. Timmy me guiñó un ojo y lo sacaron fuera. Acto seguido, mi padre apareció ante mí con dos copas de champagne. Me tendió una y la levantó.
     — Lo hemos conseguido, Emma.
     — Lo hemos conseguido, papá.
     Un golpe seco de copas seguido de un gran trago de su contenido me devolvió a la vida y me recordó cuál era la segunda razón por la que estaba allí. La música volvió a sonar y la gente volvió a contornear sus cuerpos al ritmo de la batería de la canción. 
     El espectáculo había terminado.
     A lo lejos, vi a los chicos salir del local por la puerta trasera en compañía de Paul, Preston, Jag y las chicas. Algo se desinfló dentro de mí. Entonces lo vi: Zayn me miró directamente a los ojos y me hizo una seña con la cabeza para que saliera. Sonreí y di un beso a mi padre en la mejilla.
     Comencé a abrirme hueco entre la gente de la pista, que me daba golpecitos en la espalda y me felicitaba. Cuando por fin logré llegar a la puerta trasera, me coloqué el pelo. Un golpe de aire fresco me golpeó y me sacó del entumecimiento en el que me encontraba. Parpadeé un par de veces.
     Todos estaban frente a mí.
     Paseé por sus rostros, por sus cabellos y por su ropa. Clavé la mirada en sus bocas y en sus manos. Todos los buenos recuerdos que había vivido junto a ellos —que yo misma creía olvidados— volvieron a mí en un instante.
     Como si todo lo que había pasado no hubiera existido.
     — Hola— susurré.
     — Hola, Em— Zayn me sonrió y se acercó a mí con los brazos abiertos—. Ven aquí, pequeña.
     Apresuré el paso y me acurruqué entre sus brazos. Apoyé la cabeza en su hombro y comenzó a acariciarme el pelo con una de sus manos mientras me decía al oído:
     — Estoy orgulloso de ti— susurró—. Y por cierto: buena puntería.
     Levanté la mirada y sonreí. Se separó de mí. Fueron las chicas las que me abrazaron una a una.
     — Lo siento— farfulló Perrie contra mi hombro—, lo siento mucho. Debería haber confiado en ti— repetía una y otra vez.
     Niall dio un paso al frente cuando ellas me soltaron.
     — Bueno...— se pasó la mano por la nuca y apartó la mirada, avergonzado—, supongo que nos hemos comportado como unos idiotas, ¿no?
     — Solo un poco— musité.
     No pude evitarlo y me lancé a los brazos de aquel rubio tocapelotas. Olía a un sudor frío, Chanel Bleu, Armani y alcohol. Después, fue Liam el que me protegió entre sus brazos y me dijo algo al oído que no pude entender a la perfección, pero supuse que era algo del tipo: «siento no haber confiado en ti». Por último, los siguió Louis. Al principio vaciló, como si no estuviera seguro de querer abrazarme. Por suerte, fue solo un amago y me agarró por la cintura muy fuerte. Me levantó por los aires y me abracé a su cuello.
     El Louis de siempre.
     Yo era muy diferente, ellos por el contrario seguían siendo los mismos. Cuando me bajó al suelo, me tambaleé sonriendo y me coloqué el escote del vestido. Miré a mi alrededor y vi a Harry a varios metros de todos nosotros, de brazos cruzados y mirando al suelo apoyado contra una pared.
     Zayn buscó el origen de mi mirada y sonrió.
     — Emma, no es porque no te haya echado de menos ni nada por el estilo, pero me voy a ver a tu padre. Al fin y al cabo, soy fan suyo, no tuyo— me revolvió el pelo y salió corriendo hacia la puerta con una sonrisa de lo más cómica. Louis, Niall y Liam le siguieron dirigiéndome una última mirada cariñosa. Els me dio un beso en la mejilla, Perrie un apretón en el hombro y Sophia se inclinó sobre mi hombro.
     — Mucha suerte— susurró con una sonrisa.
     Entonces me quedé a solas con Harry.


     Levantó la mirada y se metió las manos en los bolsillos de los pantalones, pero seguía en silencio. Mirándome a los ojos pero sin decir nada. Me agarré los codos con las manos para protegerme del frío. Estábamos en octubre y yo me había dejado el abrigo en el guardarropa.
     Inteligencia cero.
     Era Harry el que hacía que sintiera frío y calor al mismo tiempo.
     Se quitó la americana y se acercó a mí para colocármela. Se detuvo en mis hombros desnudos durante unos segundos de más.
     — Hace frío— susurró—. Emma, tenemos que hablar.
     Asentí y me dio la mano, entrelazando sus largos y finos dedos con los míos. Un relámpago me cruzó el cuerpo como una exhalación. Los recuerdos volvieron a mí. Las sensaciones. Todo.
     Era más de la una de la madrugada y el ambiente en Londres era escaso, casi nulo, a pesar de ser un sábado por la noche. Nos sentamos en un banco cercano con Preston a varios metros de nosotros. En uno de los despistes de Harry, aproveché para inhalar el olor de su chaqueta: Alien, Bleu y Axe.
     — Harry...
     — No, Emma— me interrumpió—. Quería disculparme, ¿vale? Me comporté como un auténtico gilipollas y no confié en ti— dijo avergonzado—. Supongo que un «lo siento» no va a arreglar las cosas, pero solo espero que las mejore.
     Dudé un segundo y rápidamente aparté todas las ideas de mi cabeza.
     Él me quería y yo le quería, no había más. Alargué la mano derecha tambaleante hasta sus rizos e introduje mis dedos en ellos. La misma suavidad que la última vez que pude tocarlos seguía intacta. Me acerqué a él y le abracé por el cuello; él me comenzó a tocar el pelo con una mano y con la otra me protegió la espalda, dándome calor y seguridad. Me apretó contra su tórax y pude sentir los latidos de su corazón contra mi pecho.


     — Tengo que decirte algo— le dije al oído.
     — No, ahora no.
     — ¿Por qué?— me separé y le miré a los ojos.
     — Porque no quería destrozar ese abrazo. Llevaba demasiado tiempo esperándolo— dijo algo molesto y puso los ojos en blanco—, pero ya veo que lo has destrozado tú solita— resopló—. Te he echado de menos— susurró—. Te he echado de menos. Durante todo este tiempo, cientos de chicos han intentado robarte el corazón y me he sentido impotente porque de alguna manera querían quitarme algo que me pertenecía. No podría existir si tú no estuvieras.
     — Harry…
     — Sabes que he intentado no decepcionarte y…— se rascó los ojos—, no quiero que te vuelvas a ir.
     Me incliné sobre sus labios para hacerle callar pero él se apartó.
     Me revolví nerviosa en mi sitio, avergonzada, y se echó a reír. Se levantó, me volvió a dar la mano y arrastró de mí hacia la puerta del local.
     — Ahora no— susurró—. Antes tenemos que hacer una cosa.
     — ¿A dónde vamos?
     — Le diré a Preston que nos…
     Abrí mi cartera con las manos temblorosas sacando las llaves de mi deportivo. Una de las mangas de su chaqueta resbaló por mi hombro y fue él el que se encargó de volver a colocármela. El contacto de sus dedos contra mi piel me produjo un fuerte escalofrío que nacía en el hombro y se extendía hacia todas las partes de mi cuerpo. Le mostré las llaves y el aparcacoches sacó mi vehículo. Silbó y lo rodeó varias veces, tocando la carrocería. Silbé y le lancé las llaves.
     Las cogió en el aire sin ningún problema con una agilidad impresionante.
     — ¿Me dejas conducirlo?
     — Claro— dije sonriendo.
     — ¡Preston!— gritó divertido—. Me voy con Em. No me eches de menos, te quiero— le lanzó un beso y se echó a reír a carcajadas.
     Preston puso los ojos en blanco, desquiciado.
     Abrió la puerta del copiloto y me introduje en el asiento. Varios segundos después, él se acomodó a mi lado. Se llevó las manos al pelo, se humedeció el labio e introdujo las llaves en el coche, produciendo un fuerte sonido, firme y fuerte.
     — ¿A dónde vamos?— pregunté de nuevo.
     — Es una sorpresa.
     Aparté mis ojos de él y me coloqué la chaqueta.
     Ya no tenía frío, ya no tenía calor, ya no sentía nada. Ni siquiera pensé en mi abrigo perdido en Soho. Tan solo era capaz de percibir la sangre que corría a toda velocidad por mis venas a una temperatura inusual.
     — Vamos al lugar donde comenzó todo— dijo sonriendo.

     Había llegado la hora.

martes, 10 de septiembre de 2013

Capítulo 24 | Little Black Dress


Martes, 21 de octubre

     Los chicos habían acabado la gira.
     Aquella noche iba a haber una fiesta VIP en Soho y papá y yo estábamos invitados.
     Aún no los había visto, pero Zayn se había encargado de mandarnos dos invitaciones.
     Papá había pasado más de un mes entero conmigo en Londres. El frío había empezado a hacer mella en los árboles y en los transeúntes de la calle, que ya empezaban a subirse las bufandas hasta las orejas y ponerse los gorros de lana.
     Eran las doce y cuarto de la mañana.
     A lo largo de aquel mes, la policía había empezado a indagar en la vida de Simon después de que tuviera que ir —de mala gana— a declarar . Por lo visto, no habían conseguido nada y estaban igual que cuando empezaron. Papá solía decirme que me tranquilizara, tanto la policía como el equipo de seguridad que él había contratado y que participaba como asesor externo, encontrarían algo. Tenían cosas con las que trabajar y aquello ya era algo.
     — Mejor despacio y bien que deprisa y mal— me decía siempre papá—. El equipo está cumpliéndolo a rajatabla. Confía en ellos.
     Sin embargo, había pasado algo más de un mes desde que entregamos la grabación que me pasó Zayn, pero no habían podido considerarlo una prueba concluyente. No fue descartada pero era una prueba escasa.
     Iba a hacer un año que no veía a los chicos y mis ganas incrementaban. Le pedí a Zayn que no me visitara. O al menos no hasta que todo se resolviera. Y tal y como iban las cosas, todo aquello iba para largo. Él no había puesto ninguna pega.
     Enlacé las manos a mi espalda y miré la lluvia caer violentamente contra el suelo de la terraza del ático, ensimismada en mis pensamientos y hundiéndome en mí misma.
     — ¿En qué piensas?— dijo papá de repente, dándome un beso en la frente.
     — Nada importante.
     — Pues yo sí tengo noticias importantes— me giré inmediatamente—. Anoche recibí un mensaje de la empresa de seguridad y me dijeron que tienen algo.
     — ¿El qué?
     — No lo sé— se encogió de hombros—. Me dijeron que me conectara al Skype hoy por la mañana a las doce y media. Querían darnos las novedades a nosotros antes que a la propia policía.
     — ¡Son las doce y veinte!— exclamé tirando de su manga y encendiendo su Mac Book—. ¿A qué estás esperando?


     Eran las doce y media.
     Papá estaba conectado a Skype cuando recibió una videollamada. Él la aceptó y en la pantalla pude ver a un joven algunos años mayor que yo con el pelo rubio y los ojos muy claros. Era muy atractivo. Miró directamente a la pantalla y sonrió.
     — Hola, Emma Wells. Tenía ganas de conocerte. Me han hablado mucho de ti— dijo él y yo me encogí de hombros. Miró a papá—. Arthur.
     — Aléjate de mi hija, Timmy— dijo él—. Está pillada por una súper estrella del pop.
     «¿Pillada por una súper estrella del pop?» pensé. ¿Quién era aquel hombre y qué se supone que había hecho con papá?
     — ¿Cuáles son las novedades?
     — Verás...— empezó a decir el chico, escribiendo en su teclado—, he estado indagando en el ordenador de Simon y...
     — ¿Eso no es ilegal?— le interrumpí—. Eso es incumplir el derecho a la privacidad. Aunque encuentres algo en su ordenador, en el juicio sería rechazado.
     — Sí— contestó Timmy—, pero si su ordenador me da el nombre de un testigo, nadie puede negarlo. El cazador cazado.
     — Continúa— dijo papá, lanzándome una mirada furiosa. Era evidente que quería que mantuviera la boca cerrada.
     — Sus cuentas no presentan ninguna anomalía extraña y el intercambio de correos electrónicos es escaso a excepción de una dirección.
     — Dime que esa dirección tiene nombre y apellido.
     — Tiene nombre y apellido, pero nos ha costado encontrarlo y ha sido difícil poder acceder a su PC— dijo Timmy, moviendo los dedos con velocidad sobre el teclado—. Nuestro hombre X es un pirata informático de los buenos. Tenía varios cortafuegos y toda la información encriptada. Nos ha costado varios días poder acceder a él.
     — ¿Algo más?— pregunté ansiosa.
     — Sí— asintió—. Se ha entregado a la policía hace algunas horas bajo el nombre de Robert Grey. Dame un minuto para que pueda acceder a la base de datos de la policía y...— se calló durante algunos segundos—, voilá. Robert Grey, nació en 1959, en la ciudad de Barcelona. De padre español y madre americana. En el 74 lo atrapó la policía, aunque no se le llegó a juzgar pues llegó a un acuerdo con ellos a cambio de determinada información. Confesó haber participado en varios atracos a punta de pistola, concretamente en catorce, en los que hubo más de ocho fallecidos...— leyó Timmy, y comenzó a bisbisear por lo bajo, dando a entender no había nada interesante.
     — ¿Nada más?— inquirió mi padre.
     — Dame un momento, Arthur— gruñó él—. Soy hacker, pero no Lisbeth Salander. ¡Lo tengo! Su información detallada permitió dar luz a todos aquellos atracos que la policía tenía archivados por falta de pruebas. Delató al resto de los miembros de su banda, razón por la que comenzó a recibir amenazas ilícitas por parte de ellos. Como su testimonio era la única prueba de la que disponían en caso de atrapar a esos malnacidos y llevarlos ante un juez, el Estado consideró oportuno su entrada en Protección de Testigos en 1975, adquiriendo de este modo el nombre de David Brown.
     — No tiene sentido— intervine—. Esto no tiene nada que ver con Simon.
     — Sí lo tiene— replicó Timmy, aparentemente molesto—. Simon perteneció a aquella banda, bajo el nombre de Daniel...
     — Daniel Fernández— le interrumpió papá.
     — Correcto. Tenía tan solo 14 años. Fue procesado y estuvo tres años en un reformatorio— explicó, justo cuando le sonó el móvil—. Perdonad. ¿Sí?... No, estoy hablando con Arthur Wells... ¡Venga ya! ¿En serio?...
     — Este tío es gilipollas— gruñó papá.
     — Te puedo escuchar, Arthur— dijo Timmy—. No, disculpa, se lo decía a Arthur... Sí, le tengo en Skype... De acuerdo, adiós.
     — ¿Y bien?— pregunté yo.
     Aquel muchacho estaba poniéndome de los nervios. ¿No se daba cuenta de que el hombre que había arruinado mi vida estuvo encarcelado en un reformatorio durante tres años? ¡Por el amor de Dios! Que se diera más prisa, maldita sea.
     — Robert Grey se ha vuelto a entregar a la policía con la condición de que vuelvan a ocultar su verdadera identidad. Entró en el PPT para protegerse de los que lo amenazaban, y cuarenta años después, vuelve a utilizar la misma estrategia— explicó Timmy—. Lo ha desembuchado todo.
     — Eres un hacha— murmuré.
     — Gracias— contestó Timmy, orgulloso—. Por lo visto, el trece de noviembre de 2013, y sin saber como demonios dio con él, Simon, conocedor de sus habilidades para moverse de manera impune por la red, acudió a su casa en Brighton y le amenazó con desenmascararle ante el resto de los miembros de la banda, que desde su confesión vivían ocultos en la clandestinidad, si no entraba en la cuenta de correo de Emma y enviaba todo el contenido del USB que le facilitó, a la sede de Wells Records, en Madrid.
     — Hijo de puta— siseó papá.
     — Después le obligó a tapar las huellas y no contar nada a nadie porque sabía su identidad, lo del PPT y le dijo, cito textualmente: «Te tengo cogido por los huevos, Rob». Me lo están diciendo ahora mismo por una página segura.
     Intenté hacer memoria. El trece de noviembre... ¿Qué estaba haciendo yo el trece de noviembre? Los chicos habían terminado la gira. El trece de noviembre. Esa fecha fue después de la fiesta en Fabric, tras la que estuve tres días enteros sin hablar con ellos, quedé con Louis... Una brillante y nítida luz iluminó mi cabeza.
     — ¡El trece de noviembre fue el día que conocí personalmente a Simon!— exclamé. Todo tenía sentido—. ¡Ahora todo encaja! Harry me comentó que Simon le había dado permiso para pasarme la maqueta de su canción y me pidió confidencialidad pues tenían un contrato de exclusividad con Sony. ¡Por eso Simon le dio permiso a Harry!
     — Era una trampa— murmuró Timmy—. Hijo de la gran puta.
     — Exacto. Simon sabía que Harry no podría resistir a la tentación de pasarme su maqueta. Después de que la canción estuviera en mi poder, era solo cuestión de tiempo que Simon pudiera jugármela— expliqué abrumada—. ¿Cómo he podido ser tan idiota?
     — Vale, bien— asintió Timmy—. Acabo de confirmárselo al equipo. Van a por él.
     — ¡Timmy, espera!— exclamé—. Esperad a esta noche, por favor. Hoy es la fiesta VIP en Soho de los chicos y Simon asistirá. Dejad que sea yo la que lo desenmascare delante de todos los asistentes— supliqué. Quería darle a Simon de su propia medicina—. Después la policía podrá hacer con él lo que le dé en gana.
     — No sé si...
     — Por favor.
     Papá me miró y suspiró abrumado.
     — Emma sabe lo que se hace— dijo—. Haz lo que dice.
     Timmy asintió, cogió su móvil e hizo una llamada.
     — Detened la operación— le escuché decir y suspiré satisfecha—…, no. Esta noche. En Soho…, vale, de acuerdo.
     Colgó. Se despidió y cortó la video-llamada. Me tiré sobre el sofá con una sonrisa estúpida dibujada en el rostro, incapaz de quitármela de encima.
     Iba a pillar a Simon y se acabaría todo aquello.
     Debía admitir que el cabrón había sido listo hasta decir basta. ¡Era una completa locura! Simon estuvo en una banda armada cuando tenía catorce años. La misma en la que había estado Robert Grey. Por lo visto, a Robert lo atraparon y a cambio de inmunidad blindó su colaboración como testigo en todos los juicios en los que estuviera implicada dicha banda. Por esa razón entró en Protección de Testigos, creyendo así que podría estar a salvo de todos ellos.
     Simon había estado en un reformatorio.
     Cuarenta años después, Simon parecía haber descubierto el paradero de Robert y éste tuvo la mala suerte de sucumbir ante sus amenazas. Entró en mi correo electrónico y mandó un correo a la sede de papá en Madrid, rompiendo de este modo el contrato de multimillonario de exclusividad que tenían con Sony y cargándome todas las culpas a mí.
     — Te dije que lo conseguiríamos— susurró papá, dándome un beso en la frente.
     Sin embargo, todavía quedaba por resolver el tema de GQ.
     Solo quería que la pesadilla terminara cuanto antes.


     Eran las diez y media de la noche.
     Papá y yo habíamos cenado una suave ensalada. Después de toda la información que Timmy nos dio, tomado cualquier otra cosa más pesada habría sido prácticamente indigesta. Aquella sería la primera comida a lo largo del día.
     Quedaban horas para volver a ver a los chicos de nuevo y yo estaba en el sofá mientras movía nerviosa las llaves de mi nuevo coche: un Nissan GT. A ojos de todo el mundo era un deportivo carísimo y el ruido de un motor que se asemejaba al de una obra de arte digna de escuchar, para mí era más que eso.
     Nueva Emma, nuevo coche.
Lo había comprado hace algunos días, con papá. A pesar de todo, no quería deshacerme de mi Cayenne. El Nissan era la Emma nueva y el Porsche la Emma vieja. Juntos constituían a Emma Wells como tal.
     — Es una completa locura— rompí el silencio del salón, incorporándome en el sofá—. No sabía que la mafia…, joder. ¡Qué fuerte!
     — No digas palabrotas, Em. Mantén tus formas— me recriminó con una sonrisa y respiró hondo—. Parece mentira que después de todo, las cosas puedan volver a la normalidad. Ha sido un año movidito. No deja de recordarme al 99.
     — La historia no se repite, pero siempre rima— añadí con una sonrisa—. Eso decía siempre mi profesor de historia en segundo de bachillerato. No puedo estar más de acuerdo.
     — Tu profesor era un hombre inteligente— murmuró y bajó la vista. Comenzó a dar vueltas a su anillo de matrimonio—. ¿Sabes de lo que más me arrepiento ahora mismo?
     — No— susurré—. ¿De qué?
     — De haberme perdido esa etapa de tu vida— contestó—. No escuché tus historias del colegio, no te vi cumplir los dieciocho y tampoco he sabido comprenderte cuando tu vida se vio convertida en un infierno.
     — Me basta con que no te pierdas esta nueva etapa— enredé mis dedos en los suyos y apoyé la cabeza sobre su hombro. Estuvimos así durante largos minutos, hasta que me levanté.
     — Me voy a arreglar ya. No rompas nada— bromeé y le besé la frente.
     — Me gustan estas fotos— cogió uno de los marcos de fotos que había sobre la mesilla al lado del sofá—. ¿Cuántos años tenías en esta foto? Doce, ¿verdad?
     — Y Chad dieciocho— añadí.
     Sonreí y marché hacia el baño con la mirada nostálgica de papá sobre mí.



     Sería yo la que desenmascarara a Simon. Sería yo la que le diera de su propia medicina. 
     Me planté ante la cama.
     Me deshice de mi ropa y miré mi cuerpo desnudo en el espejo. En cualquier otro momento lo más posible es que hubiera visto mil y una imperfecciones; por aquel entonces no. Era preciosa. Había aprendido a valorarme y no dejaría que un puñado de fans insolentes destrozaran todo lo que tanto esfuerzo me había costado construir.
     En la entrada que Zayn me mandó, se podía leer que para ir a la fiesta había que cumplir un protocolo. Cualquier persona hubiera pensado que aquello era una desventaja. Yo había aprendido a tomar aquellos obstáculos y convertirlos en instrumentos a mi favor. Las mujeres debían acudir con vestido largo y los hombres con traje.
     Me enfundé en mi vestido negro ceñido a mi cuerpo, cuyo escote me llegaba hasta casi el ombligo y dejaba la espalda al desnudo. El vestido perfecto para llamar la atención de todo el mundo y vulnerar a Simon.
     Era mi corto vestido negro.
     El más corto que me había puesto nunca.
     Me subí a unos tacones de aguja de color beige altísimos y abrí el armario para coger una cartera de mano de piel con tonos negros y beiges. Me miré al espejo una última vez para comprobar que mi maquillaje y peinado seguían intactos. Sonreí para mis adentros.
     Jamás me había sentido tan bien conmigo misma y mis tatuajes de las muñecas podían verse más que nunca, como si aquel día los hubieran pintado con color fosforito.
     Estaba absorta ante el espejo cuando me vibró el móvil. Me sobresalté. Era Zayn.

          
«Dentro de un rato te veo»

     Sonreí y tuve que tirarme sobre la cama para asimilar todo aquello. Iba a volver a ver a los chicos en cuestión de horas después de casi un año entero. Tenía un nudo en la garganta y algo me impedía respirar con normalidad. Algo que rara vez había tenido: nervios. Jamás me había sentido así. Ni siquiera los exámenes consiguieron que aquella sensación controlara mi cuerpo.
     Salí de la habitación. 
     Papá estaba sentado en el sofá con las piernas cruzadas sobre la mesita de café. Llevaba un traje negro de Hugo Boss. Tenía su largo cabello hacia atrás y la corbata sin anudar. Se levantó del sofá cuando me vio y se me quedó mirando boquiabierto.
     — Diablos, Emma. Estás...— intentó buscar las palabras correctas.
     — ¿Voy bien?
     — Mmmmm..., no estoy acostumbrado a verte con vestidos tan cortos— contestó—. No tengo nada con lo que compararlo. Has de entender que esto es nuevo para mí.
     Solté una carcajada y me coloqué el escote delantero.
     — No te culpo, papá— me acerqué a él y le hice el nudo de la corbata—. Para mí también lo es.
     — ¿Dónde has aprendido a hacerlos?— me preguntó enarcando una ceja.
     — Si te digo la verdad, es el primero que hago— revelé con una sonrisa—. Víctor jamás me ha dejado que se los haga porque creía que le ahogaría. 
     Mi padre se echó a reír y cogió las llaves del Porsche Cayenne.
     Sonreímos mutuamente y bajamos al garaje. Mick ya estaba allí en compañía de otro escolta. Me monté en el deportivo, en el asiento a ras del suelo. Él insertó las llaves. Su respuesta fue un fuerte y celestial rugido a motor deportivo. Papá se asomó por la ventanilla del Porsche que conducía el otro escolta y bajé el cristal.
     — Te veo en Soho— dijo.
     — Te veo en Soho— repetí.
     Mick pisó el acelerador y salió del garaje con las miradas de todo el mundo puestas sobre nosotros. No sabía si era por el coche o por ver a una joven como yo montada en aquel vehículo con aquel hombre conduciéndolo, aunque tampoco fue un detalle que me importara en exceso.
     Un semáforo se puso en rojo en la mismísima Brutton St., a la altura del banco de Barclays, y frenó delicadamente. Encendí la radio y comencé a mover los dedos al ritmo de una canción muy pegadiza que no lograba conocer.
     El corazón me palpitaba con fuerza. Cuando se abrió el semáforo, Mick volvió a salir disparado en dirección a Soho.


     Antes de que el aparcacoches se llevara mi vehículo, abrí la cartera y me pinté los labios de un rojo carmín increíblemente llamativo. En un callejón, donde estaba la puerta trasera del club, se encontraba mi padre esperando en compañía del escolta que le había llevado, otro al que yo no conocía y el inspector de policía que había llevado el caso. Fui lo más rápido que mis altos tacones me permitieron hacia ellos con Mick detrás y me miraron muy serios.
     — Emma— dijo papá—, éste es el inspector Lindstrom.
     — Inspector— le estreché la mano a modo de saludo y me lanzó una sonrisa de lo más cariñosa.
     — Y éste es Timmy— papá señaló al que yo pensé que era el escolta. Me sorprendí al darme cuenta de que, efectivamente, aquel atractivo muchacho de espaldas anchas y metro noventa era el mismo chico con el que había hablado esa misma mañana por Skype—. A él ya le conoces.
     — Un placer— le tendí la mano y sonrió de oreja a oreja. Aquel chico me caía bien—. Muchas gracias por todo.
     — No ha sido nada— sonrió.
     — Yo iré con Arthur por la puerta principal— indicó el inspector Lindstrom— y Timmy te acompañará por la trasera. Hay un equipo de agentes acordonando la zona y en el local hay uno de diez. Ese cabrón no se va a escapar.
     — Andando— Timmy me rodeó la espalda con un brazo.
     — Te veo dentro, papá— susurré con una sonrisa.
     Me coloqué el vestido por última vez y me eché algo de perfume de Dior que llevaba en un pequeño frasquito. Los demás escoltas se quedaron en la entrada del callejón. Timmy y yo nos introdujimos en él. Olía a basura y a gato muerto. Intenté aguantar las arcadas y trague saliva, llevándome con ella toda la bilis que me estaba ardiendo en la garganta.
     — Eres muy joven para trabajar para un equipo de seguridad privado, ¿no?— le pregunté y me escondí bajo mi abrigo.
     — Tú también eres muy joven para andar jugando con cuchillos y agujas— intentó bromear y, por raro que pareciera, no me molestó. Dibujé una sonrisa—. Tengo veinticuatro años— contestó—. Y, si te digo la verdad, no trabajo para nadie: la gente trabaja para mí.
     Tragué saliva y soltó una risotada. Su voz era grave y rasposa. Nos detuvimos ante la puerta trasera del club.
     — Yo soy el dueño de la empresa de seguridad— aclaró con una sonrisa y me dejó pasar cuando abrió la puerta trasera de color oscuro. Sin embargo, el conflicto lo teníamos justo detrás de aquella puerta.
     Choqué contra la espalda de un gran gorila, dos cabezas más alto que yo y tres cuerpos más grande. Tragué saliva. Timmy se tensó y me agarró del brazo a modo protector. El gran mastodonte se giró y pude verle el rostro a la luz.
     — ¿Emma?
     — ¡Paul!— por alguna razón que desconocía, me abalancé sobre él y le abracé—. ¡A ti también te he echado de menos!
     — Estás muy..., ¿provocativa?— me separó de él.
     Enarqué una ceja y me eché a reír.
     — ¿Es lo único que se te ocurre decirme? ¿«Estás muy provocativa»?— reí—. ¿Qué haces aquí y por qué no estás dentro?
     Se encogió de hombros y le enseñé mi entrada.
     Me pidió que le contara por qué había ido. Le presenté a Timmy y le expliqué brevemente la verdad sobre Simon, la razón por la que me la había jugado y cómo lo había conseguido. 
     Paul me dio varias indicaciones y entramos al local.


     La música era ensordecedora, el humo de las máquinas hacía que el local adquiriera tonos azules, rojos y verdes como consecuencia de las luces de la pista de baile. Nos movimos entre gente, con la cabeza gacha.
      Cuando por fin llegué al escenario donde había un DJ pinchando música, Timmy me deseó suerte y se perdió momentáneamente entre el gentío. Me subí en silencio y nadie pareció percatarse de mi presencia. A un lado del escenario pude ver Paul de cuclillas con unos cables entre las manos, asentí con la cabeza y él me levantó un pulgar. 
     Se apagaron todas las luces del local.
     Los gritos de angustia me taponaron los oídos. Paul volvió a conectar los cables. Cuando las luces se encendieron de nuevo, ahí estaba yo: con mi mini-vestido ajustado negro, rompiendo todas las normas y con un micrófono de la mano. Desde ahí arriba podía ver a todo el mundo que ocupaba la pista de baile: actores, cantantes importantes y productores musicales y cinematográficos. Entre ellos pude contemplar a los chicos que se aproximaban al escenario.
     Todos me miraban totalmente sorprendidos, menos Zayn que me sonreía satisfecho.
     — ¡¿QUÉ HACE ELLA AQUÍ?!— vociferó Simon que apareció de la nada—. ¡ELLA NO ESTÁ INVITADA! ¡SEGURIDAD!
     — Te equivocas— dije a través del micrófono y saqué mi invitación—, sí lo estoy.
     Papá apareció por detrás de mí y sonrió satisfecho.


     Miré a mi alrededor y pude ver decenas de rostros sorprendidos que nos miraban: primero a él y después a mí. Desplacé la mirada hacia Simon, que se había quedado congelado, y a continuación, hacia los chicos, que me miraban esperando una explicación para todo aquello. Zayn no. Zayn me miraba con una de aquellas sonrisas que tanto me gustaban.
     Algo me impulsaba a saltar del escenario para ir hasta ellos. Tuve que reprimirme.
     Harry me miraba muy serio —más de lo que yo habría deseando— pero sus ojos no decían lo mismo. En su mirada había algo. Todavía sentía algo por mí y era incapaz de esconderlo, por mucho que lo intentara. Llevaba sus malditos pantalones ajustados negros de siempre, una camisa negra remangada por los codos y desabrochada por el pecho que dejaba entrever sus tatuajes, el pelo alborotado y bastante más largo. Paseó lentamente por mis piernas y ascendió por mis caderas, cintura y pecho, para morir muriendo en mis ojos.

     Nuestras miradas se encontraron durante varios segundos y yo fui la primera en apartarla, incapaz de sostenérsela. Ver a Harry hizo que mil y un sensaciones volvieran a mí, me invadieran y me hicieran recordar. Tomé aire y sujeté el micrófono con fuerza. Lo primero era lo primero, y en aquel caso era desenmascarar a Simon.
     Papá me dio la mano con firmeza, como si intentara traspasarme toda su fuerza.

     Venganza, dulce venganza.