viernes, 25 de octubre de 2013

Capítulo 34 | Story Of My Life


Sábado, 3 de enero


     El agua de la playa me mojaba los pies, al ritmo que las olas subían y bajaban. Eché la vista atrás y vislumbré a Víctor sobre la toalla, con las piernas estiradas y los brazos bajo la cabeza, cubierta únicamente por unas gafas de sol. El sol de Miami iluminaba el cielo, pintándolo de un suave y brillante azul. El agua cristalina me acariciaba las plantas de los pies con cada ola que se acercaba y me arrastraba con ellas cada vez que se alejaban. Sonreí al mirar a Víctor de nuevo y me acerqué a él.
     Su cuerpo bronceado brillaba bajo la luz del sol, sus músculos estaban relajados y se movían al ritmo de su respiración acompasada. Me tumbé a su lado y le toqué el pecho, deslizando mis dedos por sus marcados abdominales. Acariciando el vello que nacía en su ombligo y se escondía bajo la cinturilla de su bañador.
     — Te echaba de menos— susurré antes de lanzarme sobre sus labios, para besarle y percibir su esencia. Sabía a verano, sal y mar. Cientos de recuerdos se agolparon en mi cabeza. Levanté la mirada y un hombre vestido de negro de pies a cabeza y una máscara blanca nos apuntaba a punta de pistola. En realidad apuntaba a Víctor, que se había incorporado en la toalla y miraba a aquel hombre horrorizado.
     — Si cae él, caes tú— la voz del hombre era como metalizada, casi dolorosa.
     Me golpeó con la culata en la ceja y caí al suelo, con los ojos cerrados. Mi mundo daba vueltas y todo se desmoronó al escuchar la pistola disparar, y a Víctor gritar. Abrí los ojos y me llevé la mano a la ceja, de donde me salía un hilo de sangre. La vista se me había nublado y un relámpago de dolor me cruzó la cabeza.
     Levanté la mirada y Víctor estaba tumbado en la toalla con el abdomen repleto de sangre, que brotaba de una herida de bala. Me levanté tambaleante y miré a mi alrededor; nuestro agresor había desaparecido. Agarré a Víctor y le coloqué la cabeza sobre mis rodillas. Empecé a llorar y grité con desesperación, intentando pedir ayuda, pero en la playa no había nadie.
     Estábamos solos.
     — Víctor, por favor. Aguanta, alguien vendrá y nos ayudará, ¿vale? Por favor, aguanta. Hazlo por mí, por favor— le suplicaba una y otra vez. Él levantó una de sus manos y me acarició el rostro, apartándome las lágrimas de los ojos.
     — No lo entiendes, Em. Si muero yo, morirás tú.
     Inmediatamente, los tatuajes de las muñecas comenzaron a arderme, de la misma manera que me habrían quemado si hubiera metido las muñecas en una hoguera incandescente. Grité de dolor y cuando volví a mirármelas, los tatuajes habían desaparecido. Las cicatrices brillaban con sus colores blancos y comenzaron a teñirse de rojo; se habían abierto. De ellas brotaba sangre, grandes ríos de sangre que se mezclaba con la de Víctor.
     — Yo te salvé, Emma. Estamos ligados de alguna manera— musitó. Su voz había quedado reducida a un silbido apenas audible— Si yo muero, todo volverá atrás y tú morirás. Conmigo.
     — No lo entiendo...— intenté replicar, pero mis brazos se habían teñido de rojo, la sangre salía a gran velocidad de mis muñecas, transportándome a la bañera en la que me corté. La cabeza me palpitó con fuerza, se me nubló la vista y el corazón comenzó a latirme con fuerza, como si hubiera vuelto a poner mi cuerpo a disposición de las drogas.
     «No, por favor. Otra vez no»
     Las piernas no me respondían y caí de rodillas al suelo.
     — Te quiero, Emma. Siempre te querré— logró decir, y dejó de respirar. Su cuerpo se relajó y su corazón dejó de latir.
     Víctor se había ido y me había dejado sola.
     — ¿Víctor?— pregunté, zarandeándole sin fuerzas—. ¡¿Víctor?!
     Pero estaba muerto. Comencé a ver doble. El corazón me latía con fuerza, tenía frío y tuve que tumbarme a su lado.
     — Emma. Emma, despierta.
     Me reclamaba una voz, pero no era la de Víctor, que era grave y delicada, con un fuerte acento español. Ésta era grave y ronca, con un acento británico evidente. Pero no aguantaba más. Había perdido demasiada sangre y no aguantaba más tiempo despierta. El corazón me latió con tanta fuerza que finalmente perdí el conocimiento.
     — Emma, despierta.
     Cerré los ojos y caí en un pozo negro.


     — Emma, despierta. Es una pesadilla. Despierta.
     Y abrí los ojos, de golpe. Harry estaba en el asiento del conductor, zarandeándome del brazo. Tenía su abrigo negro por encima para protegerme del frío y estaba encogida como una oruga en el asiento del copiloto. Me miré las muñecas. Mis tatuajes seguían ahí, intactos.
     «Una pesadilla, Emma. Ha sido una pesadilla»
     Miré a mi alrededor. Estábamos en la Presentation Rd., frente al número 8. La hilera de casas iguales se perdía en el horizonte. Las farolas en un único lado de la calzada iluminaban tenuemente la travesía, dejando ver su casa. Una construcción de dos plantas adosada con un jardín recién reformado ubicado en un gran solar que hacía esquina.
     Harry había aparcado sobre la acera para dejar paso a los vehículos que quisieran pasar.
     No me importaría que aquella fuera la historia de nuestra vida. Que él me llevara en coche a todas partes, que me diera calor cuando hiciera frío y que me prestara su hombro para llorar.
     Enredé mis dedos en los suyos.
     Habíamos salido de Holmes Chapel a las cinco y veinte. Gemma nos había llevado en coche. Nuestro vuelo había salido a la hora prevista y a las ocho y media de la tarde pisamos terreno irlandés. Cuando fuimos a alquilar el coche, tuvimos un pequeño dilema: yo quería un Nissan deportivo, Harry prefería un Audi.
     Y ahí estaba yo, en un gran Q7 negro alquilado, frente a la casa de de mis abuelos y a punto de reencontrarme con mi familia. Llevaba más de dos meses y medios sin verlos.
     — ¿Estás bien?
     — Tranquilo, solo ha sido una pesadilla— afirmé y le tendí su abrigo, pero él se negó—. ¿Cuánto tiempo llevo dormida?
     — Media hora. Te quedaste frita un poco después de que montáramos en el coche.
     Asentí y bajé la cabeza. Había estado a punto de morir. Había estado al borde de perder a Harry. Sin embargo, el destino no creyó que fuese mi hora. Era ridículo que lo pensara, pero aquello era lo único que ocupaba mi cabeza. El capricho del propio destino había considerado que mi vida era demasiado valiosa y aún tenía demasiadas cosas por hacer.
     — No sé lo que estás pensando, pero deja de hacerlo— dijo antes de inclinarse y posar sus labios sobre los míos. Sentí de nuevo esa extraña y deliciosa electricidad que había entre nosotros. Se apartó y sonrió de medio lado.
     Salió del coche con solo un jersey hacia el maletero para coger nuestro equipaje. Acto seguido, me abrió la puerta y me colocó correctamente su abrigo, abrazándome por la espalda y dirigiéndome hacia la entrada de la casa de mis abuelos.
     El caos no tardó en llegar. Mi madre abrió la puerta y no me dio tiempo ni siquiera a saludar, me abrazó con fuerza y con lágrimas en los ojos. Mi hermana gritó y, cuando quise abrazarla, me di cuenta de que estaba abrazando a Harry. «Dios mío, ¡Harry! Llevábamos muchísimo tiempo sin vernos. ¡Tenías ganas de volver a verte!» decía una y otra vez. Harry enarcó una ceja y la devolvió el abrazo.


     Entré en la cocina. Olía a sofrito de verduras, pollo al horno y café recién hecho. Mi abuela seguía igual que siempre: llevaba un jersey y una falda negra, con sus zapatillas de estar en casa. Su pelo canoso brillaba bajo la luz artificial y sus manos temblorosas hacían un enorme esfuerzo por apagar la vitrocerámica. Aparecí por detrás y la apagué por ella. Me miró.
     — Hola, abuela— sonreí de oreja a oreja.
     — ¡Elyse! ¡Qué guapa estás!— me dio un fuerte abrazo.
     — Emma, mamá. Emma— le corrigió cariñosamente mi padre.
     — Es verdad, qué tonta, ¿verdad?— contestó ella, dándose un golpecito en la frente y echó una mirada hacia el salón—. Y ese morenazo de ahí debe ser Víctor, ¿verdad? Qué pelo tan bonito, ¿no crees? Tal vez un poco largo, pero nada que una coleta no pueda hacer— el acento irlandés de mi abuela era muy marcado—. Es muy guapo. Tal y como lo recordaba.
     — No, abuela. No es Víctor.
     — Ah, pensé que Víctor era... — le tembló el labio, intentado recordar, y soltó una débil carcajada—. Es el futbolista chiquitín. Daniel…, Carvajal. Eso.
     — No, abuela— sonreí de medio lado y le acaricié la mejilla con cariño—. Es Harry. Forma parte de un grupo muy famoso. Uno de sus componentes también es irlandés.
     — ¡Di que sí, pequeña!— dio una palmada y me acarició la mejilla—. Ataca a por las presas gordas, esas son las que más valen, ¿verdad?
     — Tranquila, mamá. Siéntate un rato— le interrumpió papá y se la llevó, rodeándole la espalda con un brazo, lanzándome una mirada de disculpa.
     Me apoyé en la encimera y cerré los ojos.
     Aquella mujer vestía como mi abuela, se comportaba como mi abuela y hablaba como mi abuela, pero no era ella. Al principio lloré y sufrí como si me hubieran quitado un pedazo de vida, después no me quedó otro remedio más que asumir que no podía hacer nada y lo olvidaría todo, poco a poco. Olvidaría a su familia, su hogar e incluso su verdadero nombre.
     Quise gritar.
     Y lo habría hecho de no haber entrado mi hermano.
     — Cuanto tiempo sin verte, enana— me revolvió el pelo—. Cada día estás mejor, te lo aseguro. No me extraña que ese soplagaitas se haya pillado por ti.
     — ¡Harry no un soplagaitas!— grité, riendo, mientras le golpeaba el hombro—. Pensé que estarías con lo de Return en Nueva York. No has hablado con Harry aún, ¿verdad?
     — Me he logrado escapar— se exculpó sonriendo—. Respecto a Harry…, no he podido ni siquiera saludarle. Madison se ha apropiado de él.
     — ¡Dios, Harry! ¿Qué tal está Niall? ¿Bien?— gritaba mi hermana desde el salón—. ¡Llevaba mucho sin verte! Personalmente creo que deberías cortarte el pelo. No te favorece en absoluto.
     — Madison, admiro tu entusiasmo, de verdad— respondía Harry—. Pero, ¿me dejarías subir la maleta a mi cuarto?
     — ¡Sí! ¡Deja que te ayude!— gritó ella.
     Chad y yo nos lanzamos una mirada común y nos echamos a reír.
     — Yo no conozco a esa mujer— comentó mi hermano, entre risas.
     — Qué vergüenza de chica— contesté yo.
     Chad se tranquilizó y se puso delante de mí. Me miró serio.
     — ¿Tú cómo estás?— preguntó con un matiz preocupado—. ¿Has acudido a las terapias externas allí? ¿Sigues tomándote los anti-depresivos?
     — Chad, Chad— le interrumpí, tomándole de las manos—. Estoy bien.
     Apretó la mandíbula y me acarició la mejilla. De inmediato, Harry apareció en la cocina, con la mano en el pelo y sonriendo. Su sonrisa se borró del rostro al verme al lado de Chad.
     — Eh..., no sabía que ibas a venir— dijo molesto, mirándome primero a mí y después a él—. Emma no me lo dijo. Pensé que estarías de premiere.
     — Harry, éste es...— intenté presentarlos, pero Chad me interrumpió.
     — Conque tú eres el famoso Harry Styles, ¿verdad? Te diré solo una cosa. Solo una— dijo él, señalándole acusador con el dedo índice—, como le hagas daño a Emma, el más mínimo daño, te rajo.
     Harry tragó saliva.
     — Yo…
     Chad sonrió.
     — Tranquilo— intervino—. Era una broma. No voy a rajarte. Emma ha llegado sana y salva, así que he de suponer que la has cuidado bien— Harry asintió—. Bien, muy bien, ricitos de oro. Pero cuidado con lo que haces con ella, ¿de acuerdo?
     Harry respiró con alivio cuando Chad salió de la cocina.
     — Nena, la próxima vez podrías mencionar que tu hermano es tan...— repuso él—, tan él— terminó, lanzándome una mirada de lo más cómica.
     — Mea culpa— contesté, encogiéndome de hombros.
     Harry sonrió divertido y rápidamente mi padre entró en la cocina. Se acercó a mí —ignorando la presencia de Chad y Harry por completo— y me abrazó con fuerza. Me acarició el pelo, me rodeó con sus brazos durante unos largos segundos y pude escucharle respirar aliviado. A pesar de haberle saludado en cuanto llegué, era evidente que papá estaba satisfecho con volver a tenerme en casa.


     Media hora después, la enorme mesa rebosaba de comida que olía verdaderamente bien. Pollo, ensalada, filetes y decenas de aperitivos.
     — Bueno, Elyse. ¿Qué tal en Londres? ¿Todo bien?— preguntó mi abuela y miró mi plato medio vacío—. Y además estás muy delgada, toma— me puso un enorme filete.
     — Emma, cariño. Se llama Emma— le corrigió mi abuelo, cogiéndola de la mano con cariño. Sentí un nudo en la garganta. Mi abuelo, que había estado con ella desde el principio y no la había abandonado a pesar de todo. Si aquello no era amor, ¿qué era entonces?
     — No recordaba que estuvieras saliendo con este morenote. ¿Cuándo os habéis conocido?— continuó ella—. ¿Qué ha sido de Víctor?
     Sonreí de medio lado, intentando ocultar mi dolor. ¿Cuántas veces le había contado lo que Víctor me hizo? ¿Cuántas veces me había dado el mismo consejo? ¿Cuántas? Harry bajó la mirada a su plato durante unos segundos, me dio un apretón sobre la pierna con la mano bajo la mesa y miró a mi abuela.
     — Nos conocimos hace casi dos años ya— contestó él con la mejor de sus sonrisas.
     — ¿Y cómo fue?— insistió mi abuela. Yo miré a mi padre en busca de ayuda pero él se encogió ligeramente de hombros y miró el trozo de pollo que había sobre su plato—. Quiero decir, no pasa nada. Es lógico que te enamoraras de ella— me sonrió—. Es preciosa, ¿verdad?
     — Sí— admitió Harry, mirándome con una sonrisa—. Sí lo es.
     — Me voy a dormir— dije levantándome de la mesa y dejando la servilleta sobre mi plato prácticamente intacto—. Buenas noches.
     — Emma, no has comido nada— repuso papá de inmediato—. Estás muy delgada.
     Le miré a través de mis largas pestañas bañadas en rímel. Mamá parecía preocupada.
     — Eso es porque Harry no la alimenta como se merece— contestó mi hermano con una sonrisa divertida en el rostro y Harry se sonrojó de inmediato.
     «Si tú supieras, Chad» pensé para mí.
     — Estoy agotada.
     Y sin más miramientos, salí del salón cabizbaja y subí al piso de arriba, hacia mi dormitorio, cerrando la puerta con cerrojo y metiéndome en la cama. Era tal y como la recordaba.
     Era un cuarto pequeño con una cama de matrimonio en el centro y una funda nórdica beige sobre éstas, dos mesillas a cada lado de la cama, una cómoda y un armario empotrado. Las paredes eran lisas y la luz de una mesilla iluminaba tenuemente el cuarto. Sonreí por los buenos recuerdos y me tiré sobre la cama. Aquella noche no cené. No lloré. No dormí.
     Ni siquiera abrí a Harry la puerta cuando llamó para desearme las buenas noches.


Lunes, 5 de enero

     Habían pasado dos días desde que llegamos.
     Durante este tiempo había intentado mantenerme todo el tiempo posible fuera de casa. No era capaz de estar allí. Quería a mi abuela a rabiar, es más, durante toda mi vida mantuve cientos de confidencias con ella, pero por aquel entonces, era incapaz de recordar ni tan siquiera mi nombre. La tristeza me abrumaba. Harry tampoco intentó acercarse y lo agradecí profundamente. Necesitaba estar sola para pensar. Tenía los pensamientos alborotados.
     «Bendito día de Reyes» pensé, dando un largo trago a una botella de agua.
     Con la única persona que me permitía estar era con Chad.


     Estaba sentada en un banco, en medio de Fitzgerald Park, a varios kilómetros de casa. Llevaba yendo a aquel lugar a correr desde que tenía uso de razón. Clavé la mirada en el río Lee que pasaba a algunos metros de allí. El aire era espeso. Un fino manto de nieve cubría el suelo del recinto y el vaho que expulsaba por la boca me nublaba la vista.
     — ¿Tomando aire?— preguntó alguien a mi espalda.
     Ahogué un grito.
     — ¡Dios! Qué susto me has dado— le di un puñetazo en el hombro y Chad se sentó a mi lado. También había salido a correr. Llevaba una sudadera de color gris oscuro—. ¿Cómo sabías que estaría aquí, don “estás tomando el aire”?
     — Siempre estás aquí cuando intentas evadirte de algo— contestó muy calmado, apretándome la mano con una de las suyas—. ¿Qué te preocupa?
     Le miré enarcando una ceja.
     — ¿De verdad me lo preguntas?
     — La abuela te ha echado mucho de menos— contestó pasándose las manos por el pelo—. Estos últimos días está más lúcida. Mantiene las cosas durante más tiempo. Es como si tú la hicieras una mujer nueva.
     — De nada importa eso si el maldito alzhéimer acabará con ella de todas formas— mascullé—. Con ella y con todos nosotros.
     — Cuida tu vocabulario, Em— me reprendió mi hermano en un intento por imitar a papá, copiando a la perfección su acento irlandés—. Que la abuela se olvide de tu nombre no quita que no te quiera. Ella no ha cambiado. Eres tú la que ha cambiado y ve la vida con otros ojos y desde otra perspectiva. Nada más.
     Suspiré, apoyando mi cabeza en su hombro. Necesitaba a aquel chico, su fortaleza y su confianza. Necesitaba a mi hermano con desesperación.
     — ¿Dónde está Harry?— pregunté.
     — Con Madison. Por lo visto les faltaban algunos regalos de Reyes y han ido a hacer los últimos preparativos— explicó y suspiró violentamente.
     — No puedo culparle— susurré—. Este año va a tener que hacer el doble de regalos.
     — ¿Él no celebra los Reyes Magos?— exclamó Chad con una falsa sorpresa—. No me lo puedo creer, ¿acaso es anormal? ¿Cómo no va a celebrar los Reyes Magos? ¡Inaudito!
     Reí por lo bajo.
     — No sé por que tengo una ligera sensación de que los anormales somos nosotros al celebrar los Reyes Magos en plena Irlanda— bromeé—. Aunque, de alguna manera, yo también he tenido que comprar el doble de regalos. 
     — ¿Y a él qué?— repuso—. Le sobra el dinero y a ti también. Déjate las falsas modestias para otro momento, Emma Wells— me acarició la mejilla y se calló—. Me gusta Harry para ti— dijo al cabo de unos segundos—. Te quiere. Es muy diferente a Víctor y Dani pero..., te quiere. Sé que no te va a hacer daño.
     — Me inquieta que pueda agotarse de mí. Al fin y al cabo somos jóvenes y vivimos en mundillo que puede corrompernos— murmuré—. Me da miedo que pueda conocer a otra...
     — No lo hará— me interrumpió—. Está enamorado. Es idiota y además está enamorado. Es un idiota enamorado, pero procuraré no tomárselo muy en cuenta— bromeó.
     — ¿Y tú? ¿Cómo está Laura?— pregunté divertida. Le di varios golpecitos en el pecho.
     — ¿Laura?— se le iluminaron los ojos—. Es increíble. Creo que jamás he conocido a una chica como ella. A los hombres nos encantan los retos y cuando una chica se nos resiste, más ganas tenemos de conseguirla. No sé si me entiendes.
     — Supongo que no.
     — Olvídalo— hizo un movimiento con la mano—. Laura y yo estamos bien. Eso es lo único que importa— sentenció y miró al horizonte. El rostro le cambió de expresión radicalmente y me miró preocupado—. ¿Has hablado con papá?
     — ¿Del juicio? No. No quiero pensar en ello— afirmé—. Lo tengo asumido.
     — Todo el bufete de abogados está trabajando en el caso. Algo encontrarán.
     — Me ha dicho que las cosas están jodidas— susurré angustiada.
     Otra vez aquella sensación de opresión, como si me faltara el aire y no pudiera respirar. Aquella desagradable sensación de caer en un pozo negro y no poder ver el fondo, pero tampoco poder hacer nada para apartarte de él.
     — Tengo miedo, Chad— musité—. He tenido que soportar demasiada mierda y no podría soportar que ahora, después de todo esto…
     — Sería preocupante que no lo tuvieras— me abrazó con fuerza contra él—. Harry me contó anoche lo de Simon, cuando te fuiste a dormir. ¿Te sigue preocupando esto?— susurró poniendo su mano sobre mi frente a modo de protección y asentí levemente—. Emma, escúchame: el juicio saldrá bien. Harry ha solucionado lo de Simon, ¿de acuerdo?— asentí de nuevo—. Hoy es noche de Reyes. Olvídalo.
     — Es muy complicado.
     — He dicho que lo olvides— repitió—. Venga, una carrera. Quien llegue último, paga una ronda en Beamish & Crawford.
     — ¿Qué?— exclamé—. ¡La última vez me ganaste y tuve que pagar no una, sino tres rondas! ¡Eso es muy ruin, Chad Wells!
     Dibujó media sonrisa.
     — ¡Tres, dos, uno!— gritó y salió corriendo. No me paré a pensar, tomé aire y salí corriendo detrás de él. Haciendo un sprint, para alcanzarle e intentando mantenerlo a lo largo de cuatro kilómetros.
     — ¡Eres un capullo!— le grité. Él simplemente sonrió.
     Sentí cómo mi sangre había sido sustituida por adrenalina y mis piernas se movían por instinto. Los miembros me dolían, pero era un dolor exquisito. Y seguí corriendo, hasta quedar a su altura, bajando los dos el ritmo un poco para darnos un respiro.
     Intenté sonreír, pero por mi cabeza solo corría un pensamiento.

     En una semana se iba a decidir mi futuro.

domingo, 20 de octubre de 2013

Capítulo 33 | Another World


     Gemma nos miró divertida mientras salíamos del pub de la mano. Me guiñó un ojo y levantó un pulgar. Matty dibujó una media sonrisa y le dio unos golpecitos a Harry en la espalda. El ambiente estaba muy caldeado y agradecí el contacto del aire frío.
     Nada más podría romperme.
     Nada más.
     Las calles de Holmes Chapel estaban bañadas en luces de colores, gritos y risas. Mis tacones resonaban en el suelo y se unían al alboroto del pueblo, creando un eco que se expandía por toda la manzana. Harry caminaba a mi lado, con la cabeza gacha, el cuello de su abrigo negro levantado y una sonrisa en el rostro. Mi vida había cambiado y aquella noche iba a ser la gota que iba a colmar el vaso —en el buen sentido de la expresión—. Las piernas me temblaban, y no precisamente por el frío, y el corazón me palpitaba con fuerza. 
     Las calles estaban vacías. No había coches. No había gente. No había nada. Solo dos enamorados con respiraciones espesas al borde de consolidar su relación. Dos enamorados a punto de entregarse el uno al otro como muestra de amor y confianza.


     La casa de Harry se alzaba ante nuestros ojos. No tuve tiempo para pensar más. Harry abrió la puerta de la entrada y me miró serio. No podía seguir esperando, simplemente le agarré del abrigo y le acerqué a mí. Los tacones estaban a mi favor y mi poca altura quedaba disimulada, ayudándome a quedar ligeramente por debajo de él, que me rodeaba las caderas con las manos, traspasándome todo su calor, su electricidad.
     Me empujó contra la puerta, besándome con insistencia. Me deslizó el abrigo por los brazos y se deshizo de él con una facilidad sorprendente, sin dejar de besarme. Apenas teníamos tiempo para respirar; compartíamos el mismo aire. Compartíamos la misma esencia. El todo era mayor que la parte, y Harry y yo éramos partes separadas, individuales, atados a la otra persona por unos lazos increíblemente sólidos. Aquella noche dejaríamos de ser partes por separado y nos convertiríamos en el todo, los dos, juntos.
     Deslizó sus dedos por mis hombros, trazando sensuales y provocativas caricias sobre mi piel. Tenía las manos frías y suaves. Cada uno de sus roces era una sacudida que mi corazón tenía que sufrir. Me temblaban las piernas y el estómago se me contraía solo por el placer que aquel intenso contacto me provocaba. Me deshice de su abrigo, deslizándoselo por los brazos y lanzándolo sobre el sofá. No me preocupaba si Anne entraba en casa y veía nuestra ropa tirada por el camino, y por la manera que Harry me besaba, a él tampoco parecía importarle lo más mínimo.
     Me aferré a sus brazos y él se coló por mi cuello, repartiendo besos, caricias y nítidos lametones sobre mi piel. Jadeé e introduje las manos en sus rizos, palpando su textura y aproximándole a mí.      Después me separé de él.
     Tenía el pelo revuelto, los labios hinchados, las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
     — A la cama— susurré.


     Antes de tirar a Harry sobre el colchón, él mismo se encargó de recogerse el pelo en una coleta de lo más cómoda y tierna. Me incliné sobre él de manera divertida y apoyé mis rodillas a ambos lados de sus caderas. Me deshice de su chaqueta y deslicé mis dedos por los botones de su camisa.
     Uno, dos, tres, cuatro y cinco.
     Su vientre desnudo quedó al descubierto bajo la luz de la luna, dibujando extrañas sombras en los huecos entre sus abdominales. Encendí la luz de lamparita de la mesilla de noche, que iluminó el dormitorio con una tenue luz anaranjada. Él no tenía problemas en que le viera bajo aquella luz artificial y yo tampoco debía. Era mi cuerpo y era Harry. No tenía que acomplejarme. Le miré a los ojos y sonreí divertida. 
     — ¿Te he dicho alguna vez…— le besé en los labios delicadamente—, lo increíblemente guapo que estás con el pelo recogido? 
     — No— gimió—, nunca.
     — Pues ya lo sabes— susurré.
     Deslicé las manos por su vientre hasta llegar a la uve de su cintura para desabrochar el botón de sus pantalones sin vacilación alguna, a pesar de que las manos me temblaban violentamente.
     — ¿Estás segura de esto, Em?— preguntó serio, aunque su voz tenía un matiz excitado que no podía ocultar—. Yo...
     — Jamás he estado más segura— susurré.
     Y le deslicé los pantalones por las piernas, dejando al descubierto unos calzoncillos de Armani negros al borde de una explosión, lo que provocó que se me contrajera el estómago. Lo miré embobada. ¿Cómo era capaz de esconder tal cosa dentro de un poco de tela?
     Era fascinante.
     Harry se incorporó y comenzó a desabrochar la cremallera de mi vestido.
     Su contacto era como fuego que me quemaba la piel al tiempo que una agradable ola de calor se extendía bulliciosamente por mi cuerpo. En apenas segundos me vi con un conjunto de encaje de ropa interior. Suspiré aliviada al comprobar que era uno de los más provocativos que había llevado.
     Harry tragó saliva y se alborotó los rizos, para después colocárselos con la mano. Comencé a besarle el vientre. Un beso por cada tatuaje. Desde el de 17black hasta la G de su hombro derecho, sus dos gorriones y la mariposa de su pecho. Hice fuerza con las piernas y me incliné sobre su brazo izquierdo, saboreando la esencia de todos y cada unos aquellos dibujos tatuados con tinta sobre su piel con un mensaje oculto que posiblemente jamás contara a nadie.
     Moviéndome desde su torso, hacia su brazo, bajando hacia su uve, subiendo por su costado y descendiendo de nuevo por su brazo.
     Un gemido por cada beso. Se revolvió nervioso.
     — ¿No te gusta?— pregunté contra su piel.
     Con una fuerza brutal consiguió tumbarme sobre el colchón, clavando su fuerte erección contra mi vientre, contrayéndome todos los músculos del cuerpo.
     Mis sentidos se activaron de inmediato.
     — Probemos contigo— susurró mientras me agarraba de los tobillos y tiraba de ellos con fuerza, arrastrándome sobre las sábanas hacia él. Me abrió las piernas y comenzó a pasear su rasposa barbilla por la piel de mis pantorrillas, repartiendo besos a su paso.
     Cerré los ojos contra mi voluntad cuando comenzó a deambular sin destino fijo sus manos por mis ingles, masajeando con firmeza mientras apartaba la tela de mis braguitas. Me acarició con soltura y me arqueé sobre el colchón. Me incorporé involuntariamente y volví a lanzarme contra su boca.
     — Pensé que te gustaba— dijo riendo.
     — Calla— le ordené.
     Me volvió a tumbar con delicadeza.
     Con cuidado.
     Como si fuera lo más preciado del mundo y tuviera miedo de romperme.
     Con una mano agarró uno de los bordes de mi ropa interior y con la otra mano sujetó el otro, y comenzó a deshacerse de mis braguitas, deslizándolas por mis muslos. Me estremecí al mostrar una parte tan íntima a alguien que no fuera Víctor o Dani—y a las chicas que me hacían la depilación láser—. «Tonta. Harry no es como ellos. Disfrútalo, nena. Te lo mereces» me dijo mi voz interior.      Sonrió y garbeó con sus dedos.
     — Dios, nena. Me encantas— sonrió, mostrando sus hoyuelos.
     Bajó su cabeza y la introdujo entre mis piernas, adorando con sus labios cada centímetro de piel que recorría mientras me acariciaba.
     Jadeé e intenté incorporarme para acariciarle, aunque él me lo impidió. Puso sus manos en el interior de mis muslos, obligándome a abrirme lo suficiente para él. Inspiré aguadamente cuando él hundió su lengua, suave y caliente, dentro de mí. Todo mi cuerpo se electrizó y no pude evitar agarrarle de los rizos.
     Mis caderas se alzaron, la respiración se me agitó y de mis cuerdas vocales surgieron suplicas ininteligibles que él ignoró. Un grito de éxtasis fue expulsado de mi garganta y me llevé un puño a la boca, intentando no hacer tanto ruido, hasta que recordé que estábamos solos. Apartó los labios con una última succión y ascendió por mi estómago.
     Me removí inquieta. Sus caricias eran sensuales y algo más que no podía reconocer en aquel instante, perdida como estaba entre las brumas del deseo.
     Comenzó a ascender con sus manos hacia mis pechos, levantándome del colchón, para deshacerse de mi sujetador. Escondí mi rostro en la curva de su hombro y se lo comencé a besar con los ojos cerrados, mientras él se agitaba nervioso. Olía tan a Harry que me dolía el pecho.
     Cuando se deshizo de aquella prenda de encaje, la tiró a un lado y sonrió al verme total y completamente desnudo. Se inclinó sobre mis pechos; los acarició sensualmente durante unos largos minutos. Cuando mis piernas fueron incapaces de soportar el peso de mi cuerpo, le di la vuelta y me tumbé sobre él, dejándome caer sobre su entrepierna.
     Escurrí mis manos por las gomas de sus boxers, acariciando cada pedazo de piel que mis dedos me permitieron. Estaba fría como el hielo, suave como la seda y anhelante de deseo.
Acaricié el fino hilo de vello que comenzaba en el ombligo y descendía hacia su entrepierna. Suave y fino. Harry gimió. Tocarle era lo más parecido a tocar el cielo.
     Se tumbó sobre mí de nuevo. Me arqueé.
     — O tú o yo— gemí con una sonrisa—. No me voy a pasar toda la noche cambiando de posición.
     — Hoy me toca a mí— sonrió contra mis labios.
     «La vida es una realidad, las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad». Aquello fue lo que recitó Madison el día que se entrometió en mi vida allá por febrero de 2013, cuando conocí a los chicos. Yo quería conseguir la verdadera felicidad y solo podría hacerlo si me entregaba a él. Estaba dispuesta a hacerlo.
     Estaba dispuesta a pertenecerle en todos los sentidos de la palabra. A aquel chico de ojos verdes y pelo rizado podría encomendarle hasta mi vida. Le quería a mi lado, conmigo. Siempre. Aquella cercanía no era suficiente; quería que estuviéramos uno dentro del otro. Disfrutar de ese contacto carnal.
     — Preservativos— conseguí decir entre gemido y gemido, interrumpiendo mis más profundos y sensibles pensamientos.
     — ¿No tomas pastillas?— preguntó y negué con la cabeza. «Mierda, ¿por qué dejaste de tomarlas? Tonta, que eres tonta»—. Joder— masculló, alejándose de mí, mirando en los cajones de una de las mesillas—, yo aquí no tengo— se hundió decepcionado en el colchón—. Hostia puta, se nos jodió el chollo.
     — ¿No llevas en tu cartera?— pregunté.
     — Curiosamente no— repuso—. No pensé que fuera a necesitarlos.
     — Deberías poner solución a este tipo de cosas de ahora en adelante— me dejé caer sobre el colchón—. En mi bolso beige de Valentino. Está colgado del perchero derecho de la pared de la habitación de tu hermana. Segundo bolsillo de la izquierda, al lado de los chicles.
     Harry se levantó de la cama como una exhalación, moviendo un perfecto y marcado trasero desnudo con una gracia fascinante mientras salía de su dormitorio para ir a de Gemma. Al cabo de algunos segundos entró de nuevo, mirando estupefacto los preservativos.
     — ¿En el bolso? ¿Llevas condones en el bolso?
     — Una nunca sabe lo que puede pasar— susurré—. Y no digas vulgaridades, Harry.
     Se encargó de ponérselo en cero coma cero. Me tumbé, apoyando firmemente la cabeza en las almohadas y tomando aire. Los pechos me subían y bajaban con fuerza, los músculos del vientre los tenía contraídos y el cuerpo entero me temblaba por la excitación. Se puso a horcajadas sobre mí al borde del éxtasis.
     — ¿Segura?— me susurró al oído.
     — Por favor.
     Sonrió divertido, me dio un largo beso en los labios y me penetró despacio. Me retorcí de placer. Harry había abierto un hueco donde nunca nadie había llegado. «Ninguno de los anteriores es como Harry». Harry era más... grande. En todos los sentidos. Jadeó contra mi boca. «Nadie es como Harry». Comenzó a moverse despacio.
     — ¿Quieres que pare?— jadeó.
     — Ni se te ocurra— logré decir.
     Como hubiera escrito Noelia Amarillo, me hizo el amor suavemente, entrando y saliendo de mí como se entra a un santuario a implorar un gran milagro. Con humildad y amor. Entrando y saliendo sin perder el ritmo, alargando el placer. Entrelazamos nuestros dedos sobre las sábanas sin apartar la mirada el uno del otro. Estaba a punto de perder el control, ya no era dueña de mis actos. 
     Harry se mordió los labios y se lanzó sobre mi boca, con delicadeza. Todos sus movimientos eran delicados. Era nuestra primera vez, juntos. Algo que cambiaría nuestra relación a mejor. Temblé por la presión ejercida, pero no fue en absoluto doloroso. Era bonito, delicado y completamente nuestro. Durante unos largos minutos, la presión y los enfados se vieron extinguidos por algo tan delicioso como la entrega de algo importante a alguien importante.
     Enlazó sus manos con las mías y comenzó a besarme de nuevo, introduciendo su lengua en mi boca. Jamás dos cuerpos habían estado tan acordes como los nuestros. Vibraban al unísono y sentían lo mismo. Me revolví sobre el colchón sintiéndole muy dentro de mí y solo pensarlo hacía que mis caderas se movieran con él, buscándole con desesperación.
     Solo él podía transportarme a otro mundo.
     Me agarré con fuerza a sus manos, buscando más contacto, cosa que en esos momentos era verdaderamente imposible. Su tacto era delicioso y aquello solo me demostró que Harry era mío. Nada ni nadie podría volver a destrozarnos.
     Todo adquirió un nuevo ritmo y se volvió más violento.
     Dejó de ser un acto amable. Desaparecieron los besos delicados y las caricias suaves. Fue el encuentro entre dos maneras de vivir, pensar y sentir. No fue desesperación ni sexo. Fue el choque entre dos voluntades que —inconscientemente y gracias a un joven que se hacía llamar Liam— caminaban en la misma dirección. Dejó de ser un acto lento y cuidadoso. Fuimos cuerpo, alma y corazón unidos hasta que el corazón explotó en mil pedazos, el alma nos abandonó y nuestros cuerpos se perdieron en el placer.
     Un momento en el tiempo en el que los sentimientos verdaderos tomaron las riendas.
     Mis pensamientos se dispersaron y mi cuerpo se puso rígido. Era todo sensación. Y poco a poco, con infinito amor, ambos nos dejamos llevar por el orgasmo.


     Segundos después se derrumbó sobre mí. Todavía jadeando, abrí los ojos, y Harry apoyó su frente en la mía. Tenía los ojos cerrados y su respiración era irregular. Se inclinó sobre mí para besarme en la frente con delicadeza y lo sentí deslizarse cuando se giró para quedar tumbado a mi lado.
     Algo en mi interior se desmoronó, como si me faltara algo: él.
     Quería a Harry conmigo, en mi cama. Cada noche y cada día. A mi lado. Quería su ternura y su pasión, su carácter arrogante, protector y cariñoso. Quería que soñara con conmigo. Pasar con él todas las horas del día y de la noche. Quería ser parte de su vida, y que él fuera parte de la mía.
     «Tonterías» pensé.
     Me abracé a él, paseando mi mano por su pecho, que bajaba y subía con velocidad. Tenía el pelo revuelto —la coleta se le había medio deshecho—, las mejillas sonrosadas y los labios hinchados. Le abracé con fuerza. No quería dejarle escapar. Harry era mío y no dejaría que nadie nos separara, nunca más. Y menos después de aquello.
     Me rodeó la espalda y me acercó a él. Me besó la frente.
     — ¿Te he hecho daño?
     — ¿De verdad quieres saberlo?
     — Solo quiero saberlo— insistió.
     Levanté el rostro y le miré divertida.
     — Ha sido increíble— sentencié, en un susurro—. Me recuerdas a Christian Grey— introduje mi mano en sus rizos—. Había oído que eras una máquina del sexo, ¿pero tanto?
     — ¿Christian Grey?— alzó una ceja, divertido—. ¿Tú también vas de niña buena y escondes libros eróticos en la estantería? ¿Cómo es que mi novia lee literatura erótica y yo no me he podido dar cuenta? Tengo que leer uno de esos.
     Hice una mueca. Él se mordió el labio inferior y sonrió. Me dio un casto beso en los labios.
     — Ahora vuelvo— me informó, mientras salía de la cama y me dejaba en medio de un lío de sábanas, desnuda.
     — ¿A dónde vas?— pregunté, tapándome con la funda nórdica el pecho desnudo.
     — A por chocolate.
     — ¿Chocolate? ¿Quieres chocolate después de un polvo?— pregunté de nuevo.
     — Después de hacer el amor— me corrigió—. Tengo hambre. ¿Qué quieres que le haga? Soy un saco sin fondo. Necesito reponer fuerzas.
     Se encogió de hombros y salió de la habitación, dejándome en la cama desnuda y sola. Me tumbé y me aparté las sábanas de encima para contemplar mi cuerpo. Era el mismo que dos o tres años atrás, pero por el contrario había cambiado de dueño. Víctor había salido de mi vida de una manera garrafal y su puesto había sustituido por aquel chico de ojos verdes.
     Harry entró en el dormitorio con dos tabletas de chocolate, una de ellas abierta, mientras masticaba una onza. También iba cargado con nuestras prendas desaparecidas durante el agresivo encuentro en el piso de abajo y lo lanzó todo contra el sillón.
     — No es plan de que mi madre lo vea— dijo—. Le daría un brote instantáneo de psicosis.
     Se tumbó a mi lado y me tendió la tableta abierta. No pude resistirme a la tentación y acepté, abrazándome a él, que me rodeó la espalda con el brazo libre, mientras comía chocolate.


     — Bueno, ¿cómo vamos a ir a Cork?— me preguntó, con la boca llena—. ¿Tenemos que sacar los billetes? ¿Cuándo saldremos de aquí?
     — Lo tengo todo organizado. Salimos el sábado. Tenemos que ir hasta el aeropuerto de Mánchester. Nuestro vuelo sale a las siete de la tarde y llegaremos a Cork sobre las ocho y media. He encontrado un sitio donde alquilar un coche. No confirmé nada porque supuse que querrías escoger vehículo.
     — Gracias— dijo sonriendo.
     — He hablado con Gemma— continué—. Ella y Robin tienen que ir a Londres para hacer unos recados, así que ella nos llevará con tu coche hasta el aeropuerto. Después irán hasta allí con dos coches: ella con el tuyo y Robin con el suyo. Dejará el Land Rover en tu garaje y volverá con Robin en el BMW.
     — ¿Cuándo has hecho todo eso?— preguntó frunciendo el ceño.
     — Antes de que viniéramos aquí— le informé con una sonrisa—. Lo tengo todo organizado desde hace más de un mes. Esto lo hablé con Robin y tu hermana hace unas semanas.
     — Em— me interrumpió—, ¿cómo es tu familia?
     — ¿De verdad quieres saberlo?— pregunté y él asintió—. Puedes buscarlo en internet: sale todo— hizo una mueca y reí por lo bajo—. Mi madre es muy bonachona, jamás haría daño a una mosca. Es como la tuya. Mi padre es..., bueno, es muy serio con lo que hace. Es un luchador incansable...
     — Como tú— intervino él.
     — .... mi hermano es como Víctor, físicamente, quiero decir. Tienen exactamente el mismo cuerpo. Ver a Chad en calzoncillos de espaldas es como ver a Víctor. Aunque no sé si podrá ir. Es posible que tenga una premiere en Nueva York. No hace falta que te hable de Madison, ya la conoces.
     — ¿Por eso te fuiste a vivir a Londres? ¿Porque no soportabas la idea de tener que ver a tu hermano convertido en tu ex caminando en gayumbos por la casa?— preguntó, riendo.
     — Por eso también— afirmé, entre risas.
     Se hizo un desagradable silencio. Harry paseó los dedos por mis tatuajes y se detuvo en los cortes que me hice antes de Navidades en Londres, antes de que discutiéramos por Cara. 
     — Están cicatrizando— se limitó a contestar.
     — Sí— murmuré—, lo están haciendo.
     — Aún no me entra en la cabeza cómo...— se le quebró la voz—, cómo fuiste capaz de hacerlo. No solo esto, sino también la sobredosis— tragó saliva—. Aquel día entré en la habitación de Niall. Estábamos a punto de empezar la gira por Irlanda y ya estábamos reunidos en el hotel preparando los ensayos. Lou Teasdale estaba peinándole y a mí me iba a cortar el pelo. Louis encendió la tele y en las noticias..., puedes imaginártelo. Nos quedamos en estado de shock.
     — Harry, no...
     — Entré en tu Twitter inmediatamente— me interrumpió—. Pensé que sería otra invención más de los medios, pero cuando leí tus últimos tweets… Lloré. Solo recuerdo que lloré. Aquel día pensé que mi mundo se había venido abajo— reveló—. Cuando dijeron que habías sido ingresada de urgencia por auto-lesiones y una grave sobredosis, creí que morirías. De verdad pensé que no saldrías de aquella y yo habría sido el culpable de todo.
     — Deja de culparte.
     — Todos nos esforzamos mucho por un objetivo común— continuó— y se nos olvidó pensar que, a veces, el camino escogido para llegar a ese famoso objetivo no es el adecuado— murmuró—. El día que fui a verte por la noche al centro de desintoxicación y te vi en aquella maldita cama, con mi sudadera...— tomó aire—. Te vi tan pequeña y débil que…, me sentí impotente. No podía hacer nada para ayudarte porque eras tú la que tenía que luchar sola. Y yo…, yo…
     — Basta— le interrumpí—. Por favor, basta.
     — Si te hubiera pasado algo, no me lo podría haber perdonado jamás.
     Le di un casto beso en los labios y me abrazó.
     Tumbado a mi lado, abrazándome por la espalda y más calmado, Harry era lo más parecido a un Dios griego. El pelo le caía de manera alborotada sobre la frente y se le pegaban los rizos a las sienes por el sudor. Los ojos miraban hacia ningún sitio con una calma impactante y las comisuras de la boca le vacilaban de vez en cuando. Sus manos eran grandes y delgadas, en las que las venas adquirían un gran protagonismo; desde sus palmas, subían por sus brazos hasta perderse en sus hombros. Pasé mi mano por sus abdominales. Los acaricié despacio, recorriendo los huecos entre ellos. Sus piernas, largas y definidas, descansaban sobre el colchón. Alcé la mirada. «Las mejores piernas que he visto nunca» pensé.
     — Deja de mirarme— dijo de golpe, despertándome del ensimismamiento.
     Bajo su mirada hacia mí y me escrutó el rostro mientras sonreía.
     — ¿En qué piensas?— pregunté.
     — En ti— susurró—. Jamás he sentido esto por nadie. Te lo aseguro.
     — Yo tampoco— y le besé con sutileza. Un beso cargado de amor, confianza y compromiso. «Compromiso» rezongué. No estábamos comprometidos pero había un tercer factor que tomaba un papel importante en nuestra relación, y era el compromiso. 
     Qué irónico.
     Me sujetó el rostro entre sus manos, apoyando su frente en la mía, y cerró los ojos.
     — Te quiero, Emma Wells.
     Nos fundimos en un abrazo, sabiendo que a partir de aquel momento nada volvería a ser como antes. Las cosas habían cambiado. Escondí mi rostro en la curva de su hombro e inhalé su olor a sudor y colonia, mientras él acariciaba mi pelo.
     — Jamás dejaré que te pase nada, te lo prometo— susurró en mi oído y me separé de él, bruscamente.
     — Has hablado con mi padre— no era una pregunta.
     Tragó saliva y se pasó la mano por el pelo alborotado.
     — Me llamó antes de que fuéramos a cenar, después de que tú y yo habláramos. Me lo ha contado todo, ya sabes..., lo del juicio. Cuando entraste después de hablar con él, en la cena, supe lo que había ocurrido. No has hecho nada.
     — Incumplí el contrato— afirmé.
     — No— negó— No lo has hecho. Lo falsificaron. Te engañaron, Emma. No has hecho nada malo y no voy a permitir que te juzguen equivocadamente, ¿de acuerdo? Tu lugar está conmigo, a mi lado.
     Acto seguido, me abrazó por detrás, encajando su rostro en la curva de mi hombro, mientras inhalaba el olor de mi cabello, y dejando que apoyara mi cabeza en uno de sus brazos. Entrelacé mi mano con la suya y nos dormimos. Desnudos, sudorosos y bañados en una misma esencia.
     Efectivamente, el todo era mayor que la p
arte. Él y yo habíamos dejado de ser partes separadas.

     Éramos el todo.

jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo 32 | They Don't Know About Us


Jueves, 25 de diciembre


    Me desperté. Estaba sudando.
     Esperaba que me despertara la voz grave de Harry, los gritos maternales de Anne o los gruñidos de Matty, pero desgraciadamente no fue nada de aquello.
     Silencio.
     Aparté la funda nórdica y me incorporé, con un dolor de cabeza infernal y la nariz taponada. Las sienes me palpitaban con fuerza;me ardían y el dolor se extendía por todo el cuerpo, aturdiéndome hasta los mismísimos dedos de los pies. Entré en el cuarto de baño y no me sorprendí al ver a una joven pálida como el papel, con los ojos hinchados y rojos. Me lavé la cara y busqué un peine desesperadamente.
     Me recogí el pelo y salí del cuarto de Harry, esperando ver a alguien que me echara la bronca por beber tanto o por dormir demasiado, pero no llegó nadie.
     En la mesa del comedor que comunicaba con la cocina, estaba Gemma con la misma cara que yo. Los ojos rojos y hundidos, el rostro muy pálido. Se estaba frotando las sienes. Me miró, medio sonriendo, y me senté a su lado.
     — Creo que tengo un resfriado del demonio— rió por lo bajo y yo estornudé de manera brutal. La cabeza me vibró como un gong—. Y por lo visto tú también.
     — No puedo respirar— logré decir con la nariz taponada.
     — Tu café está en el microondas, y Harry me ha dicho que levantes el trapo del cuenco que hay sobre la encimera— dijo en un susurro y se lo agradecí profundamente. Si hubiera hablado en un tono más alto, lo más posible es que me hubiera estallado la cabeza. Me levanté hacia el microondas y saqué mi café, caliente como la lava. No sabía a qué temperatura estaba la lava, pero si lo supiera, seguro que estaba como aquella taza humeante. Levanté el trapo que me indicó Gemma y me vi con un gran cuenco de patatas fritas ante mí. 
     «Si te duermes, mañana por la mañana te haré patatas para desayunar» me dijo. Harry se lo tomó en serio. Me entraron arcadas y fui al comedor, ignorándolas por completo, a pesar de que adoraba las patatas fritas.
     — ¿Dónde están todos?— pregunte a Gemma, mientras untaba una tostada con mantequilla, mucho más despacio de lo habitual. Estornudé de nuevo.
     — Jesús— sonrió de medio lado y me tendió un pañuelo—. Harry nos ha cubierto. Ha dicho que ayer llegamos tarde y que nos dejaran descansar. Por lo visto se han ido a pasar el día a Mánchester. Me lo ha puesto en una nota y la vi cuando me desperté
     «A mí no me ha dejado ninguna nota» pensé, molesta.


     Cuando todos llegaron de Mánchester, bien caída la noche, Harry entró en su dormitorio sin dirigirme la palabra. Ni siquiera me miró al entrar. Dijo que no tenía hambre y que se marcharía a dormir. Ni siquiera tuvo la decencia de sentarse con nosotros para entregar sus regalos de Navidad, simplemente se encerró en su cuarto y no salió.
     Aquel fue su comportamiento durante los siguientes seis días. Al principio le perseguía a todas partes para que me diera una explicación, cosa que ignoraba por completo y seguía su camino. Luego decidí tener algo de orgullo y fui yo la que me distancié de él.
     Por las mañanas, no nos saludábamos con un beso, no nos mirábamos durante la comida y no nos despedíamos después de la cena. Él estaba siempre en casa, con Robin y Matt, y yo me mantenía siempre fuera de ella con Gemma o simplemente sola. Anne se había aproximado a mí, preguntándome que qué me ocurría. Yo le había sonreído de medio lado y me había dado la vuelta, huyendo de allí. Fui varias veces al río, donde fue Harry, para pensar. No esperaba que él fuera a buscarme, únicamente buscaba soledad y silencio para pensar. 



Miércoles, 31 de diciembre 


     Aquella noche era fin de año.
     El frío me congelaba los miembros. Recogí las piernas contra mi pecho y me apoyé firmemente contra el tronco del árbol, contemplando el agua del río correr. Escuché unas pisadas detrás de mí y una voz dulce me habló desde detrás del tronco. No era Harry, aunque sabía de antemano que él no iría.
     — Aquí es donde viene mi hermano— dijo Gemma, sentándose a mi lado.
     — Lo sé.
     — Mi madre ha reservado una mesa en un restaurante. Dice que no está dispuesta a que montemos otro numerito como el de la noche de Navidad.
     Silencio escondido por el repiqueteo del río, el viento invernal y una pequeña risa. Gemma suspiró, apesadumbrada.
     — Me parece una gilipollez que estéis cabreados por un maldito anillo de compromiso— me reprendió—. Por el amor de Dios. ¿Estás dispuesta a perderle por esta memez?
     — ¿A ti no te habría molestado, Gemma?— pregunté cortante—. Tiene un anillo para ti, te enteras y te deja de hablar. ¡Es tan infantil!
     — Por supuesto que sí, Em. Pero tú ya sabes que Harry es así— dijo ella—. Harry puede ser tan infantil como maduro. Es paradójico, pero es Harry de quien estamos hablando.
     Suspiré y me acurruqué contra mis rodillas, haciéndome un ovillo e intentando evadirme de todo el mal que me rodeaba. Gemma me dio la mano.
     — ¿Sabes lo que suele decirme Harry?— susurró—. Siempre dice que puedes elegir entre ser correcto con una persona o ser un poco más amable, y eso solo puede alegrarle el día— explicó—. ¿Has pensado en ser un poco más amable con él? Creo que a veces te mosqueas por cosas que para él son normales. No te lo digo porque sea mi hermano, sino porque me caes bien— admitió—. A día de hoy, eres de las chicas que más me gustan para él. Harry está feliz contigo. Irradia felicidad. Jamás le había visto así.
     — Por lo general, nunca he sido amable con nadie— murmuré—. Todo esto es un poco nuevo para mí. Desde la presión de sus fans a la excesiva atención mediática.
     — Harry espera a que te acerques a él con la cabeza bien alta. Le plantes cara y le digas: «tú y yo vamos a hablar, ahora mismo»— expuso ordenadamente—. Así que levanta el culo de ahí y corre— me ordenó.
     Apenas tuve tiempo de replicar, me levantó con una fuerza tremenda y me obligó a salir del descampado. Inesperadamente, mis piernas actuaron por instinto y comenzaron a moverse solas. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a decírselo? El frío me cortó el rostro y se me congelaron las manos. Cuando menos me lo esperaba, había llegado a casa. No me molesté en saludar, entré directamente en el cuarto de Harry sin llamar.
     Estaba en medio de su cuarto, con una toalla atada a la cintura y con otra restregándose el pelo.      Levantó la mirada y me vio allí plantada, con las mejillas sonrosadas. 
     Y no precisamente por el frío.
     — ¿No podías llamar? Si estaba cerrada, era por algo— replicó. El pelo húmedo y rizado le caía sobre los hombros y fue cuando me di cuenta de lo larguísimo que lo tenía.
     — ¿Por qué me evitas?
     Rió por lo bajo y se sentó en el borde de la cama.
     — No te evito.
     — ¡Sí que me evitas! ¡Desde el día que supe lo del maldito anillo nuestra relación ha ido a peor!— grité, irritada.
     — ¿Acaso tu querías que me comprometiera?
     — Joder, pues no lo sé— alcé las manos al cielo—. Lo que no me esperaba era que me evitaras así. Me levanto después de haberme pillado la mayor borrachera de toda mi vida, tengo un catarro del demonio y me veo sola en tu habitación, ninguna nota, nada de nada, y cuando llegas a casa, no eres capaz ni de mirarme a los ojos.
     — Te hice patatas fritas— repuso.
     — ¡A la mierda las patatas! Has estado seis días evitándome y me niego a que esto siga así— exclamé—. Quiero que me des una explicación para todo y la quiero ahora mismo, o juro por lo que más quieras que hago la maleta, llamo a un taxi y me largo de aquí.
     Me miró igual de sorprendido que me habría mirado yo si hubiera sido él. Dios mío, me estaba convirtiendo en la típica niña de papá en busca de explicaciones por todo. «Qué coño, esto lo necesita» pensé.
     — Te he evitado porque...— explicó, al cabo de una larga pausa— el anillo, era para ti, es cierto. Pero...— bajó la cabeza y se pellizcó el puente de la nariz—, joder. Quería regalártelo por Navidad. Lo vi en una joyería y pensé «perfecto para Em». Solo sería un regalo de Navidad. Matty lo vio y pensó que sería para mi madre o algo por el estilo, por eso dijo lo del compromiso. Fue una broma. El caso es que lo soltó y me cabreé con él por husmear en mis cosas y ahora..., ahora tú pensabas que era de compromiso y no sabía cómo explicarte lo contrario, y parece ser que quieres que lo sea y...
     Se le aturullaban las palabras.
     Estaba muy nervioso.
     El anillo no era de compromiso. Debía alegrarme, debía saltar por las paredes, pero en lugar de aquello, algo se desinfló dentro de mí. Éramos jóvenes, llevábamos muy poco tiempo saliendo, pero pensar en casarme con él me daba una pequeña razón para seguir adelante.
     Inexplicablemente, los ojos se me llenaron de lágrimas y no sabía aún por qué. No quería llorar por algo tan ridículo como aquello. Era una absoluta estupidez. «Tonta, no llores. Deja de llorar ahora mismo» gritó mi conciencia, pero aquello solo provocó que los espasmos del llanto me cortaran la respiración. Me di la vuelta y salí del cuarto de Harry, hacia el de Gemma, cerrando la puerta con fuerza y dejándome caer hasta el suelo.
     ¿Qué estaba pasando por mi cabeza? Pensaba que no me quería casar con él. Todas las noches, antes de dormirme, me venía a la cabeza una imagen: Harry esperándome en el altar, con traje y corbata, y una sonrisa resplandeciente al verme entrar. Yo, vestida de blanco, con un ramo de flores y los ojos impregnados con lágrimas por la emoción. La iglesia en lo alto de un acantilado, con las olas chocando contra las piedras y la suave brisa marina revoloteando a nuestro alrededor.
     Pensar en aquello, hizo que se me contrajera el estómago y se me formara un nudo en la garganta. ¿Por qué estaba llorando? «Coño, pensaba que no querías casarte» decía mi yo malvado. «Y no quería, creo» musitaba mi yo bueno. «Eso, eso, tú llora hasta deshidratarte como una pasa. Morirás sola, rodeada de decena de gatos» siseaba un yo que ni siquiera sabía que existía.
     — Emma— llamó Harry, golpeando la puerta—. Emma, déjame entrar.
     — Ahora no, por favor— musité.
     — Déjame entrar o juro que echo la puerta abajo— amenazó—, y te aseguro que ya he tirado esta puerta un par de veces.
     Limpié mis lágrimas con la manga del jersey y me levanté. Harry la abrió y se quedó de pie en el umbral, con el pelo húmedo y la toalla en la cintura.
     — Yo...— empezó Harry y se le tensaron los hombros al verme en aquel estado—, ven aquí.
     Caminé y me escondí en él. Me apretó contra su pecho. Me estrujó contra él. No podía negar que no estaba preparada para casarme, pero tampoco lo estaba para recibir la noticia de lo contrario. Ni siquiera yo mismo sabía lo que quería. Aquel chico de rizos hacía que mi vida fuera una montaña rusa: subía y bajaba vertiginosamente sin yo poder controlarlo.
     — Lo siento. Pensé que...— me separó de él y se arrodilló ante mí, agarrando una de mis manos entre las suyas—. Si es lo que quieres, cásate conmigo.
     — No— negué con la cabeza—. No, Harry. Así no— le puse en pie y le abracé de nuevo. Recordé a mis padres y me pregunté si yo encontraría a alguien con el que poder estar casada toda la vida, alguien del que vivir enamorada durante años, tanto como el primer día. Alguien con quien comunicarte con tan solo una mirada, alguien que irradie felicidad con estar cerca de ti, alguien con quien compartir gran parte de tu existencia. 
     Alguien como Harry pero aún éramos jóvenes. No quería casarme aún.
     — Siento haberme puesto así— dije susurrando mientras acariciaba su espalda desnuda.
     — No. Si lo que quieres es que nos casemos...
     — Qué bonito— nos interrumpió Gemma, desde la puerta, mirándonos sonriendo—. Os dejaría abrazados todo el tiempo que quisierais, pero mamá está tirándose de los pelos porque ha reservado la mesa para las diez y media. Son menos diez y casi nadie está arreglado, así que tú— señaló a su hermano—: fuera de aquí.
     Harry se separó de mí, mascullando por lo bajo, y salió del cuarto dejando un aroma a Axe por el camino. Gemma me miró sonriendo y me tumbó sobre la cama.
     — Chica, ¿por qué has llorado?— enarcó una ceja y se apoyó en la pared—. De verdad te lo digo: no hay quien te entienda.


     El restaurante en el que estábamos cenando estaba lleno.
     El ruido de tenedores era ensordecedor y se me hizo un nudo en la garganta al mirar a mi alrededor y ver a padres, hijos, abuelos y nietos congregados. Eran las casi las once en Reino Unido, en España casi las doce. ¿Estaría mi familia reunida alrededor de la televisión esperando a comer las uvas? El primer Año Nuevo que no viviría con ellos.
     Gemma llevaba un precioso vestido de tirantes color verde que le sentaba como anillo al dedo; Anne y la madre de Matty llevaban trajes chaqueta de color marrón bastante similares; Robin y el tío de Harry trajes con pajarita. Matty llevaba un traje oscuro con la camisa abrochada hasta el cuello. Harry, sin embargo, llevaba unos vaqueros ajustados oscuros —no eran los de siempre— y una camisa negra desabrochada por el pecho. El pelo largo y rizado le caía por los hombros y había cambiado sus horribles botines por otros parecidos, de un color más claro y nuevos.
     Se hicieron las once, las doce en España. Saqué el móvil de la cartera, esperando la llamada de mi padre que no tardó en llegar.
     — Perdonad, ahora vuelvo— dije mientras me levantaba de la mesa, con el abrigo de la mano, para salir a hablar con él fuera del local.
     El frío me golpeó en la cara e hizo que me tiritaran las piernas. Había empezado a nevar y en el suelo se acumulaban varios centímetros de nieve.
     — ¡FELIZ AÑO NUEVO!— gritó toda mi familia al unísono. Un conjunto de voces graves, agudas y acentos más fuertes que otros me llenaron el pecho de alivio.
     — Aquí todavía son las once— repuse sonriendo.
     — ¿Qué tal con Harry?— preguntó mi hermana—. El otro día se publicaron algunas fotos de vosotros con fans en la puerta de su casa. ¿Qué tal todo por allí?
     — ¿Hace mucho frío?— intervino mi madre con su fuerte acento español—. Espero que estés abrigada, que ya nos conocemos. En pleno invierno vas solo con una camisa y el abrigo. Más vale que la madre de Harry insista en ese tema.
     — Hablando de Harry— añadió de inmediato Chad—. ¿Te lo has tirado ya?
     — ¡Chad!— le reprendió mi padre.
     — ¿Qué? Oye, todos estaban haciendo preguntas y yo no iba a ser menos. Tengo curiosidad— se defendió él, molesto—. Ahora yo soy la oveja negra, ¿no?
     Reí por lo bajo y me pasé la mano por el pelo, apartándomelo del rostro.
     — Sigo aquí, por si lo habíais olvidado— me hice notar—. En Holmes Chapel hace un frío terrible, mamá, así que no me queda otro remedio más que abrigarme, aunque he de admitir que la madre de Harry es bastante más estricta que tú en ese sentido— la escuché gruñir y reí por lo bajini—. La familia de Harry es muy agradable y no, Chad, no me lo he tirado aún. Cuando lo haga, te aseguro que serás el primero en saberlo.
     — Cuida tu lenguaje, señorita— dijo mi madre.
     — Muy bien. Espero que así sea— continuó papá— o tendré que mantener una conversación de tú a tú con Harry. Pero ahora tengo que hablar contigo. Vosotros, fuera de aquí— dijo, librándose de mi madre y hermanos—. Es sobre el juicio— fue lo único que alcanzó a decir. Su tono de voz no era ese tono que había usado cuando estuvo conmigo en Londres, paternal y dulce, protector y fuerte. Esta vez era preocupado y serio. Cerré los ojos y vi el abismo acercarse—. No quería darte las noticias en Nochevieja, pero tienes que saberlo cuanto antes.
     — ¿Qué ha pasado?— pregunté con un hilillo de voz.
     — Las cosas no van bien, Emma. No te voy a engañar— admitió apesadumbrado—. Esta mañana nos hemos vuelto a reunir los abogados, tu madre y yo, y nos han informado de que no hay nada que te salve. Hemos leído la letra pequeña una veintena de veces, pero nada. No hay nada que demuestre que ese contrato es falsificado y al no haber un notario el día de su firma, no tenemos nada. Están intentando buscar algún tipo de cláusula a la que pueda aplicarse algo. Ni siquiera saben por donde buscar.
     — El juicio está perdido— afirmé y él resopló. «No llores, Emma. No llores»—. No debí haber firmado aquel contrato. Lo siento, papá— musité y se me llenaron los ojos de lágrimas—. Lo siento.
     — Pequeña, hemos salido adelante juntos. Ya lo hemos hecho una vez y volveremos a hacerlo, ¿de acuerdo? No permitiré que tengas que pasarte tres meses en una cárcel por algo que no has hecho— dijo decidido—. Encontraremos algo, como si tenemos que inventarlo. Saldremos de esta. Y si, efectivamente, perdemos el caso, moveré cielo y tierra para que no vayas allí. Te lo prometo.
     — Vale— susurré—. Gracias, papá— miré al interior del local y a través del cristal pude ver a Harry sentado, mirándome lascivamente—. Te voy a dejar, papá. Tengo que terminar de cenar. ¿Cuándo vais a ir vosotros a Cork?
     — Mañana por la mañana.
     — Vale— asentí—. Te quiero.
     — Yo también te quiero.
     Colgué pero no entré al restaurante.
     Me levanté el cuello del abrigo y me apoyé en la pared. Necesitaba un momento para recapacitar. La Navidad, que teóricamente eran unas fechas de felicidad, se estaban convirtiendo en mi odisea. Aunque en cierto modo, había estado casi dos meses intentando olvidar el tema del juicio, como si no existiera. Había enterrado aquel tema en un rincón de mi corazón, cerrándolo con llave, haciéndome creer que habría alguna salida. La misma sensación cuando haces un examen que, a pesar de saber que no habías estudiado, albergabas la esperanza de aprobar con un cinco pelado. Por desgracia, la fecha del juicio se acercaba y no había alternativa.
     «Cierra los ojos y mira la oscuridad»
     Ese consejo solía darme mamá cuando de niña no podía dormir. Miré fijamente la inmensa negrura que se extendió a partir de mis párpados cerrados. Aunque estaba sobre unos tacones de aguja, me sentía colgada del abismo al que llevaba asomándome todo el día. Caí, floté, volví a caer y, finalmente, volví a quedar sentada en el borde.
     Me pasé las manos por los ojos, me coloqué el pelo y sonreí.
     Entré de nuevo en el restaurante y me senté en mi lugar, al lado de Harry. Todos pasaron por alto la rojez de mis mejillas y mis ojos, considerando que se debía al frío. Harry me conocía demasiado bien. Me agarró la mano y me la apretó, inclinándose cerca de mi oído.
     — ¿Todo va bien?
     — Todo va bien— afirmé, dándole un beso en la mejilla.


     Eran las doce menos cinco de la noche. En la mesa solo había copas con varias botellas de champagne cerradas destinadas para ser abiertas. Todos quienes estábamos en el restaurante teníamos gorritos de fiesta de cartón. En la televisión estaban emitiendo en directo las campanadas desde Londres. Miles de personas se habían congregado bajo el Big Ben y frente al río Támesis para ver el posterior juego de fuegos artificiales. En Reino Unido no celebraban el año nuevo con uvas. Aquello sería algo a lo que debía acostumbrarme. Cuando quedaron diez segundos, todo el mundo allí comenzó a hacer la cuenta atrás.
     Diez. Nueve. Ocho. Siete.
     Los gritos de todo el mundo me estaban martilleando los oídos. Gemma me miró con una sonrisa de oreja a oreja y Matty se apoyó sobre mis hombros y comenzó a saltar cual niño emocionado.
     Seis. Cinco.
     Robin y Anne se dieron la mano. Harry me miró y no pude contenerme. Alcé la mirada hacia él.
     Cuatro. Tres.
     — Te quiero— me susurró.
     — Yo también— le contesté a la que todo el mundo gritó. 
     Dos.
     Uno. Harry me rodeó con un brazo.
     Un grito ensordecedor de «FELIZ AÑO 2015» me taladró los oídos y se emitió en directo en televisión el estallido de alegría de toda la gente que se había congregado a pies del London Eye en la capital. Harry me agarró por la cintura y me levanto, mientras yo me abrazaba a su cuello.
     — Primer año nuevo juntos— le dije al oído, lo suficientemente alto para que pudiera escucharme por encima de todos los gritos—. Gracias por cambiar mi 2014.
     — No— dijo cerca de mi oído cuando le abracé con más fuerza—. Gracias a ti por cambiar mi vida.
     Abrazos, besos y gritos fueron mi vida en apenas segundos. Estaba abrazando a Anne cuando misteriosamente Gemma me estaba dando besos, y sin comerlo ni beberlo, era Matty el que me acogía entre sus brazos. Un lío de besos, gritos y miembros repartiendo abrazos me rodeó. Entonces el dueño del restaurante abrió una botella de champangne y comenzó a cantar Auld Lang Syne. Era una canción tradicional que se cantaba siempre después de las felicitaciones.
     — Should old acquaintance be forgot, and never brought to mind?— comenzó a gritar y todo el mundo siguió la canción. Harry le miró sonriendo y se unió al alboroto—. Should old acquaintance be forgot, and old long since?— la gente comenzó a pasar copas llenas de champagne y todo el restaurante las alzo al cielo a modo de brindis mientras seguían cantando—. For old long since, my dear, for old long since— se me pusieron los pelos de punta, enredé mis dedos con los de Harry, alcé mi copa y canté con ellos—. We’ll take a cup of kindness yet, for days of old long since.
     En Reino Unido tal vez todo no fuera tan distinto a como solía ser en España.
     Tal vez hubiera juzgado equivocadamente a los británicos.



     Una hora después, en el pub donde habíamos ido a tomar algo, el ambiente estaba algo más calmado pero con la misma esencia. Gemma estaba bebiendo una copa mientras hablaba con Kevin que se había unido a nosotros y Matty en un rincón del pub hablando con una chica por teléfono. Harry y yo estábamos en la mesa con Gemma, pegados pero sin decir nada. Tan juntos que su calor corporal era el que me calentaba los miembros entumecidos.
     — ¿Quién te llamó antes?— preguntó Harry, mientras pasaba el dedo por encima del cristal del vaso, trazando círculos. Con el otro brazo me rodeaba la espalda y acariciaba suavemente mi hombro desnudo con el pulgar—. ¿Era tu padre?
     — Sí, era mi padre.
     — ¿Qué te ha dicho? ¿Sobre el juicio?
     Asentí.
     — No te preocupes por eso. No ahora— sonreí, lanzándome sutilmente sobre su boca, sintiendo la calidez de sus manos rodear mi cintura. Le sujeté el rostro, deslizando mis dedos entre sus rizos y jugando con ellos. Cerré los ojos con fuerza y tomé una decisión casi al instante.
     Me separé de él y di un último trago a mi vaso de Nestea —Harry no me dejaba beber alcohol—, mientras me colocaba el escote del vestido y ponía el abrigo. Me agaché sobre él, dándole un beso en los labios, y le tendí la mano.
     — Vámonos a la cama.
     — ¿A la cama? ¿Nos vamos a dormir ya?— preguntó, apurando su copa—. Por el amor de Dios, Emma. La fiesta no ha hecho más que empezar— replicó, mirando a su alrededor y posando la vista en su hermana y Kevin, mientras enarcaba una ceja, molesto.


     — ¿Quién ha dicho que vayamos a dormir?— sonreí.

martes, 15 de octubre de 2013

Capítulo 31 | Once In a Lifetime




     La mesa se convirtió en un caos
     Anne escondió el rostro entre sus manos mientras su marido le acariciaba el hombro.
     — ¿Cómo va a casarse? Es solo un crío— repetía una y otra vez—. No puede hacerlo. No aún— musitaba aterrada.
     — ¿Y tú? ¿Para qué te metes donde no te llaman, Matt?— le reprendió su madre cuando Harry se había marchado—. ¿Cuándo vas a aprender a tener la boca cerrada?
     Matty se levantó de la mesa y corrió hacia la habitación de su primo. Me puse en pie, tambaleante, y algo mareada por la impresión. Me dejé caer sobre el sofá. Durante varios minutos, en mi cabeza solo resonaban las palabras «jóvenes», «anillo» y «compromiso».
     Ahogué un sollozo y me tuve que llevar las manos al pecho. Si efectivamente íbamos a casarnos, aquella no había sido la manera de que me pidieran compromiso. Ni de lejos. Gemma me agarró del brazo y tiró de mi hacia su habitación, donde se puso un chaquetón de piel y me tendió el mío.
     — Vamos a tomar algo, Em. Supongo que un poco de aire no te va a sentar mal, después de...— intentó buscar las palabras correctas—, bueno, eso. Estás muy pálida.
     No dije nada. Simplemente me callé. Tampoco había nada que decir. Cuando volvimos a salir al pasillo, con nuestros vestidos de la cena y los abrigos puestos, no pude evitar mirar hacia la puerta cerrada del cuarto de Harry y los gritos que salían de su interior: él y Matt. Llamé varias veces, pero no me respondió.
     — Harry, soy yo. ¿Podemos hablar?— pregunté finalmente.
     — ¿Estás loca? Vámonos— susurró Gemma, tirando de mi brazo.
     Harry no contestó.
     Me erguí e hice un gesto a Gemma con la cabeza. Dimos indicaciones a su madre de que iríamos a tomar algo y de que no nos esperaran despiertos. Anne no puso pegas. Supuse que sabría que íbamos a tomar el aire. Después de aquello, cualquiera querría hacerlo. Se acercó a nosotras, nerviosa. «Tened los móviles encendidos», «abrigaos bien», «llamad si pasa algo» nos repetía una y otra vez. Sonreí para mis adentros, recordándome a mi madre.


     El frío helado de diciembre en Holmes Chapel me congeló los huesos, atravesando el pelo de mi chaquetón y mi pellejo. Gemma y yo caminábamos haciendo equilibrio sobre nuestros tacones kilométricos, sin decir nada. Harry iba a pedirme matrimonio. Era una locura. Anne tenía razón, éramos solo críos. Era joven y quería hacer mil cosas antes de casarme. Deseaba poder formar una familia con Harry, obviamente, ¿quién no querría?, pero, ¿tan pronto?
     Caminamos durante diez minutos por calles iluminadas por luces navideñas de viviendas. Llegamos, por fin, al centro del pueblo. Pude contemplar en la penumbra la Iglesia y, enfrente, el pub Old Red Lion, en The Square.
     El ambiente estaba cargado: todas las mesas llenas y tuvimos que buscar dos asientos en la barra, al fondo. Un joven muy atractivo nos miró sonriendo y se acercó, detrás de la barra, hacia nosotras. Tenía un aspecto atlético y macizo. Llevaba el pelo moreno revuelto de cualquier manera sobre el delgado rostro. Su sonrisa brillaba de una manera increíble, mostrando una dentadura perfectamente alineada y blanca como el papel.
     — No esperaba verte por aquí, Gem. Tenía entendido que venía tu hermano, ¿estoy en lo cierto?— le preguntó a ella. Al joven le brillaban los ojos, como si tuviera miles de cosas que decirla pero no podía por el mero hecho de tenerme a mí allí.
     — Sí, pero ha habido un pequeño problema en casa y bueno..., con la excusa de dar una vuelta, hemos decido venir a tomar algo. Ésta es Emma, la novia de Harry.
     El chico desplazó su mirada hacia mí y me miró por primera vez, sonriendo.
     — Así que tu eres la famosa Emma Wells. Se ha hablado mucho de ti los últimos meses, en especial esta semana.
     — ¿Cuándo has llegado?— preguntó ella. Le brillaban los ojos.
     — Hace tres días. Mi padre me pidió que le echara una mano hoy y aquí estamos— contestó sonriendo—. ¿Qué os pongo?
     — Lo de siempre, Kevin— respondió ella, resplandeciente—. ¿Tú qué quieres, Em?
     Había estado tan concentrada en el comportamiento de ambos que no se me había pasado por la cabeza qué quería tomar. Alcohol.
     — Cualquier cosa.
     Gemma sonrió y Kevin le guiñó un ojo mientras pasaba un trapo por la barra.
     — Dale la especialidad de la casa— contestó Gemma y el joven se alejó de nosotras.
     — ¿Qué es la especialidad de la casa?
     — Está hecho básicamente de tequila. Es muy fuerte, sube mucho, pero está delicioso. Tranquila, no se lo diré a Harry. Esto será nuestro pequeño secreto— explicó—. ¿Por qué me miras así?— preguntó enarcando una ceja.
     — Kevin..., te gusta, ¿verdad?
     — ¿Se nota mucho?— preguntó alarmada.
     — No lo sé— me encogí de hombros, desvié la mirada al interior de la barra y le vislumbré, mirando hacia nosotras—, y creo que tú también a él. ¡Fíjate! Es incapaz de quitarte los ojos de encima.
     Se echó a reír y se colocó el escote del vestido. Gemma era como la mejor amiga que nunca llegué a tener. Me habría gustado haberla conocido en la Universidad.
     — Llevo pillada por él desde que tenía…— resopló—, no sé. ¿Quince años? Él es mayor que yo dos años y cuando se graduó, se marchó a trabajar a Birmingham. Viene solo por estas fechas. El local es de su padre — rápidamente calló y Kevin se acercó de nuevo a nosotras con nuestras bebidas.
     — Aquí tenéis, señoritas. Un Gnothi por aquí— dijo, dejando una copa con un tono amarillento frente a Gemma— y una especialidad por ahí— continuó, tendiéndome una copa naranja.
     — Por cierto, enhorabuena— dijo Gemma tras dar un buen trago a su bebida—. Ya sabes, por el compromiso— no contesté—. No pareces entusiasmada.
     — No estoy entusiasmada, estoy en estado de shock. Quiero decir...— suspiré y bebí, dejando que el tequila me quemara la garganta y el sabor a mango lo suavizara—, de cara al futuro me encantaría poder casarme con él y formar una familia, pero ahora mismo somos unos críos. La palabra «compromiso» me viene demasiado grande.
     — Entiendo que sea raro, pero...
     — ¿A ti nunca te ha dicho nada?— le interrumpí.
     — No sabía nada hasta hoy y creo que los demás tampoco.
     — ¿Y tu primo no podía tener la boca cerrada?
     — Es un bocazas. Forma parte de su naturaleza. Posiblemente lo dijera sin mala intención, pero bueno... ya has visto. Mi madre piensa que sois demasiado jóvenes.
     — Eso es lo que pensamos todos— contesté suspirando y con cuatro tragos más me bebí el resto del cóctel, que dejé sobre la mesa con un golpe seco— ¡Kevin!— llamé al amigo de Gemma, sonriendo—. Ponme otro.


     La noche transcurrió demasiado rápido.
     Eran más de las dos menos cuarto de la madrugada cuando el club estaba en su punto culminante. Gemma y yo habíamos tomado varios cócteles más y habíamos empezado con las copas de vodka. Estaba muy mareada y veía doble. Gemma estaba en la barra escribiendo con su móvil—o al menos intentándolo—, cuando vimos a Harry entrar en el pub con una expresión preocupada, escrutando el local. Estábamos al final de la barra y él no pudo vernos.
     — Mierda— siseé.
     Gemma tiró de mí hacia dentro de la barra y nos escondimos. Kevin nos miró extrañado.
     — Cúbrenos.
     Él se irguió.
     — ¡Harry!— le saludó y chocaron las manos—. Cuánto tiempo, rompecorazones. ¿Qué te pongo?
     — Nada— le escuché decir—. ¿Has vista a mi hermana y Emma?
     — Yo, mmm…— Kevin se quedó en blanco.
     — Maldita sea— murmuré. Se me estaba quedando dormido un pie.
     — Qué mal se le da mentir— gruñó Gemma y le golpeó en la pierna. Él farfulló.
     — No— negó con la cabeza, secando un vaso de cristal enérgicamente con un trapo—. No han venido por aquí. ¿Por qué?
     Harry resopló.
     — He ido a George & Dragon, The Three Greyhounds Inn, a Swan Inn y ahora aquí— suspiró—. No están por ninguna parte. Si las ves, diles que estoy preocupado. Por favor.
     Después se marchó. Gemma y yo nos quedamos hasta las tres menos veinte de la mañana, cuando el pub estaba más o menos a punto de cerrar. 
     Estábamos borrachas.  


  Cogí el móvil. Tenía varios mensajes de Harry. 

          «Emma, ¿dónde estás?»

          «Estoy preocupado. Llámame»

          «Joder, contéstame»

          «MALDITA SEA, EMMA WELLS. DIME DÓNDE HUEVOS ESTÁS. ESTOY PREOCUPADO»

          «Estás poniendo mi paciencia al límite» 


     Solté una risita. 
     Harry enfadado resultaba de lo más cómico. 

          «Estoeyo bioen. Gemnan edta conogiogo» 

     La respuesta no tardó en llegar. No sabía que Harry estuviera despierto. 

          «¿Estás borracha?» 

          «Estás tomando anti-depresivos. ¡No puedes beber! Eres una maldita inconsciente» 


     No contesté. 
     Kevin insistió en llevarnos en coche. «Por Dios, no vais a saber llegar ni siquiera a casa» nos dijo, pero para cuando él cogió las llaves de su vehículo, nosotras ya nos habíamos marchado. 
     Si para ir hasta el pub tardamos diez minutos, para volver necesitamos casi media hora. Gemma estaba casi tan perdida como yo y estuvimos callejeando por la misma ruta varias veces, hasta que decidimos deshacernos de nuestros tacones y caminar descalzas, únicamente con unas finas medias transparentes que separaban el frío y húmedo suelo de nuestra piel, pero éramos incapaces de caminar con ellos sin riesgo de caer. 
     — Creo que este no es el camino— terció Gemma, arrastrando las palabras y tropezándose con un pedrusco que había en medio de la calle— ¡Cuidado por dónde vas! 
     Me eché a reír por la impresión y se agarró a mi brazo. 
     — Es una piedrrrra— dije, poniendo un énfasis especial en la «r»— Piedrrrra. Piedrrrra— repetí, riéndome. Me hacía cosquillas en el paladar. Era divertido. 
     — Piedrrrrra— continuó Gemma, riendo como una niña—. Piedrrrra. Piedrrrra. 
     Cuando me informó de que se encontraba mal, tuvimos la suerte de que Kevin se paró con su coche. Nos había estado buscando. No nos quedó otro remedio más que permitir que nos llevara. Nosotras nos íbamos a pasar toda la noche callejeando hasta encontrar el chalet de Harry. Nos dejó en la puerta de casa. 
     Cuando estaba intentando meter las llaves de Gemma en la cerradura, pude verla besar a Kevin por el rabillo del ojo. Efectivamente le estaba besando, metiéndole la lengua hasta la garganta y me empecé a reír. ¿Yo también tenía aquella cara de mema cuando besuqueaba a Harry? ¿Por qué siempre que besábamos a alguien se nos ponía cara de estar estreñidos? Era tan divertido como horripilante. 
     — Llámame mañana— le dijo ella. 
     Cuando entramos, el salón estaba a oscuras y en silencio. Caminamos de puntillas, como dos quinceañeras rebeldes llegando a la hora que no debían, para no hacer ruido y entramos en el cuarto de Gemma. Ésta se metió rápidamente en el baño a vomitar todo lo que habíamos cenado y las copas que había bebido. 
     Tuve que sujetarla el pelo y tranquilizarla, aunque yo no era la más indicada para ello; me encontraba igual o aún peor. La puse el pijama y metí en la cama. Se quedó dormida al instante. 
     Lo peor fue cuando tuve que quitarme el vestido. Era incapaz de encontrar la cremallera y más aún, bajarla. Tardé más de diez minutos en deshacerme del maldito vestido y ponerme el pijama. Entré en el baño a lavarme los dientes. Estaba pálida como una pared, los ojos los tenía rojos y parecían estar inyectados en sangre, y me empecé a reír. Había dos Emma's en el espejo, era como mi hermana gemela que no existía. Alargué una mano para tocarme, pero no sabía si me tocaba a mí o a mi otra yo. Era confuso. Me dolía la cabeza y se me revolvió el estómago. El suelo se movía bajo mi cuerpo y tuve que agacharme al inodoro a vomitar, expulsando todo que había en mi estómago. Me volví a lavar los dientes, más mareada que cuando entré.
     Salí del baño con la risa tonta, cuando vi que Gemma estaba tumbada diagonalmente en la cama, ocupando también mi sitio.
     — Joder— mascullé e intenté buscar un lugar para dormir, pero era inútil. Deambulé por la habitación, analizando mis posibilidades hasta que tropecé con algo y caí de bruces al suelo—. Coño, que daño— gruñí, levantándome con un fuerte dolor de cabeza, tanto por el golpe como por el alcohol. Aquello iba a dejarme huella.
     Finalmente decidí coger una manta de su cuarto e irme a otra parte. La habitación de Harry tenía la puerta cerrada. Me dirigí al salón, donde me tumbé sobre el sofá del fondo. Respiré hondo y recé para no vomitar más durante aquella noche.


     No habrían pasado más de quince minutos cuando por fin conseguí cerrar los ojos. Me dolía todo. El corazón me latía a mil por hora y me temblaba el cuerpo. Tenía mucho frío y la cabeza me daba pinchazos. Comencé a tiritar. Entonces escuché algunos pasos ir hacia la cocina y abrir la nevera, pero no me molesté ni siquiera en ver quién era. Simplemente lo ignoré.
     — ¿Emma?— era Harry. Abrí los ojos, casi sin fuerzas, y le vi de pie en el salón con un vaso de leche en una mano, el pelo revuelto y una bata a cuadros sobre el pijama, con el rostro soñoliento—. ¿Qué estás haciendo ahí?
     — Dorrrrmirrrr— dije arrastrando las palabras y tuve que contener la risa—. Tu dichosa hermana ha ocupado toda la cama, así que me he venido aquí. Buenas noches— sentencié girándome y dándole la espalda. En realidad, Harry no me había dicho en ningún momento que no fuera a su habitación, por lo tanto era una mentirosa.
     Qué mal.
     — ¿Cuánto has bebido?— preguntó duramente, aunque ya sabía la respuesta de sobra—. No voy a dejar que duermas en el sofá.
     — Déjame en paz.
     Cerré los ojos.
     No me gustaba hablarle así, pero tampoco me gustaba que se comportara de aquel modo, aunque, ¿de qué modo? Él no había hecho nada, ¿no? ¿O sí? Mi cabeza entró en un estado de confusión. ¿Estaba enfadada con él porque me iba a pedir matrimonio? Cualquier chica del mundo estaría subiéndose por las paredes por casarse con el mismísimo Harry Styles. Eso me llevaba a dos conclusiones: o no estaba enamorada de él o no era una chica normal. Estaba enamorada de él, lo que me llevó a pensar que no era una chica normal. Sería algo parecido a una personita sin corazón o una patata frita. «Me gustan las patatas fritas. A todo el mundo le gustan las patatas fritas. En ese caso debo ser apetitosa, ¿no?» pensé con una risa tonta.
     Dios mío, ¿entonces me iba a casar con él? No habíamos organizado la boda. Yo quería casarme en una iglesia en una montaña con vistas al mar. Y llevaría un vestido de novia blanco. Obviamente no iba a llevar uno negro, ¿no? Si lo llevara negro sería un funeral, y se supone que las bodas son más felices que los funerales, normalmente.
     Harry se acercó a mí y me envolvió entre sus brazos. Uno de ellos lo colocó bajo mis rodillas y con el otro me rodeó los hombros, sujetándome la cabeza, con fuerza. Hundí mi cabeza en su hombro y le rodeé el cuello con los brazos, inhalando su todavía olor a colonia y robándole su calor corporal. Estaba tan mareada que abrazarle hacía que me sintiera protegida.
     Me levantó con una fuerza increíble, sin apenas esfuerzo. Entonces agradecí pesar tan poco y ser tan pequeña. Era una ventaja. Punto a favor para mí. A lo mejor por eso quería casarse conmigo: era pequeña y le gustaba cogerme en brazos. 
     Le abracé con fuerza y rompí a llorar. El alcohol era un asco.
     — Lo siento mucho— gemí contra su hombro—. Siento haberte hecho tanto daño. Siento no haber estado a tu lado cuando más me necesitabas. Siento haber bebido alcohol. Yo te…, te quiero.
     — Tranquila— susurró él a la que me llevaba en volandas—. No pasa nada, ¿de acuerdo? No pasa nada, Em— repetía una y otra vez—. Estás bien. Estás viva. Tranquilízate.
     Me llevó a su habitación y me dejó sobre la cama con delicadeza.
     — Ahora vuelvo. No te muevas— dijo, mientras cerraba la puerta de su cuarto.
     — Tranquilo, no me iré— contesté, aún sabiendo que ya no estaba en la habitación y escondí el rostro en la almohada. Olía a suavizante y a Harry; a él y a su colonia. La abracé y me encogí como una oruga. Varios minutos después, volvió a entrar en el dormitorio con un vaso de leche caliente del que brotaban pequeñas nubes de vapor. Lo dejó sobre la mesilla y me ayudó a incorporarme. No me lo pensé dos veces y le di un buen trago, dejando que el líquido me calentara la garganta, el estómago y se expandiera por todo el cuerpo.
     — Habéis ido a Red Lion, ¿verdad?— asentí con la cabeza y se sentó en el borde de la cama, sonriendo, apoyando los codos en las rodillas y bajando el rostro—. Has tomado la especialidad, apestas a tequila.
     No estaba de humor como para replicarle. Me terminé el vaso de leche y salí de la cama, abrazándole por la espalda y acariciando su firme torso. Pude notar cómo se le tensaba la espalda y empecé a besarle el cuello.
     — Estaba muy preocupado, Em— susurró amenazadoramente bajo—. No se te ocurra volver a irte y no contestarme. Os he buscado por todas partes. Ya había pensado que te había pasado algo grave. Bendito sea el señor— murmuró finalmente—. Vamos a dormir. Estás como una cuba.
     — No estoy tan borracha— repuse, apartándome de él.
     — ¿No? ¿Por qué no te vas a dorrrrmirrrr?— preguntó imitándome e hice una mueca.
     Se tumbó a mi lado y me abrazó por la espalda. ¿Por qué tenía que comportarme como una mema? Como siguiera así, Harry dejaría de quererme, no se casaría conmigo, no formaríamos una familia y me cambiaría por una patata frita.
     «Qué hambre»
     — ¿Tienes patatas fritas?
     — ¿Patatas fritas? Debes estar de coña— enarcó una ceja—, ¿verdad?
     — Patatas fritas. Tubérculo comestible— «cállate, Emma. Va a pensar que eres gilipollas». Pero no podía evitarlo. Era como si el alcohol despertara a mi otro yo y mi real yo no pudiera llevar las riendas de mi comportamiento. ¡Mi lado oscuro me había secuestrado! «Maldito alcohol». Harry se echó a reír y me empujó contra los almohadones.
     — Si te duermes, mañana por la mañana te haré patatas para desayunar.
     — ¿Vamos a casarnos? No es que no me quiera casar contigo, quiero casarme contigo, pero creo que somos jóvenes, ¿no? Tal vez no— agité la cabeza. Arrastraba las palabras—. Eres muy guapo y me gustas, aunque odio esos botines horribles. Con unos zapatos de payaso estarías mejor, aunque la verdad es que no me gustan los payasos— hice una ímproba mueca.
     Harry me miraba sonriendo, entretenido. Tenía un codo clavado en los almohadones y me miraba con una sonrisa de medio lado.
     —Podríamos tener varios hijos— continué—. Si tenemos una chica, te dejaré que la llames Darcy, pero si es chico, quiero llamarle Caleb, porque suena muy bien, ¿no crees?— «¡Que te calles!»—. Quiero que nuestra boda sea inolvidable y también quiero que haya patatas en el menú. Quiero ir de luna de miel a las Maldivas. Son islitas privadas, todo intimidad. Suena muy romántico y erótico, ¿cierto? Perfecto para hacer el amor noche y día— hice una pausa y tomé aire—. Harry, ¿te quieres casar conmigo?
     «¿Pero qué estás haciendo? ¡Que te calles!».
     Nunca había estado tan mareada, nunca había sido tan consciente de mis actos y al mismo tiempo, jamás había sido incapaz de no detenerme.
     — Vale, Em. Tomaré nota.
     — Quiero que hagamos el amor— solté. «No eres más tonta porque no practicas»
     — ¿Ahora?— preguntó sonriendo de medio lado. Se estaba riendo a mi costa y me arrepentí inmediatamente de haber bebido tanto.
     — Ahora— susurré, acercándome a él.
     Se echó a reír de nuevo. Una de dos: o me tomaba las cosas con humor o no me iría nada bien. Solo crucé los dedos para recordarlo todo al día siguiente y poder reírme de todas las memeces que estaba diciendo en lugar de tener que preguntar a Harry qué era exactamente lo que le había dicho.
     Comenzó a acariciarme el hombro con sus dedos. Se deslizó bajo las sábanas y me deslizó con él, pasándome la funda nórdica por encima. Se colocó detrás de mí; su pecho contra mi espalda, sus piernas paralelas a las mías, nuestros pies jugueteando bajo las sábanas y su cabeza en la curva de mi cuello, respirando sobre mi nuca.
     — Mañana te explicaré todo lo que quieras saber, ¿de acuerdo?— preguntó, y su aliento acarició mi oreja y su voz ronca me llenó el pecho.
     — ¿También lo del anillo?— pregunté, aferrándome a sus manos y cerrando los ojos.
     — También lo del anillo— susurró—, a cambio de que me cuentes todos los detalles del juicio. ¿Trato hecho?
     Joder, el juicio. Estaba tan borracha que lo había olvidado por completo. «No hay nada que explicar. Incumplí el contrato y tengo la cárcel asegurada. Suena bien, ¿verdad? Unas vacaciones a lo Mikael Blomkvist»
     — Trato hecho.
     — Duérmete— murmuró—. When I close my eyes, all the stars align and you are by my side. You are by my side— comenzó a cantarme One In a Lifetime. Su dulce voz mitigó mis pulsaciones, calmó mi dolor y cerró los ojos. La voz de Harry cantándome me llenó el cuerpo de vida y todo lo que me había preocupado hasta entonces, todo, desapareció—. Once in a lifetime. It’s just right, we are always safe…


     Cuando terminó de cantarme la canción al oído, yo ya había caído en un profundo sueño.