sábado, 30 de noviembre de 2013

Capítulo 37 | Happily


Miércoles, 7 de enero


     — Em, despierta.
     Gruñí y me giré, dando la espalda a Harry e ignorando esa voz que tanto me gustaba pero que no quería escuchar. Salir de la cama solo implicaba ver a los abogados y eso era precisamente lo que quería evitar con desesperación.
     — Venga, dormilona, despiértate— me pidió.
     — No.
     Harry suspiró abrumado y se inclinó sobre mi oído.
     — Venga, Em— rogó una vez más.
     — No quiero ir— farfullé, tapándome la cabeza con las sábanas—. Quiero dormir.
     — Podrás dormir cuando todo esto termine. Te lo prometo.
     — He dicho que no.
     — Maldita sea, Em. Sal de la cama. Tu padre me ha dicho que bajes. De un momento a otro los abogados querrán hablar contigo— explicó irritado—. Te prometo que todo esto terminará pronto, pero por favor, Emma, sal de cama.
     — Vale— cedí finalmente.
     Saqué la cabeza de debajo de la sábana, totalmente abrumada, y la aparté a un lado. Harry llevaba unos vaqueros y una camisa de cuadros. El pelo húmedo le caía sobre los hombros y sus dedos acariciaron mi mejilla. Sonrió y me besó.
     Entré en el baño y abrí el grifo esperando que el agua se calentara. Me introduje despacio, dejando que la fría cerámica me congelara los pies. Me puse bajo el chorro de agua caliente y eché la cabeza hacia atrás, provocando que el pelo húmedo cayera por mi espalda. Cerré los ojos con fuerza y las lágrimas comenzaron a escocerme como el ácido. Lloré durante dos minutos. Me di dos minutos para llorar en silencio y se acabaría.
     Solo dos minutos.
     Y dejé de llorar, obligándome a mostrarme fuerte. Paseé mis dedos por los «Stay Strong» de mis muñecas y el «Unbroken» de mi antebrazo.
     Era fuerte.
     Era irrompible.
     Y estaba intacta.
     No iba a permitir que volvieran a pisotearme como lo habían hecho. Nadie volvería hacerlo jamás y yo no iba a permitirlo. Saldría de aquella. Solo tenía que superarlo. Me vestí con lo primero que encontré en mi maleta: un vestido blanco y unos zapatos planos. Me sequé el pelo con el secador con el objetivo de hacer tiempo y agité varias veces la cabeza para alborotarlo ligeramente. Tenía que cortármelo pronto.
     Salí de mi cuarto y bajé al salón, donde todos estaban esperando ansiosos. Harry, Louis, Niall, Chad y Laura estaban en uno de los largos sofás; Zayn, Liam, Elliot y Madison estaban en el otro.
      Eleanor, Perrie y Sophia se acercaron a mí, dándome un delicado achuchón. Ellas también habían ido. Ellas también estaban conmigo. Me prometieron que todo iba a ir bien. Vislumbré una figura en el marco de la puerta del salón; una figura que... ¡Oh, Dios!
     — ¡Víctor!— grité, lanzándome a sus brazos y abrazándole con fuerza.
     — Hola— susurró cerca de mi oído, rodeándome el cuerpo con sus brazos—. Te dije que no te iba a dejar sola, ¿lo recuerdas? Estoy aquí. Te lo prometí.
     Me aparté un poco de él y le contemplé de arriba a abajo. Estaba perfectamente recompuesto. Se había dejado el pelo más largo y lo tenía alborotado. Sus ojos verdes brillaban en total plenitud y su cuerpo se veía más musculado que nunca. No estaba tan pálido y sus ojos tenían un color diferente al que tenían hace algunos meses. Por el rabillo del ojo pude ver a Harry cruzado de brazos sobre el sofá y apretando la mandíbula con fuerza.
     — Gracias por haber venido, Víctor— murmuré—. Esto significa mucho para mí.
     Y era cierto. Víctor me había ayudado a salir adelante. Lo que hizo por mí jamás podría olvidarlo. Era como si mi vida tuviera escrita su nombre en un lugar muy importante. Al fin y al cabo, él me había salvado.
     — No las des. Para eso estoy aquí— afirmó él, sonriendo—. Ven, siéntate a mi lado— me indicó señalando dos huecos libres en uno de los larguísimos sofás.
     — No— interrumpió Harry—. Em, siéntate a mi lado— añadió él, empujando a Niall al suelo con fuerza, dejando su hueco libre—. Aquí.
     — ¡Eh!— gruñó el irlandés, colocándose el pelo y arrugando la nariz—. Tío, ¿eres idiota?
     — A callar, rubiales— masculló Harry y me senté a su lado. Me rodeo la espalda con un brazo y fulminó a Víctor con la mirada.
     Aquel era Harry, sabiendo cómo marcar su territorio.


     No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, puede que hasta horas. No dejaba de temblar y moverme nerviosamente sobre el sofá. Nadie hablaba. Deseaba con todas mis fuerzas que los chicos empezaran a decir tonterías de las suyas para al menos poder tranquilar mis nervios, pero aquel no parecía ser el día.
     Silencio.
     La puerta del comedor se abrió de repente. Esperé ver a papá asomar la cabeza, pero en su lugar, uno de los abogados vestido con traje y chaqueta salió como una exhalación, con el abrigo en una mano y el maletín en la otra.
     Supe que algo no iba bien.
     Después de otra tirada de tiempo, papá asomó la cabeza y dijo que entrara: los abogados querían hacerme algunas preguntas. Tomé aire y contuve el aliento. Todas las miradas se dirigieron hacia mí. Miradas vulnerables, alarmadas y principalmente aterradas. Antes de levantarme, Louis me dio un beso en la mejilla y Harry un apretón en la mano.
     — Todo saldrá bien— aseguró implacable.
     Pero no pude contestarle. Asentí y me levanté nerviosa, con la sensación de que me iba a desmayar en cualquier momento, y entré al comedor. Era una sala con paneles de madera en las paredes y los suelos. En el centro había una gran mesa alargada de caoba rodeada de sillas con altos respaldos de la misma madera que la mesa, la cual estaba cubierta de papeles, carpetas y toda clase de aparatos electrónicos, desde iPad’s a iPhone’s. En la pared del fondo había colgada una enorme pantalla de plasma y las cortinas de color beige caían de manera revoltosa sobre las ventanas. Aquella era mi casa. En aquel lugar me crié y aquel era mi hogar.
     — Siéntate, Emma— me indicó Sergio, el mismo abogado que estuvo con nosotros cuando nos reunimos con el director de GQ—. Estos son Dafne, Fernando y Enrique, los abogados que me están ayudando a estudiar el caso El que ha salido corriendo era Miguel.
     Asentí y me senté en una de las sillas. Mi padre me miraba con preocupación. Mi madre, por el contrario, se dedicaba a mirar por fuera de las ventanas en busca de algo que no existía.



     — ¿Este es el contrato que tú firmaste?— me preguntó la tal Dafne, colocándose las gafas de pasta sobre la punta de la nariz, acercándome el contrato que el director de GQ nos había mostrado la última vez.
     — No— negué con la cabeza—. En el que yo firmé, había una cláusula que afirmaba que el contrato expiraría a los nueve meses de su puesta en vigor si alguna de las dos partes no pedía renovarlo. Lo recuerdo perfectamente.
     Se miraron entre ellos, impasibles.
     — Es ilegal— dije yo—. Lo que han hecho los de GQ es ilegal. Han falsificado documentos. Eso puede llevarse a la policía. Han usurpado mi firma; mi propia identidad. Eso…
     — La policía no suele preocuparse lo más mínimo a no ser que se los presenten pruebas concluyentes— intervino Fernando—. Nosotros no las tenemos y tampoco hay ningún abogado o notario que pueda dar fe de los hechos, puesto que firmaste sin la presencia de alguno .
     — ¿Y falsificación de firmas?— me atreví a preguntar—. ¡Tiene que haber algo!
     — Por ahí no intentes ir, porque vas a terminar chamuscada— contestó el hombre que se hacía llamar Enrique—. Vamos a tomar una alternativa.
     Minutos.
     Demasiados minutos en silencio. Nadie hablaba. Uno de los abogados —Enrique— estaba sentado dos asientos más allá del mío, con su iPad negro entre las manos, tamborileando nervioso con los dedos sobre la mesa.
     — ¿Crees que...— empezó a preguntar Dafne, dirigiéndose a Enrique.
     — Sigo en ello— contestó, hundido completamente en su tableta
     — ¿De qué habláis?— pregunté al borde del desmayo.
     Pero nadie me contestó. Se limitaron a mirarse entre ellos. No habían encontrado nada. No tenía salida. El juicio sería en un par de días y tenía la prisión asegurada, por no hablar de la enorme indemnización que les pedirían a mis padres. Se me hizo un nudo en el estómago y un sentimiento de terror me oprimió las vías respiratorias, cuando el sonido del iPad puso a todos en pie.
     — ¡Lo tengo!— exclamó Enrique.
     Todos miraron la pantalla y sonrieron aliviados.
     — Se lo voy a enviar a Diego para que se lo enseñe al juez— dijo de nuevo—. Cruzad los dedos.
     — Trece de noviembre, apunta— ordenó Fernando, y Dafne escribió algo en un bloc de notas—. También catorce de noviembre. Cláusula trece, punto tres. ¿Lo has apuntado?
     Dafne asintió. 
     — ¿Algo sobre…— empezó a decir ella.
     — Relación íntima— le interrumpió él—, efectivamente.
     Me podría haber levantado, pero mis piernas no respondían, no podía respirar ni podía moverme. No podía ni siquiera hablar.
     — ¿Qué ocurre?— pregunté con un hilo de voz.
     Enrique me hizo una seña y me levanté como pude, sentándome a su lado y contemplando la pantalla de su iPad. En ella había una foto de Harry y mía. Era de noche y estábamos dentro de su coche. Nos estábamos besando. Él me sujetaba por la nuca y yo le agarraba del pelo.
     Entonces lo recordé todo.
     — Esto fue el día que conocí a Simon personalmente— afirmé con un tono de voz mucho más firme—. Esta foto es del día antes de que...
     — Fueras a hacer la entrevista para The Sun— me interrumpió Enrique sonriendo.
     — No entiendo nada— afirmé.
     — Verás, Emma— comenzó a hablar Fernando—: nosotros hemos basado nuestra atención en el contrato que la propia GQ ha presentado ante el juez, es decir, el que teóricamente han falsificado, ¿bien?— asentí con la cabeza—. En lugar de buscar aciertos en el verdadero contrato desaparecido e inexistente, hemos buscado errores en el nuevo. ¿Hasta ahí bien?— volví a asentir—. Bien. En el contrato que la propia GQ ha presentado ante el juez, había una cláusula que decía que la vigencia del contrato quedaba al margen de cualquier relación íntima o familiar que tuviera un amplio valor mediático— explicó.
     — Ah— fue lo único que se me ocurrió decir—. ¿Con amplio nivel mediático te refieres a…
     — Gente del nivel de Harry Styles— intervino Sergio .
     — Esta foto —continuó Enrique— es la prueba idónea que demuestra que el día anterior a la entrevista que fuiste a hacer con The Sun, tú ya mantenías una relación con un componente de One Direction, en este caso Harry.
     — Eso quiere decir que... — empecé a decir, pero el ruido del iPad me interrumpió.
     Enrique abrió el correo rápidamente, leyó atentamente con las miradas de los otros tres abogados, mi madre y mi padre sobre la tableta.
     — ¡Gracias a Dios!— vociferó mamá con los ojos llenos de lágrimas y se lanzó sobre mí, abrazándome con fuerza, pero me separé de ella.
     — ¿Qué ha ocurrido?— pregunté ansiosa.
     — Se infiere, y queda demostrado con pruebas gráficas, que mantenías una relación íntima con Harry. Por ello, el juez entiende, ajustándose a esa cláusula, que el contrato habría expirado automáticamente. Por lo tanto, el caso queda sobreseído.
     — Pero, eso solo quiere decir... — no me lo podía creer.
     No habría prisión ni jueces.
     No habría juicio.
     Se acabaron las pesadillas, la sensación de pesadez y miedo; ese miedo a caer al abismo oscuro que se cernía a mi alrededor. El futuro se abría ante mis ojos. Un futuro al lado de Harry y los chicos. Un futuro en Londres, con trabajo y una posible familia. No habría rejas, ni fianzas. Absolutamente nada.
     No podía creérmelo. 
     Aquel año había estado presionándome, hundiéndome en mi propia miseria, haciéndome creer a mí y a todos los que me rodeaban que mi destino estaba escrito dentro de un centro penitenciario. Viajaría por todo el mundo con Harry, me emborracharía hasta perder el sentido y haría el amor con él hasta saciarnos el uno del otro. Iba a vivir la vida con toda la libertad que el miedo me había arrebatado.
     — ¿Papá?— pregunté ansiosa, deseando escuchar lo que yo misma estaba pensando en boca de alguien para hacerme ver que aquello real.
     Que no era un sueño.
     — ¡No hay juicio, Emma!
     Grité con lágrimas en los ojos, saltando de la silla y lanzándome sobre papá, sintiendo el calor de sus brazos alrededor de mi cuerpo y dejándome llorar sobre la curva de su hombro.
     Se acabó. Todo se acabó.
     Mi madre vino con nosotros y nos abrazamos los tres, sabiendo que aquella situación, a pesar de todo, había vuelto a unir a nuestra familia y me había unido muchísimo más a los chicos.

     Todo había terminado.
**

     ¡Hola! Más os vale que este capítulo os haya gustado, porque he estado dándole vueltas al juicio durante meses y esta ha sido la mejor opción que he encontrado. He tenido que preguntar e investigar para asegurarme de que la cláusula realmente existía y, como habéis podido comprobar, sí existe.
     Espero vuestros comentarios más que nunca y quiero informaros de que todavía no ha terminado. Todavía me faltan dos o tres capítulos, así que solo espero que sigáis leyendo Unbroken hasta el final.
     Os quiero mucho.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Capítulo 36 | 18


     No pensé, simplemente corrí y me lancé al cuello de Louis, sollozando contra su hombro y dejando que él me rodeara con los brazos con firmeza. Olía tan a él que hasta me hacía daño.
     — ¿Tanto me has echado de menos?— masculló divertido, apretándome aún más contra su cuerpo y dejando que la fuerza del abrazo me llenara el pecho de ese sentimiento que tanto adoraba sentir pero no podía explicar—. Si vamos hacer cosas sucias, reservémoslo para luego. Tu novio está delante y se va a poner celoso— bromeó.
     — Nosotros también estamos aquí— gruñó Niall. Sonreí y fue Zayn el que me metió en el centro de un abrazo entre los cuatro, sintiendo sus brazos, cuerpos y sonrisas rodeándome de esa manera que tanto me gustaba. Se apartaron un poco para dejarme respirar.
     — Oh, venga. Deja de ser tan llorica, Wells— bromeó Liam alborotándome el pelo y provocando que volviera a reír—. ¿Te va a bajar la regla? Te noto muy sentimental.
     — No sabía que fuerais a venir— contesté.
     — Jamás te dejaríamos pasar por esto sola— contestó Zayn.
     — Subiros las braguetas, muchachotes, esta chica está pillada. Dejadla tomar un poco de aire— farfulló Harry divertido, pasándome un brazo sobre los hombros.
     — Nosotros también nos alegramos de verte, Harriet— contestó Louis, irónico.
     Me eché a reír. Parecía increíble que después de tanto tiempo, los chicos todavía se empeñaran en llamarle Harriet. Tras cientos de abrazos, besos, lágrimas y esas tonterías que suelen tener lugar únicamente en los aeropuertos, mi hermano gritó. Nos giramos todos al tiempo para verle abrazando a una joven con el pelo ondeando libre al viento, los ojos oscuros contrastaban su rostro redondeado y suavizando sus rasgos. La novia de mi hermano era guapa hasta decir basta.
     — Te había echado de menos— masculló él contra su boca.
     — Yo también a ti— contestó su novia, sonriendo cerca de sus labios, y agarrándose con firmeza a las trabillas de sus vaqueros.
     — ¡Maldita sea!— gritó por fin mi padre, poniendo un poco de orden—. ¿Falta alguien? ¿Tenemos que esperar a alguien más o podemos irnos ya a casa? Vosotros os habéis pasado el día comiendo pero a mí me ruge el estómago.
     Nos reímos y perdimos otros casi quince minutos en dividirnos en los tres todoterrenos que nos llevarían al chalet de Madrid.


     — Esto es imposible— siseó Liam en un intento por abrir el sofá-cama de la habitación de invitados—. Al final tu padre iba a tener razón y tendríamos que habernos ido a dormir a un hotel.
     Los chicos tendrían que dormir en dos habitaciones diferentes. Louis dormiría en la cama de matrimonio y Niall en un sofá-cama de una de las suites del primer piso, y Liam en la cama y Zayn en un colchón hinchable en la otra suite del tercero. Elliot y mi hermana estarían en su habitación, Chad y Laura en la de mi hermano y Harry dormiría en la mía. No es que nuestra casa fuese pequeña —tenía seis enormes habitaciones y ocho baños— era porque éramos doce personas metidos en un chalet.
     Liam seguía intentado abrir el sofá-cama en el que dormiría Niall.
     —¡Joder!— siseó finalmente, tirándose sobre la cama y me eché a reír—. Deja de reírte, Wells. No tiene gracia. Esto no llevará instrucciones, ¿verdad?
     — Eres un blandengue, verás— continuó Niall, levantándose y haciendo lo imposible por abrirlo, pero éste no cedía ante sus intentos. Eso no provocó otra cosa más que me echara a reír aún más y acabara con la paciencia de los chicos—. A la mierda. Yo esta noche me voy a dormir al sofá del salón. Muerto el perro, se acabó la rabia.
     — Déjame a mí— dijo Zayn, acercándose a éste pero seguía sin ceder.
     Por fin me levanté, presioné un botón en la parte trasera del sofá-cama y se abrió como por arte de magia. Sonreí con suficiencia y me dejé caer de nuevo en la cama, al lado de Louis que se había quitado sus Vans y la chaqueta vaquera, dejando al descubierto sus brazos tatuados.
     — Perrie va a venir mañana a primera hora— informó Zayn.
     — Sophia y Eleanor creo que iban a venir juntas también— anunció Liam.
     — Pues Demi no va a poder venir— farfulló el rubio desde el suelo.
     — Pues yo tengo hambre— dijo Louis de sopetón—. Así para variar.
     Escuchamos un sonoro grito de Laura.
     Me levanté asustada cuando rápidamente se empezaron a escuchar los gemidos graves de Chad y los crujidos de la cama. Miré a Louis que tenía los ojos abiertos como platos y Niall se echó a reír como solo podía hacerlo él.
     — Laura y Chad no tienen hambre— comentó Harry desde el suelo y todos nos echamos a reír a lo grande, con las carcajadas de Niall escuchándose doce tonos por encima de las demás. No hacía gracia y no sabía de qué nos reíamos. Escuchar a Niall reírse, a Zayn carcajearse por la risa de Niall, a Louis tirado por el suelo por ver a Zayn llorando de la risa, a Harry sujetándose el vientre por escuchar a Liam toser por el ataque de risa… Era más que tronchante.
     Cuando conseguimos calmarnos, todos con dolor de estómago, los rostros pintados de un brillante color rojo, lágrimas en los ojos y los espasmos de las carcajadas aún con nosotros, los miré a todos, uno por uno y sonreí.
     Los debía mucho a esos cinco idiotas.
     — Yo también tengo hambre, Em— soltó Harry de sopetón como si tal cosa con una de sus sonrisas pícaras—. ¿Me lo quitas?
     Le di la mano y le saqué del dormitorio de los chicos, que comenzaron a reírse de nuevo. Subimos el segundo tramo de escaleras hacia mi habitación. Cuando llegamos a la tercera planta, me subí en volandas sobre él, rodeándole las caderas con las piernas y dejando que él me sujetara por el trasero mientras nuestro beso desesperado daba a entender que yo le necesitaba tanto como él me necesitaba a mí. Caminó conmigo encima como pudo hasta abrir una puerta.
     — ¡Joder, Emma!— gritó Elliot de golpe, totalmente desnudo sobre mi hermana.
     — Ups, fallo nuestro— masculló Harry conmigo aún en volandas y cerrando la puerta de nuevo—. Vaya noche. Todo el mundo está dándole al tema.
     — Pensé que tú y yo hacíamos el amor— comenté contra sus labios y entrando, por fin, en mi cuarto—. No te aclaras.
     — Y eso es lo que hacemos— me depositó sobre la cama, sentándose sobre mí.
     Se deshizo de mi camiseta, paseando sus largos dedos sobre mi piel. Comenzó a besarme el cuello, descendió por mis hombros y se detuvo en mi vientre. Jugó con la copa de mi sujetador, hundió la lengua en mi ombligo y sonrió contra él. Ahogué varios gemidos. Después de nuestra primera vez agresiva, yo necesitaba un momento de pasión romántico. Necesitaba que fuera diferente: suave y dulce.
     — Espera— susurré cogiendo mi móvil y poniendo 18 a un volumen considerablemente audible en modo repetición—. Más romántico.
     Me encogí de hombros. Sonrió y se lanzó de nuevo sobre mis labios, paseando sus hábiles manos por mis costados, introduciéndolas entre mis piernas y ascendiéndolas hacia mis pechos. Mis gemidos se veían amortiguados por los preciosos acordes de la canción y la voz de Harry inundando la habitación.
     Desabrochó el botón de mis vaqueros con las manos temblorosas y viajó por mis muslos con precisión y sutileza. Subió lentamente por mi cuello y tomó posiciones cerca de mi hombro.
     — I have loved you since we were 18. Long before we both thought the same thing to be loved and to be in love— comenzó a cantar en mi oído cuando llegó el estribillo. Se me encogió el estómago al escuchar la voz de Harry cantarme al oído. Sentir su aliento rozarme tan de cerca, el tacto de su pelo acariciar mi rostro y su voz llenarme todos y cada uno de los rincones vacíos de mi corazón era exquisito—. All I could do is say that these arms were made for holding you…
     Le arañé los brazos con fuerza cuando me cantó aquella última parte. Le obligué a darse la vuelta para ser yo la que tomara posiciones arriba. Primeramente paseé las yemas de mis dedos por sus fuertes brazos y me detuve en la línea de sus hombros. Tiré del dobladillo de su camiseta y me deshice de ella. Le volví a besar todos los tatuajes, saboreando el dulce sabor de su piel, inhalando su esencia y disfrutando de su cuerpo, intentando recordar el año anterior en el que estuve sedienta y anhelante de él.
     Harry gimió y se me contrajo el estómago por el placer que aquello me causó.
     Le desabroché el cinturón, le quité los botines y me despojé de sus vaqueros. El fino vello de sus piernas me acariciaba en las palmas de las manos y sentí la extraña necesidad de abrazarle. Le agarré de las manos y le obligué a incorporarse.
     — ¿Ocurre algo?
     Cerré los ojos y me abracé a su cuello, hundiendo mi rostro en su cuerpo. Había estado a punto de perderle y, sin embargo, él estaba allí. Estaba conmigo y no iba a dejarme. 
     Había estado incluso a punto de perderme a mí misma.
     Definitivamente, el amor que sentía por Víctor no tenía punto en comparación con el de Harry. Estar con Víctor era sencillo, algo como comer o respirar, de alguna manera no me daba cuenta porque era algo necesario. Cada día hacíamos lo mismo y jamás intenté salir de la rutina porque era algo que nos resultaba cómodo a los dos. Harry era un misterio. Nunca hacíamos nada igual. Cada día era una nueva aventura. Cada día era diferente. Estar con Harry era todo un reto, una aventura. Harry era diferente. Se hacía querer. Cuando menos te das cuenta, estás enamorada de él y apenas has sido consciente de ello. Harry era el dueño de miles de deseos.
     Como un sueño que no quería olvidar.
     — Eh— susurró, acariciándome el pelo—. Emma, ¿qué ocurre?
     — Te quiero.
     Era cierto. Le quería de tal manera que a veces tenía la sensación de que el corazón me iba a explotar. Todo era tan inverosímil y surrealista que tenía miedo de despertarme y darme cuenta de que nada de todo aquello era real. No podía perderle y la idea de no estar a su lado, de que nada de lo que habíamos vivido juntos no fuera real, era totalmente inconcebible.
     — Yo también, nena— contestó—. Sabes que yo también.
     — Prométeme que jamás me vas a dejar— musité aterrada por el mero hecho de que cualquier día pudiera preferir a cualquier otra chica antes que a mí—. Por favor.
     — No necesito prometértelo— afirmó—. Sabes perfectamente que no lo haré.
     Cerré los ojos y sus brazos me rodearon con toda la fuerza que el miedo y la inseguridad ante el futuro nos hubo proporcionado. Realmente sería verdad lo que me había cantado varios minutos atrás y sus brazos fueron hechos para abrazarme. Me apartó con sutileza y buscó mis labios con los suyos. Saboreé su esencia en todo los puntos donde nuestros besos se palpaban y acariciaba el aire que nos distanciaba cuando nuestras bocas se separaban. Me besó despacio, como si él también quisiera asegurarse de que aquello era real.
     Tras deshacernos de la ropa interior, nuestros cuerpos estaban sudorosos, ansiosos y cargados de una cosa que jamás había tenido la oportunidad de compartir con nadie, al menos nunca de aquella magnitud: amor.
     Me penetró lentamente. Con cuidado. Como si tuviera miedo de romperme.
     Piel con piel.
     Nuestros cuerpos se movieron acompasados en un ritmo tan antiguo como la propia tierra. Nuestros corazones latieron al unísono.
     Unos días atrás había vuelto a tomar las pastillas, por lo que el preservativo se podía descartar para el resto de nuestros días. También podía imaginarme a los chicos en el cuarto bajo al nuestro escuchándonos armar barullo y reírse como solo ellos sabían hacer, y haciendo esos comentarios que sólo ellos eran capaz de ingeniar. Gracias a Dios que mis padres se habían ido de casa a tomar algo. A pesar de haber estado toda la tarde viajando, prefirieron dejarnos algo de intimidad.
     Jadeé más alto de lo que pretendía y Harry se lanzó sobre mis labios para hacerme callar, parando nuestra parsimonia erótica.
     — Lo siento— farfullé con los ojos cerrados, aferrándome a los músculos en tensión de su espalda y arqueándome ligeramente sobre el colchón.
     Y volvió a moverse, trazando círculos con las caderas, provocando que todo mi cuerpo se electrizara de placer. Los párpados parecían pesarme varias toneladas. La voz grave de Harry provocaba que me dolieran partes del cuerpo que ni yo misma sabía que existían —no hablando en el sentido literal—. Se inclinó sobre mis labios, tapiándolos con los suyos. Tenía el alma deshecha por sus caricias y estaba totalmente indefensa ante él. Aquella era una de las cosas que él provocaba sobre mí. Estaba dispuesta a pertenecerle, en todos los sentidos de la palabra. Es más, siempre lo había estado. El único problema era que me di cuenta demasiado tarde. Su suave y cálido aliento provocó que me estremeciera.
     La música quedó amortiguada bajo mis jadeos nerviosos y gemidos graves de Harry.
     Descendió sus labios por mi clavícula. Giré la cabeza para facilitarle el paso y él comenzó a morderme, besarme y lamerme el cuello
     Deslicé mis dedos por sus omóplatos, palpando cada uno de los músculos de su cuerpo. Me aferré con fuerza a sus manos y pude percibir el movimiento de su sangre correr por sus venas. Sentí la firmeza con la que sus dedos asían mis nudillos y palpé la seguridad de su cuerpo en cada movimiento. Era como si los dos estuviésemos enfermos y solo la otra persona tuviera la cura a nuestra enfermedad.
     Nuestra sangre hirvió en las venas a la misma temperatura cuando nuestros sentidos estallaron. Horas, minutos o segundos después, nos separamos. Empapados el uno en el otro. Estremecidos. Perdidos. Abrumados por el amor que sentíamos.
     Cerré los ojos, cuando unos golpes en la puerta hicieron que me tapara el pecho desnudo con las sábanas mojadas. Harry soltó una palabrota y se tapó la cintura.
     El rostro rojo de la risa de Niall asomó la cabeza y nos miró, echándose a reír de nuevo.
     — ¡Liam! ¡Que acaban de darse un revolcón!— gritó él carcajeándose a lo grande—. ¡Te lo dije! ¡Tendrías que ver el pelo de Harry! ¡Está horrible!
     — Joder, ¿qué diablos quieres, tío?— masculló Harry, mosqueado.
     — Apártate de ahí— esta vez fue Zayn el que habló, entrando en el cuarto—. Jesús, es verdad. Menudos pelos, Styles. Están mucho peor que los de Emma. Deberías hacerte un corte de pelo cuanto antes.
     Cogí un cojín del suelo y se lo lancé a la cara.
     — Dijo el que parece Aladdin— se defendió él de inmediato.
     Niall salió del dormitorio.
     — Queremos saber qué demonios estáis haciendo aquí— añadió Harry de nuevo.
     — Acaban de llegar los padres de Em. Por eso hemos venido. Queríamos meteros prisa para que terminarais la faena cuanto antes— explicó Louis, que también entró en mi dormitorio—. Bonito peinado, aunque no te creas que es de los mejores que has llevado. Yo que tú despediría a tu estilista— sonrió cómicamente—. Te lo estoy diciendo a ti, Em.
     — ¿Qué pasa?— terció Harry haciendo una mueca—. ¿Habéis hecho el tour completo por toda la casa para informar de la llegada de los padres de Em?
     — Curiosamente sí— rió Liam, que también entró en mi dormitorio y silbó, mirando hacia todas partes—. Vaya habitación. Es más grande que mi antigua casa de Wolverhampton entera.
     — Maldita sea, ¿podéis salir de mi cuarto? Esto no es un circo, os agradecería mucho que salierais de aquí. No es el lugar ni el momento para hablar de lo que quiera que queráis hablar— tercié algo mosqueada, tapándome con las sábanas todo lo que podía. La mano de Harry ascendió por mi muslo desnudo en un intento por tranquilarme. Podía sentir el frío metal de su anillo ascender peligrosamente hacia mi zona delicada. Parecía mentira que no se cansara del sexo. Acabábamos de hacer el amor y aún quería más—. Mañana os largáis todos a un hotel.
     — Los abogados— concluyó Niall con el rostro bañado en miedo, que volvió a entrar en mi habitación después de haber salido minutos atrás—. Quiero decir, tu padre acaba de decirme que te diga que mañana van a venir a primera hora y quieren hablar contigo de lo de..., eso— y su tono de voz era mucho más serio. El buen humor se borró del rostro de los chicos casi al instante—. También me ha dicho que te diga— miró a Harry—, que dejes las manos quietas y dejes a Emma dormir. Tiene que descansar.
     Por raro que pareciera, aquel último comentario de Niall no surtió ninguna clase de efecto en os chicos. Ni una risa. Ni una broma. Nada. Silencio.
     Me obligué a no llorar. Cerré los ojos un momento sabiendo que todos me estaban mirando con esa asquerosa vulnerabilidad que tanto detestaba. «Respira hondo. Tranquila. Todo saldrá bien» murmuraba mi voz interior. «¡No, joder! ¡Nada saldrá bien! ¡Mi vida se va a ir a la mierda!» le gritaba mentalmente yo. «Pues a prisión. Verás qué bien» comentó divertida esa voz interior que incluso yo misma desconocía.
     — Eh..., nosotros nos vamos ya— susurró Liam con la cabeza gacha.
     — Mañana os vemos— añadió Louis, mirándonos a los dos y haciendo un gesto con la cabeza a los chicos—. Venga, vamos.
     Y salieron todos, dejándome petrificada en la cama, con la sábana sobre los pechos y los ojos mirando hacia un punto fijo pero sin ver nada. Ni siquiera tenía que celebrarse aquel juicio. Los de la GQ me engañaron. Afirmaron que el contrato extinguía a los siete meses de su firma automáticamente. ¡Lo que no me dijeron fue que el contrato sería renovado siete meses más si la empresa cliente no lo confirmara! Lo habían falsificado. Sin embargo, no había pruebas de ello.
     — ¿Estás bien?— susurró Harry, acariciándome la mejilla e incliné mi rostro hacia su mano.
     — Sí, bueno... no— rectifiqué—. No lo sé.
     Me escrutó el rostro con el miedo dibujado en el verde de sus ojos.
     — Emma, mírame— me exigió. No hice caso. Me sujetó el rostro entre sus manos—. Mírame— cumplí órdenes—. Tu padre cuenta con el mejor bufete de abogados del país y jamás dejaría que te metieran entre rejas. Deja de darle vueltas al tema. Duérmete, Em.
     Me acurruqué sobre él, sabiendo que estaba igual de asustado que yo. El día se acercaba y no sabía cómo debía reaccionar. ¿Debía mostrarme fría, impasible o sincera? ¡Iba a pagar por algo que yo no había hecho! Ahogué un sollozo y Harry me abrazó fuerte, paseando sus dedos por mis costados, recordándome que no estaba tan sola como yo misma creía estar.
     — Te quiero, Harry.
     — Yo también.
     Y cerré los ojos sabiendo que el maldito juicio estaba a la vuelta de la esquina.

     — Mañana será otro día— susurró.


**


     ¡Hello! He terminado todos los exámenes, he llegado a las 50.000 visitas en Unbroken y a los cien votos en mi nueva novela de wattpad, así que estoy asquerosamente feliz. ¡Por eso voy a hacer una maratón! Hoy el capítulo treinta y seis, mañana el treinta y siete, el domingo el treinta y ocho y el lunes el último.
     Gracias por leer, de verdad. Significa muchísimo para mí. Os quiero.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Capítulo 35 | What Makes You Beautiful


     «¿Qué enseñan los de Osadía acerca de... eso?»
     «Haz lo que quieras pero usa protección. Eso es lo que enseñan»
     Tobías y Tris. Bonita pareja.
     Harry había decidido comprarme Allegiant y no había tenido ocasión para empezarlo, a pesar de que estaba ansiosa por saber qué ocurriría después de que los osados invadieran la sede de Erudición y acabaran con el imperio de Jeanine Matthews. Golpeé los almohadones con el codo y me incorporé de nuevo, tapándome con la funda nórdica hasta la cintura.
     Tenía frío, a pesar de estar con pijama en lugar de camisón y la calefacción puesta.
     Escuché a mi hermana reír y gritar. Supuse que ella y Elliot —que había llegado aquella misma tarde— lo estarían pasando muy bien. Seguro que a Chad no le haría ninguna gracia escucharla montar tal bullicio. Posiblemente hubiera salido con algunos de los amigos que tenía en Cork a tomar algo con tal de no escucharla.
     Me recogí el pelo y me volví a meter de lleno en mi libro, disfrutando de cada una de sus páginas hasta que unos golpes en la puerta me despertaron del ensimismamiento.
     — ¿Puedo pasar?— preguntó Harry asomando la cabeza y asentí—. Menos mal. Con eso de que tu familia haya salido a tomar algo, tenemos al personal cachondo perdido.
     Dejó alguna clase de álbum en el suelo.
     — ¿Mucho ruido?— pregunté dejando el libro en la mesilla y apartándome a un lado para dejar que Harry se metiera en la cama conmigo.
     — ¿No lo escuchas? Tu hermana lo goza que no veas. Podría insonorizar un poco la habitación— gruñó y me mordió el lóbulo de la oreja—. Por cierto, ¿quieres que los imitemos?— preguntó divertido, descendiendo por mi cuello.
     — No, Harry. Hoy..., no es mi día.
     — Ya lo sé— hizo una mueca y se recogió el pelo—. Te has pasado los últimos tres días deambulando de aquí para allá. ¿Es por lo de Simon?— preguntó poniéndome un mechón de pelo detrás de la oreja—. Ya te he dicho que lo de Simon está resuelto. No tiene la menor importancia. Ese cabrón no volverá hacerte daño— apretó la mandíbula—. Ni hoy, ni dentro de quince años. Nunca más. Entiéndelo de una vez.
     — No es por Simon.
     — ¿Por el juicio entonces?— insistió—. No me quedan más opciones.
     — Sí, bueno... no. No lo sé— me tapé la cara con las manos—. Por todo.
     — Es por tu abuela— dijo al final y asentí un poco, tras haberle mirado por el espacio entre algunos dedos—. Estás preocupada por ella— afirmó y me rodeó la espalda con su brazo, estrechándome contra él—. A veces pienso que vas a explotar de toda la mierda que te guardas para ti. Soy tu novio, ¿recuerdas? Puedes contarmelo.
     Su voz grave y ronca hizo que un nudo se hiciera grande en mi pecho. ¿Realmente quería hablar de lo que sentía con alguien?
     — No me recuerda— susurré—. Me llama Elyse. Es muy duro volver aquí después de tanto tiempo y darme cuenta de que las cosas han cambiado a peor. Veo a mi abuelo rebosante de paciencia y a mi abuela, que cada día olvida más cosas. Olvida rostros, calles, números... incluso a familia— respiré hondo.
     — Eh— me sujeto la barbilla con los dedos y me levantó el rostro para que pudiera mirarle a los ojos—, no te preocupes, ¿vale? No puedo decirte que tu abuela mejorará, porque te mentiría. Entiendo que te sientas mal. Que tu abuela no te recuerde o te confunda deber ser... jodido. Las palabras duelen más que los golpes y no me extraña que te sientas de este modo, pero no puedo verte así, porque eso me recuerda que no puedo hacer nada para que te sientas mejor.
     Me encogí de hombros.
     — Eres preciosa y a veces creo que no lo sabes— susurró con una media sonrisa—. Jamás pensé que alguien pudiera iluminar mi mundo de esta manera. Has dado la vuelta a mi vida, Emma Wells.
     Su tono de voz hizo que me sintiera repentinamente mejor, me enderecé y le incité con la mirada para que cambiara él mismo de tema. Se pasó la mano por el pelo.
     Entonces se inclinó hacia el selo y cogió aquello que trajo consigo cuando entró en mi dormitorio
     — ¡Tachán! Tu abuela me ha dado este álbum de fotos de una tal Emma Wells de pequeña— dijo socarronamente, lo abrió e intentó hacerse el sorprendido—. Oh, ¿quién será esta preciosa niña que sale desnuda encima de la cama?
     — ¡Dame eso!— grité divertida intentando quitarle el álbum, pero él fue más rápido—. ¿Cómo puedes ir por ahí mirando fotos de niñas pequeñas desnudas? Yo no le pedí a tu madre un álbum de fotos tuyas de cuando eras pequeño en las que salías desnudo.
     — No las necesitas— replicó—. Si quieres verme desnudo, no tienes más que pedírmelo. Espera— señaló una foto en la que salía desnuda en la bañera cuando apenas tenía un año—, creo que ésta niña se parece a ti.
     Se inclinó y me besó. Al principio fruncí los labios y él intentó abrirse hueco con la lengua. Comenzó a mostrar insistencia y terminé cediendo, entreabriéndolos y dejando que explorara mi boca.
     — Eres imposible, Styles— dije entre dientes pero sonriendo. Le di un fugaz beso en la mejilla y me deslicé por la cama mientras él seguía viendo el álbum—. Buenas noches.
     — Buenas noches, nena. 


Martes, 6 de enero

     Una tenue luz iluminó el dormitorio. Alguien gritaba mi nombre y me zarandeaba por los hombros. Gruñí e hice un esfuerzo por no pegarle un bofetón. Extendí una mano y choqué contra el cuerpo de Harry.
     — ¡Ay!— gruñó él y se escondió bajo un almohadón.
     — ¡Venga Emma, levántate!— gritaba Madison, emocionada, y sonreí a pesar de estar todavía dormida—. Tenemos que abrir los regalos, ¿recuerdas? ¡Levántante!
     Siempre seríamos como niñas. Nos hacía ilusión ver las caras de nuestra familia al abrir nuestros regalos y a nosotras cuando ellos abrían los nuestros.
     Las buenas costumbres nunca se perderían. Aquello era la magia de la Navidad.
     — ¿Pero qué cojones?— masculló Harry, incorporándose y restregándose los ojos.
     — ¡Levántate, Styles! ¡Quiero abrir mis regalos!— le gritó Madison. Me levanté, me puse una de las sudaderas y Madison salió de mi cuarto—. En pie, Styles. ¡Ya!
     — Hazla caso o volverá con un cubo de agua— le lancé su bata de franela a cuadros.
     — Tu hermana es igual que tú— gruñó de nuevo y se incorporó en la cama.


     El salón irradiaba el espíritu navideño. 
     Mis padres y abuelos estaban sentados en el sofá, aguardando a nuestra llegada, Chad estaba hablando por teléfono con Laura, y Madison y Elliot en el suelo de piernas cruzadas, al lado del árbol —con más de cincuenta regalos repartidos por todo el salón—. Madison y ella estaban más compenetrados que nunca. La pareja perfecta: ambos eran guapos, divertidos y, además, se entendían a la perfección.
     — ¡Ya era hora!— gritó Madison.
     — Eso pensaba yo— añadió mi abuela resplandeciente—. ¿Qué tal habéis dormido?
     — Bastante bien. Sin embargo, Harry trasnochó.
     Mi abuela enarcó una ceja y mi hermana se echó a reír.
     — No le culpéis, al pobre le gusta curiosear— tercié irónica y le pellizqué el trasero. Él dio un tumbo y me miró sorprendido por mi desparpajo—, ¿verdad, cariño?
     Le di un fugaz beso en los labios, sabiendo que las miradas de toda la familia estaban puestas sobre nosotros. Hicimos el sorteo del orden de abrir los regalos. La primera sería mi hermana, seguida por mis padres, mis abuelos, Chad, Elliot, Harry y, para mi mala suerte, yo.
     Sería la última.


     Al cabo de una media hora, tras haber esperado mucho tiempo, le tocó el momento a Harry de abrir sus regalos. Mis padres le compraron un iPhone —yo les dije que el suyo lo rompió—, mi hermana un Rolex, mi hermano un par de vaqueros ajustados y una caja de preservativos —muy de su estilo— y Elliot unas Ray-Ban nuevas. Harry se disponía a abrir una pequeña caja que había junto a otra igual de pequeña en las que ponía nuestros nombres, cuando mi abuela se levantó.
     —¡No! ¡Tenéis que abrirlo a la vez y juntos! Al final.
     Harry se encogió de hombros y comenzó a abrir mis regalos. ¿Pero qué estupideces le había comprado? No le iban a gustar, iba a pensar que era idiota. «Mira que eres tonta» me recriminó mi voz interior. «Lo siento» me disculpé, apesadumbrada.
     Abrió el primero: la trilogía de Cincuenta Sombras de Grey. El día que nos acostamos en Holmes Chapel, confirmó que no le importaría leerlos. Todos en la habitación empezaron a aplaudir. Harry me miró divertido, con un brillo especial en los ojos: Harry Grey.
     Tragué saliva y sonreí.
     El segundo que abrió fue un iPad en color blanco que yo misma había llenado con fotos nuestras y toda la música que nos habíamos recomendado a lo largo de los años. Lo siguió otro Rolex. Abrió el último, despacio, y soltó una carcajada al verlo: unos botines, igual de horrorosos que los suyos, pero nuevos. Yo me había comprado otros iguales.
     — Si no puedes con el enemigo, únete a él— bromeé.
     Me dio un beso en la mejilla y llegó mi turno.
     Mi hermano me regaló una réflex nueva. Mi hermana un vestido de marca, varios pares de zapatos y un conjunto de ropa interior bastante provocativo, al que Harry recibió con muy buena cara. Elliot me tendió un sobre con dos entradas VIP para Demi Lovato y un pack de una semana romántica allá donde quisiera. Mis padres un apartamento en el Paseo Marítimo de Marbella.
     — ¡Venga ya! ¿A ella le compráis una casa?— gritó mi hermana, enfadada.
     — Ha demostrado ser más responsable que tú, Madison— le recriminó mi padre y ella se sentó de nuevo en el suelo, de brazos cruzados. Elliot la besó en la mejilla.
     — A ti te han regalado un coche— susurró él en su oído—. No gruñas, anda.
     — Creo que ya podéis abrir esto— intervino mi abuela, entregándonos a Harry y a mí los dos paquetitos pequeños—. No sabíamos qué comprar… quiero decir, los Reyes. Eso, Los Reyes— rectificó—. Los Reyes no sabían qué comprar, así que se decantaron por esto. ¿Verdad, cariño?
     Miró a mi abuelo y sonrió.
     Nos echamos a reír y los abrimos a la vez. Harry desenvolvió el papelito al mismo ritmo y dejó al descubierto una cajita de joyería, preparados para abrirla al mismo tiempo.
     — Uno— susurré.
     — Dos— me siguió él.
     — Tres— dijimos al unísono y abrimos la caja.
     En su interior había un anillo de oro blanco, con grabados por fuera y el nombre de cada uno por dentro. Eran preciosos. Harry se giró hacia mí y me cogió la mano. Creo que eso no entraba en el plan de mis abuelos, pero todo el salón nos miraba alucinado. No me importó. Harry deslizó el anillo con su nombre en uno de mis dedos con delicadeza y yo repetí la operación, poniéndole el anillo con mi nombre. Curioso que nos valieran los anillos del otro a nosotros mismos. Sonreímos mutuamente y nos abrazamos. Apoyé mi cabeza en la curva en su hombro y tuve que contener las ganas de llevarlo al dormitorio.
     — Sigue abriendo tus regalos. ¡Faltan los de Harry!— gritó mi hermana de nuevo.
     Suspiré y volví a mi tarea. El primer regalo de Harry era un anillo —otro—, pero aquel era diferente, exactamente —o casi igual— al que él llevaba siempre puesto. El siguiente fue un colgante de oro con detalles de zafiros y rubíes de una mariposa… como la de su tatuaje. El siguiente fue un sobre con dos entradas y un viaje para ir al Parque Temático de Harry Potter en Orlando durante una semana entera. Por último, un conjunto de lencería Woman’s Secret.
     Recogimos todos los papeles de los regalos y fuimos a la cocina. Me disponía ayudar a mi abuela a hacer el desayuno, cuando Harry tiró de mí y me llevó hacia una terraza acristalada, cerca del salón, desde donde pude ver que fuera estaba nevando. Los grandes copos de nieve chocaban violentamente contra los cristales y se unían a nuestro silencio.
     — Me han encantado tus regalos— confesó—. En especial los libros eróticos. Me los empezaré a leer esta misma noche.
     — Eso es porque aún no has encendido el iPad— susurré, acercándome a él y besándole con delicadeza—. Quiero estar ahí para cuando lo hagas.
     — Aún no he terminado.
     Se levantó un poco la camiseta y dejó al descubierto una venda que cubría un trozo, a la izquierda, de su uve. Le miré sorprendida y alarmada.
     — ¿Qué te ha pasado?— exigí saber.
     — Descúbrelo por ti misma.
     Le quité el parche con delicadeza y me quedé de piedra. Aquel era el regalo que Chad me dijo un día que nos sentamos a ver una película que me dejaría patidifusa, aquel era el regalo que me dejaría sorprendida.
     Había tatuado con tinta negra mi nombre. Era mi nombre, simple y llanamente. Estaba algo rojo, por lo que supuse que se lo habría hecho con anterioridad. El día que salió con mi hermano de copas. Por eso Chad sabía lo que era. No supe qué decir. Deslice mis dedos por él, con cuidado para no hacerle daño. Se había tatuado mi nombre. ¡Mi nombre! Las lágrimas se me acumularon en los ojos. Nunca, jamás, me habían hecho un regalo mejor. Ni la casa, ni los coches, ni los bolsos de marca. Nada podía compararse a aquello.
     — Cualquiera con dinero puede comprar algo caro, pero regalar algo que tenga un significado especial para alguien es más complicado— dijo él, sujetándose la camiseta.
     — Yo… no sé qué decir. Esto es…— balbuceé.
     — No digas nada.
     Y me besó. Un beso cargado de amor, esperanzas, sueños y un gran futuro por delante. Introduje mis manos por debajo de su camiseta y las ascendí por su espalda, caminando por sus omóplatos, mientras él descendía sus manos frías por debajo de mis pantalones del pijama.
     — Tus padres— masculló, separándose.
     — Vale. A la cama.
     — ¿A la… cama?— preguntó divertido—. Vamos a desayunar.
     — Bajaremos más tarde. Ahora, a la cama.
     Sonrió y subimos a la habitación, donde volvimos a fundirnos el uno al otro en besos, caricias hasta que nos dejamos llevar con infinita dulzura por el placer.


     — Vamos a aterrizar— me avisó Harry, poniéndome el cinturón.
     Alcé la cabeza de su hombro y miré a mi alrededor, ligeramente confusa. No sabía dónde estaba. Entreabrí los ojos y parpadeé un par de veces. Harry y yo estábamos compartiendo los cascos y él estaba escuchando la música que le había metido en el iPad.
     Era nuestra música.
     — ¿Ya vamos a aterrizar?— pregunté adormilada.
     Asintió
     — Puedes seguir durmiendo— susurró—. Cuando lleguemos a Barajas te despertaré.
     — Vale— me recosté de nuevo sobre él y cerré los ojos una vez más.


     Cuando bajamos del avión, diez escoltas de Wells Records tuvieron que venir con nosotros. Papá los había llamado el día anterior. Ellos nos llevarían hasta casa en coche. 
     Estaba asustada.
     El hecho de volver a Madrid solo indicaba que el juicio se iba a celebrar en cuestión de días y mi vida cambiaría según la condena. Decenas de medios de comunicación y fans —la mayor parte de Harry y Chad— estaban reunidos en la T4. Sabía que la llegada a Madrid iba a ser algo de ese estilo, pero aquello me parecía exagerado.
     Demasiados medios. Demasiadas fans. Demasiados gritos. Demasiada atención.
     Sonó el móvil de Harry y lo cogió al instante.
     — ¿Sí?... ¿Dónde?... Vale. ¡Arthur!— llamó a mi padre—, están aquí… ¿Cómo?... No, no, esperad… Sí, vamos para allá… ¿Qué?— se echó a reír—… ahora os vemos… Sí, como quieras… Hasta ahora.
     — ¿Quién era?— pregunté cuando colgó.
     — Ahora lo verás.
     Y comenzamos a caminar por la Terminal 4 de Barajas, arrastrando nuestras grandes maletas y cubiertos por los diez guardaespaldas.
     Mis padres iban por delante de la mano, con dos de los guardaespaldas a su lado, los seguía Chad, que iba con el cuello del abrigo levantado, la cabeza gacha y el móvil al oído. Otro guardaespaldas iba con él.
     Detrás iban Madison y Elliot, el cual rodeaba la espalda a mi hermana y otros dos guardaespaldas que los cubrían. Ambos iban con gafas de sol para evadirse de los flashes de las cámaras y Harry y yo, que íbamos de la mano, cerrábamos la marcha con los cinco guardaespaldas restantes.
     Harry se puso sus gafas nuevas y yo hice lo mismo, intentado evadirme de todas las preguntas y flashes que me rodeaban.
     — ¿Cómo te encuentras, Emma?
     — ¿Son ciertos los rumores de un posible compromiso?
     — ¡Emma! ¿Con qué expectativas te presentas ante el juicio?
     Las preguntas me vibraban en la cabeza y me acerqué más a Harry, el cual me rodeo la espalda con el brazo y me apretujó contra él.
     — Hay que ver lo que les gusta exagerar— me susurró disimuladamente al oído.
     — ¡Atrás!— indicaba uno de los grandes mastodontes—. ¡Por favor, dejadlos pasar!
     Caminamos hacia los aparcamientos y cerca de los ascensores había decenas de agentes policiales. Hicieron un gesto con la mano a nuestros guardaespaldas y nos llevaron por otra salida hacia allí, donde nos esperaban tres enormes todoterrenos negros.
     No podía enterarme de nada. Todo fue demasiado rápido, ensordecedor y confuso.
     Cuando estuvimos a salvo de fans y medios de comunicación, en el aparcamiento de Barajas —la zona estaba protegida por varios agentes policiales—, me fijé en las cuatro figuras que caminaban hacia nosotros. Vans, Air Max, botas de montaña y Adidas. Tres pelos morenos y uno rubio. Cuatro grandes maletas y cuatro sonrisas resplandecientes que me miraban de arriba abajo.
     — No puede ser— susurré.
     — Ahí lo tienes— terció Harry, sonriendo.
     No me lo podía creer. Habían ido. Habían ido a Madrid solo para estar conmigo. Me querían y estaban a mi lado. Llevaba sin verlos desde antes de Navidad. Les importaba. Eran ellos.

     Los chicos estaban allí. Estaban conmigo.

**

     Jai, bbys. Supuestamente iba a subir este capítulo el viernes de la semana que viene, pero al final he encontrado un hueco y he podido subirlo hoy. Siento si es aburrido, pero no sabía exactamente qué poner. Os lo recompensaré, prometido.
Espero vuestros comentarios (emocionados, espero). Ya queda poco para que termine la novela y estos capítulos siguientes van a estar relacionados con el juicio.
     También quería deciros que he empezado una nueva novela en wattpad y tal vez os gustaría leer. El link es: http://www.wattpad.com/story/9339285-crossfire. Si queréis que os avise cuando suba capítulo en esa, ya sabéis que solo tenéis que decírmelo.
     Muchísimas gracias por leer y especialmente por esas casi 50.000 visitas. Sois increíbles. 
     Os quiero.